Llueve sopa

sopa

“Llueve sopa y todos los dirigentes desde el centro hacia la izquierda andan con tenedores”. Eso dice mi amigo, el optimista. Acabo de explicarle – a los postres de un asado bien regado con un vino malbec– que nunca antes la derecha ha tenido en la Argentina tanta fuerza y tantos canales de expresión, incluso en partidos que no vienen de esa tradición ideológica. Por lo menos desde el retorno a la democracia que no ocurre algo parecido. Fue en ese momento cuando mi amigo, impasible, largó la metáfora que mezcla alegremente a Gramsci con el Gato Dumas. “Llueve sopa”, suelta meneando la cabeza. Su razonamiento es simple e inquietante: sólo cuando la derecha está bien posicionada, cuando las opciones conservadoras se expresan con mayor claridad, las opciones progresistas pueden consolidarse como una alternativa real de poder. Claro que para eso, me aclara, los dirigentes deberían dejar de lado sus egos y sus egoísmos y tomar las cucharas y los platos hondos.

Coincidimos en el diagnóstico. Más allá del auge del PRO de Mauricio Macri, que gobierna la ciudad de Buenos Aires y cuenta con una estrella mediática “querida y valorada por todos” como Gabriela Michetti, y de la extraordinaria performance electoral de Francisco de Narváez en la provincia más poblada del país, en la mayoría de los otros partidos democráticos crecen opciones internas de perfil conservador.

La UCR es el mejor ejemplo de este proceso. Julio César Cleto Cobos se convirtió en algo así como la esperanza blanca. Así, por lo menos, lo presentan los medios de comunicación masivos. Después de su voto “no positivo”, que hizo naufragar la indiscriminada aplicación de retenciones a las exportaciones de cereal, Cleto Cobos cuenta con una impresionante adhesión popular –por lo menos eso revelan las encuestas–. Una parte de la gente que eventualmente lo votaría ni siquiera sabe que ya lo votó junto a Cristina Kirchner. Misterios te da la vida.

Sin embargo, hay un sector del radicalismo que todavía se resiste a encolumnarse detrás del hombre que los había abandonado para sumarse al kirchnerismo. Aunque le reconocen su poder de convocatoria, Gerardo Morales y los suyos no le perdonan aquel renuncio y desconfían de sus eventuales alianzas. Para colmo, ni el socialista Hermes Binner ni Elisa Carrió lo bendicen con su apoyo.

A propósito de la fuerza creada por Carrió, es difícil encuadrar ideológicamente a la Coalición Cívica. Mientras el periodista, escritor y diputado Fernando Iglesias se pregunta en un libro –y vale su intento– ¿qué significa ser de izquierda?, la fundadora del espacio, con la incorporación de Patricia Bullrich y Prat-Gay, aportó una respuesta concreta a ese interrogante.

En el PJ disidente –siempre habrá un PJ disidente en la viña del Señor– las cosas son menos complejas. Detrás de Felipe Solá se reúnen Juan Carlos Romero, los hermanos Rodríguez Saá y Jorge Busti, entre otros. Y, más allá, Eduardo Duhalde. Le explico a mi amigo, el optimista, que aunque no lo veamos Duhalde siempre está. Y Luis Barrionuevo y Miguel Ángel Toma. Y Chiche, claro.

También está Carlos Reutemann, quien alguna vez dijo que admiraba al socialismo chileno, y su circunstancial auditorio refrenó las carcajadas. Desde Llambi Campbell, su pequeño refugio santafesino, el Lole espera el momento propicio. No tiene devaneos intelectuales, sus dudas pasan por otro lado. El ex piloto no es de izquierda ni de derecha. Tampoco de centro. Desde que Carlos Menem lo convocó a la política entendió que la mejor definición es el silencio.

¿Y el Gobierno? Ahora soy yo el que apura a mi amigo, el optimista. Pero él no se inmuta. Me explica que nadie le hizo tanto daño al progresismo como el matrimonio Kirchner. Su lógica es implacable. Dice que más allá de los logros en materia de derechos humanos y el gesto de renovar la Corte Suprema con juristas, los Kirchner utilizaron un discurso de izquierda pero consolidaron la concentración económica y la desigualdad social; se aliaron con los barones del conurbano y el sindicalismo tradicional; no propiciaron una reforma impositiva y gobiernan con alarmantes índices de corrupción. Hasta generaron dudas sobre el verdadero rol del Estado.

Detengo su enumeración y vuelvo a interrogarlo sobre el supuesto diluvio de sopa. A eso me refiero –dice categórico–, si Binner, Pino Solanas, Víctor De Gennaro, Claudio Lozano, Eduardo Macaluse, Martín Sabbatella, Luis Juez, Hugo Yasky, Luis Zamora, por nombrar apenas a algunos dirigentes, no logran aprovechar esta coyuntura derechizada para propiciar una alternativa progresista y superadora, pensada primero para perder y permanecer, soñada después para crecer y ganar, en dos, en seis, en diez años, como hizo el Frente Amplio en Uruguay o el Partido de los Trabajadores en Brasil, es que no podrán armar nada. Ni ahora ni nunca.

Mi amigo, el optimista, finaliza su alocución con un suspiro. No encuentro en su rostro ni una pizca de resignación. Parece satisfecho. Le sirvo un café y una copita de licor. El resto de los comensales ya nos abandonó hace rato. Primero se fueron los escépticos y después los aburridos. Me gusta escuchar a mi amigo. Afuera llueve.

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Llueve sopa

La elecciones son de chicle

Encuesta. La presidente de la Nación anunció el adelantamiento de las elecciones para legisladores nacionales para el 28 de junio. Dijo que “sería suicida”  dedicar “meses de campaña” cuando el mundo se cae a pedazos.

Más allá de la explicación de Cristina Kirchner,  la decisión tiene que ver con la necesidad política del gobierno de evitar una derrota en Capital, cortar con la sangría de dirigentes del PJ y la conciencia de que en Octubre el país difícilmente esté en una situación mejor. Con todo, la decisión es legítima si el Congreso lo aprueba.

Los Kirchner jugarán al todo o nada. Vos qué opinás?

La elecciones son de chicle

Néstor Kirchner, primer ministro

Néstor Kirchner habla, se mueve, desafía, se ríe, reprende a los periodistas, se permite ironías, cuestiona a los opositores, da instrucciones, saluda con un beso, convoca a los argentinos, como si fuese un primer Ministro. Sabe que representa el poder real.

Éste es uno de los problemas centrales de la actual crisis política: el poder real no coincide plenamente con el poder formal. Cristina Fernández es beneficiaria y víctima de esa dicotomía. Pero en ese orden: beneficiaria y víctima. Cada intervención del patagónico apuntala y desgasta la imagen de la Presidenta de la Nación con idéntico rigor.

Desde el nacimiento del mandato, Néstor hizo exactamente lo contrario a lo planteado por su mujer en 2003. Ella, por entonces una dirigente reconocida y de alta exposición mediática, guardó silencio y se dedicó a acompañar la gestión de su marido en un discreto segundo plano. Él, en cambio, eligió el perfil alto. Arrancó fustigando a los Estados Unidos por el escándalo judicial de la valija repleta de dólares que, según una denuncia, llegó desde Venezuela con destino de campaña electoral. Y luego se ofreció de mediador para la fallida liberación de los rehenes de las FARC.

Cuando decidió que el Partido Justicialista sería la herramienta desde donde seguiría desplegando sus estrategias políticas, la agenda diaria de Néstor siempre fue más nutrida y contundente que la de su esposa. Por la oficina de Puerto Madero pasaron ministros, gobernadores, senadores, sindicalistas y empresarios. Mientras tanto, la Presidenta ejecutaba actos protocolares. A pesar del temor reverencial que despierta el ex presidente, los colaboradores de Cristina dejaban trascender su desagrado, aunque aclaraban: “Entre ellos no hay ningún problema”.

Después vino la etapa del PJ. El hombre que había anunciado la sumisión del partido fundado por Perón a un Frente Progresista terminó por apelar a la vieja y eficiente maquinaria electoral. Desde allí terminó de sepultar los sueños de transversalidad primero y de la Concertación Plural después. Desde esa plataforma, apeló a una suerte de trotskismo vernáculo, llevando al gobierno de su esposa a la confrontación permanente. “Si hay dos modelos de país, lo mejor es que se enfrenten”, suele decir.

Aunque no formaban parte del vocabulario de la Presidenta, las consignas de guerra de su esposo se fueron imponiendo: esta lucha es a matar o morir. Rendición incondicional. Quieren un golpe de Estado. Son la derecha reaccionaria. Los quiero de rodillas. Retroceder sería una catástrofe, un signo de debilidad.

Curioso. Si bien es sabido que Néstor no cree en el diálogo ni en la generación de consensos para la toma de decisiones, en su primer gobierno no confrontó con los grandes grupos mediáticos. Todo lo contrario: favoreció su concentración y pactó favores a cambio de pauta oficial con dos o tres empresarios. Con su esposa en la Casa Rosada, decidió la pelea. Como con la acertada política de Derechos Humanos o con el proceso de quita de la deuda externa, ojalá la batalla permita la aprobación de una nueva Ley de Radiodifusión. No importa si nace empujada por el fragor de un conflicto de poder.

Otra rareza. En su primer mandato, varias veces, el ex presidente volvió atrás con alguna medida. La más notable fue la desencadenada por su apoyo a la pretensión de Carlos Rovira de modificar la Constitución de Misiones para habilitar su reelección indefinida. Derrotado el gobernador por un ex obispo, el entonces presidente ordenó que se archivaran todos los proyectos reeleccionistas. Y más: bajó la reelección de Felipe Solá en Buenos Aires. La movida no hizo ninguna mella en su gobierno. Meses después, su esposa ganaba la elección nacional con comodidad. Pero en el conflicto con el campo, que nace de una necesidad cierta -parar el monocultivo y evitar aumentos en los precios de los alimentos para consumo interno-, apostó a persistir en el error que lanzó el fugaz ministro Martín Lousteau. Según muchas encuestas, el mayor costo lo pagó la imagen y la credibilidad de la Presidenta.

Néstor Kirchner habla y se mueve como si fuese un primer ministro. Dice que es un soldado que acompaña y defiende, pero se siente un general en operaciones. Es el poder real. Más de medio gabinete le reporta directamente. A algunos funcionarios los llama una decena de veces por día. Los gobernadores le piden permiso. Los legisladores no se mueven sin su aval. El Banco Central le manda informes diarios. Desde el INDEC lo consultan. Los piqueteros se agitan con sus gestos.

Si el sueño del gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, fuese posible de manera inmediata (avanzar con una reforma constitucional hacia un formato parlamentario), Néstor Kirchner tendría que ser Primer Ministro. Mientras tanto, para evitar confusiones, para ahorrarle a Cristina y al país mayores costos, el ex presidente debería ocupar un lugar destacado en el gabinete nacional.

Néstor Kirchner, primer ministro