A bailar

Mis mejores augurios para el 2012. A mi me gusta desear deseos porque creo que los deseos son el verdadero motor de la vida. Les dejo un bello video que hizo León Gieco (el tema está en su último CD El Desembarco). También va una crónica del libro No hay tiempo que perder  que tiene mucho que ver con los bailes. Yo soy medio patadura pero en ese sitio de Río de Janeiro comprendí que “el cuerpo necesita la danza, como el alma la esperanza”.

Bienvenido a la ciudad de los sueños perdidos, a las calles donde todo puede suceder. Fica leve y dejate llevar por el ritmo. Niños de doce que manejan calibres 38. La coca volando por los morros. Mujeres increíbles huyendo hacia el olvido. Curaciones bajo el mágico influjo del candomblé. Ofrendas en la playa, aguardiente y comida para el santo. Asesinatos por un par de zapatillas o un reloj. Amor a destajo en cualquier sitio. El Elite Club es un refugio en el desierto, una tregua inventada para los solos del mundo.

Hace medio siglo un conocido periodista carioca ingresó al Elite, subió la escalera que da a la Rua Frei Caneca en el centro de Río de Janeiro, tambaleándose. Había bebido media docena de cervezas y varias caipirinhas en un bar de Santa Teresa. Sus poros hedían cachaça. La orquesta navegaba sobre un bolero cadencioso. Uno de los camareros lo tomó del brazo, el periodista quiso resistirse pero sus piernas ya no le respondían. Lo echaron del Club a la vista de todos. Despertó al mediodía siguiente acompañado por la resaca y la humillación. Una vez en el diario percutió en el teclado un furibundo artículo contra el Elite, “un club donde se repiten innumerables gaffes (del francés gaffe, error, torpeza, metida de pata)”. El dueño del Elite dobló el periódico y dirigió una amplia sonrisa a su personal que esperaba una reacción violenta. “Gaffe es una linda palabra”, dijo, y el mito de las gafieiras comenzó a disputarse las noches tropicales del Brasil.

Desde aquel incidente fueron denominados gafieiras los clubes nocturnos donde la danza es el atajo perfecto para el amor y lo único indispensable son las palabras que se dicen al oído. A sesenta y tres años de su inauguración, todavía no puedo determinar qué rara fuerza me empujó a la intersección de Frei Caneca y la Rua da República donde se levanta el Elite Club. No sé por qué esa noche no fui al Canecao a escuchar a Caetano Veloso. La razón por la que no fui al Circo Voador para mover las piernas al son del reggae resulta un misterio aún mayor.

Enfundada en un estrecho vestido rojo, una morena robusta de sexo indescifrable distribuye las entradas con avaricia, franquea la entrada del Elite por cincuenta mil cruzeiros como si entregara a un pecador las llaves del Paraíso. Sobre su cabeza, un cartel de papel pintado afirma: “El cuerpo precisa la danza, como el alma la esperanza”. Evito soltar mi portugués de pésimo acento y le alcanzo un billete. La gorda me susurra “Tenés suerte, hoy es baile de paqueras”. Más tarde me enteraré de que se trata del baile del enamoramiento, para formar nuevas parejas. Es jueves ―quinta feira― día ideal para morir en París con aguacero. Pero aquí, en el Elite, la muerte es una dama sentada a la espera de su samba preferido.

Entro a la semipenumbra del Club, las únicas luces son rojas. La vida es roja en Río. Un mozo de chaleco me acompaña, me siento en la segunda fila de mesas que rodean la pista. Me atiende el poeta Sergio Alves, devenido empleado gastronómico por obra y gracia de su compadre, Joao Batista, otro poeta que administra y hace las veces de presentador en el Elite. Bebo la primera caipirinha de la noche y descubro el extraño centro de mesa frente a mi nariz: un pequeño mástil con dos banderas: una verde y otra roja. Sergio Alves me devela el misterio: cuando el ocupante de la mesa busca pareja, retira del tosco mástil el banderín rojo y deja izado el verde. Mi sonrisa se interrumpe cuando el poeta-mozo se aprovecha de mi sorpresa y se lleva el banderín colorado. Confío en la oscuridad y me digo que la gafieira podría bancarse una buena historia.

La segunda caipirinha no había arribado a mi mesa ―la número 43― cuando sorprendo a un tipo alto, de unos cuarenta años, moviendo la cabeza como invitándome a bailar. Meneo la mía, incómodo, en sentido contrario. Por las dudas refuerzo la negativa con un rápido movimiento del índice. El tipo desaparece. La banda ataca ahora con una bossa nova. Me siento en el Río de los años cincuenta. Trompetas, guitarra, bajo y percusión. Con menos narcos y más prostitutas y malandros.

Bebo más. El golpe en el hombro me devuelve los ojos a la pista. Una mujer morena me extiende la mano. “El que duda no ama”, recuerdo que dijo García Márquez. Me aferro de sus dedos y camino con ella hacia el centro del salón. Se cuelga de mis hombros con delicadeza y al instante descubre la torpeza de mi cuerpo. Un samba de Vinicius es desflecado a conciencia por la banda. Trato de no pisarla. “No bailo bien”, me disculpo, al tiempo que percibo su aliento dulce. “Fica leve”, dice, y comienza a guiarme.

Como en un carrusel veo las caras a mi alrededor, danzarines singulares que no muestran piedad por mis pasos en falso. “Fica leve”, ordena ahora mi compañera y, deliberadamente, apoya en mi pubis su entrepierna. Me dejo llevar, la aprieto contra mi cuerpo y giramos. Todo se mueve, el cielo raso con arañas de cristal, el piso de madera, las mesas con sus estúpidas banderas. Siento deseos de parar, siento deseos de tomarla del cabello, siento deseos de besarla. “Fica leve”, repite con firmeza.

La vida por Tom Jobim. “Eu sei que vou te amar”. Ahora ya no quiero detenerme, su olor lo invade todo. Se sobrepone al humo y al sudor, a los cometas y las mariposas. Tal vez bebí de más. Con el último acorde, la mujer desaparece y yo vuelvo derrotado a la mesa 43. La busco en la penumbra roja del salón hasta que mi miopía anuncia la derrota de los ojos. Joao Batista agradece desde el escenario y anuncia los próximos bailes de la semana. Mixtura chistes sobre el hambre y el sexo de los brasileños, es su capacidad de síntesis. Apoyo los labios en la cuarta “caipira”. Esta vez la banda suma a una vocalista que suelta la voz como Gal Costa. Todo en la dulzura del alcohol.

Vuelvo a verla. Está en mitad de la gafieira. Me abro paso entre las mesas y llego hasta su cuerpo. “Vou a ficar leve”, le prometo, y empezamos a movernos suavemente.

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A bailar

Historia de un gordo

Feliz Navidad para todos! Anoche volví a ver a Papá Noel. Me provocó nostalgia y ganas de acercarles este texto publicado hace muhcos años y recuperado entre las crónicas de No hay tiempo que perder. Símbolo del consumo y del capitalismo. Reprentante generoso de la milagrería popular. Todo a la vez. Espero lo disfruten.

A bordo de un trineo volador, tirado por ocho renos, viajando desde el Polo Norte viene Papá Noel con una bolsa enorme repleta de regalos. No le importa el calor sofocante del hemisferio sur. No se le caen ni el gorro ni la risa de trueno. No sufre la ausencia de chimeneas. Puntual y eficiente, viene. Es verdad que no llega para todos de la misma manera. En eso se parece al capitalismo que lo convirtió en figura emblemática del consumo. Sus regalos no están a la altura de la bondad de los infantes sino de la capacidad económica de los padres. Pero su leyenda no tiene ateos. Recibir regalos es una de las experiencias más agradables de la vida. Era tan necesaria su presencia en este reino de usureros y abstemios, que hubo que inventarlo.

El verdadero San Nicolás era un obispo turco ―si bien no faltan los herejes que dudan de su existencia― nacido en el año 280 en la ciudad de Patara, Licia, una región boscosa de Asia Menor. Se dice que era hijo de una familia muy rica. Se ordenó como sacerdote a los 19 años cuando murieron sus padres. Al poco tiempo se convirtió en obispo. Tal vez por su juventud o por su amor por los más pequeños, lo llamaban “el obispo de los niños”. De hecho les legó su fortuna personal. Se le atribuyen varios milagros, entre ellos la resurrección de un marinero egipcio.

La historia a partir de la cual se construyó la leyenda cuenta que vivían en Patara, tres niñas que no podían aspirar a casarse debido a que su padre era muy pobre y, se sabe, sin dote no había pretendientes ni nupcias. El hombre, con todo pesar, había pensado en venderlas a medida que alcanzaran la edad de casarse.

Cuando San Nicolás se enteró de tan triste situación, decidió intervenir: cuentan los creyentes que cuando cada niña alcanzó la edad suficiente, en complicidad con las sombras de la noche, el obispo fue dejando dinero dentro las medias que las jovencitas colgaban cerca de la ventana para que se secaran.

Otra versión indica que el obispo Nicolás arrojó oro por la boca de la chimenea de la casa de las niñas. Lo cierto es que la leyenda se extendió desde el Oriente católico a toda Europa primero, y después por el resto del mundo. Cualquier regalo inesperado era agradecido a San Nicolás. Su función de repartir obsequios, por demás agradable, le regaló a cambio el fervor popular. De hecho, se han levantado en homenaje a San Nicolás más iglesias que en recuerdo de cualquier otro santo.

A partir de esa figura básica de un hombre alto de barba gris y traje blanco, mezclada con las creencias nórdicas del Padre Invierno, lo gnomos y los ancianos generosos de Alemania, se terminó de delinear el personaje. Los holandeses instalados en la costa este de los Estados Unidos lo llevaron a América. A comienzos del siglo XIX el escritor Washington Irving comprendió que un obispo no tenía mucho que ver con las tradiciones de esa parte del mundo, lo desvistió de sus ropas clericales y lo transformó en un holandés bonachón, “Guardián de Nueva York”. El holandés Sinter Klaas (San Nicolás) se convirtió rápidamente en el anglosajón Santa Claus. Está claro que todo se transforma.

Fue el dibujante Thomas Nast, un inmigrante alemán radicado en los Estados Unidos, quien en 1862 se acercó con sus trazos a la figura actual. Si bien los primeros dibujos de Nast lo mostraban como un gnomo barrigón, sus diseños lo imaginaron cada vez más alto. En este proceso San Nicolás perdió definitivamente su origen religioso para convertirse en personaje neutro, a la medida de la sociedad industrial. Ese cambio garantizó su expansión. Santa Claus regresó a Europa donde se fusionó con Father Christmas, celebrado por los ingleses. En Francia, el Padre Navidad se transformó en Papá Noel, así llegó a España y después a toda Hispanoamérica.

Osvaldo Soriano, casi un Papá Noel de la literatura, además de ser un excelente narrador era un gran tipo. Ninguna de estas dos verdades es un gran descubrimiento para sus lectores o amigos. El humor de Soriano era fino y contundente. La última postal que me envió, meses antes de morir, lucía la imagen de Papá Noel: gordo, con su barba y bigotes blancos, su traje rojo y una botella de Coca-Cola en la mano. Alguna vez Soriano escribió una crónica memorable sobre la historia de la bebida más popular del mundo capitalista. Es que la imagen actual del entrañable personaje navideño fue perpetrada por los creativos de la bebida cola. Una imagen tan popular no podía soslayarse a la hora de programar las nuevas campañas de ventas. En 1931, Habdon Sundblom transformó al gnomo de Nast en el gordinflón agradable que todos conocemos. Como era previsible, manchó su traje con los colores de la compañía y le encajó una botella de gaseosa en la mano derecha.

Sin preguntarse por el origen de la leyenda, despreocupadas y generosas, miles de personas se convierten cada Nochebuena en Papá Noel. A falta de chimeneas utilizan como plataformas terrazas y balcones. Barbas de algodón, toques de rubor en las mejillas, trajes de raso rojo, barrigas de almohadón y grandes dosis de entusiasmo. Las mamás Noel prefieren el silencio para que no las reconozcan, los hombres una voz cavernosa y distorsionada. Es una escena de amor festejada por chicos y grandes.

“Somos los antipaladines: gordos y viejos, cuando la sociedad dice que hay que ser joven y fuerte para triunfar. Esa noche ganamos nosotros”. La definición es de Helio Migliore, operador de la Central de Emergencias de Rosario. Helio, que se recibió de periodista, es Papá Noel desde hace dos décadas. Primero se disfrazaba para su familia y después, ante innumerables pedidos, se transformó en el abastecedor de las sonrisas de muchos hogares de la República de la Sexta, uno de los barrios más lindos de Rosario. Los vecinos solo  deben llamarlo y tener preparada la bolsa de tela roja. En esos menesteres no solo estacionar el trineo es un problema. Helio cuenta que una vez iba de recorrida con el auto en plena Nochebuena y dobló en “U” porque llegaba tarde a una casa. Enseguida lo detuvo un agente de tránsito: “Cuando me vio con el traje no lo podía creer. Antes de que reaccionara le dije ‘no me detenga agente,  soy Papá Noel’, y por supuesto, me dejó ir”.

No recuerdo cuándo descubrí la operación navideña organizada por mi familia. Pero mantengo entre mis recuerdos más queridos la imagen de Papá Noel deslizando con cuidado de asaltante la bolsa de regalos desde el techo del garaje donde nos reuníamos cada Navidad. Y conservo, desde entonces, el temor a lo inesperado, la perplejidad de mis primos, la risa de mi madre, la ilusión de una noche blanda con regalos y amores que llegaban del cielo.


Historia de un gordo