Las lecciones de Mauricio

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Los tres cayeron presos casi al mismo tiempo, junto a otros compañeros. Mauricio cuenta que los metieron bajo tierra en un calabozo de 60 centímetros por 1,80. Que se comunicaban golpeando con los nudillos las paredes. Que sabían que no tenían muchas opciones. Que si lograban sobrevivir sus carceleros intentarían volverlos locos. Mauricio cuenta que decidieron resistir. Que acordaron salir vivos de las cárceles de la dictadura uruguaya para dar testimonio. Eran tupamaros y lo siguen siendo. Mauricio es Rosencof, dramaturgo y escritor, actual director de Cultura de Montevideo. Sus compañeros: el senador Eleuterio “El Ñato” Fernández y el candidato a presidente por el Frente Amplio, José “Pepe” Mujica.

El domingo pasado, Rosencof celebró la victoria de Mujica en primera vuelta, pero lamentó que sus compatriotas no hayan derogado en el plebiscito que acompañó la elección presidencial la ley 15.848, llamada de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado. Oculta bajo ese nombre está lo que de verdad es la norma: una ley de impunidad para los represores. Impulsada por el primer presidente democrático del Uruguay, José María Sanguinetti, la ley contó con el aval de colorados y blancos, los dos partidos tradicionales. Las fuerzas de izquierda y organismos de derechos humanos no se dieron por vencidos, juntaron firmas y lograron un plebiscito para su derogación en 1989. Pero perdieron.

Hace dos años, con el Frente Amplio en el poder, las mismas fuerzas lograron habilitar otra consulta. Más de la mitad de los uruguayos que fueron a las urnas no acompañó la derogación. “Fue una pena, lo sentimos en el alma –me confesó Rosencof durante una entrevista– pero así es la vida política”, y reconoció que no fue una buena idea haber presentado la consulta junto a la elección presidencial; en sus términos: “No se puede chiflar y comer gofio”. En realidad, eran tres las cuestiones que estaban en juego: defender un nuevo mandato para el Frente Amplio, la caducidad de la ley de impunidad y el voto epistolar para los uruguayos en el exterior. Esta última consulta también fracasó: los orientales que viven fuera de su país tendrán que volver si quieren sufragar.

Integrantes de los organismos de defensa de los derechos humanos y familiares de detenidos y desparecidos se quejaron por la consulta: “No hacía falta el plebiscito, con las mayorías parlamentarias podrían haber derogado la ley”. Rosencof estuvo preso 12 años. La dictadura lo mantuvo un tiempo con el estatus de “rehén”, es decir que podían ejecutarlo como represalia de eventuales actividades guerrilleras que afectaran la seguridad nacional. Sin embargo, el autor de Memorias del calabozo –junto a Eleuterio Fernández– rechazó cualquier salida institucional que implique obviar la opinión de los uruguayos: “Nosotros no podemos incurrir en un acto que no tenga en cuenta al pueblo, aunque ahora no nos guste que la mayoría no haya acompañado las aspiraciones de tantas madres y familiares de desaparecidos ni de tantos compañeros. Aprovechar la mayoría coyuntural en el parlamento para derogar la ley no va con nuestros principios. Eso no forma parte de nuestra ética política”.

A pesar del revés en el plebiscito, no se pueden obviar algunos hechos que alientan la expectativa de justicia: unos días antes de la elección presidencial, los tribunales uruguayos condenaron a 25 años de prisión al dictador Gregorio “Goyo” Álvarez y a 20 años al ex marino Juan Carlos Larcebeau por 37 y 29 homicidios, respectivamente, cometidos en el marco del llamado Plan Cóndor entre 1973 y 1985. Rosencof es optimista. Siempre lo fue. También, cuidadoso con las palabras. Se molesta cuando alguien lo presenta como “ex” tupamaro. El dirigente reinvindica con orgullo su pertenencia a esa agrupación que logró reinsertarse en la democracia, ejercer la autocrítica de cara a la población, articular alianzas, formar nuevos cuadros y, fundamentalmente, obtener legitimidad popular. “Hemos enfrentado la cárcel, tenemos compañeros caídos. Desde esa historia despertamos credibilidad en la mayoría de la población a través del Frente Amplio”.

Sorprendente país el Uruguay. En los últimos comicios se enfrentaron un preso de la dictadura –el candidato frentista Pepe Mujica–, el hijo de un presidente de facto que actualmente cumple prisión domiciliara –el candidato colorado Pedro Bordaberry– y un dirigente liberal que, en su momento, dijo admirar a Francisco Franco –el candidato blanco Luis Lacalle–. Las diferencias ideológicas y políticas son abismales, pero se resuelven en un escenario envidiable para los que miramos desde la otra orilla.

Sorprendente país el Uruguay. Mientras estaba “bajo tierra”, el detenido Mauricio Rosencof escribió con el tubito interior de una birome los poemas de “La Margarita”, una bella historia de amor barrial y adolescente, que después fue musicalizada por Jaime Roos. Los escribió en papeles de fumar que salían de la prisión, ocultos en los dobladillos de la ropa que mandaba a lavar a su casa. Ya por entonces sabía que la militancia era un camino y no una meta. “Y cuando uno elige un camino –explica– es para siempre”.

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Las lecciones de Mauricio

Simplemente, Pepe

“Pepe Mujica es un veterano, un viejo que tiene unos cuantos años de cárcel, de tiros en el lomo, un tipo que se equivocó mucho, como toda su generación, y que trata, hasta donde puede, de ser coherente con lo que piensa, todos los días del año y todos los años de la vida. Y que se siente muy feliz, entre otras razones, por poder contribuir para representar a aquellos que no están y que deberían estar. Yo no estoy de acuerdo con Bertolt Brecht, porque no hay hombres imprescindibles, sino causas imprescindibles, caminos imprescindibles. La historia es una construcción tremendamente colectiva. Y en eso andamos, cada uno colocando su piedra. Aquellos que no cultivan la memoria, no desafían al poder”. Así se presentó en una entrevista el senador uruguayo José Mujica.

El ex guerrillero Tupamaro, hasta hace poco fue Ministro de Agricultura y Ganadería de Tabaré Vázquez y ahora es candidato a presidente de la Nación por Encuentro Popular, el sector mayoritario del Frente Amplio. Estuvo en la radio y, a pedido de algunos de ustedes, aquí está la nota. Vale la pena.

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mujica-031008.mp3 (para descargar el audio, hace click derecho, y elegí “Guardar destino como”. Pesa 13.7Mb)

Simplemente, Pepe

Enemigos de la corbata

Un fantasma recorre América Latina. Se llama informalidad y está dispuesto a todo. Por lo pronto se conforma con llegar al poder.

Un nuevo movimiento continental y revolucionario avanza sobre las viejas estructuras políticas. Son Los Sin Corbata. El último de sus representantes acaba de asumir la presidencia de Paraguay.

El ex obispo Fernando Lugo hizo su primer discurso vestido con una camisa blanca de cuello mao y calzando sandalias. Antes de meterse en política, Lugo tuvo a su cargo la arquidiócesis de San Pedro, en el empobrecido norte paraguayo. Como si estuviese en misa, anunció: “Renuncio a vivir en un país donde unos no duerman porque tienen miedo y unos no duerman porque tienen hambre”. Y siguió, sin tener que sacarse el saco que no tenía, “renuncio a un Paraguay con jóvenes tristes. Yo anuncio un Paraguay con jóvenes protagonistas de su destino”.

Después hizo un gesto que muchos dirigentes del Partido Colorado, derrotado después de seis décadas de hegemonía, no se cansaron de criticar: renunció a su sueldo. Los cuatro mil dólares que el Estado debería pagarle por su trabajo de presidente irán a un fondo de ayuda para los más necesitados. “Es un demagogo”; “otro populista”, “por qué no se preocupa por gobernar”, le dijeron.

Antes que Lugo, otro presidente electo sepultó el uso de la corbata. Evo Morales hizo toda su campaña vestido con camisas o con un jersey. Para el acto de asunción, el 22 de enero de 2006, eligió un traje confeccionado por la diseñadora boliviana Beatriz Canedo Patiño. El primer presidente de origen indígena de América pidió que fuese confeccionado con algo de la cultura aymara. La diseñadora utilizó alpaca fina y un tejido centenario para el cuello y la solapa. En la película Cocalero se cuenta la historia de ese traje, que funciona como metáfora de la llegada de lo nuevo de la mano de lo ancestral.

El economista Rafael Correa tampoco usa corbata. Su pinta de galán de cine lo exime de las críticas. Suele vestir trajes impecables y camisas bordadas con motivos indígenas. En enero de 2007, en el acto de posesión del mando, citó a Pablo Neruda y se despachó contra el neoliberalismo y los organismos internacionales que “dejaron al Ecuador en la miseria”.

Tampoco son afectos a la corbata los presidentes Hugo Chávez y Daniel Ortega, de Venezuela y Nicaragua. Pero, cada tanto, para la foto, la desempacan. El senador uruguayo José “Pepe” Mujica, candidato a la presidencia, ya avisó que: “Puede seguir la moda de los presidentes raros”, en obvia referencia a Morales, Correa y Lugo. Al ex dirigente tupamaro es más fácil verlo con un termo y un mate que con una corbata.

La corbata es inocente hasta cierto punto. Nació en el siglo XVII casi por casualidad. Cuentan que un regimiento de Croatas, después de vencer a los Turcos, llegó a París y sorprendió con su vestimenta a Luis XIV. Los soldados llevaban en el cuello unos pañuelos de colores. Se cree que su origen se remonta a los oradores romanos que utilizaban telas para proteger sus gargantas.

Lo cierto es que el Rey de Francia hizo diseñar para la guardia de la corte un pañuelo con la insignia real al que llamó cravette, término que provenía de crabete, que quiere decir “croata”. El regimiento se llamó Royal Cravette. La tela en el cuello se extendió por el viejo continente y llegó a Inglaterra. Con los años, se convirtió en un símbolo de los sectores más opulentos de la sociedad.

Los pronósticos iniciales apuntaban a su rápida desaparición: nadie le veía mucho sentido a eso de llevar una tela en el cuello que no estuviese destinada al abrigo. Pero a pesar de los agoreros, a principios del siglo XX empezó a producirse en forma masiva. “Destaca la verticalidad del cuerpo”, “realza la camisa”, “es signo de elegancia y estilo”, “ningún traje luce bien sin ella”, fueron algunos de los argumentos que todavía perduran.

En 1924, el norteamericano Jerse Langsford “inventó” el corte de la tela en 45 grados y la dividió en tres piezas cosidas a mano. Éste es el método que siguen utilizando para su confección las casas de ropa más prestigiosas del mundo. Símbolo fálico, marca de virilidad. Según algunos estudiosos, las corbatas hasta pueden revelar la personalidad.

La decisión de Lugo, Evo y Correa tal vez tenga más que ver con otra historia menos difundida y, por cierto, de imposible comprobación. Me la contó el psicoanalista y escritor mexicano Fredo Arias de la Canal. Él usaba camisas con el último botón del cuello abrochado. Ante mi pregunta por la ausencia de corbata, me contó que un gobernador militar inglés en Escocia obligaba a los habitantes de la zona que controlaba a llevar una soga alrededor del cuello para recordarles su condición de vasallos. Cuando alguno se rebelaba, lo hacía ahorcar con el mismo lazo que portaba en el cuello. Fredo estaba convencido de que esa política de sumisión devino en moda y así nació la corbata. Por esa razón se resistía a la costumbre de “amarrarse el cogote”.

La rebeldía formal de un pequeño grupo de presidentes latinoamericanos no alterará el extendido uso de las corbatas en Occidente, pero tal vez funcione como una señal: es posible vivir sin una soga al cuello.

Enemigos de la corbata