Santa Maradona

Fin de encuesta. Una cosa es con pelota dominada y otra en el banco. La encuesta revela que dos de cada tres personas que dieron su opinión prefieren a otro DT al frente de la selección nacional. Pero esto es como en el fútbol, el árbitro ya cobró y no tiene sentido protestar.

El árbitro, dueño, don, pontífice, es Julio Grondona, claro. Sólo resta que Diego pueda generar desde afuera de la cancha todo lo bueno que nos dio desde adentro.

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Santa Maradona

Maradona a la Selección

Todos le debemos a Diego algo de felicidad. Es difícil juzgarlo objetivamente.

Finalmente Julio Grondona, el dueño del fútbol, decidió que será el nuevo técnico de la selección nacional.

Los resultados de la encuesta, en ESTE POST

Maradona a la Selección

El equipo del Gordo (el broli de la semana)

Es la tercera vez en pocos meses que compro un ejemplar de Arqueros, goleadores e ilusionistas (Seix Barral, 36 mangos) para regalar a un amigo.

La obra de Osvaldo Soriano es deliciosa en casi toda su extensión. Sus novelas son divertidas e inteligentes, mis dos preferidas: A sus plantas rendido un león y la primera, Triste, solitario y final. Pero sus relatos de infancia y adolescencia en el sur; sus increíbles partidos de fútbol, las crónicas sobre Obdulio Varela  o la fundación de San Lorenzo y los últimos capítulos sobre las peripecias del Míster Peregrino Fernández alegran el corazón.

He vuelto a leerlas junto a mi hijo Luciano, al ritmo de un relato cada uno, y fue una fiesta de emoción y carcajadas. Para los futboleros, junto a Puro Fútbol de Fontanarrosa, es de lectura obligatoria.

Así son las novelas del fútbol: risas y llantos, penas y sobresaltos. González corrió con los brazos en alto a saludar la memoria de su padre. Llevaba lágrimas en los ojos y sus compañeros lloraban con él. De esa pasta están hechos los goleadores. Fantasmas que salen de ninguna parte. OSVALDO SORIANO

El equipo del Gordo (el broli de la semana)

No se admiten arañas ni visigodos

El fútbol como pasaporte. Un negro que juega bien es menos negro, menos inmigrante. Gracias al fútbol, Didier Drogba dejó de ser un negro nacido en Costa de Marfil para convertirse en un delantero efectivo y veloz cuyo pase cuesta 40 millones de euros. Un sudaca con hambre de gol no requiere visa. Carlos Tévez pasó sin dificultades los controles del aeropuerto de Heathrow en Londres por su potencia goleadora. Su aspecto lo hubiese dejado en el umbral al primer interrogatorio.

Pero el fútbol no siempre abre puertas. La semana pasada, una veintena de africanos intentó cruzar la frontera entre Marruecos y Melilla aprovechando el entusiasmo de los guardias españoles por la Eurocopa. Los custodios miraban cómo su equipo batía a Italia por penales, cuando los africanos intentaron un ataque por sorpresa. Pero la defensa europea reaccionó a tiempo y los africanos quedaron entre las dos cercas de alambre que rodean el enclave colonial.

Eduardo Galeano insiste en su último libro, Espejos, con una idea que tiene confirmación científica: “Somos todos africanos emigrados. Hasta los blancos blanquísimos vienen del África. Quizá nos negamos a recordar nuestro origen común porque el racismo produce amnesia, o porque nos resulta imposible creer que en aquellos tiempos remotos el mundo entero era nuestro reino, inmenso mapa sin fronteras, y nuestras piernas eran el único pasaporte exigido”. Ahora el pasaporte también son las piernas pero sólo si pisan el cuidado césped de los estadios europeos.

Los legisladores de la vieja Europa, que también gustan del buen fútbol, decidieron que todos los “sin papeles” podrán ser detenidos por períodos de entre seis y dieciocho meses sin proceso jurídico previo, y los menores ilegales podrán serán expulsados. Para el eurodiputado Giusto Catania, del PC italiano, la decisión es “una vergüenza y un insulto a la cultura jurídica de Europa”. Más allá de las voces disidentes, la mayoría de los parlamentarios estuvieron de acuerdo con aumentar los castigos a los inmigrantes.

“El viento frío de la xenofobia sopla otra vez”, dijo el presidente Lula y agregó que los europeos son los más prejuiciosos del mundo. “¿En qué calidad moral se puede sostener una globalización que busca la libre movilidad de las mercancías y de los capitales pero criminaliza la movilidad de los seres humanos?”, se preguntó el presidente de Ecuador, Rafael Correa.

Pero el racismo y la discriminación no sólo son patrimonio del Norte rico. Los progres que se escandalizan con la actitud de los europeos, no registran lo que ocurre en casa. Durante meses viví en un departamento de Buenos Aires, cuyo balcón daba a un muro que tenía la inscripción: “Fuera peruanos y trolos”. Jaime Bayly diría, con su habitual ironía, que no hay nada peor. Algo parecido ocurre con la comunidad boliviana. Miles de personas sufren cada día maltrato, desprecio y prejuicios. “Son todos chorros”, “usan los hospitales y no pagan”, “te sacan el trabajo”. La mezcla de ignorancia y chauvinismo tiene efectos tremendos. Justo en este país que en el preámbulo de su Constitución Nacional ofrece compartir sueños y proyectos con todos los hombres del mundo que quieran habitarlo.

Los indígenas, los descendientes de los antiguos dueños de la tierra en América, todavía la pasan peor. Mapuches y guaraníes denunciaron hace unos días en Foz de Iguazú que no se sienten sujetos de derechos, sino castigados por el derecho. Ellos no están en ninguna agenda de la política. Para ellos no hay cortes de rutas ni carpas, ni cámaras de televisión.

Los europeos no aprenden de la historia, a pesar de los genocidios y los millones de emigrados que lanzaron al mundo. Nosotros no aprendemos, ni después de dos atentados en pleno corazón de Buenos Aires. Galeano tiene razón, el racismo provoca una suerte de amnesia.

Guido, el personaje que interpretaba Antonio Benigni en La vida es bella, cuando su hijo le pregunta por una inscripción colocada en la puerta de un negocio de la Roma ocupada por los nazis (“No se admiten perros ni hebreos”), le explica:
-Nosotros también pondremos un letrero en nuestra librería. ¿Quién no te gusta?
-Las arañas -dice el niño.
-A mí no me gustan los visigodos. Ya está, escribiremos: “No se admiten arañas ni visigodos”.

Vale reírse de la estupidez humana. Vale reírse si la risa permite pensar. El mundo cada vez es más ancho y ajeno. Más cerrado, más violento. Y es necesario tomar partido.

El secreto está en una palabra: aceptar. No se trata de tolerar al distinto, hay que aceptarlo. Estados Unidos y Europa toleran a los inmigrantes que se ocupan de los trabajos que sus ciudadanos rechazan. Saben que no pueden prescindir de sirvientes, nanas, porteros, mozos o barrenderos. Pero la idea de tolerar no permite la integración. La tolerancia se apoya en el prejuicio, implica un esfuerzo. Las sociedades blancas y cultas de Latinoamérica, también toleran a los “morochos” por las mismas razones. Hay que aprender a aceptar. Aceptar es otra cosa. Aceptar es dar por bueno, admitir sin condiciones al otro. Es un acto de voluntad. Un gesto solidario. Sólo así no importará cómo jueguen al fútbol.

No se admiten arañas ni visigodos

El gol como regreso a casa

Uno de los beneficios colaterales de la Feria del Libro de Buenos Aires es el encuentro con escritores admirados y admirables. Suelo tomar esos encuentros cercanos como recreos imprescindibles en mi tarea de picapiedras periodístico. Al predio ferial concurro lo justo y necesario. La mega muestra me provoca el síndrome del supermercado. En ambos casos se trata de lugares cómodos, ordenados, funcionales y limpios. Sin embargo, son escenarios que aniquilan la curiosidad. Al poco rato dejo de buscar, termino olvidando lo que de verdad quiero y vuelvo a casa con lo que no necesito.

El lunes pasado compartí una cena con cuatro escritores que, por unas horas, me pusieron a resguardo de las internas palaciegas de los K, del conflicto con el campo, de la inflación dibujada por Guillermo Moreno y del malhumor creciente de mis compatriotas. Augusto Di Marco, el director de ediciones generales del Grupo Santillana en la Argentina, y Julia Saltzmann, a cargo de la editorial Alfaguara, me abrieron la puerta a una velada reveladora.

La cena merecería una crónica extensa y detallada, pero no podrá ser. Primero porque el espacio de la contratapa de Crítica de la Argentina es inelástico y luego porque es justo hacer honor a uno de los comensales: Manuel Vicent -escritor, dramaturgo y periodista español-, verdadero maestro del artículo breve. Vicent cree que lo que se puede contar en cien páginas se puede contar en diez o en una. Cada domingo en el diario El País logra narrar, con precisión de cirujano y mano de poeta, una historia conmovedora en pocas palabras.

La mesa se completó con el maestro Edgardo Cozarinsky, quien dejó pendiente una invitación para visitar el mapa completo de sus milongas preferidas; Claudia Piñeiro, la autora de Las viudas de los jueves, que lució el humor inteligente que filtran sus novelas; y Juan Cruz, quien además de ser escritor y periodista es uno de los fundadores del diario El País. Juan Cruz vino a Buenos Aires para presentar Ojalá Octubre, un bello libro donde revisa escenas de su vida a partir de la última mirada de su padre. No alcancé a decírselo esa noche pero su historia me conmovió profundamente. Algo parecido me había ocurrido con La invención de la soledad de Paul Auster. Son textos que obligan a pensar cuánto del padre queda en uno cuando el padre se va. Y en su afán de inquietar, el libro de Juan Cruz propicia en el lector una pregunta más: ¿en qué momentos fui feliz de verdad?

Pero no hablamos mucho de libros. Con Piñeiro y Cozarinsky nos cuidamos de hacer lo de aquel escritor argentino que se encontró para cenar con un colega extranjero, un día en que los dos habían presentado sus libros en la Feria. Durante la primera hora de la comida el tipo sólo habló de su novela y cuando tomó conciencia de que no le había dejado a su amigo escritor decir una palabra, se disculpó: “Perdón, hablé demasiado de mi libro. ¿Qué opinión te merece mi novela?”.

Hablamos del rol de la prensa acá y en España -Cruz había escuchado por radio a la Presidenta en uno de sus mandobles a los periodistas y estaba asombrado-; hicimos un listado de plagios divertidos; ponderamos las compras en las librerías de viejo; nos preguntamos por la navaja de Carlos Gardel y hasta se cruzaron en la conversación Franco y De Gaulle. Hasta que llegamos al fútbol. Y aquí la gran sorpresa.

Después de evocar a Roberto Fontanarrosa -confieso que yo todavía estaba bajo los efectos embriagantes del gol de Kily González, en la canallada del domingo ante Racing-, Vicent explicó su teoría del regreso. Según el autor de Son de Mar, si los jugadores realmente quieren ganar el partido deben comprender que el arco que les pertenece no es el que defiende el arquero de su equipo sino el que está amurallado por los once contrarios. Con esa convicción, cada ataque se transforma en un regreso. Meter la pelota en el arco equivale a volver a casa. Éste es el conflicto: unos quieren volver y otros, confabulados y rabiosos, tratan de impedirlo. Siguiendo esta idea, al encabezar un ataque, cualquier delantero podría viajar hacia el arco con la convicción de Ulises en su regreso a Ítaca. El deseo de volver es una fuerza poderosa. Lo sabía Homero y lo cantó Gardel con versos de Le Pera. Como remate, Manuel Vicent explicó que su teoría dejó sin palabras al mismísimo Jorge Valdano con quien compartió un programa de televisión. Lo que se dice un milagro laico. Pensando el gol como un regreso. Así quisiera que juegue mi equipo, le dije. Después nos despedimos.

El gol como regreso a casa