La decadencia televisada

Hacía mucho tiempo que no lo hacía. Tal vez tuve mucha mala suerte pero ocurrió. Anoche me puse a ver televisión. Tenía que ordenar papeles y se me ocurrió que podía hacerlo mirando la tele. Debo aclarar que no tengo servicio de cable. Ningún prejuicio, es una decisión personal que se fundamenta en el atractivo menú que ofrece la televisión paga. En el cable siempre hay algo interesante y eso me distrae de lecturas y escritura. Además me ahorro unos mangos ya que el fóbal, mi gran pasión, es gratis.

El tema es que en un par de horas ví repetida hasta el cansancio una pelea entre unos tipos que no conozco pero algunos decían que eran actores a las trompadas. La pelea se originó en el programa de Anabella Ascar, la conductora rubia de Crónica que hace unos programas bizarros que parece son delirantes y divertidos. Ella se autoproclamó en una nota -paseó por todos los canales después del macht de boxeo- como “la reina bizarra” (en eso parece honesta, aunque alguien en medio de los bollos decía: “esto es un golazo”). 

En medio de esos informes que se sucedían una y otra vez, pasaban escenas de la pelea a las puteadas entre los técnicos de Tigre y Godoy Cruz que se acusaban mutuamente de “falopero” y “coimero”, respectivamente. Todo debe haber tenido buen rating. Esta es una buena idea para los productores de programas periodísticos: hay que incorporar pugilato.

Lo cierto es que en medio de todo este pandemonium miré los noticieros: Cobos levantaba la bandera de la “moralidad” y anunciaba que le iba a descontar 20 por ciento de la dieta a los legisladores que no dieran quorum en la próxima sesión del Senado, Macri definía su estrategia judicial para zafar de las acusaciones de espionaje y los secretarios privados de la presidenta Cristina Kirchner eran llamados a explicar cómo se enriquecieron. Guauuu. Todo es igual, nada es mejor.

Como suele decir el maestro Mario Trejo, la decadencia cultural de la argentina a 200 años de su nacimiento es evidente y, tal vez por esa misma razón, muy dolorosa.

La decadencia televisada