Cómo salir del país Cromañón

Estoy entre triste y enojado. Es una historia repetida. Hoy me levanté muy temprano para poder tomar a tiempo el avión que me llevaría a Tucumán y por la radio escuché las primeras noticias sobre la tragedia del boliche Beara en Palermo.

Otra vez volví a sentirme en Cromañón.

Vivimos en un país inseguro, pero no me refiero al nivel de robos. Vivimos en un país donde es un riesgo ir a un recital de rock porque el local puede estar rebasado de gente y las bengalas pueden causar una tragedia inimaginable. Vivimos en un país donde es un riesgo ir a una plaza con tu hijo porque te puede aplastar una estatua. Vivimos en un país donde es un riesgo cruzar la calle porque te puede arrollar un colectivo. Vivimos en un país donde es un peligro ir al gimnasio porque se puede derrumbar en tu cabeza. El ingeniero que construía al lado era un irresponsable pero a pesar de las advertencias del gremio nadie clausuró la obra.

Vivimos en un país donde es un riesgo ir a bailar porque el local se pude incendiar y no hay salidas de emergencias adecuadas. Y todo porque la policía y los inspectores recibían coimas.

Vivimos en un país donde es peligroso consumir un medicamento porque puede ser trucho y te lo vende tu obra social. Vivimos en un país donde es un riesgo ir al banco porque te pueden matar en una salidera y el tipo que te marcó estaba atrás tuyo en la cola. Vivimos en un país donde si no te cuidás vos no te cuida nadie. Vivimos en un país donde el estado parece llegar siempre tarde.

Vivimos en un país donde los ciudadanos son de baja intensidad y la mayoría piensa que no va a pasar nada, aun cuando se percibe el peligro con claridad. Y vivimos en un país donde cuando se piensa que no va a pasar nada casi siempre pasa lo peor. No me quiero ir de Argentina, quiero salir de Cromañón.

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Cómo salir del país Cromañón

Siempre es mejor estar allí

Cierre de la encuesta.

El 80 por ciento de las personas que votaron en el blog opinaron que Cristina Kirchner hizo bien en viajar a Tartagal. Un 20 por ciento cuestionaron dicho viaje.

El apoyo al viaje de la presidenta, dado los comentarios que postearon, me parece que se basa en que también aquellos que son críticos de su gestión vieron con buenos ojos que haya decidido acercarse al lugar de la tragedia. Después apareció la otra polémica por sus dichos sobre la pobreza estructural, pero eso es otra cosa.

Bertold Brecht decía: “lo que no conocés por vos mismo, no lo conocés“. Suena como un buen consejo para cualquier dirigente político.

Siempre es mejor estar allí

Cristina en el barro

La presidenta Cristina Kirchner fue a Tartagal para comprobar la magnitud de la catástrofe natural. Se embarró y habló con la gente. Recibió reclamos y críticas. Dijo que “la verdadera tragedia es la pobreza estructural”.

Si bien no se olvidó el fotógrafo y las imágenes se distribuyeron de manera eficaz. Como la mayoría de los analistas políticos, considero que fue una acertada decisión de la presidenta. Se arriesgó a los cuestionamientos directos y se animó al contacto con la población.

Eso es lo que esperan los ciudadanos de sus dirigentes, que den la cara y más en la tragedia. Cristina hizo bien. Ahora sólo falta que ordene la reglamentación de la Ley de Bosques.

Igual le llovieron críticas. Algunos la acusaron de demagógica.

El resultado de la encuesta, en este post

Cristina en el barro

Pendejos

Mientras el gobierno nacional y las entidades del campo discuten qué hacer con la renta extraordinaria que producen las exportaciones de soja, una nena de dos años moría asesinada. Sus matadores fueron dos hermanitos, de siete y nueve años. Dicen las pericias médicas que sabían el daño que le provocaban a la nena cuando la golpearon y le ataron un cable al cuello. Dicen también que no se conmovieron frente al dolor que provocaban. El informe psiquiátrico es un mapa del desamparo: los pequeños asesinos sufrían castigos reiterados, su madre les pegaba con palos y cadenas, y vivían en una casilla en condiciones miserables. La niña se llamaba Milagros. Un nombre paradójico en un barrio como San José (Almirante Brown), donde ocurre de todo menos milagros.

El país se asomó al horror a través de los telediarios pero, como suele ocurrir en estos casos, sólo por un momento. Por suerte existe el control remoto.

Hace un año publiqué un libro de cuentos con un denominador común: cada relato tiene como protagonista a un niño o adolescente que termina matando. Se llama Pendejos. La elección de ese título generó más de una polémica. Expliqué entonces que el término viene del latín (pectiniculus) y que si bien en el habla coloquial del Río de la Plata remite a los chicos o jóvenes, su significado original es “vello púbico”. Esa acepción es la que convierte la palabra en metáfora social. Los pendejos son esos pelitos que ocultamos por pudor. Igual que a estos pibes a los que nadie quiere ver y que se hacen visibles sólo cuando matan o son asesinados.

Según un informe realizado por el Observatorio Social de la Universidad Católica, el 60 por ciento de los menores de 17 años vive en hogares vulnerables. Es decir, en hogares donde no se cubren las necesidades básicas. El padre de Milagros hace changas. Con eso mantiene a su esposa y ocho hijos. Viven en una casa precaria, en calle de tierra y sin los servicios elementales. No hay gas ni agua potable. La familia de los chicos que mataron a la nena vive igual o peor. La madre mantiene a cuatro hijos con un plan social de 175 pesos. El padre murió. La abuela de los chicos, Herminda, dijo a la prensa que discutía con su hija para que no les pegara a sus nietos. La Argentina tiene 50 mil millones de dólares de reservas en el Banco Central. Eso le permite al Gobierno alejar cualquier fantasma de corrida bancaria. Pero esos millones no sirven para cambiar una realidad lacerante. Los niños que nacen en hogares pobres serán adultos pobres.

Hay dos países. El Congreso aprobó la obligatoriedad de la enseñanza secundaria, pero el 65 por ciento de los chicos argentinos crece en ambientes de bajo nivel educativo. Se analiza en la Capital Federal imponer la jornada educativa completa mientras en Tucumán hay escuelas que por falta de espacio y maestros dividen la mañana entre tres grados diferentes, reduciendo la jornada escolar a un par de horas. Los pibes que mataron a Milagros hacía un año que no concurrían a la escuela.

El ministro de Economía, Carlos Fernández, anunció el lunes pasado el superávit fiscal de abril: 2.789 millones de pesos. La cifra representa un aumento del 73 por ciento en relación con el año pasado. César Oscar Belizán, el papá de Milagros, ni se enteró. Entre llantos contó que su hija compartía un colchón de goma espuma con una de sus hermanas. Según el Observatorio Social de la UCA, el 14 por ciento de los niños argentinos comparte colchón o cama.

En la última cumbre de presidentes de América Latina y Europa, Cristina Kirchner aseguró que la Argentina podría alimentar a 500 millones de personas. Somos como una multinacional de alimentos. Según los informes médicos, los niños que mataron a Milagros estaban desnutridos. Son parte de una estadística vergonzosa: uno de cada diez argentinitos asegura sentir hambre. Y uno de cada dos no tiene cobertura de salud.

Los informes dicen que los chicos jugaban a que Milagros era un perro. Por eso le enlazaron el cuello. El cable terminó asfixiándola. En el país donde un millón y medio de personas concurren a la Feria del Libro, al 35 por ciento de los niños menores de cinco años nunca le contaron un cuento.

Pendejos es una palabra polisémica. Tiene diversos significados. En Perú y en algunos países de Centroamérica también quiere decir “inútil, pusilánime y cobarde”. Esos conceptos también nos definen cuando no miramos lo que de verdad hay que ver. Cuando no vemos a Milagros ni a los niños que la mataron antes de que ocurra la tragedia.

Pendejos