La máquina somos nosotros

Este video ya tiene un par de años, sin embargo supongo que muchos aún no lo vieron.

Creado por Michael Wesch, Profesor de Antropología Cultural de la Universidad Estatal de Kansas, Estados Unidos, el video (tal y como explica Enrique Dans) “revisa de manera magistral la transición desde el texto en papel al hipertexto, la web, el paso del HTML al XML, los buscadores, los blogs, las tags, los wikis… hasta llegar a la “famosa” Web 2.0, donde los vínculos ya no sólo conectan textos o ideas, sino que conectan personas“.

El vídeo tambien invita a reflexionar sobre ideas como el copyright, la autoría, la identidad, la ética, la estética, la retórica, el gobierno, la privacidad, el comercio, el amor, la familia o a nosotros mismos.

Son poco más de 4 minutos que ayudan a entender en dónde estamos parados en este mundo tan cambiante y novedoso.

<p style="text-align: center;"

Anuncios
La máquina somos nosotros

Lectura superficial?

Estuve leyendo con atención los comentarios a varias de mis notas en el diario Crítica. Más allá de lo que pueda pensar cada uno de los lectores estoy soprendido por el nivel de lectura que hacen algunos. Antes una aclaración: estoy convencido de que el disenso es bueno y además lo aliento porque no creo que nadie sea poseedor de la verdad sino sólo de una porción de ella. Lo que me llama la atención es que mucha gente parece quedarse con la superficie de los textos. Es como si no se leyera pensando.

Doy un par de ejemplos: en la nota Los dueños de los medios comencé diciendo que a mí me gustaría que los medios fuesen de Gieco, Carlotto o Juan Carr. Pero no, eran de Telefónica, el Grupo Uno, Clarín, Hadad y el mexicano González. Era una imagen: elegí a tres personas que creo honestas pero podía haber puesto a mi tia Tota o a Juan Riquelme. Es obvio que no pretendo que Gieco y cía tengan un canal. Quería explicar que una cosa es el deseo y otra la realidad y, a partir de allí, analizar cómo se para uno ante esa realidad. Sin embargo, hubo decenas de mensajes cuestionando “mi intención” de que esas personas tuviesen un medio. Y en la nota de esta semana Una solución para el narcotráfico, pasó algo similar. Ante las reiteradas denuncias de connivencia entre sectores de las fuerzas de seguiridad y la política con el tráfico de drogas, propuse a María Rosa Gónzalez, una madre que lucha contra el paco, para ser la máxima responsable de una supuesta agencia contra el narcotráfico. La imagen pretendida estaba clara: una mujer común que no se deja comprar y lucha siempre, puede ser más valiosa que un funcionario venal. Sin embargo, varios mensajes apuntaban la desmesura de proponer a ésta mujer para semejante tarea.

Curiosamente esto no pasa en el blog, dónde se dan intensas discusiones pero sobre el fondo de la cuestión. Lo que quiero poner en consideración de ustedes, que tienen el ejercicio de internet, es: ¿no les parece que cuando se lee desde internet se corre el riesgo de leer demasiado rápido o en forma lineal o superficial?

Lectura superficial?

Cuando Margarita conoció a Cielito

La cara iluminada por la emoción, la sonrisa abierta por la felicidad, la imposibilidad de hablar por el asombro. Gestos como esos son los que los seres humanos reservamos para los grandes descubrimientos. Son las expresiones que se sueltan ante lo real maravilloso: la primera vez en el mar, un eclipse de luna, tocar la nieve, un nacimiento, el amor cuando aparece de improviso. Enumero sólo por el gusto de evocar momentos de placer.

Esa cara puso Margarita cuando después de hacer un clic en el ratón de mi computadora apareció su nieta en la pantalla. La bebé se llama Cielito y ella no la había podido ver hasta ese momento.

“Me dio un escalofrío, mi hija me había dicho que estaba en internet, que me había mandado la foto pero yo la buscaba, la buscaba y no aparecía. Preguntaba en los negocios pero no podía o no me explicaban bien cómo hacer. Estoy tan feliz, la bebé es un parte de mi carnecita”, explica.

Tengo suerte, Margarita me ayuda con la limpieza de la casa. Si la conociesen de verdad, todos en esta ciudad querrían que Margarita los ayudara también. Es de esas mujeres que resuelven los problemas sin preguntar. Nos vemos poco. Ella viene una vez por semana, cuando no estoy en el departamento, y se dedica a ordenar y limpiar.

Mi ausencia es importante. Soy conciente de mi inutilidad y Margarita tiene cultura incaica pero modos prusianos. Hace unos días logré reivindicarme: la ayudé a encontrar a Cielito, una sirena en el océano de internet.

Los que utilizamos la web como algo habitual no tomamos conciencia de lo que significa ese mundo para aquellos que, por diversas razones, no comenzaron a navegar. Es como aprender a andar en bicicleta, se puede solo y a los golpes pero una ayuda es fundamental. Sobre todo para perder el miedo.

Margarita dice que algunos de sus hijos la encuentran parecida a Eva Ayllón, la cantante y folclorista peruana (pueden verla y escucharla cantar en YouTube). Ella disfruta con la comparación. Adora a Eva Ayllón, cada vez que puede canta sus canciones, esos ritmos negros que la conmueven hasta las lágrimas y la remiten a su infancia en Chiclayo, la ciudad dónde nació en el norte del Perú.

Margarita tiene, como su admirada Eva, la piel morena, el cabello abundante, y unos ojos marrones dónde es posible imaginar el cruce de tradición e historia. Vive en Argentina hace casi diez años. Había perdido su casa por un desastre natural y necesitaba mantener a sus cuatro hijos. Fue entonces que decidió hacer una jugada desesperada. Su hermana, que ya estaba instalada en Buenos Aires, le sugirió que viniera a probar suerte y no lo dudó. Dejó a sus hijos en Lima y comenzó a trabajar en lo que podía para mandarles dinero. Hizo de todo. Se desempeñó en casas de familia, en un taller textil y hasta en una pescadería. Gracias a la ayuda económica que mandaba al Perú, sus chicos terminaron los estudios. “Yo creo que están orgullosos de mí. Ha sido muy duro estar lejos. Pero me fui para ayudarlos”, cuenta.

Vanesa, Jaruko, Sandra y Renzo. Margarita quiere poner sus nombres en la clave de usuario que acabo de abrirle para que ya no precise de la ayuda de nadie para ver a la bebé Cielito o para recibir noticias de su familia. Le explico que tiene que ser una especie de código, una contraseña, no un álbum familiar. Le pido más. “¿Un nombre para el correo? Margarita. No, Margarita no, mejor Cielito”. Después me exige que le anote todo en un papel, paso por paso. Tiene miedo de olvidarse de algún requisito y naufragar en el próximo intento. Además tampoco quiere preguntarle a los empleados de los negocios de internet: “No te hacen caso o no te explican bien. Y a mí me da un poco de vergüenza”, agrega.

Las dificultades de Margarita disparan varias cuestiones: ¿no habría que “alfabetizar” o mejor dicho “internetizar” de manera masiva?; como está planteada, la red ¿achica o agranda la brecha entre los sectores sociales?; ¿democratiza el acceso a la información o lo limita?

Más allá de cualquier discusión, lo cierto es que Margarita conoció a Cielito gracias a la web. Como dice ella misma: “es mágico”, y tiene razón. Por un momento Bill Gates y Google se mezclan con los sabios del Mercado de los Brujos de Chiclayo y las huacas escondidas en las Iglesias de Cuzco.

Margarita dice “mágico” y uno debería saber que en esa palabra caben siglos de misterios y desventuras. “En diciembre, si el Señor de los Milagros lo permite, viajaré a conocer a mi nieta”, dice. El Señor de los Milagros, el Cristo de las Maravillas o el Cristo Moreno como también se lo conoce, es una imagen de Jesús en la cruz ubicada en el Altar Mayor del Santuario de Las Nazarenas de Lima. Se trata de la imagen más venerada por los peruanos que la consideran milagrosa. La procesión que lo celebra es una de las manifestaciones periódicas del catolicismo que moviliza a mayor cantidad de gente. El Cristo fue pintado por un esclavo de casta angoleña llamado Pedro Dalcón en 1651. En un principio, las autoridades españolas quisieron tapar la imagen pero después de varios intentos y, ante la resistencia popular, desistieron.

Margarita encontró a Cielito. Cualquiera puede observar la pintura de Pedro Dalcón a través de internet. Descubrí a Eva Ayllón y la escuché cantar. Magia y milagros. Todo debería ser más sencillo. Navegar es un derecho.

Cuando Margarita conoció a Cielito

Los fachos de la red

¿Son tantos como parecen? ¿Son gente común que va al trabajo, hace el amor, ayuda a sus hijos con las tareas de la escuela y antes de dormir le dedica unos minutos a internet? ¿Son todos como esos jóvenes musculosos que levantan el brazo derecho en los actos organizados por Cecilia Pando? ¿O se trata de ciudadanos honestos que pagan sus impuestos y escriben a los medios como “la mejor manera de participar en política”? ¿Estaban desde antes o aparecieron todos después de la pelea del Gobierno y las entidades del campo? ¿Por qué si nosotros tenemos tantas dudas, ellos sólo exhiben certezas? Son los fachos de la red, los titanes de internet, los justicieros.

Cuando se enojan, y todo el tiempo se enojan, son incansables, hirientes, jodidos. Además, aunque suenen confusos o tengan problemas de expresión, están convencidos. Están muy convencidos y eso es lo importante. Desde esa convicción de hierro insultan, amenazan y prometen todo tipo de represalias contra el autor en cuestión. Dicen por ejemplo que, más temprano que tarde (perdón Salvador Allende), harán tronar el escarmiento.

Son duros. Adoran las chicanas. Evitan discutir sobre argumentos. Se ocultan en el anonimato que permite la horizontalidad democrática de la web –una de las grandes virtudes de internet, por cierto– y desde las sombras disparan contra el traidor, el débil, el vende patria. De esta manera hacen justicia virtual. Transforman sus teclados en espadas vengadoras. Disparan comentarios como misiles.

Parados sobre sus banquitos invisibles, levantan los dedos acusadores. Dan lecciones de periodismo, historia y alta política. Se ubican a la izquierda o a la derecha de la pantalla. Depende el día, depende el tema. Cada tanto exigen indignados: “¿Por qué no hablan más de inseguridad? Nos están matando a todos –advierten citando números y encuestas–. Los delincuentes están en la calle y vos lamentando la muerte de Nicolás Casullo”.

Siempre tienen razón. Quien no piense como ellos está equivocado. Quien no acuerde con sus opiniones es el enemigo, o un escriba pagado por el Gobierno, o un mercenario bancado por la oposición y las multinacionales, un agente de la patria mediática, un miembro de la sinarquía internacional o un comunista solapado. Depende el tema, depende del día. Como decía mi abuela: cree el ladrón que todos son de su condición.

Eso sí, no admiten medias tintas. Quieren que todos se definan. Es blanco o es negro. En realidad, quieren más blanco que negro. Se indignan por el hambre pero abominan de los hambrientos. Se conmueven por la desigualdad pero repudian los métodos de reclamo popular. Creen que todo aporte del Estado a los sectores carecientes es como darles margaritas a los chanchos. Afirman que todo dirigente social está comprado. Que todos los empleados públicos son vagos. Gozan con la división. Creen que estamos en guerra y que es necesario elegir bando. No rescatan nada de nadie. Ven en cada error una conspiración.

Forman una rara legión imposible de clasificar por sus ideas. Hay kirchneristas doloridos y antikirchneristas virulentos. Hay gorilas de todo pelaje y peronistas de cualquier sector. Hay liberales y golpistas. Todos unidos por la intolerancia. Algunos hasta se animan a levantar las banderas del racismo. Participan orgullosos de una suerte de vale todo verbal.

Hay temas que los ponen especialmente locos: las notas sobre condenas a represores –sugiero repasar los comentarios que se suscitaron en la web por el traslado de Jorge Rafael Videla a una cárcel común. Las cuestiones que apunten a defender la programación familiar o el debate sobre la despenalización del aborto. Una nueva ley sobre la forma de castigar el consumo de drogas despierta un tsunami de comentarios rabiosos e ignorantes. El ranking sigue con las peripecias de los ex Montoneros –algunas de verdad impresentables–, los despistes de los piqueteros, los aciertos de los K, los enchastres de los K y algunos más.

Son los fachos de la red. Los titanes de internet, los que garantizan ciento por ciento lucha debajo de cada nota.

Conviene no hacerlos enojar.

Los fachos de la red