Maldita Corte

La composición de la Corte Suprema de Argentina, la calidad jurídica de sus miembros, su independencia del Poder Político, era hasta hace unos días incuestionable. Bastó que el Alto Tribunal emitiera un fallo confirmando la vigencia de la ley de Medios y descartando el amparo presentado por el diputado Enrique Thomas (Peronismo Federal), para que los cortesanos pasaran de probos a vendidos; de juristas notables e independientes a genuflexos.

Varios dirigentes de la oposición, entre los que se destaca el senador Luis Juez, ahora dudan de la Corte. Y lo dice con humor y vehemencia. Juez nada dijo del amparo aprobado por jueces vinculados con la última dictadura militar. La suspensión de la ley fue aprobada, en una actitud sin precedentes jurídicos, por una jueza: Olga Pura de Arrabal, en primera instancia, y por dos camaristas de Mendoza. No es casualidad que el planteo haya sido presentado en esa provincia, es en ese territorio dónde el poder del grupo mediático conformado por Daniel Vila, José Luis Manzano y Francisco De Narváez tiene una influencia decisiva en la justicia.

El despropósito judicial –suspender la vigencia de la ley 26.522, aprobada por amplia mayoría en el Congreso y en una votación seguida en directo por la televisión– fue reparado por el tribunal con el voto de la totalidad de sus miembros: 7 a 0. El fallo de los cortesanos, que no remite al fondo de la ley sino a su vigencia (era jurídicamente imposible un voto en contrario sino se quería habilitar el gobierno de los jueces y las corporaciones económicas), convirtió en maldita a la Corte.

Pasa algo parecido a los piquetes, hay buenos y hay malos piquetes, depende a quién perjudican. La Corte Suprema es prestigiosa si sus fallos se ajustan a las necesidades políticas del establishment. La hipocresía y el servilismo atraviesan a la clase política, no reparan en colores políticos ni en ideologías. Como escribió Discépolo: “la panza es reina/ y el dinero Dios”.

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Maldita Corte