Yo vi gratis la palomita de Poy

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La guerra del fútbol arrasa con todo. Nos tendrá en vilo durante muchos meses. La disputa poco tiene que ver con el deporte y el legítimo derecho a la información de los ciudadanos. Se trata de poder y dinero. El debate, con esos parámetros, se torna imposible.

Los periodistas saben mejor que nadie que, en toda guerra, la primera víctima es la verdad. Para el Gobierno, el objetivo fue golpear al grupo mediático al que responsabiliza de casi todos sus males. Para los dueños del fútbol, se trata de no perder el impresionante negocio capturado en exclusividad desde hace veinte años. Pero ninguno de los contendientes lo reconoce. Unos hablan de democratización y otros de seguridad jurídica. En este país, es más fácil encontrar un wing que desborde que un dirigente sincero. ¿Y los hinchas? Los hinchas cotizan menos que nada. Aunque, esta vez, a costa del Estado, pueden pasar de víctimas a beneficiados.

La guerra del fútbol no tiene inocentes. El gobierno nacional descubre ahora los perjuicios que pueden ocasionar los monopolios. En 2006 fue el propio Néstor Kirchner quien ordenó consolidarlos, cuando desoyó las recomendaciones de José Sbatella, presidente de la Comisión de Defensa de la Competencia. El economista era contrario a la fusión del negocio del cable en beneficio de empresas del Grupo Clarín. “Las batallas perdidas son las que no se dan. Yo di la batalla para que este organismo, que me parece estratégico y el único idóneo para la regulación de los mercados y el poder de monopolio, funcionara. Pero se relavitizó esa posibilidad”, dijo poco antes de renunciar a su cargo.

Por su parte, los directivos de Televisión Satelital Codificada se desayunaron de golpe con la malicia de Julio Grondona. Don Julio, quien fue durante dos décadas un socio privilegiado, pasó de ser el gran estratega del deporte nacional al rango de capo mafia. Sorpresas te da la vida. El que avisa también puede ser un traidor.

El resto de los actores mediáticos se relame con el desparramo operado por el jefe supremo de la AFA a instancias del Gobierno. Todos quieren una porción de un pastel que antes miraban desde lejos. La dirigencia opositora oscila entre el silencio y la sumisión. Una decena de políticos exige cuidar la plata de los contribuyentes. Repiten como un mantra: “Que el Estado no se meta, que el Estado no se meta”… Les faltaría verbalizar lo que de verdad piensan: “Que el Estado no se meta nunca en nada”.

Para seguir con las imágenes deportivas, el ex presidente parece un boxeador que, camino a la lona, logró acertar un imprevisible derechazo. Sabe que el golpe no cambiará su destino, apenas lo hará menos amargo. En el oficialismo, por el contrario, cunde la euforia e imaginan un relanzamiento. “Kirchner venderá cara su derrota”, aseguran. Una tontería. Ya se lo explicó el perro Mendieta a un eufórico Inodoro Pereyra: ¿Quién va a querer comprar una derrota y encima cara?

Con todo, la posibilidad de ver el fútbol gratis entusiasma. Recuerdo exactamente el día de mi debut televisivo. Fue el 19 de diciembre de 1971. Por primera vez en la historia, mi equipo, Rosario Central, jugaba con Ñuls en una instancia decisiva: la semifinal del Campeonato Nacional de Fútbol. Yo era un pibito y, por consiguiente, tenía vedada la posibilidad de ir a la cancha. Además, el partido se jugaba en el estadio de River, en Buenos Aires. La excursión me estaba vedada. Para colmo, en mi casa no había televisor. La gran discusión del momento era dónde ver el partido. El único amigo que tenía tele era fanático de la lepra así que descarté esa posibilidad.

Si la memoria no me traiciona, se jugó un sábado. Rosario estaba paralizada y dividida. La tensión pesaba sobre la ciudad como un manto de niebla. Se respiraba una mezcla rara de miedo y ansiedad. Hasta los más chicos intuíamos que se trataba de un punto de inflexión en la historia futbolera local. Yo ya había decidido no ir a la escuela si Central perdía ese partido. Fontanarrosa explica en un cuento, “19 de diciembre de 1971”, que muchos barajaban la idea de mudarse de ciudad si el resultado era adverso. Le creo.

Finalmente, mi familia decidió ver el partido en El Tala, el club del barrio. Recuerdo el televisor enorme sobre una estructura de metal. También la pequeña multitud colmando el salón. Hombres, mujeres y niños. Familias enteras. Recuerdo las botellas de cerveza sobre las mesas, los cánticos y las banderas. Los jugadores con camisetas en blanco y negro. Había que adivinar el azul y oro en los de Central y el rojo y negro en los de Ñuls. Recuerdo los gritos y el silencio que se alternaban según el dominio en el juego. Y, sobre todas las cosas, recuerdo el centro perfecto del uruguayo Jorge González al medio del área y el vuelo de Aldo Pedro Poy y el cabezazo perfecto y el gol y la fiesta después de tantos nervios.

Después vino el color para copiar la realidad de manera perfecta, los televisores al alcance de la clase media y, más tarde, los aranceles para casi todo. Yo vi gratis la palomita de Poy.

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Yo vi gratis la palomita de Poy