Votar por el más gracioso

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“La risa, remedio infalible”. Esa frase es, desde hace años, el título elegido por la revista Selecciones para abrir sus espacios de humor. Es también una síntesis de sabiduría popular. Está comprobado que el humor hace bien. Mejora la salud. La pregunta es: ¿puede mejorar también la suerte de un candidato? La mayoría de los dirigentes políticos argentinos piensan que sí.

Hace tiempo que el jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, no participa de entrevistas que puedan ponerlo incómodo. Sin embargo, se animó a ponerse una capa de monarca en los hombros y a cantar con su doble, Martín Bossi, a lo Freddie Mercury en “Gran Cuñado”. El gobernador de Buenos Aires y candidato a diputado nacional, Daniel Scioli, tiene una rara habilidad. Ante cualquier planteo periodístico contesta lo que quiere. No hay repregunta que pueda perforar su discurso tan blindado como optimista. Eso le permite sortear las requisitorias más incisivas. Por ejemplo: aunque fue procreado políticamente en los años noventa, se sumó a las críticas del oficialismo a lo ocurrido en esa década. Nadie logró sacarle una autocrítica de su pasado junto a Menem. Con la misma convicción concurrió al programa de Marcelo Tinelli junto a su esposa Karina Rabolini.

En el mismo programa, Francisco de Narváez no dudó en bailar con su doble. En los actos públicos posteriores a sus pasos de baile, los militantes le repiten la muletilla de su clon: “Votame, votate; alica, alicate”. Su paso por el programa humorístico más visto de la tele fue más efectivo que la intensa campaña publicitaria que despliega desde hace meses. Y todos saben que fue mucha.

Si bien Cristina Fernández no asistió al plató de Tinelli, sucumbió a la tentación de una manera indirecta. La Presidenta de la Nación, quien alguna vez se declaró cinéfila y ajena a los juegos de la televisión, hizo varios de los gestos de su imitador, Martín Bossi, durante uno de sus últimos discursos en el conurbano. La candidata a diputada nacional por el PRO, Gabriela Michetti, fue más allá. Hizo giros en su silla de ruedas junto a su imitadora. Y replicó el gesto de “Madre Teresa” que con impecable rigor popularizó Anita Martínez.

Alfredo De Angeli no es candidato pero llevó a su hermano a la tele. El clon del dirigente chacarero le trajo menos dolores de cabeza a la conducción de la Federación Agraria que el original. Felipe Solá aprovechó su momento televisivo y gastó a sus rivales de ficción. Una pequeña revancha ante el maltrato oficial y el ninguneo publicitario de sus aliados. Hasta el impasible Carlos Reutemann, el dirigente más hermético de la política nacional, concurrió a dar examen. Lo convencieron la paridad en la elección santafesina y el consejo de sus asesores sobre la necesidad de romper con la imagen dubitativa de su clon. Su imitador se cansó de repetir “no sé” ante las consultas más sencilla. Como Scioli, llevó a su bella esposa al programa y le pidió a la producción que emitieran la canción de su campaña.

Los personajes de Elisa Carrió y Luis Juez, dos opositores no peronistas, fueron expulsados tempranamente del juego. Es imposible saber cómo hubiesen reaccionado si los convidaban a enfrentar a sus clones. Pino Solanas, que no fue parodiado en el ciclo, dijo en este diario que la presencia de los candidatos frente a sus imitadores le resultaba “penosa” y agregó: “Es la degradación de la política”.

¿Será para tanto? ¿De verdad es posible rechazar un escenario tan popular? Hasta ahora, todos los que acudieron al llamado de Tinelli se fueron conformes. “Siempre es mejor que se rían con uno a que se rían de uno”, confesó uno de los dirigentes mencionados.

En la noche del lunes, mientras Macri cantaba “Somebody to love” en Canal 13, en otro programa de humor, Caiga quien caiga (Telefe), un grupo de candidatos se lucía de otra manera. Interrogados sobre cuestiones básicas de la ciudad y la provincia, Néstor Kirchner se excusó y pidió que le pregunten sobre Santa Cruz; Daniel Scioli dijo no saber, por ejemplo, con qué estados provinciales limita Buenos Aires; De Narváez y Enrique Olivera se negaron a responder. En tanto que Alfonso Prat- Gay, Michetti y Solanas patinaron en varias preguntas sobre geografía porteña. Hubo, incluso, candidatos que no conocían a los candidatos de su propia lista sábana. Y esto no es broma.

Ahora mismo, mientras leés esta nota, el ex presidente de la Nación Néstor Kirchner discute con sus asesores si concurre esta noche a enfrentar a su imitador (Freddy Villarreal), que lo retrató jodón e hiperactivo. Las opiniones en su entorno están divididas entre los que le plantean que será el mejor cierre de campaña y los que temen por un paso en falso.

Con todo, hay que reconocer que el humor es bueno. Y el humor que se ejerce sobre aquellos que tienen algo de poder es mejor todavía. Desde este rincón hago una humilde sugerencia a los indecisos: voten al más gracioso. Será un voto coherente. Muchas veces, la realidad argentina parece un chiste.

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Votar por el más gracioso

¿Es correcto parodiar a la Presidenta?

“¿No podemos dejarla a un costadito a la Presidente?”, pidió Aníbal Fernández. El Ministro  de Justicia eligió una radio para hacer la solicitud pública a la producción de Marcelo Tinelli. El conductor empezó esta semana un segmento llamado Gran Cuñado con imitaciones a 19 políticos. La intervención de Fernández que incluyó una sugerencia de “correccioines” al ciclo, fue el viernes por la mañana pero por la tarde algo cambió. Aceptó hablar con el programa de chimentos Intrusos, que conduce Jorge Rial, para bajarle el tono a su pedido. Entre otras cosas dijo: “Nunca pedí que saquen (la imitación)”; “No soy quien para decirle Tinelli y al guionista qué tienen que hacer con su vida” y soltó un elogio: “Me parece que hay imitaciones que son espectaculares y la de Bossi es para aplaudirla de parado 20 minutos”.  Más allá del singular raid mediático del Ministro, desde algunos sectores se analiza con preocupación el efecto que puede tener la imitación de la Presidenta. Hay funcionarios que habla de erosión de la figura presidencial y otros que lo relativizan. En mi opinión el peor tratado fue Julio Cleto Cobos, enfrentado a los Kirchner (ver post El reality más triste). Pero la discusión es interesante: ¿Puede un programa de tele afectar la gestión de un gobierno? ¿Habría que dejar afuera de las parodias al primer mandatario?

¿Es correcto parodiar a la Presidenta?

El reality más triste

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“Es mejor estar. No importa si te critican. Si no estás, si no te imitan, no existís”. Eso dicen los especialistas en comunicación. Con distintas variantes de esa idea, los asesores de prensa calmaron a los dirigentes políticos que, en formato de caricatura, ingresaron a “La casa de Gran Cuñado”.

Esta semana la parodia de reality que desde hace varios años pone en escena Marcelo Tinelli fue uno de los programas más vistos de la tele. Pero ¿Es tan así? ¿Es la televisión la que determina la existencia de un dirigente? ¿Vale un paso de comedia lo mismo que años de militancia? ¿Una imitación puede proyectar o condenar a un político? La preocupación de los candidatos por las imitaciones tiene relación directa con la falta de ideas. En una campaña dónde no se debaten propuestas, la imagen y la tele son lo más importante.

El Néstor jodón e hiperactivo que hacía bromas sin parar; el muñeco de Mauricio –presentado como el principal dirigente de la oposición– que sólo se preocupaba de su aspecto y sugirió más autopistas para solucionar el problema de la vivienda en la Capital (por los desamparados que viven bajo las rutas) o el Francisco concheto y divertido, no pueden menos que agradecer por sus primeras apariciones.

Distinto es lo de Julio César Cleto. La caricatura que armó José María Listorti fue demoledora. Un tipo timorato que no está alegre sino “no triste”, que agradece porque no “lo desinvitaron”. Un personaje que duda a cada paso y dice que es hincha de River sólo “por ahora”. Demasiado parecido a la imitación de Fernando de la Rúa, que también volvió al juego. “Tranquilos, yo no soy así. No pasa nada. Es sólo un programa de televisión”, les dijo el vicepresidente a sus colaboradores el día después del debut de su “doble”. La frase no alcanzó para calmar la preocupación que atravesaba su oficina del Senado.

Las imitaciones de Lilita Carrió y Felipe Solá también fueron impiadosas. Las referencias a la fe y los vaticinios, en un caso; los intentos por hacer la plancha, por el otro. “En Olivos habrán celebrado”, me confesó muy molesto un legislador de la oposición. Las caricaturas fueron por lo previsible. Ésa es su esencia. Así es el juego. Un Reutemann silente, un Scioli optimista y positivo, un D’Elía desbocado y así. La presidenta Cristina con atril incorporado y nominada en la primera jornada para salir de la casa. No faltó el periodista paranoico que alertó: “¿Qué pretenden?, ¿que se vaya del Gobierno?”. Y la interpretación contraria de otro colega: “Seguro que esto lo arreglaron con el Gobierno, así Cristina sale de la casa rápido y no se la expone”.

Tinelli es la figura más popular del país. Ejerce un humor simple y directo. Dicen que sabe lo que quiere la gente, que tiene la fórmula del éxito. ¿No será mucho? Hay un hecho inapelable: en veinte años de vigencia logró renovarse sin cambiar. A veces, recurre al mal gusto. Cultiva el trazo grueso y lo explícito. Él mismo es una síntesis de la televisión. Los que busquen cultura, lean un libro. En general, la tele es eso: entretenimiento con algo de información.

Como cualquier hombre que se sabe poderoso, no teme acercarse al poder político. Casi todos los presidentes lo han invitado en algún momento “a tomar un café”. Y él ha invitado a algunos presidentes. Los dirigentes le temen y lo cortejan en igual medida. Él está convencido de su independencia. “No le debo nada a nadie y por eso hago lo que quiero”, suele decir ante propios y extraños. Tinelli no es inocente. Ningún editor lo es. Toma decisiones todo el tiempo. Pero sería injusto decir que un sketch puede hacer tambalear a un gobierno.

Lo cierto es que en los bunkers de la política las especulaciones sobre la impugnación de las candidaturas testimoniales compartieron espacio con las imitaciones. ¿Quién ganó? ¿Quién perdió? En algo coinciden todos. Lo peor que le puede pasar a un político es que su imitador lo muestre dubitativo, servil, lento o medroso. Es como si a un jugador de fútbol lo recrean con dificultades para hacer jueguitos con la pelota. En ese caso, mejor no estar.

A siete semanas de las elecciones legislativas, casi nadie conoce qué proponen los candidatos. Qué harán para disminuir la inseguridad, cómo defenderán los empleos, qué opinan sobre bajar la edad de imputabilidad, cómo piensan enfrentar la crisis económica o cómo votarán el proyecto de Ley de Radiodifusión es un misterio. Éste es el reality más triste. Ante eso, las imitaciones son lo de menos.

El reality más triste