Historia de un gordo

Feliz Navidad para todos! Anoche volví a ver a Papá Noel. Me provocó nostalgia y ganas de acercarles este texto publicado hace muhcos años y recuperado entre las crónicas de No hay tiempo que perder. Símbolo del consumo y del capitalismo. Reprentante generoso de la milagrería popular. Todo a la vez. Espero lo disfruten.

A bordo de un trineo volador, tirado por ocho renos, viajando desde el Polo Norte viene Papá Noel con una bolsa enorme repleta de regalos. No le importa el calor sofocante del hemisferio sur. No se le caen ni el gorro ni la risa de trueno. No sufre la ausencia de chimeneas. Puntual y eficiente, viene. Es verdad que no llega para todos de la misma manera. En eso se parece al capitalismo que lo convirtió en figura emblemática del consumo. Sus regalos no están a la altura de la bondad de los infantes sino de la capacidad económica de los padres. Pero su leyenda no tiene ateos. Recibir regalos es una de las experiencias más agradables de la vida. Era tan necesaria su presencia en este reino de usureros y abstemios, que hubo que inventarlo.

El verdadero San Nicolás era un obispo turco ―si bien no faltan los herejes que dudan de su existencia― nacido en el año 280 en la ciudad de Patara, Licia, una región boscosa de Asia Menor. Se dice que era hijo de una familia muy rica. Se ordenó como sacerdote a los 19 años cuando murieron sus padres. Al poco tiempo se convirtió en obispo. Tal vez por su juventud o por su amor por los más pequeños, lo llamaban “el obispo de los niños”. De hecho les legó su fortuna personal. Se le atribuyen varios milagros, entre ellos la resurrección de un marinero egipcio.

La historia a partir de la cual se construyó la leyenda cuenta que vivían en Patara, tres niñas que no podían aspirar a casarse debido a que su padre era muy pobre y, se sabe, sin dote no había pretendientes ni nupcias. El hombre, con todo pesar, había pensado en venderlas a medida que alcanzaran la edad de casarse.

Cuando San Nicolás se enteró de tan triste situación, decidió intervenir: cuentan los creyentes que cuando cada niña alcanzó la edad suficiente, en complicidad con las sombras de la noche, el obispo fue dejando dinero dentro las medias que las jovencitas colgaban cerca de la ventana para que se secaran.

Otra versión indica que el obispo Nicolás arrojó oro por la boca de la chimenea de la casa de las niñas. Lo cierto es que la leyenda se extendió desde el Oriente católico a toda Europa primero, y después por el resto del mundo. Cualquier regalo inesperado era agradecido a San Nicolás. Su función de repartir obsequios, por demás agradable, le regaló a cambio el fervor popular. De hecho, se han levantado en homenaje a San Nicolás más iglesias que en recuerdo de cualquier otro santo.

A partir de esa figura básica de un hombre alto de barba gris y traje blanco, mezclada con las creencias nórdicas del Padre Invierno, lo gnomos y los ancianos generosos de Alemania, se terminó de delinear el personaje. Los holandeses instalados en la costa este de los Estados Unidos lo llevaron a América. A comienzos del siglo XIX el escritor Washington Irving comprendió que un obispo no tenía mucho que ver con las tradiciones de esa parte del mundo, lo desvistió de sus ropas clericales y lo transformó en un holandés bonachón, “Guardián de Nueva York”. El holandés Sinter Klaas (San Nicolás) se convirtió rápidamente en el anglosajón Santa Claus. Está claro que todo se transforma.

Fue el dibujante Thomas Nast, un inmigrante alemán radicado en los Estados Unidos, quien en 1862 se acercó con sus trazos a la figura actual. Si bien los primeros dibujos de Nast lo mostraban como un gnomo barrigón, sus diseños lo imaginaron cada vez más alto. En este proceso San Nicolás perdió definitivamente su origen religioso para convertirse en personaje neutro, a la medida de la sociedad industrial. Ese cambio garantizó su expansión. Santa Claus regresó a Europa donde se fusionó con Father Christmas, celebrado por los ingleses. En Francia, el Padre Navidad se transformó en Papá Noel, así llegó a España y después a toda Hispanoamérica.

Osvaldo Soriano, casi un Papá Noel de la literatura, además de ser un excelente narrador era un gran tipo. Ninguna de estas dos verdades es un gran descubrimiento para sus lectores o amigos. El humor de Soriano era fino y contundente. La última postal que me envió, meses antes de morir, lucía la imagen de Papá Noel: gordo, con su barba y bigotes blancos, su traje rojo y una botella de Coca-Cola en la mano. Alguna vez Soriano escribió una crónica memorable sobre la historia de la bebida más popular del mundo capitalista. Es que la imagen actual del entrañable personaje navideño fue perpetrada por los creativos de la bebida cola. Una imagen tan popular no podía soslayarse a la hora de programar las nuevas campañas de ventas. En 1931, Habdon Sundblom transformó al gnomo de Nast en el gordinflón agradable que todos conocemos. Como era previsible, manchó su traje con los colores de la compañía y le encajó una botella de gaseosa en la mano derecha.

Sin preguntarse por el origen de la leyenda, despreocupadas y generosas, miles de personas se convierten cada Nochebuena en Papá Noel. A falta de chimeneas utilizan como plataformas terrazas y balcones. Barbas de algodón, toques de rubor en las mejillas, trajes de raso rojo, barrigas de almohadón y grandes dosis de entusiasmo. Las mamás Noel prefieren el silencio para que no las reconozcan, los hombres una voz cavernosa y distorsionada. Es una escena de amor festejada por chicos y grandes.

“Somos los antipaladines: gordos y viejos, cuando la sociedad dice que hay que ser joven y fuerte para triunfar. Esa noche ganamos nosotros”. La definición es de Helio Migliore, operador de la Central de Emergencias de Rosario. Helio, que se recibió de periodista, es Papá Noel desde hace dos décadas. Primero se disfrazaba para su familia y después, ante innumerables pedidos, se transformó en el abastecedor de las sonrisas de muchos hogares de la República de la Sexta, uno de los barrios más lindos de Rosario. Los vecinos solo  deben llamarlo y tener preparada la bolsa de tela roja. En esos menesteres no solo estacionar el trineo es un problema. Helio cuenta que una vez iba de recorrida con el auto en plena Nochebuena y dobló en “U” porque llegaba tarde a una casa. Enseguida lo detuvo un agente de tránsito: “Cuando me vio con el traje no lo podía creer. Antes de que reaccionara le dije ‘no me detenga agente,  soy Papá Noel’, y por supuesto, me dejó ir”.

No recuerdo cuándo descubrí la operación navideña organizada por mi familia. Pero mantengo entre mis recuerdos más queridos la imagen de Papá Noel deslizando con cuidado de asaltante la bolsa de regalos desde el techo del garaje donde nos reuníamos cada Navidad. Y conservo, desde entonces, el temor a lo inesperado, la perplejidad de mis primos, la risa de mi madre, la ilusión de una noche blanda con regalos y amores que llegaban del cielo.


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Historia de un gordo

Autobombo: La opinión de Alberto Manguel

Aclaración: Un poco de autobombo no viene mal y tal vez hasta los hace pedirle a Papá Noel un libro: “A cuántos hay que matar”.

La frase que sigue es del admirado escritor Alberto Manguel. Su generosidad es asimilable a su enorme talento.

“Reynaldo Sietecase es una de las voces más originales y fuertes de la literatura contemporánea en lengua castellana. Utilizando la estructura de la novela negra como marco narrativo, su ficción explora de forma detallada y sutil el mundo social posterior a la dictadura militar, un mundo en el que tanto los valores éticos, morales y políticos, como también las convenciones de la vida cotidiana, fueron transformados radicalmente. La violencia aparente en la ficción de Sietecase se refleja en su estilo agudo y tajante que no deja de recordar la voz de Celine por el manejo de lengua y Heinrich Böll por la temática y la agudez psicológica.”

Autobombo: La opinión de Alberto Manguel

Alegría en medio de la pelea

Feliz Navidad! Que en sus corazones nazcan cosas bellas. Que sean felices. Que no les falten los abrazos. Que puedan encontrar alegría en medio de la pelea. Les dejo este video que me mandó la dulce y talentosa Mariela Asensio, que porta en su vientre a Rocco, que abrirá junto a todos los niños del mundo una nueva luz de en el 2010. Gracias por vuestra lectura y comentarios. Gracias por la paciencia y comprensión. Mi deseo para el blog es más debate sincero y sin agresiones. Más ideas y menos descalificaciones.

Alegría en medio de la pelea

Un pibe enojado con Papá Noel

Esta Carta de un pibe enojado con Papá Noel fue leída en un programa de radio de España que se llama Goma Espuma (salió hasta el 2007 por Onda Cero). Es irreverente y divertida.

Con muchos insultos, les advierto a los sensibles a este tipo de modo de hablar.

Me lo acercó José Pace al que le pareció excesiva mi defensa del Gordo Santa Claus.

Feliz Navidad para todos!!!!!

[audio:carta.mp3]
Un pibe enojado con Papá Noel

Defensa del gordo

¿A quién le toca este año? La pregunta atraviesa a muchas familias como un mandato temido y entrañable. Es un papel difícil. El público es muy exigente. Cualquier error de interpretación podría desencadenar una catástrofe. Un tsunami de llantos. En general, si no se consigue voluntario, la tarea recae en el adulto con más hijos o en el tío soltero siempre dispuesto a congraciarse con todos. Ser Papá Noel no admite pasos en falso. Algunos lo disfrutan y no aceptan relevos. Es como ser Alfredo Alcón por unas horas. Otros le escapan. A falta de valientes, a veces les toca a las mujeres de la casa encarar al personaje.

Más allá de cualquier discusión, está claro que se trata de un rito de la ilusión. Y todo vale. Las voces cavernosas o el silencio. Las barbas falsas y los almohadones. La aparición lejana en la terraza o la irrupción sorpresiva en un balcón, con la luz baja.

El verdadero San Nicolás era un obispo de origen griego nacido en el año 280 en la ciudad de Patara, Licia, actualmente Turquía. La versión que sostienen los creyentes asegura que Nicolás, que provenía de una familia adinerada, descubrió su amor por Dios muy joven. Se hizo sacerdote a los 19 años y llegó a obispo. Se le atribuyen diversos milagros. Incluso, dicen que resucitó a un marinero. En su camino a la santidad, el llamado “obispo de los niños” se dedicó a repartir la fortuna familiar entre niños y adolescentes pobres. A tres niñas pobres que no tenían dote para casarse, les dejó dinero en las medias que éstas habían colgado en la ventana para secarse. De allí vino la costumbre de colgar las medias para recibir sorpresas.

Con el tiempo, cualquier regalo imprevisto fue atribuido a San Nicolás. La leyenda se extendió primero por el Oriente católico y luego llegó a todos los países de Europa. Las Iglesias para honrar “al santo de los regalos” se hicieron muy populares. San Nicolás fue declarado patrono de Grecia, Turquía, Rusia y Lorena. Las imágenes que lo recuerdan lo muestran como un hombre alto, de larga barba, vestido de blanco.

Esa figura se mezcló luego con las creencias nórdicas del Padre Invierno y “los abuelos generosos” de Alemania. El personaje estaba a punto de caramelo. Los colonos holandeses lo llevaron en sus relatos a los Estados Unidos. A comienzos del siglo XIX, el escritor Washington Irving le quitó sus ropas clericales y lo convirtió en “el guardián de Nueva York” (que era la Nueva Amsterdam): un holandés amable y bonachón. Sinter Klaas (en holandés San Nicolás) que en poco tiempo pasó a ser el Santa Claus del mundo anglosajón.

El primero que lo dibujó fue el alemán Thomas Nast, en 1862. Ganó barriga y perdió religiosidad. Volvió a Europa para fusionarse con Father Christmas, que ya era popular entre los ingleses. En Francia, el Padre Navidad se convirtió en Papá Noel (Navidad en francés) y con ese nombre llegó primero a España y después a toda Hispanoamérica.

Así tuvimos un anticipo del realismo mágico: un gordo abrigado hasta el cuello con gorro y botas, cuyo domicilio conocido es el Polo Norte, recorriendo el Caribe, Manaos, Formosa o el Bajo Flores al mando de un trineo con ocho renos. En las grandes ciudades del litoral argentino, los inmigrantes europeos le dieron una mano. No tenían chimeneas pero sostuvieron el mito de sus padres a fuerza de algodón para simular la nieve y fruta seca y budines deglutidos con 40 grados de temperatura a la sombra.

Con esos aliados, Papá Noel se convirtió en imbatible. Pocos meses antes de morir, el maestro Osvaldo Soriano me mandó una postal con un Papá Noel gordo, con su traje rojo, su barba blanca, bebiendo una botella de Coca-Cola. En 1986 había escrito una crónica imperdible sobre esa bebida (“Historia de un símbolo del capitalismo moderno”) para la revista Crisis. Ocurre que en pleno siglo XX la empresa le encargó al pintor Habdon Sundblom que rehiciera a Santa Claus. La idea original era hacerlo “más humano”. Los críticos aseguran que el toque creativo tenía como destino acercarlo a la imagen de la empresa. De hecho, hasta los dibujos de Habdon, Santa Claus aparecía de verde o de blanco. En 1931, los spots publicitarios de la empresa lo mostraron con los colores de River.

Varios de mis amigos, abstemios de gaseosas, lo han representado con solvencia. Mi primo Ricardo Torres; el poeta Javier Cófreces, y el especialista en actos generosos: Helio Migliore. “Me gusta ser Papá Noel. Somos los antipaladines, gordos y viejos, cuando la sociedad dice que hay que ser joven y fuerte para triunfar. Esa noche ganamos nosotros.” Eso dice Helio, que lleva casi veinte años vistiendo el traje rojo y blanco. Helio es operador de la Central de Emergencias en Rosario -un cargo perfecto para Santa Claus- y, además, periodista.

Es verdad, se trata de un símbolo del capitalismo. Una de las mejores creaciones del marketing comercial a gran escala. Un invento de la Coca-Cola. Una chapucería que tiene como objetivo central mejorar las ventas de tiendas y jugueterías sobre fin de año. Es muchas cosas más. Un ser injusto y arbitrario. Reparte, como el sistema al que representa, más al que tiene más y menos al que tiene menos. Los regalos que carga en su bolsa interminable nunca están en relación con la generosidad o la conducta de los niños; sus presentes tienen la medida del dinero. Con todo, debo confesar que cada 24 de diciembre, cuando los niños miran ansiosos hacia la profundidad de la noche, también espero ver a Papá Noel cruzando el cielo.

Defensa del gordo