Apuntes de fin de año

Cortes de luz
Este fue el año en que un Papa argentino llegó al Vaticano y, por lo que hizo en sus primeros meses de gestión, parece decidido a cambiar una de las estructuras más tradicionales del mundo: la Iglesia Católica. Le bastaron apenas unos gestos de humildad y explicitar su compromiso con los pobres para configurar un punto de inflexión en la historia reciente del catolicismo. Un joven argentino, en tanto, ya cambió el fútbol mundial con su inmenso talento. A ese chico sólo le falta ganar un Mundial. Con la ayuda de Dios, el destino y la buena suerte, bien podría ser el que se jugará en Brasil en pocos meses. En el país de Francisco y Lionel Messi, sin embargo, quedó demostrado que algunas cosas no cambian. En las últimas semanas del 2013 se vivieron escenas de canibalismo social y político, bien alejadas de la beatitud del Papa y de la magia del rosarino.

Después de las legislativas de octubre pasado, que incluyeron derrotas en los principales distritos del país y la aparición de un candidato peronista opositor en la provincia de Buenos Aires dispuesto a disputar poder real, el gobierno logró recomponerse. El fallo a favor de la constitucionalidad de la Ley de Servicios Audiovisuales y los cambios en el gabinete nacional lograron darle aire y recuperó la iniciativa durante varias semanas.

Jorge Capitanich como nuevo jefe de Gabinete y Axel Kicillof en la cartera de Economía aparecieron como la marca visible de “los nuevos tiempos”. La movida respondió a razones médicas y políticas. Cristina Kirchner tuvo que bajar la intensidad de su actividad por consejo médico y se alejó del día a día de la gestión. La llegada del gobernador del Chaco al Gabinete es consecuencia del nuevo mapa político. En lo más alto del poder se reconoció la necesidad de operar cambios que le permitan al gobierno transitar sus dos últimos años de gestión sin desgastar el poder presidencial.

La llegada de Kicillof a un Ministerio que estuvo atravesado por internas y conspiraciones tuvo el mismo sentido. Una conducción deliberativa no era compatible con los problemas serios que presenta la economía para 2014. A instancias de los nuevos ministros, la presidenta decidió la salida de Guillermo Moreno, uno de los funcionarios más ponderados por los Kirchner en la última década y el más cuestionado por la oposición.

En apenas un par de semanas Capitanich hizo lo que nunca se había aceptado en el gobierno: diálogos abiertos con la prensa, reuniones con los mandatarios provinciales –el encuentro con Mauricio Macri, con conferencia de prensa conjunta incluida, sorprendió a propios y extraños– y reiterados cónclaves con empresarios y sindicalistas.

Pero los que imaginaron un fin de año tranquilo entre deseos de amor y paz se equivocaron. El Jefe de Gabinete tuvo su primer traspié con el levantamiento de la policía cordobesa. El gobernador José Manuel De la Sota hizo todo mal. No estaba en su provincia cuando los policías se acuartelaron y dejaron indefensos a los vecinos. Cuando volvió dijo que no otorgaría aumentos y amenazó a los rebeldes con denunciarlos a la Justicia. Unas horas después, cuando ya un millar de comercios habían sido atacados –hubo zonas liberadas y connivencia policial– les concedió aumentos que duplicaron los salarios básicos. El acuerdo expandió los reclamos y la metodología perversa de los aprietes al poder político.

En el gobierno nacional, obnubilados por la histórica disputa con De la Sota, le negaron al gobernador la asistencia de fuerzas nacionales. El primer y más importante error cometido por el Jefe de Gabinete quien hasta ese día había hecho un culto del diálogo y la cooperación con los gobernadores. El Secretario de Seguridad, Sergio Berni, le enmendó la plana unas horas después y anunció el envío de Gendarmería. Demasiado tarde.

Una decena de amotinamientos se registraron en todo el país. La patoteada policial, la mezquindad política del kichnerismo y la incapacidad del mandatario cordobés dispararon la peor crisis de las fuerzas de seguridad desde el retorno de la democracia. Todo aupado en un reclamo legítimo. La mayoría de los policías del país cobran magros salarios. En eso no se diferencia del resto de los empleados públicos. Los honestos, los que no recurren a financiación ilegal (vía juego clandestino, prostitución o narcotráfico), deben realizar horas adicionales o buscarse otro trabajo.

Tras el tendal de negocios arrasados y una docena de víctimas fatales, se abrió un debate que no precisaba de tanto dolor: la policía debe ser reformulada. Así como está, es parte de problema de la inseguridad y no de su solución. Hay agentes que mantienen vínculos con el delito –los casos de Santa Fe y Córdoba son elocuentes– o son permeables a distintas formas de corrupción. Los buenos policías no tienen incentivos y terminan afectados por la generalización.

El resbalón de Capitanich demuestra que un mes en Argentina es mucho tiempo. Cuando el chaqueño hizo sus primeros movimientos desde la Casa Rosada algunos se apresuraron en nominarlo como el candidato del gobierno para el 2015. En ese momento, cerca de Daniel Scioli, el otro gran aspirante del oficialismo, anunciaron: “Capitanich no entendió que esto es una maratón, no una carrera de cien metros”. Hay que señalar que el gobernador de Buenos Aires, quien también tuvo que lidiar con la policía de su provincia, tiene la paciencia de un monje tibetano y la resistencia de un corredor de fondo.

Para colmo de males, el calor (con picos históricos) trajo cortes de luz, malhumor y protestas con cortes de calles y piquetes. Un clásico de la imprevisión que se reitera cada diciembre. El esquema de tarifas congeladas (en el área metropolitana), incentivo al consumo de energía -se vendieron seis millones de aires acondicionados en cinco años-, subsidios a los empresarios, falta de inversiones en distribución y ausencia de controles está agotado.

El Jefe de Gabinete prometió sancionar a las empresas de distribución a las que responsabilizó de la crisis. Nada dijo de la inoperancia de la Secretaría de Energía y la ineficacia o connivencia de los organismos de control estatal. El Ente Regulador de la Energía Eléctrica parece un sello de goma. Es posible trazar analogías con lo que pasó con el Servicio Ferroviario. Sólo falta saber quién es el Ricardo Jaime de las empresas eléctricas.

En la oposición tampoco tiran cañitas voladoras. Mauricio Macri parece ser quien termina el año con mejores perspectivas. Tiene dos años más de gestión ejecutiva, con vidriera mediática garantizada. Sergio Massa, a pesar de la buena imagen positiva que registra, debe internarse en los vericuetos del Congreso. Su preocupación original por la aparición del gobernador del Chaco en el firmamento peronista es ahora más moderada y dedicará el verano al armado de una alianza a nivel nacional con Carlos Reutemann, Roberto Lavagna, Mario Das Neves y lo que queda del llamado Peronismo Federal. Una foto sepia que siempre se reactualiza. Por el lado de la centroizquierda, Hermes Binner y Julio Cobos se tiran flores y aspiran a un entendimiento que, a través de internas abiertas, les permita consagrar a un candidato que se convierta en el gran rival del peronismo dentro de dos años. La pareja despareja conformada por Elisa Carrió y Pino Solanas tiene futuro incierto fuera de los set de televisión.

En Economía, el año próximo habrá un nuevo índice para medir la inflación con el aval del FMI. Será el intento final por devolverle la credibilidad perdida al Indec. No será sencillo pero resulta indispensable. Con los números reales en la mano, el gobierno tendrá como principal desafío enfrentar la inflación. Hasta ahora las recetas empleadas son las mismas: acuerdos de precios y, eventualmente, un pacto social. A tono con las altas temperaturas, se vienen paritarias muy calientes disparadas por el acuerdo de los policías. Kicillof, además, deberá seguir lidiando con el drenaje de divisas del Banco Central.

En este paisaje complejo para casi todos, hay un hombre que termina el año feliz. César Milani recibió su regalo de Navidad por anticipado. El Senado lo ascendió a Teniente General a pesar de que pesan sobre él denuncias por violaciones a los derechos humanos y una investigación por su incremento patrimonial. El gobierno incurrió en una evidente contradicción: por denuncias similares o menores decenas de militares se quedaron sin ascensos. Incluso, algunos de ellos están presos.

Las críticas de la oposición fueron categóricas. La decisión de la Presidenta abrió también una fuerte polémica dentro del kirchnerismo. El Centro de Estudios Legales y Sociales CELS, que preside Horacio Vertbisky, una organización cercana a los planteos del gobierno en este tema, cuestionó fuertemente el ascenso y Horacio González, director de la Biblioteca Nacional y miembro del colectivo Carta Abierta, manifestó en un artículo su “disconformidad” con la medida. El Jefe del Ejército recibió, en cambio, el apoyo de la Presidenta de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini. Por primera vez, el capital ético del gobierno en un área donde casi no existían cuestionamientos quedó en riesgo. No son pocos los que se preguntan por las razones profundas de esa apuesta innecesaria.

La competencia presidencial ya comenzó. Scioli, Massa, Capitanich, Macri, Binner, Cobos y alguno más, ya están rodando por la hostil pista nacional. Los que tienen responsabilidades ejecutivas tienen más visibilidad pero a la vez más riesgos. El gobernador de Buenos Aires y ex piloto de motonaútica tiene razón: no se trata de una carrera de cien metros sino de una maratón.

Cristina Kirchner no juega su futuro personal en los próximos dos años pero sí la manera en que dejará el poder. No es una cuestión menor y la presidenta parece haberlo comprendido. Entre el Papa, los cortes de luz, Milani y Messi, las preguntas son las mismas de siempre: ¿cambiar para que nada cambie o cambiar lo que sea necesario para mejorar? He aquí la cuestión.

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