Primero Brasil

“Primero están los intereses de Brasil y después los intereses del partido. En mi país todos comprendemos eso.”

Hace unos años entrevisté para la revista Veintitrés al diputado brasileño Renildo Calheiros. El legislador estaba de visita en Buenos Aires en su carácter de presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados de Brasil. Pedí hacer esa nota impulsado por una curiosidad personal: quería saber cómo un dirigente del Partido Comunista había llegado a ocupar un puesto tan estratégico. Una proeza imposible de lograr en un país como la Argentina.

Esa fue mi primera pregunta y Renildo, con una sonrisa que denotaba suficiencia, me contestó: “En Brasil primero están los intereses de Brasil, la ideología no altera ese orden”. Ante mi persistente desconfianza acudió a un ejemplo contundente: me explicó que Brasil votaba a favor de Cuba en las Naciones Unidas cada vez que los Estados Unidos propiciaban una sanción al gobierno de Fidel Castro por violación a los derechos humanos. Ese voto fue el mismo con Collor de Mello, con Fernando Henrique Cardoso y con Lula. “Brasil tiene intereses y objetivos permanentes no importa quién gobierne el país”, remató el diputado marxista.

Recordé la frase esta semana, cuando al tomar estado público el descubrimiento por parte de Petrobras (asociada a British Gas y Repsol YPF) de un descomunal yacimiento de petróleo frente a las costas de Río de Janeiro no faltó quien aludiera a “la suerte de los brasileños”. Según explicó Haroldo Lima, de la Agencia Nacional de Petróleo de Brasil, el tesoro que guarda el mar carioca equivale a 33 mil millones de barriles de crudo.

De confirmarse esta cifra (en el país tropical tienen tendencia a magnificar), y una vez evaluado el costo de la extracción, Brasil podría convertirse en poco tiempo en un país exportador de petróleo. Hasta hace una década era importador. En la Argentina el proceso es el inverso: hasta hace unos años el país se autoabastecía con comodidad y ahora va camino a ser importador.

Lo cierto es que en el sensacional descubrimiento de los vecinos no hay nada de azar. La empresa estatal brasileña, con el aporte de capital privado, hace años que realiza exploraciones en la plataforma marina. La falta de petróleo hacía vulnerable al gigante sudamericano y los gobiernos que, con distinto signo político, se sucedieron en Brasil desde hace dos décadas decidieron remediarlo. ¿Cómo? No cediendo el control de su matriz energética al sector privado y ejecutando una fuerte política de inversión.

Para crear Petrobras, los brasileños se inspiraron en el modelo argentino de YPF. Medio siglo después los resultados están a la vista. La coherencia y el patriotismo que les sobra a los dirigentes brasileños le falta a los argentinos. En los noventa, Carlos Menem y Domingo Cavallo dejaron de considerar estratégicos los recursos del subsuelo. Pasaron la riqueza a las provincias y luego, con el aval de los gobernadores de los territorios petroleros, terminaron por enajenar YPF. Los responsables de ese atentado al patrimonio nacional no pagaron ningún costo judicial ni político. Y eso también define a una sociedad. Hubo una suerte de aval social a esa maniobra escandalosa. ¿Hubiese sido posible vender Petrobras en Brasil o privatizar el cobre en Chile?

Vuelvo a pensar en la frase de Calheiros: “Los intereses de Brasil están por sobre los intereses de los dirigentes y de los partidos políticos”. En la Argentina los intereses están por sobre el país y, en ocasiones, sólo favorecen a los dirigentes políticos.

La Argentina tiene una dinámica política caníbal. El otro es el adversario que hay que cooptar o el enemigo por destrozar. Parece imposible acordar políticas de estado entre las fuerzas democráticas y populares. Como si los objetivos del país cambiaran con cada gobierno. Desde el retorno a la democracia, cada presidente se autodefinió como “fuente de toda razón y justicia”. Todos los presidentes llegan para salvar a la patria o para refundar el país. Y desde de la vereda de la oposición se conspira o se desea el desastre.

Nunca se intentó de manera seria acordar estrategias a largo plazo, ni siquiera en temas donde las coincidencias son evidentes como la defensa de los derechos humanos o la lucha contra el hambre y la pobreza. Somos una sociedad difícil de explicar en el exterior. Parecemos enfermos de consignas y egoísmo. La ideología es imprescindible a la hora de hacer política, pero siempre que funcione como un paraguas y no como una muralla. No es complicado saber por qué nos va como nos va.

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