Justicia II: ¿Dónde quiere sentarse?

Esa pregunta me hizo hoy una Secretaria del Tribunal Federal N.1 de Rosario. Yo estaba en un subsuelo, el lugar dónde esperan los testigos manteniendo una suerte de incomunicación previa a la declaración testimonial. Me había citado 9,30 pero recién ingresé a la sala cerca de las 11. Al principio no entendí la pregunta: ¿Cómo dónde quiero sentarme?, repregunté.  “Sí, frente a los jueces y de espalda a los acusados o en el costado viendo a ambos”, me explicó. Le dije que me daba lo mismo. Que si iba a hablar ante el tribunal tal vez era mejor frente a los jueces. Un rato después el doctor Oscar Blando, Director Provincial de Programas de Derechos Humanos de la Pcia de Santa Fe, me explicó lo de la ubicación: hay vícitmas que no toleran declarar sintiendo en sus espaldas la presencia de las personas que los encarcelaron o torturaron. Cuando ingresé en la sala comprendí que la cercanía con los represores -apenas un par de metros, ya que la sala es pequeña, tal vez el doble que un aula de colegio- ciertamente debería ser intimidante. Lo primero que me pidió la presidenta del tribunal, Beatriz Barabani, fue que mirara a cada uno de los acusados y dijese si tenía algún tipo de relación o animosidad con ellos. Me dí vuelta y allí estaban: Pascual Gerrieri, Juan Daniel Amelong, Jorge Fariña, Walter Pagano y, separado por un gendarme, Eduardo Constanzo. No tenían el aspecto amenazante que mi fantasía les había asignado en todos estos años. Parecía un grupo de hombres mayores, unos tipos cansados que bien podrían pasar por amigos que se encuentran para charlar sobre la jubilación o las travesuras de sus nietos. Detrás de ellos, tras un vidrio, una veintena de personas seguían el juicio. Salvo por su cabello canoso, sus hombros algo encorvados y su mirada abatida, Constanzo no cambió demasiado en estos años. El 26 de junio de 1992, más esbelto, con el pelo negro bien corto, y envuelto en un sobretodo marrón, ingresó a la redacción de Rosario/12 y anunció que tenía algo muy importante para contar vinculado a la represión en Rosario. Algo que afectaba al flamante subsecretrio de Seguridad nombrado por el entonces gobernador Carlos Reutemann, el teniente coronel Rodolfo Rieggé. Aquella tarde de invierno -como conté en el tribunal- relató por primera vez los homicidios de catorce presos políticos en la quinta llamada la Intermedia. También dijo quienes los habían asesinado y cómo envolvieron sus cuerpos en frazadas y los ataron con alambre. Había aparecido por fin “un arrepentido” de la represión en la zona del primer cuerpo de Ejército. No tiene sentido aburrirlos con los detalles de mi declaración. En definitiva sólo conté cómo se hizo aquella nota y narré el proceso de chequeo de la información que nos fue revelada. Después de mí, declaró Adela Panelo de Forestello, mamá de Marta María Forestello, una de las secuestradas que fue vista en la Quinta de Funes (historia que dió origen al libro Recuerdos de la muerte de Miguel Bonasso). El miércoles declarará Sabrina Gullino, hija de Raquel Negro, otra de las militantes asesinadas por la patota. Sabrina, que nació en cautiverio en Paraná, recuperó su identidad el año pasado.  El rompecabezas de horror que nos legó la dictadura militar se va completando, lentamente. Por fin se avanza hacia un final posible. Aunque muchas piezas nunca vayan a terminar de encajar en su lugar. Cuando salí del viejo edificio de la calle Oroño sentí alivio y quería volver cuanto antes a Buenos Aires.Pasaron 17 años de aquella entrevista al “Tucu” Constanzo. Pasaron más de treinta años de los asesinatos que se están juzgando. Antes de tomar un taxi para la estación de ómnibus miré otra vez las caras jóvenes en los carteles de la puerta, sus miradas cargadas de futuro. ¿Cómo pudo pasar lo que pasó? Me fui triste pero con la convicción de que los juicios son el paso necesario para poder mirar por fin para adelante. Pensé en Sabrina, la hija de Raquel Negro. Pensé en Sabrina y me encontré diciendo: nunca más.

Nota: Subí apenas unos instantes del video que intenté filmar en el tribunal. Sólo tiene caracter de registro anecdótico -es la llegada al edificio de Oroño 940-porque las autoridades de gendarmería me impidieron seguir usando mi cámara y luego las autoridades del tribunal tampoco accedieron a que pudiera filmar el recinto y mi propia declaración dado mi caracter de testigo. Lo que me pareció razonable.

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