La clonación de Dios

Nota: Guillermo Alfieri y un amigo común, se prendieron en una discusión apasionante sobre el fútbol que juega el seleccinado de Diego Maradona. Guille, periodista al fin, decidió publicar esta nota en Tiempo Argentino. También me la mandó por email. Yo comparto su fe en el equipo del “gordo”. Quiero que gane argentina, que salgamos campeones, y -como Pablo- jugando bien. La nota me resultó muy buena porque respeta las demoledoras críticas de Pablo pero abre la puerta a la esperanza. Aquí va, que la disfruten.

“¿Pero qué quiere hacer el tipo? ¿Una clonación? ¿Justo él, que le hicieron creer que es Dios, va a intentar lo que la ciencia viene buscando desde hace siglos?”.

La voz de Pablo se leía exasperada en el e-mail.

Pablo es un rosarino en Londres y un bielsista urbi et orbi. Amante del fútbol lírico, detesta – y no es una palabra azarosa, realmente los detesta- a Bilardo y a Mourinho. Tampoco podría ser menottista porque Menotti esta asociado a Rosario Central y Pablo es leproso de cuna y alma. Con Maradona es bipolar: ama al jugador y repudia al DT. O para ser más precisos: amó el juego del jugador y lo irrita el juego del DT, al que juzga, cuando está en un día amable, mezquino y conservador.

Ya desde las eliminatorias, y en especial desde el partido final con Uruguay, quedó enojado y amenaza con que va a hinchar por el tiki-tiki de España o por el noseque de Chile.

Mis mails son, desde entonces, palomas mensajeras con gorro, bandera y vincha albiceleste, portadoras de una fe más enjundiosa que la que realmente tengo, en busca de contagio.

En el último correo, el que motivó su respuesta exasperada, le contaba que como sucede antes de cada Mundial la televisión repite hasta el hartazgo los partidos de Mundiales anteriores. Y que indefenso ante esa infantería de la nostalgia, me rendí manso para ver, otra vez – y completos-, los históricos partidos de Argentina contra Inglaterra y Alemania en el ’86.  Pero rápidamente la línea del tiempo comenzó a desdibujarse de un modo borgeano. Ayer era hoy y mañana.

“Tenes que volver a ver esos dos partidos – le escribí enseguida a Pablo-. Es el mejor modo de entender qué quiere hacer Maradona. Quizá no en la primera rueda, cuando rivales conservadores y mediocres  le permitan o lo obliguen a ciertas audacias, pero si para instancias más decisivas. La Selección del ’86 es la célula madre.”

Pueden haber cambiado muchas cosas con el fútbol superprofesionalizado pero el instante supremo sigue siendo el mismo que en el potrero. Ese ritual de “la pisadita” o el “pan y queso” cuando el líder de cada equipo elige a quien quiere de su lado, y en esa elección personalizada comienza ya a definirse el estilo del conjunto. Por esta vez, pasemos de largo la discusión sobre el huevo y la gallina, si un DT elige los jugadores según el esquema que tiene en mente o elige ese esquema según los jugadores que dispone.

Con solo dos excepciones (Quiso pero no pudo tener a Riquelme; pudo pero no quiso llevar a Zanetti) el pan y queso de Maradona y las ideas tácticas que esbozó antes del debut, permiten un juego de espejos con el campeón del ’86. Línea por línea:

*  Una defensa con dos centrales más sólidos que sutiles, de buen juego aéreo en ambas áreas. Cualquier parecido del Tata Brown y Oscar Ruggeri con la dupla Demichelis-Samuel, y aún con la variante Burdisso, ¿será pura coincidencia?

* Un tercer marcador central que se mueve como lateral y, eventualmente, stopper. Se llamaba Cucciufo y sus equivalencias son hoy Heinze- Otamendi.

*  Un lateral de buen ida y vuelta, capaz de cerrar la defensa o de sumarse al mediocampo, capaz incluso de un desborde en terreno rival: ayer el vasco Olarticoechea, hoy Jonás Gutiérrez-Clemente Rodríguez

* Sin la barba ruda del Checho Batista, Javier Mascherano es el cinco caudillesco plantado delante de la defensa.

*  Una rueda de auxilio en el ala derecha del mediocampo. Maxi Rodríguez o Jonás, si ocupa a esa posición, ya habrán repasado los movimientos ochentosos del Gringo Giusti.

* Una primera aduana en el circuito de juego, un distribuidor con capacidad de manejar tiempos. Así el  negro Enrique como la Bruja Verón.

* Un livianito capaz de volar hacia delante, asociarse en paredes ofensivas, pero también siempre listo para dar una mano atrás cuando el contrario aprieta. Di Maria puede ser Burruchaga. E incluso Carlos Tevez podría jugar ese rol.

* Un delantero de punta-punta, como fue Valdano hace seis mundiales, como serán Higuain o Milito hoy.

* Y el as de espadas, el de la 10 en la espalda, pero libre para inventar en cualquier rincón de la cancha. El de la M. Maradona DT necesita que el jugador que fue reencarne en Leo Messi.

Como estrategia de seducción, fue un fracaso. “La clonación futbolistica no es más que otro delirio místico”, siguió enojándose Pablo, quizá sin advertir la paradoja de un Dios entregado a un arte, el de la clonación, condenado por la Iglesia. O quizá dando por entendido que hablamos de un Dios pagano, un “Dios sucio”, contaminado, según beatificó Eduardo Galeano a Maradona.

Tengo otro mail, a medio escribir, pero todavía no me animo.

Le subo la apuesta a Pablo y le digo que si Dios es Dios, por pagano que sea, no puede limitarse a una copia, Ni siquiera a una copia perfecta. Que en el instante indicado agregará toques mágicos, especiales, que harán la diferencia, para que su creación sea única y original. Y que ya no discutamos, que total falta tan poco, casi nada,  para saber si este mundial nos sale  Pato o Dolly, Oveja o gallareta.

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La clonación de Dios

Diego

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No lo puedo creer. De pronto todos le pegan a Diego Maradona. Los mismos que lo alabaron tantas veces, los mismos chupamedias que le hacían entrevistas laudatorias, los que le celebraban hasta sus contradicciones y gansadas, los que lo elevaron a la categoría de Dios, ahora lo destrozan. Triste destino el de los ídolos argentinos que deciden seguir vivos. A diferencia de Gardel, Evita o el Che, Diego no supo retirarse a tiempo. Si su indómito corazón hubiese estallado en el momento debido, en este momento los mismos que lo critican estarían invocando su nombre en vano. Por eso ahora que todos lo critican siento la necesidad espiritual de bancarlo.

Primero una aclaración: no tengo ninguna relación personal con Maradona. Sólo el agradecimiento que le profesamos todos los argentinos, como hinchas de fútbol, al tipo que nos hizo felices tantas veces. Nada más y nada menos. En general no me gusta escucharlo. Es soberbio, prepotente y místico. Osado e irresponsable. Comparado con Marcelo Bielsa, el técnico de moda, Diego es la síntesis del pensamiento mágico. La intuición y la picardía frente a la táctica y la racionalidad del técnico de Chile. Pero ahora más que nunca me quedo con Diego. A todo esto: ¿alguien puede imaginar a Maradona dirigiendo al seleccionado de un país extranjero?

En lo profesional nunca lo entrevisté. Apenas escribí sobre él cuando intentó volver al fútbol. Si bien Diego no lo aceptaba ya era un ex jugador. Ése es uno de sus problemas más severos: ninguno de sus queridos lo advierte a tiempo sobre la cercanía del abismo. En lo personal, como hincha de Rosario Central, viví aquella tarde como una pesadilla: el rey en su intento por regresar se ponía la camiseta de Ñuls. Le debo a Jorge Lanata la ingrata misión de cubrir ese regreso para Página/ 12. Otra paradoja de estos tiempos: hasta la llamada “iglesia maradoniana”, el colectivo creado para celebrar su grandeza deportiva, se permitió cuestionarlo.

Para seguir con los términos religiosos, Diego está en el altar de la consideración popular pero no puede evitar las puteadas. Sin la necesidad de probarse las alitas está ubicado en la constelación de los mitos nacionales pero, en la primera de cambio, lo bajamos al barro. Sin embargo alcanza con cerrar los ojos para que algún momento de su historia deportiva nos abra una sonrisa. Ahora ese gesto puede devenir en mueca. Con todo, nos cuesta aceptar que Maradona nos representa en sus momentos de gloria con la misma fidelidad con la que nos refleja en cada una de sus miserias.

Diego hizo casi todo lo que quiso. Estuvo en la cima y cayó al fondo del pozo; tiene fama y colecciona desprecios; tiene hijas e hijos, reconocidos y no; cuenta con la amistad de los famosos y los favores del poder; es protagonista de libros y canciones, de películas y anécdotas irreproducibles; pasó de Menem a Fidel; tuvo amigos que se esfumaron, mujeres y placer en todos sus formatos. Desbarrancó, estuvo casi muerto, renació de sus cenizas. Finalmente, como si se tratase de un mandato divino, llegó a la selección nacional. La decisión fue de Don Julio. Il capo di tutti capi volvió a realizar una apuesta al todo o nada. Esas apuestas donde él nunca arriesga. Don Julio también nos representa cabalmente. Por su decisión, Diego volvió como si fuese un talismán contra todas nuestras desventuras.

Hasta ahora, como si nos hubiesen lanzado una macumba, todo lo que tenía que salir mal, salió mal. Goleada ante Bolivia, derrota humillante con Brasil, derrape en Paraguay y riesgo de quedar afuera del Mundial. Dicen que no sabe nada, que no tiene experiencia, que no controla al grupo, que no sabe de estrategia, que confunde a los jugadores con sus cambios, que no les da confianza, que ni siquiera logra motivarlos. Eso dicen los periodistas que le regalaban un plasma o una computadora para que se dejara entrevistar. Con esos argumentos lo castigan los medios que hicieron infinitos negocios a su costa.

No sé bien por qué, pero no me gusta la eficacia de esa trituradora. Los jugadores, estrellas en Europa, parecen trebejos sin ninguna responsabilidad en la debacle del equipo. Un grupo de fantasmas vestidos con la celeste y blanca pero nadie les imputa nada. Carlos Salvador Bilardo la mira de costado, es un general contrariado por los caprichos de un emperador al que defiende en público pero desprecia en privado. Y Grondona ofrece las poses de un familiar consternado y sorprendido por el destino.

No me gusta lo que pasa con Diego. Abomino de esos tipos que palmean la espalda antes de clavar sus puñales. Tal vez por eso a la hora de elegir, prefiero creer que el Gordo volverá frotar la lámpara.

Diego