Aquí no ha pasado nada

Fernando de la Rua
El problema de la Argentina no es el delito sino la impunidad. Escribo esta frase con amargura desde hace más de veinte años cuando empecé a ejercer el periodismo. La mayoría de las causas judiciales que rozan al poder político o a empresarios importantes terminan en la nada. Desde los negociados más diversos hasta los atentados más atroces (la AMIA es el mejor ejemplo), pasando por denuncias de corrupción, el resultado es siempre el mismo. La ineficacia del Poder Judicial es un lastre para el sistema democrático.

Esta vez el Tribunal Oral Federal 3 absolvió al ex presidente Fernando de la Rúa y otros siete acusados –todos ex funcionarios- acusados por el supuesto pago de sobornos en el Senado Nacional para aprobar una reforma laboral en abril del año 2000. La norma limitaba derechos laborales y estaba destinada a congraciarse con los organismos financieros internacionales. La denuncia de coimas motivó la renuncia del vicepresidente Carlos Chacho Álvarez y precipitó la crisis política que terminó con el gobierno de la Alianza, la coalición entre radicales y frepasistas.

Además del ex mandatario, la absolución alcanzó al ex Secretario Parlamentario Mario Pontaquarto, al ex titular de la Side Fernando de Santibañes, al ex ministro de Trabajo Alberto Flamarique y a los ex senadores Augusto Alasino, Alberto Tell, Remo Constanzo y Ricardo Branda. Luego de catorce meses de juicio y después de trece años y medio de cometidos los hechos, los jueces Miguel Pons, Guillermo Gordo y Fernando Ramírez evaluaron en su sentencia que el delito denunciado no existió. O, por lo menos, no hubo pruebas ni testimonios contundentes para demostrarlo.

Lo curiosos de este proceso es que contó con un arrepentido: Mario Pontaquarto, quien se autoinculpó. El ex secretario dijo que llevó las valijas con el dinero (cinco millones de pesos) desde la Secretaría de Inteligencia y repartió la plata. En buen romance: es como si a un ladrón que confiesa que robó se lo absuelve por falta de pruebas.

Lo cierto es que la inexistencia de testigos directos que hayan visto el dinero y la falta de pruebas debilitaron el testimonio de Pontaquarto. Dos protagonistas claves ayudaron a sepultar la causa. Chacho Álvarez, quien dijo que había renunciado a la vicepresidencia porque estaba asqueado por la corrupción en la justicia aseguró que no sabía nada. Y Antonio Cafiero, quien hizo las primeras denuncias se excusó de declarar argumentando problemas de salud. La única que podría haber aportado un dato concluyente sobre la existencia del dinero, Silvina Costalonga, la ex esposa de Pontaquarto, no pudo declarar porque el juez federal Daniel Rafecas, a cargo de la causa, rechazó sobreseerla y el Tribunal no quiso convocarla. Según el valijero de la operación, ella vió el dinero mientras estuvo en su casa “antes de repartirlo en un hotel” una vez aprobada la ley.

La fiscalía insistió hasta el final pidiendo condenas de seis años por “cohecho activo y pasivo”. La querellante Oficina Anticorrupción del Ministerio de Justicia hizo lo propio. Mientras las defensas de todos los acusados reclamaron la absolución.

De la Rúa declaró que el fallo “demostró que se trató de un complot” para voltear a su gobierno. Si efectivamente es inocente también es una inequidad absoluta mantener bajo sospecha a una persona durante trece años.

Hugo Moyano, quien en su momento ratificó que el entonces Ministro Flamarique le había dicho que “tenían la Banelco” para lograr el voto de los senadores, se mostró decepcionado. Sigue convencido que se pagaron coimas.

Más allá de las opiniones encontradas, como en los viejos cuentos infantiles, aquí no ha pasado nada.

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Aquí no ha pasado nada

Se afanan todo

“No hay respeto, che. Se afanan todo”. La frase popular aparece en las conversaciones como síntoma de enojo e impotencia. Y es verdad. Algunos robos, incluso, ayudan a definir el funcionamiento de una sociedad. Esta semana robaron la banda y el bastón presidencial de Arturo Frondizi del Museo de la Casa Rosada. De allí se habían llevado el 30 de abril de 2007 un reloj de oro de Nicolás Avellaneda, otro reloj de Agustín P. Justo y una lapicera de Roberto M. Ortiz. Ese mismo año, habían birlado del Museo Histórico Nacional el reloj con cadena de Manuel Belgrano. Y en 2008 se llevaron del Museo del Banco Nación 530 monedas antiguas. Según la oficina de Interpol en Buenos Aires, de los casi dos mil bienes culturales robados en la Argentina en los últimos años cuatrocientos fueron sustraídos de museos u otros establecimientos oficiales. El tráfico de obras de arte, fósiles y piezas arqueológicas desde nuestro país hacia el resto del mundo es escandaloso.

En el momento del latrocinio, el Museo de la Casa Rosada –cuya existencia se revela sólo ante acontecimientos como éste– estaba cerrado por reformas. Es decir, no recibía visitantes desde enero. Con todo, los atributos de mando del presidente desarrollista desaparecieron. “No te tendrías que asombrarte tanto –me advirtió un colega–, en este país se robaron hasta el cadáver de Eva Perón”. Recordé también que el sable de San Martín, ese que nunca quiso desenvainar para derramar sangre americana y que legó a Juan Manuel de Rosas, fue hurtado un par de veces, aunque con fines políticos, y luego reapareció.

Con el reloj de Belgrano no hubo tanta suerte. Se trata de una reliquia invaluable. El abogado que devino general lo recibió de parte del rey Jorge III en un viaje que hizo a Inglaterra. Dicen que Belgrano lo apreciaba porque tenía la efigie del general francés Lafayette, un hombre al que admiraba. El creador de la bandera se lo entregó a su médico momentos antes de su muerte. No tenía otra cosa con qué pagar. Le debían varios meses de sueldo y estaba en la miseria. Todo el dinero que había recibido como premio por sus victorias ante los españoles lo había donado para hacer cuatro escuelas en el norte argentino. El reloj perdido es un símbolo del compromiso y la honradez en la función pública. Su ausencia parece una señal.

La máquina a cuerda de Belgrano desapareció de una vitrina que estaba sin llave. Según consta en la documentación que la Secretaría de Cultura aportó a la causa judicial, de los 40 mil objetos que forman el patrimonio del Museo Histórico Nacional, ubicado en Parque Lezama, sólo están registrados 16 mil. Es decir que el museo contiene una suerte de tsunami histórico.

En el dictamen judicial elaborado por el juez Octavio Aráoz de Lamadrid se consigna que el sistema de cámaras de seguridad del museo “no sólo es precario, obsoleto e ineficiente, sino que fue manipulado en el caso del robo del reloj”. Ningún funcionario fue castigado. El juez investigó y hasta ordenó cerrar el museo, la Secretaría de Cultura ofreció una recompensa de 20 mil pesos y la Policía Federal abrió una línea para denuncias (4346-5752, ¡llame ya!). En el fondo, todos apuestan al olvido. Tal vez por eso, la historia se repitió esta semana con los objetos que le entregaron a Frondizi en 1958.

El único favorecido por “el extraño caso del museo del Parque Lezama” fue el juez. Aráoz de Lamadrid, después de rendir con un 1 el concurso para ocupar de manera permanente el juzgado federal que está subrogando, tuvo una nueva oportunidad. Primera sorpresa: el Consejo de la Magistratura anuló el examen y ordenó otro. Segunda sorpresa: el tema de la nueva prueba sorprendió a todos los aspirantes menos a Aráoz de Lamadrid. Tenían que escribir sobre el robo de una reliquia en un museo.

Hay robos por todos lados. Eladia Blázquez es impiadosa en sus versos: “Y en la cruda indiferencia, entre el cólera y el curro / hay un juez que se hace el burro y también / hay un burro que hacen juez”.

Bandas organizadas, atorrantes de ocasión, agentes a sueldo de anticuarios, delincuentes solitarios. Todos tienen una oportunidad en la Argentina. Toneladas de fósiles, pinturas (Interpol todavía busca en vano datos sobre los quince cuadros de Antonio Berni que fueron robados en 2008 en Munro), objetos históricos y piezas de arqueología (desde momias a vasijas) salen al mejor postor.

Se afanan todo, es verdad. El problema no es el robo sino la impunidad.

Se afanan todo