El monstruo

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Organizó y coordinó el ataque contra el senador Gerardo Morales, presidente del principal partido opositor. Maneja subsidios millonarios que le otorga el gobierno nacional. Tiene un ejército personal. Registró quinientas armas en el RENAR. Controla un suerte de Estado paralelo. Cuenta con diez policías adscriptos a su seguridad personal. Eligió a la mitad de los 600 policías que se designaron recientemente en Jujuy. Cobra canon por el espacio público en las calles de San Salvador. Le dicen la Flaca y dirige, con ese apodo, a la barra brava de Gimnasia de Jujuy. Los adherentes a su organización golpean y amenazan a todos los que se les oponen. Las casas que construye con su organización son entregadas, pero sin la titularidad, que permanece en manos de la cooperativa que construye las viviendas. Ejerce el clientelismo. Organiza actos para el oficialismo cada vez que se lo piden. Se llama Milagro Sala. Evidentemente, por lo que dicen, es un monstruo.

Todas las afirmaciones del párrafo anterior se publicaron durante la última semana. Los medios de comunicación hablaron de Milagro como nunca antes lo habían hecho. El repudiable escrache contra el senador nacional Gerardo Morales y su denuncia sobre la responsabilidad de Milagro Sala en ese hecho violento puso en la consideración nacional a la principal dirigente de la organización barrial Tupac Amaru.

Poco o casi nada se dijo en esas crónicas de la actividad de esta organización, que cuenta, según datos propios, con setenta mil adherentes y se encuentra enrolada en la Central de Trabajadores Argentinos. En los distintos emprendimientos que ha impulsado en los últimos diez años, trabajan 3.800 empleados. Cuentan con 150 cooperativas de vivienda, ya construyeron más de dos mil casas y tiene medio millar en ejecución. Las viviendas cuestan la mitad de las que construyen empresas privadas para el Estado provincial. También tiene una cooperativa textil con 400 empleados organizados en dos turnos –confeccionan 30 mil guardapolvos por mes–, una fábrica de bloques, una metalúrgica, un centro de salud, 500 “copas de leche”, donde concurren unos 40 mil pibes, centros recreativos con piletas de natación y un centro educativo llamado Germán Abdala que extiende títulos provinciales.

La organización que conduce Sala recibe fondos del Estado nacional. Unos diez millones por mes según Morales, un poco menos de ocho según la dirigente jujeña. La Tupac no oculta su buena relación con el gobierno nacional: en su página de internet se ven fotos de la Presidenta de la Nación, Cristina Kirchner, y de su cuñada, la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, inaugurando alguno de los emprendimientos que dirige Sala. Lo único que se les debe exigir, como al resto de las organizaciones sociales de todo el país que reciben subsidios, es que existan controles adecuados sobre el destino de esos fondos públicos y que se exija su rendición.

Aunque Sala dijo en una conferencia de prensa que no estaba en el lugar de la agresión a Morales y que Omar Romano, dirigente del Movimiento Campesino de Jujuy (Mocaju), se reconoció públicamente como el ideólogo del escrache y anunció nuevas movidas violentas contra funcionarios y legisladores, para la mayoría de los medios de comunicación la asistencia económica del Estado nacional a la Tupac Amaru prueba que el Gobierno estuvo detrás del ataque. Uno de los dirigentes que salió en defensa de Milagro con mayor contundencia fue el actual secretario de Relaciones Institucionales de la CTA, Víctor De Genaro, quien dijo sentirse orgulloso por la tarea que desarrolla la referente social, reinvindicó su independencia del Gobierno y aseguró que “es un ejemplo de organización y lucha contra la pobreza”. Como para despejar cualquier duda, decidió viajar a Jujuy, con el resto de la conducción gremial de la entidad sindical, para participar de un acto en apoyo a la polémica dirigente de ATE. “Las únicas armas que tiene Milagro son, como dice ella misma, los hornos de barro para hacer pan”, retrucó.

A pesar de las numerosas denuncias sobre prácticas violentas en perjuicio de sus adversarios políticos o gremiales –una de las más serias la hizo el combativo dirigente Carlos “El Perro” Santillán”–, la organización de Sala en ningún momento se plantea la toma del poder o el cambio revolucionario del sistema político imperante. La consigna que expresan en actos y movilizaciones es “queremos trabajo, educación y salud”. La Tupac Amaru, que toma el nombre del último descendiente inca que se rebeló contra la dominación colonial y fue descuartizado, usa como íconos distintivos los rostros de ese líder indígena, así como también los de Eva Perón y el Che. Sus dirigentes, incluso Milagro, tienen muletillas propias de las formaciones guevaristas, pero por su componente humano y por los sectores a los que representan están más cerca de los planteos de reconocimiento y reparación histórica de los pueblos originarios que de la praxis marxista. En esa línea, reinvindican al presidente de Bolivia, Evo Morales, por su gobierno de carácter indigenista. “Somos Kollas, con mucho orgullo”, declaró Sala alguna vez.

Milagro, nacida en la miseria extrema, ex adicta a las drogas, ex convicta, reconvertida en dirigente social, tiene un argumento simple: lucha contra la pobreza en un territorio donde el 40 por ciento de los jujeños son pobres y, de ellos, 122 mil son niños. Con aciertos y errores, con actitudes autoritarias y gestos solidarios, ejerciendo el clientelismo y construyendo viviendas populares, hay algo innegable: la Tupac Amaru crece sobre el terreno fértil del desamparo.

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