Una solución para el narcotráfico

En los últimos días, dos jueces advirtieron sobre la complicidad del aparato estatal con el narcotráfico.

No hay distribución de tóxicos sin connivencia oficial. Nosotros queremos agarrar a los que trafican porque ése es el punto central de la cuestión”, dijo Eugenio Zaffaroni, ministro de la Corte Suprema de la Nación.

El dinero del narcotráfico penetra donde le den cabida. No nos asombremos de que pueda existir complicidad de quien sea. La Argentina está a medio camino de Colombia y por eso hay que actuar de manera rápida y eficaz”, señaló el juez federal Federico Faggionatto Márquez, a cargo de la causa por la ruta de la efedrina. Horas antes, el magistrado había ordenado la detención de Mario Segovia, el mayor proveedor de efedrina a México. Parece que el tipo vendió ocho mil kilos de esa droga en dos años. Todo ese tiempo lo pasó inadvertido en una lujosa casa del barrio Fisherton de Rosario, manejando un Rolls-Royce, dos Hummer y una Land Cruiser.

Los enormes márgenes de ganancia que brinda la comercialización de estupefacientes, la falta de controles legales y la impunidad que logran los actores del tráfico en la Argentina son los elementos que explican el auge del negocio. Y esto vale tanto para la opulenta efedrina que mueve millones como para el miserable paco que cierra la cadena de venta con un tendal de pibes arruinados y por monedas. Los investigadores coinciden en que la expansión del narcotráfico cuenta con la permisividad o connivencia de sectores de la política y de las fuerzas de seguridad.

Desde esta columna aportamos una solución: hay que nombrar al frente de la lucha contra el narcotráfico a María Rosa González. Esta mujer no hizo cursos en la DEA ni se especializó con el FBI, pero se curtió en la calle. No sabe nada de armas ni de técnicas de inteligencia pero es muy valiente y tiene sentido común.

María Rosa vive en Ciudad Oculta, tiene cuatro hijos y desde hace cinco años lucha contra una droga cada vez más popular. En noviembre del 2003, María Rosa no sabía ya qué hacer para ayudar a Jeremías. Su hijo, que entonces tenía 17 años, era adicto al paco, “un pibe con fecha de vencimiento”, como se los llama en las villas y barrios del conurbano. “Pesaba cuarenta kilos, tenía los pies con ampollas, los labios quemados por fumar paco en cañitos de aluminio, vomitaba sangre y no se podía mantener parado”, cuenta.

Era el final de un proceso largo y dramático. Había intentado todo, primero le sacó los elementos para consumir, pero él improvisaba otros “con los tubitos de las cortinas o con pedazos de antena”. Después fue a buscar a los que vendían el paco, los encaró y los denunció. Pero no logró gran cosa.

María Rosa no se rindió. “Con mi hijita y mi hermano cortamos la avenida Eva Perón. Dije que no me iba si no internaban a mi hijo.” Allí ganó su primera batalla.

Pero Jeremías era inmanejable. Fue entonces que María Rosa se asesoró e hizo una denuncia en un juzgado por protección de persona. Denunció a su hijo para salvarlo. Tuvo que conseguir el dictamen de un forense y luego que la comisaría de su zona le diera asistencia para internarlo. Le dijeron que no. Pero se quedó en la seccional hasta que aceptaron. También logró que lo atendieran en una clínica especializada y que el Sedronar accediera a pagar los gastos que para ella eran imposibles. Cuando amenazaron con sacarlo de allí antes de que terminara el tratamiento, anunció que se encadenaría a la Casa Rosada. Y ganó otra vez. “Aprendí a presionar”, dice.

Hoy Jeremías la acompaña a dar charlas en los colegios. Cuenta su historia y les pide a los chicos que no prueben “ese veneno”. Pero a María Rosa la vida no le da tregua. Otro de sus hijos se hizo adicto. Con todo, dedica gran parte de su tiempo a la prevención. Armó un grupo en Ciudad Oculta, y asiste a chicos y madres. “Hay pibes de ocho años que no saben qué es un cuento pero si les decís la palabra paco te explican cómo hay que mezclar la pasta base con virulana o cómo armar una pipa”, explica.

Para su grupo, hasta ahora, no recibe ninguna ayuda oficial, sólo aportes privados – mariarosacontraelpaco(arroba)yahoo.com.ar –

Le pregunto si tuvo miedo cuando fue a buscar a los tipos que le vendían el paco a su hijo. Y me dice que no. Le cuesta encontrar palabras para describirlos. Su bronca tiene fundamento: “Las mamás sabemos quién vende la droga y la policía también lo sabe. Sabemos quiénes son los transas. Pero siempre es igual: van presos los perejiles y los narcotraficantes, nunca. Y si los denunciás, después la policía que los protege toma represalias con tus hijos”.

Le cuento que voy a proponerla para dirigir la lucha contra el narcotráfico en la Argentina. “¿Yo? ¿Una mujer pobre?”, se ríe con ganas pero no dice que no. Y enseguida agrega: “Sola no puedo, pero con todas las otras madres… ¿por qué no?”.

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