¿Es posible la unidad contra el narcotráfico?

Cocaina

Los principales referentes de la oposición fueron convocados a la Casa de Gobierno, a instancias de la presidenta de la Nación, para una reunión destinada a coordinar políticas públicas para enfrentar el narcotráfico. Hermes Binner, Ricardo Alfonsín, Mauricio Macri y Sergio Massa, entre otros, conversaron durante una hora con el Jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina; el Ministro del Interior y Transporte, Florencio Randazzo y el de Justicia, Julio Alak. En el encuentro acordaron conformar una comisión de expertos de todas las fuerzas políticas para que analice propuestas legislativas que faciliten la lucha contra el crimen organizado. Entre otras iniciativas se habló de crear fiscalías especiales dedicadas a la investigación de lavado de dinero y otros delitos conexos. Además el gobierno puso a consideración de los opositores la creación de un organismo de élite, una suerte de DEA argentina armada con participación de las provincias, e integrada por profesionales altamente capacitados e incuestionables para operar en la represión de las bandas que operan en todo el territorio nacional.

La información precedente es falsa. Tan falsa como indispensable. Pero ¿es posible un encuentro de esta naturaleza? Sin mínimos consensos y una acción coordinada de las fuerzas democráticas cualquier política dedicada a combatir a los narcos está destinada al fracaso.

El atentado contra la casa del Gobernador de Santa Fe, Antonio Bonfatti, marcó un hito en esa pelea que las bandas mantienen con las instituciones. El mensaje fue claro: “podemos con un gobernador, podemos con cualquiera”. Los destinatarios: funcionarios y policías honestos, fiscales y jueces eficientes, ciudadanos decididos a dar testimonio, la sociedad en general. Fue el hecho mafioso más grave desde el retorno de la democracia.

Las escenas de los últimos meses son contundentes y remiten a otras geografías del continente. Una ciudad como Rosario, de enorme crecimiento económico en los últimos años, bate el record de homicidios (215 casos en lo que va del año, la mayoría menores de 24 años). Asesinatos por encargo, ataques a concesionarias de autos de alta gama, guerras por el territorio de venta, niños reclutados para el delito, barras bravas comprando decenas de propiedades, inmensas sumas de dinero abonadas en efectivo, policías venales entregando información que compromete la vida de sus compañeros honestos, operativos antidroga truchos y complicidades en todos los niveles.

El fin de semana pasado, la jerarquía de la Iglesia Católica hizo público un documento en donde expresa su preocupación por el avance del tráfico de drogas. Los obispos aseguraron que se llegó a una “situación de desborde” y advirtieron, en forma dramática, que el país “está corriendo el riesgo de pasar a una situación de difícil retorno”. El documento asegura que “si la dirigencia política y social no toma medidas urgentes costará mucho tiempo y mucha sangre erradicar estas mafias que han ido ganando cada vez más espacio”. En la afirmación más política del informe, critican la acefalía en la Secretaría de Lucha contra el Narcotráfico, vacante desde marzo pasado, y la falta de radarización en las zonas de frontera.

Difícil no coincidir con el relevamiento de los religiosos. Los curas villeros, los maestros, los militantes sociales son testigos del tsunami que arrastra a chicos cada vez más chicos al consumo de paco y a las filas del menudeo narco en cada uno de los barrios más pobres del país. El resto del paisaje se completa con la corrupción de agentes de las fuerzas de seguridad. Los casos de Santa Fe y Córdoba así lo demuestran.

El Secretario de Seguridad, Sergio Berni, dijo coincidir con los obispos pero calificó el documento como tardío, “el problema del narcotráfico viene desde hace muchos años”. Luego aseguró, sin dar muchas precisiones, que durante 2013 detuvieron a “5700 narcotraficantes”.

El socialismo que gobierna Santa Fe cometió un error que ahora está tratando de enmendar: le cedió a la policía el control de la fuerza. Ese exceso de confianza facilitó los “negocios” y la corrupción. También desamparó a los buenos policías. Las investigaciones judiciales en marcha revelaron que en casi todas las bandas desmanteladas hasta ahora existía alguna vinculación con personal de seguridad. El ex jefe de la policía santafecina Hugo Tognoli se encuentra detenido, al igual que el comisario inspector Gustavo Pereyra, quien, según la investigación judicial, facilitaba información a los narcos. Algo parecido ocurrió en Córdoba. Una investigación sobre la conexión entre policías y narcos llevó al gobernador José Manuel De la Sota a relevar al Ministro de Seguridad de Córdoba, Alejo Paredes, y al jefe de policía, Ramón Frías. Según los especialistas esto apenas es el comienzo.

Pero plantear que los problemas se limitan a esas dos provincias, curiosamente no oficialistas, es un error o una estupidez. El conurbano bonaerense y los asentamientos precarios de la Capital Federal, son escenario de situaciones parecidas. Hay villas, como la 1.11.14 o Zabaleta que están controladas por los delincuentes. En Buenos Aires los episodios más graves estuvieron ligados a la producción de efedrina. Hubo tres homicidios mafiosos que todavía no fueron esclarecidos. También se detectó la presencia de narcos colombianos y se registraron vendettas y detenciones.

Muchas operaciones inmobiliarias se relacionan con el lavado de dinero. En Argentina casi no hay detenidos por ese delito y su represión le corresponde al gobierno nacional, así como la inexplicable laxitud de las fronteras. Buenos Aires se convirtió en un paraíso para los narcos con problemas en sus países de origen.

El enemigo está en las calles. Tiene poder y dinero ilimitado. Capacidad para corromper a quienes deben combatirlo. Sus principales víctimas son adolescentes. No se trata de un problema que corresponde a un gobierno determinado. Los narcos no discriminan. Más allá de las responsabilidades puntuales y los errores cometidos por cada administración en particular, la dirigencia política debe dejar de lado las mezquindades electorales y aceptar este desafío en conjunto. Si no pueden acordar presupuestos mínimos que garanticen eficacia en la lucha contra el narcotráfico, es que no pueden acordar nada. Y, en ese caso, alguna vez deberán rendir cuentas por haber faltado a un compromiso ético indelegable.

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¿Es posible la unidad contra el narcotráfico?

La gran bestia pop

Cuando Luis Barrionuevo habla, hay que escucharlo con atención. Hace mucho tiempo que se ganó ese derecho.

Sus métodos sindicales y su praxis política violenta merecen el repudio general, pero sus frases revelan aspectos de la realidad nacional con inigualable claridad. “Kirchner se equivocó en nacionalizar la elección en Catamarca –dijo cuando todavía no había terminado la votación–. Perdió porque no escucha. Por sus errores. Yo no lo digo ahora, no es que antes decía que era rubio, alto y miraba derecho. Porque ahora es fácil pegarle. Hay una sociedad ávida de castigar a los Kirchner”. Mientras los radicales que responden al vicepresidente celebraban el triunfo como propio, afirmó contundente: “Cobos no existe”.

Nadie puede decir que el dirigente gastronómico no es sincero. Siempre criticó a la pareja presidencial. Fueron sus seguidores los que escracharon a Cristina Fernández y le arrojaron huevos cuando viajó a Catamarca para apoyar al Frente Cívico. Eran los tiempos en los que Kirchner definía su romance político con el gobernador Eduardo Brizuela del Moral y el viejo peronismo provincial era una antigualla signada por el descrédito. Desde ese día, Cristina lo castigó cada vez que pudo. Parecía que no iba a olvidar nunca ni el mal trago ni las manchas en su vestido. Pero todo pasa.

El dirigente que acompañó el domingo pasado la aventura catamarqueña de Néstor Kirchner es el mismo que conformó una Central Obrera alternativa a la de Hugo Moyano y no se cansa de “gastar” al presidente del PJ. Con todo, en nombre de la unidad, el operador político del gobierno Armando “Bombón” Mercado lo llamó, junto a Ramón Saadi, para defender “el proyecto transformador” en Catamarca. Y Luis fue. Puso a su gente en la lista y fue. Ahora, derrota en mano, disfruta y analiza los resultados de semejante alquimia electoral como si no tuviese nada que ver. Un grande.

Y vale la pena escucharlo. Barrionuevo es una suerte de oráculo de la política criolla. “De su boca salen las verdades como poroto e´ la chaucha” (perdón, Landrisina). En 1990 aseguró que “nadie hace la plata trabajando” y en 1996 pidió con humildad: “en este país, tenemos que dejar de robar por dos años”. Un ejemplo de coherencia. Claro, que casi nadie le hizo caso. Diez años después, como si fuera el tomo III de sus sentencias sobre la vida institucional de la República señaló: “La coima es un sello nacional”.

Barrionuevo es el mejor ejemplo de la movilidad social. Un exponente cabal de las posibilidades que Argentina brinda a todos los hombres de buena voluntad. El actual Secretario General del Gremio Gastronómico nunca fue gastronómico. Pero eso no importa. Decir lo contrario llevaría a afirmar que para representar a los trabajadores hay que trabajar. Eso sí, dicen que se hizo de abajo. Fue cadete, peón de albañil, verdulero y hasta conserje de un hotel alojamiento. Después ocupó un cargo en la Unión Obrera Textil y de allí saltó a la seccional San Martín de Gastronómicos literalmente a las piñas.

Su estrella ya no se apagaría. Con el retorno a la democracia integró la lista de candidatos a diputados. Se consolidó en la conducción de su gremio a pesar de los intentos del alfonsinismo por desplazarlo. Después trabó relación con el radical Enrique Coti Nosiglia y el hostigamiento cesó. Cuando Raúl Alfonsín dejó el poder, hizo una nueva apuesta: aportó a la campaña presidencial de Carlos Menem y su esfuerzo fue premiado por el riojano. Le otorgó la conducción del Instituto Nacional de Obras Sociales (INOS). El cargo le vino como anillo al dedo. Fue entonces que no tuvo empacho en declararse “recontra alcahuete de Menem”. Después fue senador nacional con Eduardo Duhalde y diputado con Kirchner.

Su actividad política no le impidió ser presidente del club Chacarita ni organizar a la barra brava como fuerza de choque del gremio. También metió mano en Independiente y, según denunciaron dirigentes de la Alianza primero y la ministra de Salud Graciela Ocaña después, “se cansó de hacer negocios con el PAMI”. Cargos que rechazó con vehemencia. “Parezco sal gruesa, estoy en todos los estofados”, le confesó a la Revista Gabo en abril del 2006.

Dos veces fue investigado por supuesto enriquecimiento ilícito. Dos veces superó la prueba. La declaración jurada que presentó al Congreso cuando llegó a ocupar una banca en el Senado es una ejemplo de su conducta espartana. Estaban en blanco en casi todos los ítems. Apenas treinta mil pesos en una caja de ahorro y un vehículo con diez años de antigüedad. “No voy a poner lo que no tengo”, explicó por televisión en Mayo del 2002.

Barrionuevo ya alcanzó la categoría de imprescindible. Cuesta imaginar al sistema sin sus frases y sus maneras. Sobrevivió a Alfonsín, a Menem, a Duhalde y a la Alianza. Está convencido que sobrevivirá a los Kirchner. Por lo pronto ya superó las embestidas de Ocaña y de Cristina. No lo desvela el código penal, ni las denuncias de los periodistas. Es la gran bestia popular. Todos le temen y muchos lo necesitan. Es cien por ciento argentino y peronista. Su presencia en la escena nacional marca los límites del cambio.

La gran bestia pop