Se busca esposa, amante, actriz o deportista

Escena 1: Olivos. Néstor Kirchner se levanta, corre un rato en la cinta, se ducha y desayuna leyendo los diarios. Antes de terminar el café con leche se le ocurre una idea genial, casi una revelación que puede despejar sus complicaciones políticas: hay que llevar a Daniel Scioli como candidato en Buenos Aires. “Todos tienen que jugar para defender el modelo”, anuncia para sí mismo ante un público invisible que, supone, lo ovaciona.

Escena 2: A Daniel la idea le surge justo antes de irse a dormir, en medio de una charla con su esposa. Por eso aprovecha el momento de intimidad y lo consulta con ella: “Karina, ¿qué te parece si la ponemos a Nacha Guevara en la lista?”.

Escena 3: A Elisa Carrió el nombre de Prat Gay para encabezar la lista de la Coalición Cívica le interrumpe una oración a la Virgen. “¿Cómo no se me ocurrió antes?”, se pregunta y vuelve a las cuentas del Rosario.

Escena 4: Mauricio Macri sabe que no tiene muchas opciones. Mientras vuelve del gimnasio, se propone cuidar las formas pero ya está decidido a forzar a Gabriela Michetti a ser candidata en la Capital Federal. No importa si su compañera de fórmula tiene que pagar el costo de renunciar a la vicejefatura del gobierno porteño.

Éstas son apenas cuatro escenas de las tantas que se podrían enumerar en el vasto escenario de la política nacional. Con este mecanismo tanto dirigentes y militantes honestos como esposas, novias, amantes, hijas e hijos, amigos y benefactores, artistas y deportistas serán candidatos el 28 de junio. El jefe decide quién va. El jefe resuelve quién juega, cómo y cuánto. El jefe dice qué es lo mejor para todos. Salvo en unas pocas provincias y para cargos provinciales (Santa Fe, con sus internas abiertas y simultáneas del 5 de julio, es una de ellas), las elecciones internas para elegir candidatos están en vías de extinción en la Argentina. Lo curioso es que casi nadie lo lamenta.

La idea de competencia interna participativa y democrática tiene fundamento en la Constitución nacional, que en su artículo 38 dice: “Los partidos políticos son instituciones fundamentales del sistema democrático. Su creación y el ejercicio de sus actividades son libres dentro del respeto a esta Constitución, la que garantiza su organización y funcionamiento democráticos, la representación de las minorías, la competencia para la postulación de candidatos a cargos públicos electivos, el acceso a la información pública y la difusión de sus ideas. El Estado contribuye al sostenimiento económico de sus actividades y de la capacitación de sus dirigentes. Los partidos políticos deberán dar publicidad del origen y destino de sus fondos y patrimonio”. Todo el enunciado parece ficción. En especial la referencia al origen y el destino de los fondos.

La dedocracia o la encuestocracia han reemplazado a la participación de los afiliados a la hora de elegir candidatos. El más amigo, el más popular, el de más guita o el familiar desplazan al militante, al de mayor experiencia y hasta al más capacitado. Y éste es el efecto más negativo de esta praxis generalizada.

La ley 25.611 determinaba la realización de internas semiabiertas, obligatorias y simultáneas. Fue un producto del “que se vayan todos” y de las demandas de participación de la sociedad civil post crisis económica y política de 2001. Un avance interesante a nivel institucional que nunca se pudo aplicar. El presidente Eduardo Duhalde, en 2002, se las ingenió para suspenderla. El justicialismo tenía tres candidatos a presidente (Carlos Menem, Adolfo Rodríguez Saá y Néstor Kirchner). El riojano, según las encuestas, tenía las mayores posibilidades de ganar las internas. La historia es conocida: el PJ fue con tres candidatos y Kirchner se convirtió en presidente.

En 2006 la ley que había sido ponderada por todo el arco político fue derogada. Para el kirchnerismo era un estorbo. Se venían las elecciones presidenciales de 2007 y Néstor Kirchner nominó a su esposa, la senadora Cristina Fernández, como candidata a sucederlo. Y a Julio Cobos, claro.

Se volvió entonces a ley 23.298 de Partidos Políticos que dice: los partidos tienen que determinar en sus cartas orgánicas cómo se harán las elecciones internas con un método democrático. La doctora Delia Ferreira Rubio, presidenta de Poder Ciudadano, opina que paradójicamente “hubo más democracia interna antes de la sanción de la ley que hacía obligatorias las elecciones en los partidos”. Y enumera ejemplos no sólo de elecciones cerradas (en el PJ, la UCR y el socialismo) sino de internas abiertas como la que determinó el orden de la fórmula del Frepaso. Todos los ciudadanos pudieron decidir si querían que compitiera Álvarez-Bordón o Bordón-Álvarez contra la reelección de Carlos Saúl.

La doctora Ferreira Rubio suele hacer una acertada advertencia: “Las elecciones internas no garantizan calidad en las candidaturas”. Los ejemplos sobran. Pero reconoce que votando en internas por lo menos nadie decide por vos. Y en todo caso, la esposa, la amante, el hijo o la actriz podrían afirmar ante cualquier crítica: “A mí me eligió la gente” .

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Se busca esposa, amante, actriz o deportista

La gran bestia pop

Cuando Luis Barrionuevo habla, hay que escucharlo con atención. Hace mucho tiempo que se ganó ese derecho.

Sus métodos sindicales y su praxis política violenta merecen el repudio general, pero sus frases revelan aspectos de la realidad nacional con inigualable claridad. “Kirchner se equivocó en nacionalizar la elección en Catamarca –dijo cuando todavía no había terminado la votación–. Perdió porque no escucha. Por sus errores. Yo no lo digo ahora, no es que antes decía que era rubio, alto y miraba derecho. Porque ahora es fácil pegarle. Hay una sociedad ávida de castigar a los Kirchner”. Mientras los radicales que responden al vicepresidente celebraban el triunfo como propio, afirmó contundente: “Cobos no existe”.

Nadie puede decir que el dirigente gastronómico no es sincero. Siempre criticó a la pareja presidencial. Fueron sus seguidores los que escracharon a Cristina Fernández y le arrojaron huevos cuando viajó a Catamarca para apoyar al Frente Cívico. Eran los tiempos en los que Kirchner definía su romance político con el gobernador Eduardo Brizuela del Moral y el viejo peronismo provincial era una antigualla signada por el descrédito. Desde ese día, Cristina lo castigó cada vez que pudo. Parecía que no iba a olvidar nunca ni el mal trago ni las manchas en su vestido. Pero todo pasa.

El dirigente que acompañó el domingo pasado la aventura catamarqueña de Néstor Kirchner es el mismo que conformó una Central Obrera alternativa a la de Hugo Moyano y no se cansa de “gastar” al presidente del PJ. Con todo, en nombre de la unidad, el operador político del gobierno Armando “Bombón” Mercado lo llamó, junto a Ramón Saadi, para defender “el proyecto transformador” en Catamarca. Y Luis fue. Puso a su gente en la lista y fue. Ahora, derrota en mano, disfruta y analiza los resultados de semejante alquimia electoral como si no tuviese nada que ver. Un grande.

Y vale la pena escucharlo. Barrionuevo es una suerte de oráculo de la política criolla. “De su boca salen las verdades como poroto e´ la chaucha” (perdón, Landrisina). En 1990 aseguró que “nadie hace la plata trabajando” y en 1996 pidió con humildad: “en este país, tenemos que dejar de robar por dos años”. Un ejemplo de coherencia. Claro, que casi nadie le hizo caso. Diez años después, como si fuera el tomo III de sus sentencias sobre la vida institucional de la República señaló: “La coima es un sello nacional”.

Barrionuevo es el mejor ejemplo de la movilidad social. Un exponente cabal de las posibilidades que Argentina brinda a todos los hombres de buena voluntad. El actual Secretario General del Gremio Gastronómico nunca fue gastronómico. Pero eso no importa. Decir lo contrario llevaría a afirmar que para representar a los trabajadores hay que trabajar. Eso sí, dicen que se hizo de abajo. Fue cadete, peón de albañil, verdulero y hasta conserje de un hotel alojamiento. Después ocupó un cargo en la Unión Obrera Textil y de allí saltó a la seccional San Martín de Gastronómicos literalmente a las piñas.

Su estrella ya no se apagaría. Con el retorno a la democracia integró la lista de candidatos a diputados. Se consolidó en la conducción de su gremio a pesar de los intentos del alfonsinismo por desplazarlo. Después trabó relación con el radical Enrique Coti Nosiglia y el hostigamiento cesó. Cuando Raúl Alfonsín dejó el poder, hizo una nueva apuesta: aportó a la campaña presidencial de Carlos Menem y su esfuerzo fue premiado por el riojano. Le otorgó la conducción del Instituto Nacional de Obras Sociales (INOS). El cargo le vino como anillo al dedo. Fue entonces que no tuvo empacho en declararse “recontra alcahuete de Menem”. Después fue senador nacional con Eduardo Duhalde y diputado con Kirchner.

Su actividad política no le impidió ser presidente del club Chacarita ni organizar a la barra brava como fuerza de choque del gremio. También metió mano en Independiente y, según denunciaron dirigentes de la Alianza primero y la ministra de Salud Graciela Ocaña después, “se cansó de hacer negocios con el PAMI”. Cargos que rechazó con vehemencia. “Parezco sal gruesa, estoy en todos los estofados”, le confesó a la Revista Gabo en abril del 2006.

Dos veces fue investigado por supuesto enriquecimiento ilícito. Dos veces superó la prueba. La declaración jurada que presentó al Congreso cuando llegó a ocupar una banca en el Senado es una ejemplo de su conducta espartana. Estaban en blanco en casi todos los ítems. Apenas treinta mil pesos en una caja de ahorro y un vehículo con diez años de antigüedad. “No voy a poner lo que no tengo”, explicó por televisión en Mayo del 2002.

Barrionuevo ya alcanzó la categoría de imprescindible. Cuesta imaginar al sistema sin sus frases y sus maneras. Sobrevivió a Alfonsín, a Menem, a Duhalde y a la Alianza. Está convencido que sobrevivirá a los Kirchner. Por lo pronto ya superó las embestidas de Ocaña y de Cristina. No lo desvela el código penal, ni las denuncias de los periodistas. Es la gran bestia popular. Todos le temen y muchos lo necesitan. Es cien por ciento argentino y peronista. Su presencia en la escena nacional marca los límites del cambio.

La gran bestia pop

Aerofobia

El miedo a volar se llama aerofobia. Dicen los que saben que es más un síntoma que una enfermedad y que puede tener orígenes diversos. Existen cursos y terapias para superarlo. El miedo a los aviones, en cambio, no tiene un nombre específico, pero en su variante argentina merece uno. ¿Aviónfobia?

No hace falta convocar al profesor Grondona para deducir que avión proviene del vocablo ave y, como los pájaros de Alfred Hitchcock, los aviones se convirtieron en una pesadilla para el gobierno nacional.

El lunes pasado Crítica de la Argentina publicó el último episodio de aviónfobia. El Fiscal de Investigaciones Administrativas, Manuel Garrido, denunció ante la Justicia al Secretario de Transporte, Ricardo Jaime, por la posible “aceptación de dádivas”, un delito cuya pena puede llegar a los dos años de prisión.

Según la denuncia, en un año, el funcionario hizo nueve viajes a Brasil con aviones privados y gracias a la generosidad de distintas empresas vinculadas al Grupo Cirigliano. Las empresas que financiaron las vacaciones de Jaime y sus familiares reciben subsidios y deben ser controladas por el Estado. El fiscal estimó el costo de pasajes en 370 mil dólares.

Pero la historia de los aviones viene de lejos. El 29 de Mayo del 2002, los Kirchner montaron un operativo aéreo para torpedear una iniciativa del entonces presidente Eduardo Duhalde, quién quería derogar la Ley de Subversión Económica. A instancias de la senadora Cristina Fernández, el gobernador Néstor Kirchner mandó el avión de Santa Cruz a Corrientes. Allí estaba varado el senador Lázaro Chiappe, cuyo voto negativo era clave. Tenían un fin noble: el proyecto oficial consagraba impunidad para banqueros y financistas. El final de la sesión fue empate en 34. Juan Carlos Maqueda, presidente del Senado, al revés que Cobos desempató a favor del gobierno y le dio el gusto al FMI y sus amigos.

Los aviones reaparecieron a mediados del 2003, con los K en la Casa Rosada. Después de reiterados reclamos gremiales, el gobierno hizo un acuerdo por el cual la empresa Líneas Aéreas Federales SA (LAFSA) -fusión de las finadas Dinar y LAPA- se asoció con la privada Southern Winds. LAFSA pagaría los sueldos a mil ex empleados de LAPA y Dinar, de los cuales más de la mitad ya trabajaba en SW y entregaría combustible. SW ponía los vuelos.

Después del escándalo de las valijas con cocaína encontradas en Barajas en un vuelo de SW en setiembre del 2004, el acuerdo se deshizo. LAFSA, la empresa de aviación sin aviones, fue liquidada. Sin embargo, un centenar de empleados siguieron cobrando sus sueldos, entre ellos diez gerentes y catorce pilotos. Se abrió una causa en el Juzgado de Daniel Rafecas pero el expediente se movió menos que un avión en tierra.

El 4 de agosto del 2007 aterrizó en el sector privado del Aeroparque el avión que más problemas provocó al kirchnerismo. Ese día Guido Antonini Wilson quiso ingresar al país una valija con 800 mil dólares. Había sido invitado por el influyente Claudio Uberti, quien estaba a cargo del Control de Peajes. El vuelo fue rentado por la empresa estatal ENARSA. El resto es historia conocida. Wilson visitó la Casa Rosada y se fue de Buenos Aires muy tranquilo. Luego reveló que el dinero era para la campaña presidencial de Cristina. El gobierno adujo que se trató de una operación de la CIA para perjudicarlo.

En el 2007, los doctores Gil Lavedra y Strassera denunciaron al gobierno por un viaje que realizó la candidata Cristina Fernández a Ecuador en un avión del empresario Eduardo Eurnekián. Los cuestionamientos se basaron en que no existía constancia de que el Estado hubiese pagado el viaje. El empresario es titular de la concesión de una treintena de aeropuertos. También se investigó el uso de aviones por parte de la candidata oficial en una gira europea. Finalmente la justicia consideró que no había delito ya que le cabían los beneficios de “Primera Dama”.

El lunes 9 de febrero, en pleno desastre por el alud de barro en Tartagal, el vicepresidente Julio Cobos quiso viajar hacia Salta en avión oficial. Cristina estaba en Madrid. No había mejor oportunidad para los abrazos y las fotos. Pero le dijeron que no. Se abrió otra causa judicial por esa negativa.

Una semana después, quién sí pudo volar fue Néstor Kirchner. Llegó a Jujuy para participar de un acto partidario como presidente del PJ en el avión Tango 10. Se abrió otra causa judicial por la utilización indebida de bienes públicos. En el gobierno creen que en Tribunales le darán a Néstor el mismo trato que a Cristina. “Fue en su carácter de Primer Caballero”, dicen.

Hay más vuelos y más aviones. Hay más funcionarios que prefieren volar de garrón aunque les sobre el dinero. Y más empresarios generosos y gentiles con el poder. También hay jueces que cuidan su trabajo. No quiero abrumar al lector. En realidad, no importa demasiado si la justicia encuentra delitos o perdona dádivas. Como la mujer del César, en estos casos, no sólo hay que ser honesto: también hay que parecerlo.

En agosto del 2007, volvía de Madrid a Buenos Aires en un vuelo de Aerolíneas Argentinas cuando una azafata me comentó que en el avión se encontraba la esposa de José Luis Rodríguez Zapatero. Sonsoles Espinosa viajaba en clase turista junto a sus compañeros del Coro de la Capilla Real. Venían a cantar en Buenos Aires. Me acerqué a saludarla. Después de un rato le pregunté por qué no viajaba en primera clase. La esposa del presidente de España me respondió: “Por que no corresponde, voy a cantar y viajo en las mismas condiciones que mis compañeros del Coro”.

Aerofobia