Las críticas por izquierda

Cristina Fernandez y Nestor Kirchner
Cristina Fernández y Nestor Kirchner

Nada le molesta más al kirchnerismo que las críticas por izquierda. En especial porque desde el Gobierno intentaron instalar la idea de que a la izquierda del Frente para la Victoria estaba la pared.

Cuando los cuestionamientos a la gestión inaugurada en 2003 provienen de Mauricio Macri, Francisco de Narváez, Reutemann o incluso de Elisa Carrió, por más duros que sean, se asimilan con facilidad. En algunos casos hasta son bienvenidos. Pero si las observaciones nacen de las bocas de Pino Solanas, Víctor De Gennaro, Martín Sabbatella, Claudio Lozano o Hermes Binner, la cosa cambia. Algo parecido ocurre con los periodistas. Agradecen los dardos de Joaquín Morales Solá pero lamentan los de Eduardo Aliverti.

Uso estos nombres sólo como ejemplo. Las críticas por izquierda en lugar de contribuir a mejorar la acción del Gobierno, ayudar a revisar políticas y corregir errores, son tomadas como parte de una conspiración.

Es por esa razón que el discurso oficial no acepta los términos medios. Aquel que critica algo impugna todo. Y, en consecuencia, es peor que cualquier enemigo. En palabras del propio Néstor Kirchner: “No comprenden el proceso de transformación que estamos llevando adelante”, o en las de Cristina Fernández, en una de sus últimas intervenciones como legisladora: “Los que no están con nosotros están en contra”.

Según esa lógica absurda, es imposible defender las retenciones móviles como legítima herramienta de política económica y, a la vez, repudiar la falta de segmentación de las alícuotas y su implementación sin diálogo; no se puede ponderar la solidez de la economía y cuestionar la ausencia de una reforma fiscal; es inadmisible aplaudir los cambios en la Corte Suprema y rechazar la modificación del Consejo de la Magistratura; o saludar la estatización de las jubilaciones pero exigir el control de esos fondos públicos; tampoco se puede apoyar la nueva Ley de Radiodifusión y poner en duda la oportunidad de su tratamiento; ni destacar los juicios a los represores y advertir sobre la utilización política del tema.

Esto es una guerra, estás de un lado o del otro”, explican algunos funcionarios. ¿Una guerra? ¿Contra quién? Para los alcahuetes es más lesivo una denuncia de Miguel Bonasso sobre las verdaderas razones del veto a la Ley de Glaciares que cualquier andanada de Gabriela Michetti. Bonasso –y sigo utilizando nombres propios sólo a los efectos de ejemplificar– camina por el espacio que el oficialismo dice representar. Esa lectura torpe o malintencionada es la que le impidió al oficialismo revisar estrategias y establecer las alianzas adecuadas. La mirada boba del amigo-enemigo alejó primero a los dirigentes del progresismo que habían asistido entusiasmados a la convocatoria transversal (Juez, Binner, Ibarra, Sabbatella y Lifschitz) allá por 2003 y luego a importantes organizaciones sociales y sindicales, entre ellos una parte de la CTA y la Federación Agraria. Muchos de esos dirigentes fueron tildados de desertores.

También dentro del peronismo hubo fugas. Durante el conflicto con el campo, la cerrazón del Gobierno a abrir el diálogo y buscar consenso eyectó del oficialismo a Felipe Solá, a Carlos Reutemann y al abanderado Alberto Fernández. Se habló, entonces, de traidores.

Los críticos por izquierda son el peor de los fantasmas. Desmontan el discurso épico. Son esos tipos molestos que, si bien ponderan el rumbo económico, no dejan de señalar que existe corrupción, autoritarismo y graves errores en la administración de la cosa pública. Quieren más presencia del Estado pero una ejecución más honesta y eficiente de los recursos. Marcan los límites del modelo. Revelan sus impurezas y contradicciones. Se preguntan por la concentración de la economía y las injusticias sociales que persisten. Sus miradas deberían ser imprescindibles y, sin embargo, se vuelven intolerables. No hay caso, en la cima del poder piensan que no hay nada que corregir.

Entonces, ¿qué hacer con esas voces? Si no se las puede callar hay que enlodarlas. Pegarlas a la derecha. Estos críticos también son gorilas, reaccionarios, agentes del establishment o funcionales a los grandes grupos mediáticos. Es fundamental ubicarlos en ese lugar. Que se queden allí, en el mismo lodo, todos manoseados.

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Las críticas por izquierda

Borocotó o la argentinidad al palo

Eduardo Lorenzo Borocotó es uno de los fenómenos más singulares de la nueva política argentina. Estuvo con Mauricio Macri y luego emigró en una curiosa voltereta a las filas del oficialismo.

Uno de los médicos más mediáticos del país fue clave para que el Frente para la Victoria obtuviera quórum en la última sesión de diputados para la aprobación del paquete anti crisis, que incluye el polémico blanqueo de capitales.

El jueves pasado lo entrevistamos en la radio. La nota es imperdible, más allá de las chicanas iniciales dónde me imputa haberlo tuteado antes y ahora no, cosa que es falsa así como una supuesta visita a un programa que él tenía para promocionar uno de mis libros, algo que no refuté porque no tenía ninguna importancia para nota.

Esto es independiente de la movida judicial de la CC, el Pro y algo del PJ disidente cuestionando la forma de la votación que, en mi opinión y la de la UCR (Gerardo Morales lo confirmó en nuestro programa) fue correcta.

Actitud valiosa para un opositor que cuestionó duramente el blanqueo. Aquí va la entrevista.

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Borocotó o la argentinidad al palo