Me gusta Benedetti, y qué

“Si te quiero es porque sos/ mi amor mi cómplice y todo/ y en la calle codo a codo/ somos mucho más que dos”. Me gustan los poemas de Mario Benedetti. No todos, claro. El escritor uruguayo es dueño de una obra muy extensa. Ha publicado más de sesenta libros y abarcado todos los géneros. Dejé de leerlo hace un tiempo pero muchos de sus versos me acompañan todavía. Ahora que Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farugia, tal su nombre completo, disputa la inevitable y desigual batalla con la muerte es un acto de estricta justicia defender sus entrañables artefactos poéticos de la mirada despectiva de los policías literarios.

Hace algunos días, el editor de Cultura de Crítica de la Argentina, Sergio Olguín me propuso escribir sobre Benedetti. Los diarios suelen prepararse para las malas noticias con la simple lógica del cierre de edición. Hay que estar preparados, y está bien. En la charla coincidimos en algo: no es fácil encontrar escritores que lo reivindiquen. Como ocurrió con Osvaldo Soriano y, en cierta medida, con Roberto Fontanarrosa, las tribus literarias, las nomenclaturas de los suplementos literarios, lo consideran un escritor menor. Como el Gordo y el Negro, Benedetti carga con el karma de ser popular. Y –aunque es sabido– vender mucho no significa calidad, la fidelidad de los lectores y la permanencia merecen el respeto y la consideración, por lo menos, cinco minutos antes de la muerte.

Benedetti no es Borges, ni Enrique Molina, ni Gelman, ni Parra, ni Mario Trejo. Sólo por nombrar a algunos de mis preferidos. Pero jugaría de titular en cualquier seleccionado de poesía latinoamericana. Versos sencillos, rima fácil, poemas al servicio de la canción, contaminación política. Qué horror.

“País verde y herido/ comarquita de veras/ patria pobre/ País ronco y vacío/ tumba muchacha/ sangre sobre sangre…”. Y lo cantaron Daniel Viglietti, Joan Manuel Serrat y Nacha Guevara cuando ni siquiera soñaba con un ocupar una banca en el Congreso. Y lo amplificaron frente al poder. “En una exacta foto del diario/ señor ministro del imposible/ vi en pleno gozo y en plena euforia/ y en plena risa su rostro simple/ seré curioso señor ministro/ de qué se ríe/ de qué se ríe”.

Nació en Paso de los Toros el 14 de diciembre de 1920, departamento de Tacuarembó. Hizo de todo. Fue taquígrafo, vendedor, empleado público, contable como Martín Santomé (el personaje de La tregua). Gracias a esos menesteres nacieron los Poemas de la oficina. También fue traductor, locutor de radio y periodista. Se inició como reportero en el célebre semanario Marcha y cuando volvió a Montevideo trabajó en Brecha.

“Mi táctica es mirarte/ aprender como sos/ quererte como sos/ mi táctica es hablarte y escucharte/ construir con palabras/ un puente indestructible… Mi estrategia es/ más profunda y más simple/ mi estrategia es/ que un día cualquiera/ ni sé cómo ni sé/ con qué pretexto/ por fin me necesites”. Qué mal. Parecen palabras para un afiche. Obvias como el amor y la pena.

La primera entrevista que me publicó un diario de alcance nacional se la hice a Mario Benedetti. Lo habían convocado a dar un seminario organizado por la Facultad Libre de Venado Tuerto y él se llegó hasta esa ciudad santafesina por solidaridad con un proyecto pedagógico que se anunciaba luminoso. Fue hace veinte años. Página/12 había publicado una semana antes una crítica a mi segundo libro de poemas, Cierta curiosidad por las tetas: “En la tradición del mejor Benedetti y con la polenta de una buena letra de rock”, decía la nota. En mitad de la entrevista, el uruguayo me pidió que detenga el grabador y me cruzó con humor: “Ahora me doy cuenta quién es usted. ¿Así que en la tradición del mejor Benedetti? ¿Alguien quiere que me separe de mi mujer?”. No estaba de acuerdo con la analogía y yo tampoco.

“Una mujer desnuda y en lo oscuro/ genera una luz propia y nos enciende/ el cielo raso se convierte en cielo/ y es una gloria no ser inocente/ una mujer querida o vislumbrada/ desbarata por una vez la muerte”. La relación del escritor con su esposa fue indestructible. Se casó con Luz López Alegre en 1946 y estuvo junto a ella hasta que murió en 2006. Luz fue la compañera de toda su vida.

Benedetti es un militante convencido. Tal vez demasiado convencido. Quién sabe. Sufrió el exilio. Perdió amigos y compañeros en la interminable batalla latinoamericana por un orden más justo. “Están en algún sitio/ concertados/ desconcertados/ sordos/ buscándose /buscándonos… /nadie les ha explicado con certeza/ si ya se fueron o si no/ si son pancartas o temblores/ sobrevivientes o responsos”.

Como tantos, aprendió a resistir. Volvió a Montevideo y lanzó la mejor de sus consignas: defender la alegría. De eso hablan sus poemas. Reír y pensar. Amar y luchar. Sus lectores lo saben y agradecen. Ellos nunca tendrán problema en confesar: me gusta Benedetti, y qué.

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Me gusta Benedetti, y qué