Empachados de hambre

basura

Qué es el hambre? La respuesta sólo la pueden dar los que la sintieron alguna vez. A pedido del diario Crítica de la Argentina, publiqué esta colaboración para el suplemento 3 hemisferios. La idea era sumar tres miradas diferentes sobre un mismo tema que duele, pero nunca lo suficiente.

1.

¿Alguna vez revolviste una bolsa de basura buscando comida?

¿Comiste una fruta o un pedazo de pollo frío recién rescatado de un tacho de residuos?

¿Te desmayaste de hambre alguna vez?

¿Se puede hablar del hambre sin haberla sufrido?

Se puede, pero no es lo mismo.

¿Tiene sentido volver a escribir sobre el hambre?

Sí, pero no alcanza.

Para comer de la basura sin que el asco te espante hay que tener hambre de verdad. Sentir en el cuerpo ese malestar profundo que rompe todas las inhibiciones y las barreras.

Para comer de la basura hay que estar empachado de hambre.

2.

4 millones de argentinos tienen problemas para alimentarse.

10 por ciento de la población se levanta cada mañana sin saber si podrá conseguir comida para su familia. (Estos datos surgen de estimaciones privadas ya que los últimos datos oficiales son del 2004).

1.861.831 menores no tienen los recursos suficientes para satisfacer sus necesidades básicas.

2.300.000 de indigentes no tienen garantizada la comida diaria.

8 niños mueren por día por causas vinculadas a la desnutrición (información brindada por la Red Solidaria)

1.000 millones de personas pasan hambre en todo el mundo de acuerdo a una medición de Naciones Unidas.

Los números no dicen nada. Todas estas cifras sobre el hambre se publicaron en las últimas dos semanas en distintos medios gráficos de la Argentina.

Los lectores los pasaron rápido entre tostada y tostada. Dieron vuelta la hoja del diario y listo, allí se toparon con la guerra por le Ley de Medios o las desventuras del equipo de Diego Maradona.

Las cifras del hambre sólo duran unos segundos de indignación. Los números por sí solos, no dicen nada.

3.

El hambre tiene nombre y apellido. El hambre tiene cara.

Barbarita Flores tenía 9 años en el 2002. Los argentinos no conocían su existencia hasta que se desmayó de hambre en su escuela del barrio ATE de San Miguel de Tucumán. Recuerdo que en una reunión de producción del programa Día D, que conducía Jorge Lanata por América, recibimos un cable de una agencia de noticias que decía: “Chicos tucumanos se desmayan de hambre en la escuela”. La primera reacción fue de desconcierto e incredulidad. Aunque el país era un incendio, igual dudamos: ¿Será verdad? La única manera de saberlo era viajar. María Julia Oliván fue la cronista que mostró por primera vez la carita desconsolada de Bárbara y la cruel realidad en la que vivía junto a sus siete hermanos. Hacinados y sin cloacas. Cuando se desvaneció la nena llevaba 24 horas sin comer. Apenas había tomado un mate cocido.

Aquella nota conmovió al país. Hizo que llegara ayuda para su familia y motivó la preocupación de las autoridades. También le permitió a su papá obtener un trabajo. La nota desnudó una historia de la Argentina profunda, una historia de tantas. Reveló también la inacción oficial ante esa tragedia cotidiana.

Una semana después, invitamos a Barbarita al programa de tele cuando no hacía falta. La nota ya estaba cerrada con el viaje y el informe. Fue una estupidez. Todavía me arrepiento de haber producido aquella fallida entrevista de Lanata. Barbarita no pudo articular palabra. Estaba tremendamente avergonzada ante las cámaras. Ella se había desmayado de hambre, nosotros nunca podríamos entender la dimensión real de su drama.

4.

En la última campaña electoral todos los candidatos propusieron algún tipo de plan para mitigar el hambre entre los chicos argentinos. Con distinto grado de indignación desde la izquierda a la derecha, desde los más liberales hasta los más conservadores, rechazaron la idea de que en un país que produce comida para millones existan niños con problemas de alimentación.

Hay cinco proyectos en el parlamento nacional para crear “un ingreso universal para la niñez”. La idea no es nueva. La Coalición Cívica la impulsa desde 1996 y la Central de los Trabajadores Argentinos la tiene como una de sus principales reivindicaciones sociales. En el gobierno dicen que la plata no alcanza y que el esfuerzo económico ronda los 20 mil millones.

Sin embargo, pasan los días y no pasa nada. Alberto Morlachetti, coordinador del Movimiento de los Chicos del Pueblo (impulsor de la campaña “El hambre es un crimen”), está indignado por la demora: “cada niño que muere es irremplazable y los que sobreviven mal alimentados sufren daños irreparables”. Dice bien. El hambre tiene consecuencias devastadoras en la infancia: las conexiones interneuronales no terminan de conformarse y eso provoca retrasos graves e irreversibles. No sólo se trata de chicos más bajitos y panzones. Bernardo Klikberg las llama “las marcas invisibles del hambre”.

5.

Hay hambres voluntarias. Ayunos místicos y hambres heroicas. Desde Mahatma Gandhi hasta los presos del IRA, la decisión de no ingerir alimentos se convirtió en un gesto de desobediencia civil. Una manera de rechazar la opresión y la injusticia.

Siempre me impresionó un poema de Nazim Hikmet escrito al quinto día de una huelga de hambre. El escritor turco estuvo una década preso por su militancia comunista: “Si no consigo expresar bien, hermanos,/ Lo que quiero decirles,/ Tendrán que disculparme:/ Siento algunos mareos,/ me da vueltas un poco la cabeza./ No es alcohol./ Apenas, es un poquito de hambre./ Hermanos,/ Los de Europa, los de Asia, los de América./ Yo no estoy en prisión ni en huelga de hambre./ Me he tendido en el césped, esta noche de mayo,/ Y los ojos de ustedes me miran de muy cerca,/ lucientes como estrellas./ En tanto que sus manos/ son una sola mano estrechando la mía,/ como la de mi madre,/ como la de mi amada,/ como la de la vida.”

6.

¿El hambre vino con Colón?

En Argentina hay treinta pueblos indígenas y más de 600 mil personas se reconocen como tales. Un cuarto de esos hogares tiene sus necesidades básicas insatisfechas. Muchos niños Mbyá-Guaraní, Wichis y de otras etnias pasan hambre. La situación sanitaria en los hogares indígenas hace que las diarreas, las infecciones respiratorias y la parasitosis, todas enfermedades curables, se conviertan en fatales para los recién nacidos.

Unicef acaba de lanzar una Campaña por los Derechos de la Niñez y la Adolescencia Indígena para crear conciencia sobre estos niños que viven lejos de los centros urbanos, sin documentos, sin asistencia sanitaria, sin escuelas bilingues, discriminados y sin respeto a sus costumbres y tradiciones.

El hambre de los antiguos dueños de la tierra tiene relación directa con la llegada del hombre blanco al continente americano. “Ya no hay montes, no hay animales para cazar, ni frutos del río, ni tierras para sembrar”, se quejan.

“Los indígenas están un escalón más abajo que los más pobre de los pobres. Y parece que a nadie le importa eso”. La frase me la dijo Samuel Ruiz, Obispo de Chiapas en pleno furor mediático por el levantamiento zapatista en México. Nunca lo olvidé.

7.

La mayoría de las personas reconoce que haría cualquier cosa por sus hijos. Pero les cuesta aceptar que el hambre pueda ser un motor del delito.

“En Argentina no come el que no quiere”, dicen.

8.

El Gato Dumas, maestro cocinero, perdió su primer nombre en una cacerola. Se inició en el oficio de encantar con las comidas mirando cocinar a su abuelo, el escultor Alberto Lagos. El Gato tenía entonces tres años y un destino prefijado: mejorar con su impronta la gastronomía nacional. Una vez me animé a preguntarle sobre el hambre: “no sé si puedo describirlo –me advirtió– pero creo que es lo peor del mundo, la peor de las desgracias”.

Anuncios
Empachados de hambre

¿Cuánto vale un niño?

nena

Durante la última campaña electoral, todos los candidatos anunciaron que se ocuparían de impulsar algún tipo de subsidio para asistir a los niños pobres de la Argentina. En un país productor de alimentos, el fenómeno de la infancia desnutrida es lacerante. Más de seis millones de pibes menores de 18 años son pobres.

Oficialistas y opositores, de izquierda y de derecha, liberales y estatistas, progres y conservadores, coincidieron en las tribunas electorales en esa idea. Sin embargo, a tres meses de los comicios, como ocurrió con las promesas unánimes de sancionar un nuevo sistema de responsabilidad penal para menores, la ayuda económica para los niños desapareció de la agenda política.

Alberto Morlachetti, coordinador del Movimiento de los Chicos del Pueblo e impulsor de la campaña “Ni un pibe menos” y “El hambre es un crimen”, con una mezcla de tristeza e ironía suele hacer una recomendación oftalmológica, “ya que los dirigentes parece que no ven lo que pasa”. Según la Red Solidaria, la situación es dramática: una de cada cinco personas no puede comprar lo que necesita para alimentarse y, asimismo, estima que ocho niños mueren por día por causas vinculadas a la desnutrición.

Mientras tanto, las cifras de la pobreza son manipuladas. El INDEC anunció hace una semana que los niveles de pobreza e indigencia bajaron (al 13,9 y 4 por ciento, respectivamente). Los dibujos oficiales ubican la frontera de una vida digna en un nivel que está en la mitad del que establece cualquier consultora seria, incluso las que elaboran las empresas de medición satélites del gobierno (esas que manejan los amigos del poder cobrando contratos millonarios). La cuestión de las cifras es clave. ¿Cómo se pueden establecer políticas públicas eficaces sobre la base de datos falsos?

“Estos números son una ofensa, porque lo que hay que entender es que cada niño que muere es irreemplazable y los que sobreviven mal alimentados sufren daños irreparables”, señala Morlachetti. Los especialistas coinciden en que, cuando un niño crece con hambre, sus conexiones interneuronales no terminarán de conformarse y eso le provocará retrasos que lo acompañarán toda la vida. Los niños sin proteínas son presa fácil de enfermedades que, si estuvieran bien alimentados, podrían evitar con facilidad.

Desde el Gobierno rechazan la discusión por las cifras y dicen que “lo importante es que estamos mejor que hace cinco años”. Tal vez sea cierto, pero los números disfrazados no pueden borrar la emergencia. Apenas un ejemplo: según Rolando Núñez, de la agrupación Nelson Mandela, “hay un 64% de niños chaqueños en la pobreza”. Unicef acaba de lanzar una campaña a favor de los derechos de los niños y adolescentes indígenas de la Argentina. Se trata de los niños más castigados por la miseria. Las organizaciones sociales y los comedores populares registran, día tras día, el incremento de la demanda alimenticia. El hambre se convirtió en una marca latinoamericana: se estima en nueve millones la cantidad de niños desnutridos en la región.

La Central de los Trabajadores Argentinos (CTA) lanzó la idea de establecer un ingreso básico y universal para cada niño. La Coalición Cívica fue el primer partido político que impulsó la propuesta en 1996, pero en la última elección perdió la exclusividad: todos los candidatos se sumaron con propuesta similares. Hasta Francisco de Narváez y Mauricio Macri hablaron de establecer una ayuda económica.

Según lo consigna el semanario El Parlamentario, en el Congreso Nacional hay cinco proyectos sobre subsidios a la niñez. Los de los diputados Claudio Lozano (Proyecto Sur) y Silvia Augsburger (Partido Socialista) y el de la senadora Elena Corregido (Frente para la Victoria) contemplan 125 pesos por mes y por niño. La del senador radical Ernesto Sanz establece 100 pesos por mes, 200 más por año y 30 pesos más como una reserva mensual para estudios. El proyecto de la diputada Elisa Carca de la Coalición Cívica (elaborado originalmente con Elisa Carrió) establece 130 pesos por mes hasta los cinco años y 214 entre los 5 y los 18 años.

La decisión política no será fácil. El principal argumento en contra que esgrime el oficialismo es “¿cómo hacerlo? ¿Con qué plata?”. Y agregan: “No se puede aumentar impuestos porque los sectores más prósperos ya se negaron a ceder parte de su renta vía retenciones”. Pero ésa es una verdad a medias.

La universalización de los planes por hijo insumiría entre 20 mil y 30 mil millones de pesos por año, lo que equivale a un diez por ciento del total de los gastos del Estado. La mayoría de los legisladores que presentaron proyectos sugieren financiarlo reorientando planes sociales existentes, reformulando regímenes de promoción económica, gravando las rentas extraordinarias de empresas petroleras o mineras y eliminando exenciones, como las Ganancias en la renta financiera.

Superada la discusión por la ley de medios audiovisuales, la dirigencia política debe cumplir con el compromiso asumido en la última campaña y transformar el combate contra el hambre como la madre de todas las batallas de la democracia. Hay que invertir en el futuro. Hay que salvar a los niños. Si no pueden acordar sobre este tema, no podrán acordar nada.

¿Cuánto vale un niño?

Alguien con quien jugar

Foto via Flickr http://www.flickr.com/photos/39650032@N05/3648274304/in/pool-child_playing_around

¿Qué hacer con los chicos? La pregunta atravesó los hogares del país a partir de la suspensión de las clases. Todos estuvieron de acuerdo en resguardar a los pibes de posibles contagios de gripe A, pero ahora la preocupación es otra: ¿qué hacer? Ya lo anticipó el poeta, en la pregunta está la respuesta: hay que hacer con los chicos. Jugar con ellos, leer con ellos, pasear con ellos, hablar con ellos. Esta cuarentena forzada puede convertirse en un infierno o en una buena oportunidad para reencontrar espacios en común de diversión y placer.

No sólo el televisor y la computadora –los que tienen la suerte de tenerlos– pueden asistir a los padres a la hora de combatir el aburrimiento. Los barriletes, por ejemplo, resisten el paso del tiempo y están en condiciones de vencer a la mejor playstation. ¿Cuánto hace que no remontás un barrilete con tu hijo? ¿Lo hiciste alguna vez? Es una experiencia intransferible. Uno le pide al viento que colabore, ya que de su actitud depende una sonrisa. Los atrevidos hasta pueden construirlos. En este caso es lícito pedir instrucciones y colaboración a los abuelos.

Los barriletes nacieron en el 1200 a.C. en China con fines militares, pero terminaron en manos de los niños. En el siglo XII ya se había convertido en un juego popular en Europa. Hace unos años, cuando los talibanes tomaron el poder en Afganistán, entre las cosas que prohibieron estaban los barriletes. Las inocentes cometas fueron considerados un juego “no islámico”. Los barriletes son una metáfora de la libertad. Para subirlo al cielo hacen falta dos o más, elementos nobles: caña, papel, hilo y tela, pericia en la construcción y viento y voluntad y paciencia.

El juego de las bolitas es otro imbatible al que se puede apelar. Se practica al aire libre, justo donde el virus tiene pocas posibilidades de atacar. Se puede decir que los años pasan pero las bolitas quedan. Su práctica nunca mermó. En especial en los pueblos del interior o en los barrios más humildes. Al punto que todavía subsiste Tinka, en San Jorge (Santa Fe), la única fábrica de bolitas del país, creada por Víctor Hugo Chiarlo. Si bien la expansión del asfalto arrasó con los tableros naturales de este juego, parques, plazas y patios con canteros ofrecen una oportunidad de revolcarse en la tierra con los chicos. Sólo hay que hacer un “hoyito” y afinar la puntería para no pasar vergüenza. Ojo, la lecherita es mía.

Con una pelota de cualquier tamaño se pueden hacer maravillas. Dos banquitos y una escoba pueden convertirse en una cancha de fútbol-tenis. Un pasillo puede devenir en un estadio finito que merece una pelota que no rompa las macetas. ¿Tus pibes saben que se puede hacer una pelota con trapos y medias? Sobre una mesa se pueden ensayar infinitas variantes del fulbito de botones, incluso con chapitas o corchos. Un par de autitos pueden disputar una jornada de turismo carretera, con obstáculos, en pleno living. Un balde puede ser un aro de básquet.

Para las nenas sugiero recuperar el elástico y la rayuela. Esos juegos que hace veinte años se disputaban las calles a la par de los picados. Ahora se pueden ejercitar en un patio y hasta adentro de un departamento. Alguna vez deberíamos preguntarnos en qué momento perdimos el control popular de las veredas. Ese lugar amable donde crecíamos a la vista de todos. A propósito, ¿la payana se juega mejor con carozos de damasco o con piedritas redondeadas?

Tengo más. “Alicia empezaba a sentirse muy aburrida de estar sentada junto a su hermana a la orilla del río, y de no tener nada que hacer. Había curioseado una o dos veces en el libro que su hermana leía, pero éste no tenía ilustraciones ni diálogos, y ¿para qué sirve un libro sin ilustraciones ni diálogos?”. De esa manera empieza Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll. Un libro es una puerta. Leer para los hijos, leer con los hijos también es una opción contra la gripe. Existe la posibilidad de que un conejo pase, muy apurado, consultando su reloj. En ese caso, hay que seguirlo.

El ochenta por ciento de los videojuegos son violentos. Los héroes virtuales golpean y matan a sus enemigos sin piedad. Los japoneses y americanos son pioneros de un negocio multimillonario.

Muchos pibes prefieren los videojuegos a la pelota. Un paseo por el shopping a una vuelta en bicicleta por la plaza. La tele a destajo a los títeres. Muchos otros no tienen siquiera la posibilidad de optar. Tampoco con quien jugar. Y ésa es una de las pocas cosas que sí podemos remediar.

Alguien con quien jugar

Hay un niño en la calle

niño en la calle

A esta hora, exactamente,
hay un niño en la calle.

Le digo amor, me digo, recuerdo que yo andaba
con las primeras luces de mi sangre, vendiendo
un oscura vergüenza, la historia, el tiempo,
diarios,
porque es cuando recuerdo también las presidencias,
urgentes abogados, conservadores, asco,
cuando subo a la vida juntando la inocencia,
mi niñez triturada por escasos centavos,
por la cantidad mínima de pagar la estadía
como un vagón de carga
y saber que a esta hora mi madre está esperando,
quiero decir, la madre del niño innumerable
que sale y nos pregunta con su rostro de madre:
qué han hecho de la vida,
dónde pondré la sangre,
qué haré con mi semilla si hay un niño en la calle.

Es honra de los hombres proteger lo que crece,
cuidar que no haya infancia dispersa por las calles,
evitar que naufrague su corazón de barco,
su increíble aventura de pan y chocolate,
transitar sus países de bandidos y tesoros
poniéndole una estrella en el sitio del hambre,
de otro modo es inútil ensayar en la tierra
la alegría y el canto,
de otro modo es absurdo
porque de nada vale si hay un niño en la calle.

Dónde andarán los niños que venian conmigo
ganándose la vida por los cuatro costados,
porque en este camino de lo hostíl ferozmente

cayó el Toto de frente con su poquita sangre,
con sus ropas de fé, su dolor a pedazos
y ahora necesito saber cuáles sonríen
mi canción necesita saber si se han salvado,
porque sino es inutil mi juventud de música
y ha de dolerme mucho la primavera este año.

Importan dos maneras de concebir el mundo,
Una, salvarse solo,
arrojar ciegamente los demás de la balsa
y la otra,
un destino de salvarse con todos,
comprometer la vida hasta el último náufrago,
no dormir esta noche si hay un niño en la calle.

Exactamente ahora, si llueve en las ciudades,
si desciende la niebla como un sapo del aire
y el viento no es ninguna canción en las ventanas,
no debe andar el mundo con el amor descalzo
enarbolando un diario como un ala en la mano,
trepándose a los trenes, canjeándonos la risa,
golpeándonos el pecho con un ala cansada,
no debe andar la vida, recién nacida, a precio,
la niñez, arriesgada a una estrecha ganancia,
porque entonces las manos son dos fardos inútiles
y el corazón, apenas una mala palabra.

Cuando uno anda en los pueblos del país
o va en trenes por su geografía de silencio,
la patria
sale a mirar al hombre con los niños desnudos
y a preguntar qué fecha corresponde a su hambre
que historia les concierne, qué lugar en el mapa,
porque uno Norte adentro y Sur adentro encuentra

la espalda escandalosa de las grandes ciudades
nutriéndose de trigo, vides, cañaverales
donde el azúcar sube como un junco en el aire,
uno encuentra la gente, los jornales escasos,
una sorda tarea de madres con horarios
y padres silenciosos molidos en la fábricas,
hay días que uno andando de madrugada encuentra
la intemperie dormida con un niño en los brazos.

Y uno recuerda nombres, anécdotas, señores
que en París han bebido
por la antigua belleza de Dios, sobre la balsa
en donde han sorprendido la soledad de frente
y la índole triste del hombre solitario,
en tanto, sus señoras, tienen angustia y cambian
de amantes esta noche, de médico esta tarde,
porque el tedio que llevan ya no cabe en el mundo
y ellos son los accionistas de los niños descalzos.

Ellos han olvidado
que hay un niño en la calle,
que hay millones de niños
que viven en la calle
y multitud de niños
que crecen en la calle.

A esta hora, exactamente,
hay un niño creciendo.

Yo lo veo apretando su corazón pequeño,
mirándonos a todos con sus ojos de fábula,
viene, sube hacia el hombre acumulando cosas,
un relámpago trunco le cruza la mirada,
porque nadie proteje esa vida que crece
y el amor se ha perdido
como un niño en la calle…

Armando Tejada Gómez

(Hoy 1 de Junio es el Día Mundial de la Infancia)

Foto: hdaniel

Hay un niño en la calle

Pendejos

Mientras el gobierno nacional y las entidades del campo discuten qué hacer con la renta extraordinaria que producen las exportaciones de soja, una nena de dos años moría asesinada. Sus matadores fueron dos hermanitos, de siete y nueve años. Dicen las pericias médicas que sabían el daño que le provocaban a la nena cuando la golpearon y le ataron un cable al cuello. Dicen también que no se conmovieron frente al dolor que provocaban. El informe psiquiátrico es un mapa del desamparo: los pequeños asesinos sufrían castigos reiterados, su madre les pegaba con palos y cadenas, y vivían en una casilla en condiciones miserables. La niña se llamaba Milagros. Un nombre paradójico en un barrio como San José (Almirante Brown), donde ocurre de todo menos milagros.

El país se asomó al horror a través de los telediarios pero, como suele ocurrir en estos casos, sólo por un momento. Por suerte existe el control remoto.

Hace un año publiqué un libro de cuentos con un denominador común: cada relato tiene como protagonista a un niño o adolescente que termina matando. Se llama Pendejos. La elección de ese título generó más de una polémica. Expliqué entonces que el término viene del latín (pectiniculus) y que si bien en el habla coloquial del Río de la Plata remite a los chicos o jóvenes, su significado original es “vello púbico”. Esa acepción es la que convierte la palabra en metáfora social. Los pendejos son esos pelitos que ocultamos por pudor. Igual que a estos pibes a los que nadie quiere ver y que se hacen visibles sólo cuando matan o son asesinados.

Según un informe realizado por el Observatorio Social de la Universidad Católica, el 60 por ciento de los menores de 17 años vive en hogares vulnerables. Es decir, en hogares donde no se cubren las necesidades básicas. El padre de Milagros hace changas. Con eso mantiene a su esposa y ocho hijos. Viven en una casa precaria, en calle de tierra y sin los servicios elementales. No hay gas ni agua potable. La familia de los chicos que mataron a la nena vive igual o peor. La madre mantiene a cuatro hijos con un plan social de 175 pesos. El padre murió. La abuela de los chicos, Herminda, dijo a la prensa que discutía con su hija para que no les pegara a sus nietos. La Argentina tiene 50 mil millones de dólares de reservas en el Banco Central. Eso le permite al Gobierno alejar cualquier fantasma de corrida bancaria. Pero esos millones no sirven para cambiar una realidad lacerante. Los niños que nacen en hogares pobres serán adultos pobres.

Hay dos países. El Congreso aprobó la obligatoriedad de la enseñanza secundaria, pero el 65 por ciento de los chicos argentinos crece en ambientes de bajo nivel educativo. Se analiza en la Capital Federal imponer la jornada educativa completa mientras en Tucumán hay escuelas que por falta de espacio y maestros dividen la mañana entre tres grados diferentes, reduciendo la jornada escolar a un par de horas. Los pibes que mataron a Milagros hacía un año que no concurrían a la escuela.

El ministro de Economía, Carlos Fernández, anunció el lunes pasado el superávit fiscal de abril: 2.789 millones de pesos. La cifra representa un aumento del 73 por ciento en relación con el año pasado. César Oscar Belizán, el papá de Milagros, ni se enteró. Entre llantos contó que su hija compartía un colchón de goma espuma con una de sus hermanas. Según el Observatorio Social de la UCA, el 14 por ciento de los niños argentinos comparte colchón o cama.

En la última cumbre de presidentes de América Latina y Europa, Cristina Kirchner aseguró que la Argentina podría alimentar a 500 millones de personas. Somos como una multinacional de alimentos. Según los informes médicos, los niños que mataron a Milagros estaban desnutridos. Son parte de una estadística vergonzosa: uno de cada diez argentinitos asegura sentir hambre. Y uno de cada dos no tiene cobertura de salud.

Los informes dicen que los chicos jugaban a que Milagros era un perro. Por eso le enlazaron el cuello. El cable terminó asfixiándola. En el país donde un millón y medio de personas concurren a la Feria del Libro, al 35 por ciento de los niños menores de cinco años nunca le contaron un cuento.

Pendejos es una palabra polisémica. Tiene diversos significados. En Perú y en algunos países de Centroamérica también quiere decir “inútil, pusilánime y cobarde”. Esos conceptos también nos definen cuando no miramos lo que de verdad hay que ver. Cuando no vemos a Milagros ni a los niños que la mataron antes de que ocurra la tragedia.

Pendejos