Pequeñas delicias de la vida sindical

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–En su gremio hay oposición?
–No. Cuando se hacen las cosas bien no tiene por qué haber oposición.

La respuesta funciona como una declaración de principios. Le pertenece a Hugo Moyano, el sindicalista más poderoso del país. La frase es inocente. Para el titular de la CGT, éste es el verdadero parámetro de la democracia sindical. “Hacer las cosas bien” es el pasaporte a la eternidad en el cargo. El líder camionero, que con tanta convicción enfrentó las políticas neoliberales de Carlos Menem, coincide en esta idea con su archienemigo Luis Barrionuevo, quien en su momento se reconoció recontraalcahuete del riojano.

La arquitectura del modelo gremial creado por el peronismo no admite el disenso. Las listas opositoras no tienen casi ninguna posibilidad de disputar el poder en igualdad de condiciones. Las trabas burocráticas, el amedrentamiento o la captación de dirigentes rebeldes cristalizaron las conducciones. Moyano cumplió 17 años al frente de los camioneros y es secretario general de la CGT desde 2004. Oscar Lescano cumplió 26 años al frente de Luz y Fuerza; Armando Cavalieri tiene dos décadas como mandamás de los mercantiles; Andrés Rodríguez lleva 22 años como líder de UPCN; Juan José Zanola está al frente de la Bancaria desde 1982 y Gerardo Martínez completó dos décadas liderando a los obreros de la construcción.

Los llamados Gordos rechazan cualquier cuestionamiento: “Nos votan. Estamos acá por decisión de los afiliados”. En aquella entrevista –que utilizo para abrir esta nota– ante el primer cuestionamiento, Moyano me lanzó un desafío: “Andá a la calle, pará a cualquier camionero y preguntale qué opina de mí”. Algo así como cazar en un zoo. Moyano sabe que los afiliados a su gremio se encuentran entre los mejores pagos del país. Más los servicios sociales, la asistencia sanitaria –está a punto de inaugurar un hospital de alta complejidad–, las facilidades para el turismo y las becas a los hijos de los camioneros, su poder es incuestionable.

Con los mismos argumentos, el titular de la CGT avanzó sobre los afiliados de otros gemios. Su última batalla: la captación de las cooperativas vinculadas con la distribución de diarios y revistas tuvo ese condimento. “Ser de camioneros” les implica a los trabajadores en disputa 2.000 pesos más de salario mensual. Ante esa posibilidad, los laburantes no dudan. No sólo quieren ser camioneros, sino que también serían capaces de ir a laburar con una careta de Moyano.

Más allá de su mentada efectividad en la defensa de los trabajadores, lo cierto es que el modelo sindical argentino limita la participación, es prebendario, autoritario y violento. Desde esta perspectiva, la libertad gremial parece una utopía. Lo intentó Raúl Alfonsín y fracasó por un voto en el Senado. El último presidente de la Nación que prometió abrir las barreras sindicales fue Néstor Kirchner. Ocurrió en 2003, a pocas semanas de llegar a la Casa Rosada. Víctor De Gennaro, por entonces titular de la Central de los Trabajadores Argentinos, hizo el pedido y escuchó la promesa durante un viaje a El Calafate. A unos metros, estaba un amigo del sindicalista: Lula Da Silva, presidente de Brasil.

Según cuenta De Gennaro, en diciembre de 2007 Kirchner reiteró su promesa. No quería dejarle esa herencia a su esposa, ya electa para sucederlo. Pero nunca cumplió. Pesó más el acuerdo estratégico con Moyano, que incluyó el control en el reparto de fondos a las obras sociales, pero también la definición de un modelo productivo. El líder camionero respondió con lealtad. No hubo paros generales y brindó todo su apoyo político. Hasta organizó un acto de apoyo al kirchnerismo antes de las últimas elecciones y volverá a hacerlo el próximo 20 de noviembre “en defensa del Gobierno”. Los que se animan a hablar de este tema en el oficialismo no ocultan que el acto organizado para el Día de la Soberanía Nacional también funciona como advertencia: “El modelo de sindicato único por actividad no se toca”.

El ministro de Trabajo, Carlos Tomada, es la cara visible de la arbitrariedad. Los delegados de Metrovías hace un año que pidieron la inscripción de la Asociación Gremial de Trabajadores del Subte y el Premetro como un sindicato aparte de la Unión Tranviario Automotor (UTA), el gremio madre. Sin embargo, en noviembre de 2006, Tomada sólo demoró un mes en otorgarle la inscripción al Sindicato Único de Peajes y Afines y dos años después firmó la resolución que le otorgó la personería gremial. El secretario general del nuevo gremio es Facundo Moyano, hijo de Hugo.

Los trabajadores del subte dicen estar decididos de ir a fondo en esta pelea. Tienen con qué. Cada paro les complica la vida a un millón y medio de ciudadanos. Entre otros desafíos deben evitar convertirse en aquello que dicen combatir. Aseguran que van a insistir con la inscripción gremial porque ésa es la voluntad de la mayoría de los trabajadores a los que representan. Saben que, aunque no logren su cometido de manera inmediata, han logrado abrir una grieta en la muralla y que, más temprano que tarde, todos los muros caen.

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Pequeñas delicias de la vida sindical

Gordos

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El modelo sindical argentino es autoritario, burocrático, prebendario y violento. Además, limita la participación democrática. Es inexplicable, por ejemplo, que la Central de los Trabajadores Argentinos no tenga todavía personería gremial.

Ahora que la derrota electoral del kirchnerismo impulsa a los denominados Gordos a exigir la cabeza de Hugo Moyano, es necesario señalar que el debate sindical en la Argentina vuelve a centrarse sólo en un punto: quién está más cerca del poder o quién es el interlocutor privilegiado de los que manejan la caja del Estado. Sobre la libertad sindical y la mejor defensa de los derechos laborales no se dice ni se debate nada.

El último presidente que prometió impulsar el reconocimiento de la CTA fue Néstor Kirchner. En varias ocasiones le dijo a Víctor De Gennaro que tendría el okey oficial. La primera vez fue en El Calafate, cuando los dos posaron junto al presidente de Brasil, Inácio “Lula” da Silva, un viejo amigo del dirigente gremial, con el glaciar Perito Moreno de fondo. De Gennaro había estado cerca del gobernador patagónico en la campaña de 2003, mientras Moyano apoyó a Adolfo Rodríguez Saá. Unos meses antes de dejar el poder en 2007, Kirchner reiteró su compromiso, pero tampoco cumplió. El ex presidente del país y del PJ eligió privilegiar su alianza estratégica con el secretario de la CGT, Hugo Moyano, y el camionero le respondió con lealtad. Entre otros gestos políticos propició un gigantesco acto de apoyo en la avenida 9 de Julio.

Después de la derrota electoral, los Gordos del sindicalismo (así se llama a los gremios importantes en afiliados, aunque la denominación remita también a las balanzas de los secretarios generales) se decidieron a disputar la conducción de la CGT. Acusaron a Moyano de personalista y autoritario y advirtieron al Gobierno que si mantiene sólo a Moyano como interlocutor no estará hablando con todo el movimiento obrero. “Hugo sólo trabaja para los afiliados de su gremio”, dijeron.

La bronca tuvo un detonante. En una semana pudieron comprobar que aun en medio de la debacle oficial, el secretario de la CGT mantenía su poder de fuego intacto. En pocos días, el líder camionero logró relevar a un funcionario designado para manejar los fondos de las obras sociales. El funcionario nombrado por el ministro Juan Manzur duró 48 horas en el cargo. Al frente de Aerolíneas Argentinas el Gobierno designó a Mariano Recalde, hijo de Héctor, principal asesor de Moyano, y logró que el Estado subsidiase a los empresarios del transporte para que éstos abonaran sin chistar un 17 por ciento de aumento salarial a los choferes de camiones.

Parece que no registran que Hugo también es un mariscal de la derrota”, se quejó uno de los Gordos. Moyano, a su vez, disparó munición gruesa. Los acusó de “cara de piedra al máximo”, “se creen Rambo” y aseguró que “hablan como si vinieran de otro planeta”, para terminar atribuyéndoles responsabilidad en las crisis de los noventa y de 2002.

Es fácil hacerse el duro cuando el sueldo de los camioneros lo pagan todos los argentinos”, disparó Luis Barrionuevo. El gastronómico dice que tiene vela en este entierro. Él fue el primero en enfrentarlo creando la CGT Azul y Blanca. Se desató así una pelea de pesos pesados. Si no estuviese el país en el medio, hasta sería una buena oportunidad para comprar pochoclo y sentarse a mirar.

Son como viejos luchadores de sumo tratando de sacarse a empujones del escenario. Se conocen desde siempre. En un rincón Hugo Moyano, secretario general del sindicato de camioneros durante 17 años y desde 2004 secretario general de la CGT. En el otro rincón Oscar Lescano, 26 años al frente del Sindicato de Luz y Fuerza; Armando Cavalieri, 20 años como líder de la Federación de Empleados de Comercio; Andrés Rodríguez, con 22 años al frente de UPCN y Gerardo Martínez con 20 años liderando a los obreros de la construcción. Junto a los barones del conurbano forman parte del poder permanente.

A todos por igual se les cuestionan sus métodos y su discrecionalidad. A Moyano le llueven las críticas por tener a casi toda su familia trabajando en el gremio. Su esposa maneja la obra social. También los subsidios estatales y el aval oficial a la captación de empleados de otros gremios. Los Gordos reciben impugnaciones por su desmesurado crecimiento patrimonial y sus negocios con empresas privadas y hasta con el Estado. Ambos sectores coinciden en las prácticas violentas y en su rechazo a la gestión de Graciela Ocaña. La ex ministra de Salud les exigió a los sindicalistas que explicaran qué hicieron con los más de 200 millones de pesos que recibieron para sus obras sociales y cuyo destino es incierto (Comercio no rindió 75 millones y UPCN 21, para tomar dos ejemplos).

Moyano exhibe su antimenemismo como una cucarda. Los Gordos, sobre esos años de jolgorio, callan. Barrionuevo fue funcionario y se declaró “recontra alcahuete” del riojano. Moyano defiende su quintita pero también el empleo. El gastronómico celebró el último documento de los grandes empresarios que pedía menor intervención del Estado. Es difícil elegir cuando las opciones se parecen a las que brinda una interna sindical en la Argentina. Mientras tanto, en lo que va del año se perdieron unos doscientos mil puestos de trabajo.

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