Viejo es el viento y sigue soplando

La sabiduría popular no exhibe dueños. Sin embargo, se le atribuye esta frase al boxeador panameño Roberto “Mano de Piedra” Durán. El varias veces campeón del mundo la soltó durante una conferencia de prensa, ante la insistencia de un periodista que le preguntó si no estaba demasiado viejo para volver a boxear. Durán llegó a ser campeón del mundo de los pesos ligeros, de los welter, de los superwelter y de los medianos. Es además el boxeador latinoamericano con más títulos obtenidos aunque perdió casi todos en la primera defensa. Al panameño le costó mucho retirarse e intentó varios regresos al ring. “Viejo es el viento y sigue soplando”, decía.

Me contó la anécdota el poeta Mario Trejo. Tal vez porque la frase bien podría ser suya. Incluso la utilizó como acápite en una de las reediciones de su notable libro El uso de la palabra. Hace unas semanas el periodista de este diario Roka Valbuena, en una crónica sobre el IV Encuentro Argentino de Literatura comparó a Trejo con Mohammed Ali. Fue después de cruzar espadas con el escritor, que lo duplica largamente en edad, y de admirar a su bella mujer, Fernanda. Trejo siempre está en guardia. Existe una secreta vinculación entre boxeo y poesía.

Volví a pensar en la edad del viento el martes pasado mientras escuchaba al poeta Ferreira Gullar. Referente literario del gran Vinicius de Moraes, Gullar es una de las voces más importantes de la poesía de Brasil y un ejemplo de calidad artística y compromiso. Llegó a Buenos Aires para presentar la reedición bilingüe de su celebrado Poema sucio (Editorial Corregidor), escrito en la Argentina durante uno de sus períodos de exilio. El miércoles festejó su cumpleaños 78. La edad como en el caso de Trejo, es una referencia vaga. Siguen soplando: “La poesía cuando llega/ no respeta nada./ Ni padre ni madre./ Cuando llega/ de cualquiera de sus abismos/ desconoce el Estado y la Sociedad Civil/ infringe el Código de Aguas/ relincha/ como puta/ nueva/ frente al Palacio de la Alvorada/ Y sólo después/ reconsidera: besa/ en los ojos de los que ganan mal/ acuna en brazos/ a los que tienen sed de felicidad/ y de justicia/ Y promete incendiar el país”. El título del poema es “Subversiva”.

Ferreira Gullar con su cabello largo y blanco, con su aire de príncipe sin reino, no sólo leyó sus poemas. También explicó algunas de sus teorías, “aunque ya sabemos que son pocas las teorías que se confirman en la práctica”, aclaró. Dijo que la poesía no puede contar lo que está o lo que ocurre. “No puede explicar el olor del jazmín”, por ejemplo. “La poesía está para inventar la realidad. Y para qué quiere inventar la realidad. Muy simple: para cambiarla”. Vinicius, el responsable de difundir el Poema sucio en Brasil, mientras su autor estaba prohibido, escribió: “La poesía soltera me había dejado de interesar frente a la impotencia de los poetas de fecundarla para mancharla de sangre, sudor y semen, para bañarla con lágrimas de amor, para cubrirla con la saliva gruesa de besos enamorados… Esta poesía nacida en el patio de las palabras y escrita por este que considero el último gran poeta brasileño, me tocó hasta las vísceras”.

José Ribamar Ferreira, tal su nombre verdadero, leía pausadamente. A unos metros, en primer fila, Trejo lo escuchaba emocionado. Los dos mantienen la misma actitud insumisa de Mano de Piedra Durán.

Pienso en otros poetas enormes que juegan en el mismo equipo. En Juan Gelman y su lucha incansable por la justicia y la belleza. En el sacerdote trapense Ernesto Cardenal, quien hace unos días, a los 83 años, y a propósito de la fuerte pelea judicial que mantiene con su ex compañero y actual presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, me confesó que seguía “enamorado de Dios y de la Revolución”. Y agregó: “Si me quieren mandar a la cárcel que lo hagan”. O en el enorme chileno Nicanor Parra, que a los 93 años exige a quienes lo invitan a leer sus textos que le abonen el mismo monto que le pagarían a una estrella de rock. En la poeta surrealista María Melek Vivanco, con sus ochenta y pico, radicada en Uruguay, pero lista para desembarcar en Buenos Aires cuando el Fondo Nacional de las Artes edite la antología de su obra tan luminosa como secreta. En todos ellos el calendario es un registro absurdo. Tienen la edad de sus sueños.

Todos los humanos nacemos con un contrato vital cuyo plazo de finalización desconocemos. También tenemos una fecha de vencimiento, una suerte de barrera donde terminan las ganas, la creatividad, la rebeldía. Lo triste sucede cuando esa fecha de vencimiento llega antes que la muerte física. En ese caso, la vida que se prolonga no vale ni para el recuerdo. Es la peor manera de la vejez. El desafío es hacer coincidir la partida del mundo de los vivos con la fecha de vencimiento. Abandonar los sueños sólo con el último suspiro. Mientras eso no ocurre, hay que subir al ring dispuestos a todo, amar, escribir el poema necesario, inventar la realidad para cambiarla. Ser como el viento.

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Viejo es el viento y sigue soplando

Ferreira Gullar pasó por Buenos Aires

Traducirse

Una parte de mí/ es todo el mundo;/ otra parte es nadie:/ fondo sin fondo/

Una parte de mí/ es multitud;/ otra parte extrañeza/ soledad./

Una parte de mí/ pesa, pondera;/ otra parte/ delira./

Una parte de mí/ almuerza y cena;/ otra parte/ se aterra/

Una parte de mí/ es permanente;/ otra parte/ se sabe de repente./

Una parte de mí/ es vértigo apenas;/ otra parte,/ lenguaje./

Traducir una parte/ en otra parte/ -que es una cuestión de vida o muerte-/ Será arte?

(Este poema pertenece al libro Poema Sucio/ El vértigo del día de Ferreira Gullar una edición bilingue al cuidado de Paloma Vidal y Mario Cámara de editorial Corregidor. Es una bella edición que incluye textos críticos de Davi Arrigucci Jr y del maestro Vinicius de Moraes. También una pequeña entrevista al poeta. Cuesta 37 pesos)

Ferreira Gullar pasó por Buenos Aires