La crisis menos pensada

Mi comentario editorial en Guetap (se reproduce por gentileza de Vorterix.com 103.1).

Los más y los menos de la protesta de gendarmes y prefectos. La responsabilidad política. La reacción de la oposición. Los errores del gobierno. La delgada línea que separa un reclamo salarial legítimo de un desacato a las autoridades democráticas.

[audio:http://www.reynaldosietecase.com.ar/wp-content/uploads/2012/10/editorial_prefectos_7kc.mp3%5D
Anuncios
La crisis menos pensada

Las palabras y los hechos

¿Es posible imponer la autoridad y el orden sin ejercer violencia estatal? La presidenta Cristina Fernández de Kichner está convencida de que sí. Con ese criterio el gobierno nacional hizo esta semana su apuesta más arriesgada: anunció que la policía destinada a controlar las protestas sociales no portaría armas letales y, además, aseguró que desalojaría de intrusos el Club Alvariño sin apelar a la fuerza. Después del desalojo del Indoamericano, la ocupación del pequeño club se convirtió en un caso testigo. La intransigencia de los ocupantes (rechazan cualquier salida negociada); el aprovechamiento político de Mauricio Macri que exige “el cumplimiento de la ley” a como dé lugar y la indignación de los vecinos que ya tuvo conatos virulentos, no parecen escollos fáciles de superar. La flamante Ministra de Seguridad, Nilda Garré, fue categórica: “Vamos a recuperar el predio sin víctimas”. Se trata de una prueba de fuego para su gestión ya que deberá cumplir su promesa en el marco de una cadena de sucesos que, coordinados o no, están destinados a degastar al gobierno nacional.

La frase de Garré implica una definición. El gobierno no quiere más muertos por la intervención policial. En el último mes y medio, desde el asesinato de Mariano Ferreyra, seis personas fueron asesinadas en movilizaciones sociales. Macri salió al cruce de inmediato: “Le quiero preguntar (a la Presidenta) por qué desarmamos la Policía y, mucho peor, por qué anunciamos que la desarmamos. ¿Cuál es el mensaje? ¿Que en la Agentina puede suceder cualquier cosa y no va a haber consecuencias?”. Y aprovechó una audiencia de vecinos de Lugano que exigen el desalojo del club para preguntar: “¿Qué queremos decir? ¿Qué mañana le pueden sacar la casa a la señora y el Estado no va a intervenir?”.

Lo que se había logrado con el parque Indoamericano: la acción conjunta de los dos gobiernos, que incluyó el anuncio de un plan de vivienda vedado a usurpadores, quedó en el recuerdo. La voracidad electoral, la desconfianza mutua, barrieron con el acercamiento. Aquella foto de un país casi normal: con los Jefes de Gabinete, Aníbal Fernández y Rodríguez Larreta, en la Casa Rosada se volatilizó. La creación del Ministerio de Seguridad y el envío de seis mil gendarmes al conurbano fueron recibidos por punteros, activistas y delincuentes comunes con intransigencia, hubo nuevas tomas (ocho en Quilmes) y un alevoso ataque en Lanús que dejó cuatro gendarmes heridos.

El gobierno debe encontrar el punto justo. Una policía antidisturbios bien entrenada y sin armas letales es lo que se utiliza en Europa para controlar las protestas. En estos días hubo cruces violentísimos entre manifestantes y policías en Roma y en Atenas, por los impiadosos ajustes estatales, dónde no hubo víctimas fatales. Pero, por otro lado, la noble consigna de preservar la vida por sobre la propiedad no puede implicar inacción ante el delito o la ilegalidad. Paciencia y firmeza deben ir de la mano. Los pedidos de detención a los instigadores de la ocupación van en esa dirección.

Por su parte, Macri tensa la soga a conciencia. Mantiene el discurso “legalista” y pide mano dura contra los ocupantes ilegales. Sabe que una parte importante de la población rechaza las usurpaciones. Sus asesores piensan que con esa postura puede cosechar adhesiones inesperadas. Nada dicen en el PRO de la causa central de las ocupaciones: el déficit de viviendas, la desigualdad social y la subejecución del presupuesto porteño para el área.

Tampoco es casual que Eduardo Duhalde haya elegido para su lanzamiento a la presidencia el 20 de diciembre. Nueve años atrás morían en las calles argentinas cuarenta ciudadanos en la debacle del gobierno de Fernando de la Rúa. En los afiches que convocaban al acto del lunes pasado, en Costa Salguero, la imagen del ex presidente se recorta en un fondo de incendios. Duhalde otra vez se presenta como “el gran bombero nacional”. El hombre destinado a pacificar y ordenar el país. Y para “ordenar” antes tiene que existir desorden. “No tengan miedo de hablar de represión, que no es matar a nadie, sino vivir en un país donde el Estado tiene funciones indelegables”, sentenció.

Escuchaban a Duhalde: Luis Barrionuevo, Martín Redrado, Miguel Angel Toma y Cecilia Pando, entre otros. También asistió Ramón Puerta, principal nexo entre Macri y el ex presidente, y el legislador porteño Cristian Ritondo. A su vez Jorge Macri almorzó esta semana con la candidata a gobernadora del duhaldismo, Graciela Camaño. Lo que parecía muerto: la alianza Duhalde-Macri, renació al ritmo de las peleas entre pobres y las ocupaciones de tierras. Por ahora se trata de un acuerdo tácito. Macri todavía no resolvió si su futuro será intentar la reelección en la ciudad o mantener su candidatura nacional. Tampoco descarta una doble candidatura.

Cristina Fernández, en tanto, se reunió con el Consejo Nacional del PJ. Durante el cónclave varios gobernadores le pidieron que compita por su reelección. En el peronismo kichnerista nadie duda: Cristina 2011 es la mejor opción del oficialismo. La presidenta prefiere esperar. Los números positivos de la economía no la distraen. Sabe que debe enfrentar a enemigos temibles: la movida desestabilizadora que se apoya en reclamos reales, la inseguridad y la inflación. En ninguna de esas batallas puede darse el lujo de cometer los errores que acompañaron los primeros días de inacción ante la ocupación del mal llamado parque Indoamericano.

El que no dudó en lanzar su candidatura a Jefe de Gobierno porteño fue el ministro de Economía Amado Boudou. Lo hizo junto al Ministro de Planificación Julio de Vido, el diputado Carlos Kunkel y al titular de la CGT, Hugo Moyano. Esos “guardaespaldas” ratifican que la movida tiene el aval presidencial. “Amado Buenos Aires”, será el eslogan. El senador Daniel Filmus quien se consideraba “el candidato natural” caminaba por las paredes. Concurrió a la reunión de Olivos masticando bronca. Su intención de voto cuadruplica a la de Boudou. “Contra el dedo de CFK no se puede”, se lamentó un kichnerista porteño. Sin embargo, el ex Ministro de Educación le confesó a sus colaboradores que no se bajará de la pelea. Lo cierto es que la contienda por la Capital Federal sigue sumando candidatos.

Mientras se suceden los lanzamientos electorales y las promesas de campaña, como canta Serrat, propios y extraños deberían saber que allá afuera “hay un par de pobres que preguntan insistentemente por usted/ No piden limosnas, no…/ Ni venden alfombras de lana,/ tampoco elefantes de ébano./ Son pobres que no tienen nada de nada.”

Nota publicada en el Diario Z del 23.12.2010

Las palabras y los hechos

El policía rojo

Esta nota de Guillermo Saccomanno sobre el policía-escritor Alejandro Gallo fue publicada por Página/12. Mi amigo Pablo me sugirió postearla. Además de permitirnos conocer a un personaje fascinante, abre una discusión interesante: ¿Sólo la derecha puede controlar la seguridad?.

Mi padre se extrañó cuando le dije que quería ingresar en la policía -se acuerda el poli de civil-. Porque mi padre era rojo. Trabajador minero, de izquierda, como mi madre y mis tres hermanos. Pero, comunista como era, lo comprendió. Todos vendemos nuestra fuerza de trabajo.
Domingo a la mañana temprano en Gijón, la segunda ciudad más segura de España. Llovió un poco, las calles desiertas, unos caminantes escasos. Vienen de la noche. O empiezan el día. Con Alejandro Gallo, tomamos un café sentados en la terraza de una peatonal. El motivo de la entrevista: me han dicho que Gallo, jefe de la policía local, se define como marxista. Un policía rojo no puede menos que resultar freak para quien viene del país de la corrupción, la mano dura y el gatillo fácil. Flaco, inquieto, de gestos cortos y secos, fuma un cigarrillo negro tras otro, con un rostro y una expresión de duro. Su voz grave completa la imagen de un personaje noir. Sin embargo a los cuarenta y siete años, siendo un tipo curtido, Gallo no pierde ni el humor ni una disponibilidad absoluta para asimilar las preguntas y responderlas al instante. “Suelo andar desarmado”, dice. “En esta ciudad no me hace falta llevar pistola.”
A orillas del Cantábrico, con sus calles estrechas y silenciosas, un puerto con cientos de amarras y un clima marino amable, Gijón es una ciudad a la vez provinciana y turística. Y esta calma que se respira en sus calles, a uno que viene de una realidad en la que la seguridad es patrimonio de la derecha, le llama la atención. “Si no llevo el arma”, dice Gallo, “es porque no tengo que usarla”.
A Gallo lo conocí en la Semana Negra, el hipermasivo festival literario que organiza Paco Taibo. Una movida que concentra miles de personas y en siete días reúne alrededor de ciento cincuenta escritores de diferentes lenguas, una movida que alcanza a regalar libros, presentar mesas de ofertas increíbles y alcanza a vender casi sesenta mil ejemplares. Politizada, popular, abierta a los géneros, incluyendo la ciencia ficción y la novela histórica pasando por el nuevo periodismo de denuncia, de convocar tanto a Los Lobos como Serrat, preestrenando films como el último Dillinger, la Semana Negra cuenta a Gallo entre sus invitados. En estos días, suele escribir una columna en el periódico A quemarropa, un tabloide que, informando sobre los debates y espectáculos, se imprime y regala al público. Además Gallo es autor de una durísima trilogía de novelas sobre las cuencas mineras. Ha escrito guiones de comics y de cine. Y sus novelas fueron elogiadas por la crítica de los principales diarios de España. “Las novelas de Gallo se sitúan en la estela abierta por Hemingway y que han seguido Marsé y Mendoza”, se dijo de su obra narrativa. Y también: “Como el mejor Semprún, Gallo recupera para la literatura las emociones y el tiempo de vísceras, de combates ideológicos y físicos, de ideas y de sangre, que a veces creemos haber perdido para siempre”.
Con sus carpas, la fritanga de los puestos de comida, el fanatismo por la literatura popular, la proyección de cine negro o de ciencia ficción, con los parlantes que aturden con rock o reggae, la Semana Negra es para Gallo “la Disneylandia de los comunistas”. Si el padre rojo pudo sorprenderse cuando el hijo ingresó a la policía, no menos se sorprende uno cuando se pone a hablar de sus lecturas y el policía escritor, o viceversa, el escritor policía, dice que sus autores predilectos son los que denomina pensadores de la sospecha: Marx, Freud y Nietzsche. Y me cuenta su historia:
-A los diecisiete años no tenía muy clara la vocación -cuenta Gallo-. A esa edad, si algo te atrae, te lanzas sin saber. Y al joven sin vocación que era yo lo sedujo la tradición española de la pluma y la espada. Si quieres, en mi caso, en vez de la espada es la pistola. O la placa. Lo que puede verse como una contradicción, esto de la pluma y la placa, no lo es. Me lo dijo un teniente coronel purgado por Franco. Purgado porque pertenecía a la UMD, la Unión de Militares Democráticos. “Húmedos” se los llamaba. El gran error, me dijo aquel oficial, consiste en creer que el militante de izquierda no debe entrar en el ejército o la policía. No hay que dejarle el campo libre a los fachas. Estas instituciones de derecha pueden cambiar si nosotros también cambiamos de mentalidad. A partir del ’75, con las afiliaciones de los sindicatos de clase y las comisiones obreras, se creó el SUP, primer sindicato unificado de policías. Que un poli conozca a la clase trabajadora y a sus compañeros es lo menos que corresponde. En este aspecto las sindicalizaciones progresistas de polis fue transgresora.
A los cuarenta y siete años, Gallo tiene licenciatura en tres carreras: Filosofía, Ciencias Políticas y Ciencias de la Educación. Con veintiún años en la fuerza, es en la actualidad profesor de la Escuela de Seguridad Pública del Principado de Asturias. “Fui afortunado. Yo entré en el ’88 y la Constitución ya estaba. En el ’86 se renueva la fuerza. Y se produce una purga que aparta los elementos del franquismo. Tuve la suerte de que en destinos distintos encontré alcaldes de izquierda y hubo una sintonía. Por supuesto, nunca me fue fácil al llegar a un nuevo destino. Porque te encuentras de todo.”
Refiriéndose a la seguridad que se respira en Gijón, Gallo cuenta una anécdota: “Hace un tiempo nos mandaron unos policías de Colombia para hacer prácticas. Los distribuíamos de a uno por auto patrulla. Después de recorrer una y otra vez la ciudad, ya de madrugada, preguntaban nerviosos cuándo empezaba la balacera. Les costaba creer que aquí no hay balaceras. Nuestro índice de delitos es de 13 por cada 1000 habitantes. Un robo, un tirón, sí tenemos. Los jóvenes que hoy roban, no delinquen para comer. Si fuera para comer yo los ayudaría. Pero no, violan la ley por hartazgo. Para cargar su teléfono celular roban. Porque viven en una sociedad del hartazgo. Se comete el delito por cuestiones suntuarias y no por necesidad. Así como no tenemos delitos de sangre, tampoco es alto nuestro índice de violencia doméstica. Porque la mujer, a partir de la cuestión del género, denuncia el acoso psíquico o físico apenas se presenta. La policía enseña en los colegios. Damos clases a 35.000 niños. Se los educa desde chicos a ser ciudadanos correctos.
Gallo cita al escritor Lorenzo Silva, que divide a los países en dos clases: hay países donde si te pasa algo llamás a la policía y países donde mejor no se te ocurra hacerlo. Para el policía rojo es impensable la corrupción policial que se ve en series como The Shield:
-Un policía recién salido de la Academia gana 25.000 euros por año y trabaja 1500 horas por año de acuerdo con el convenio de los sindicatos. Puede aplicar la ley sin corromperse. Además, no necesitamos Asuntos Internos. Quien vigila al vigilante es el vigilado. Y para eso están las organizaciones vecinales. Te cuento otra anécdota, cuando estuvieron acá el escritor de novela negra Juan Hernández Luna y el alcalde de Meza, mexicanos los dos, me preguntaron cuál había sido el último homicidio. Y tuve que pensarlo. Gijón es la segunda ciudad más segura de España -dice Gallo-. En una noche como la de ayer, una noche de sábado, miles de personas en la calle, hubo sólo dos situaciones tensas, una gresca entre familiares y una entre dos bandas de jóvenes.
Y es cierto. Este domingo El Comercio, el diario local, prácticamente carece de noticias policiales. La única está debajo de una crónica que describe el entusiasmo de hoteleros y gastronómicos, vecinos de Gijón, con el turismo que genera la movida de la Semana Negra. La noticia es breve y nada espeluznante para un argentino. Informa que anoche, sábado, hubo una reyerta protagonizada por miembros de “Los Ñetas”, una banda juvenil, con otra enemiga. El altercado se inició entre las carpas de la Semana y siguió más tarde en las puertas de la discoteca Go.
-Y no pasó más -dice Gallo-. Porque de haber ocurrido algo más, un vecino habría avisado. En cuyo caso, nuestra capacidad de respuesta es de 30 segundos.
Gallo me lleva a la Jefatura. La modernidad y la pulcritud definen el edificio y su interior. Me invita a una sala donde, desde sus computadoras de última generación, una serie de uniformados controlan, lo más tranquilos, la ciudad desde las pantallas. Acá opera el Centro de Coordinación General de Servicios. En caso de una urgencia, tres cámaras de alta velocidad dispuestas en toda la ciudad permiten enfocar en primer plano tanto un sujeto como una chapa patente. Nada escapa a la visión de este sistema de vigilancia muy Gran Hermano. “No nos ocupamos ni de terroristas ni de narcos”, dice, “pero completamos la ayuda de la policía nacional si se nos pide”. Frente a las computadoras, en una pared de la sala, dos pantallas enormes amplifican por igual el plano de la ciudad como la imagen que puede concentrar la atención si surge un delito. “Cuando Anne Perry, la novelista inglesa de policiales, pasó por aquí y le mostré nuestra tecnología, se asombró. ‘Esto no lo tiene hoy Scotland Yard’, me dijo Perry.”
Anne Perry no es la única firma de literatura negra que Gallo mecha en la conversación. Entre sus escritores admirados se cuentan dos argentinos: Ernesto Mallo, el de Delincuente argentino, y el prolífico y premiado Raúl Argemí, responsable de una considerable y potente narrativa hard boiled desconocida en nuestro país. Gallo es un conocedor de la literatura negra. Más allá de los clásicos de la serie negra norteamericana, a Gallo le importan pocos europeos: Sciacia, Markaris, Izzo y Manchette. Entre los españoles, Vázquez Montalbán, Andreu Martín, que se inspiró en él para crear su detective Alex Del Toro. Y, obviamente, Juan Madrid. “Me gusta Juan por su pulso del asfalto. Porque anda por ahí, yendo a todas partes anotando en su libretita”. Gallo se toma una pausa. No les cree demasiado a la mayoría de los escritores de novela negra. “Hablan de crimen y de armas y en su vida ni olieron ni la sangre ni la pólvora”, dice. Y lo dice con autoridad. Porque en la Semana Negra del año pasado invitó a varios escritores de policiales presuntamente duros a un polígono. “Hammett se habría reído viéndolos. Uno tenía que cuidar no sólo que no se lastimasen sino que no te mataran. Es que la inspiración de estos escritores no es la realidad sino las series y las películas que ven muy cómodos en su piso”, dice. No son muchos los escritores europeos que le gustan a Gallo: “Es que a la mayoría le preocupa más vender que la realidad. La edulcoran y se autocensuran: esto no va a gustar a los de izquierda, esto no a los de derecha. Y así. A diferencia de la literatura latinoamericana, que tiene tripas, los europeos resignan la observación. Lo que consiguen es una novela plana con personajes planos. Y no cuestionan el poder”.
Al terminar la entrevista me regala su última novela, Operación exterminio. Tiene un acápite de Albert Camus: “Fue en España donde los seres humanos aprendieron que es posible tener razón y, aun así, sufrir la derrota”. La novela narra, a partir de hechos reales, uno de los episodios más cruentos de la represión franquista, una infiltración maquinada tras los muros de la prisión de Carabanchel por la inteligencia de la Guardia Civil contra la guerrilla republicana en el otoño de 1946. Empiezo a leerla. La novela tiene una prosa que engancha.
Si lo que yo esperaba al conversar con Gallo era alguna historia en la que pudieran fundirse la violencia y la ficción, nada de eso. “Sí, alguna vez la pasé difícil”, reconoce, pero le resta importancia al contar. “Una vez un loco que tenía la navaja en el cuello de un compañero. Y nosotros estábamos ahí, con el dedo en el gatillo. Pero finalmente el loco entró en razón y pudimos detenerlo. Otra vez, en un cuarto, me pasó de estar con otro compañero, rodeados de escopetas que nos apuntaban. Delincuentes comunes. Hasta que llegaron los refuerzos. Pero no hay nada que deba destacarse. Trabajo simplemente.” Y después de otro silencio vuelve a repetirlo: “Es trabajo lo mío. Y lo que cuenta es que la noche del sábado terminó bien”.
Me falta una pregunta. Se la hago:
-Por la mañana –me contesta-. Escribo por la mañana. Y cuando es la hora en que me pongo la placa, ya tengo hecho el día. Porque lo de ser escritor es también un trabajo. Como el de policía. De lunes a domingo.

El policía rojo