Kamikazes en la Feria del Libro

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Reynaldo Sietecase presenta Kamikazes en la Feria del Libro, en una charla con Marcelo Zlotogwiazda con el título “Todos contra todos: periodismo y política”.

Este martes 7 de mayo a las 19.30 en la sala Victoria Ocampo.

Invita Editorial Aguilar.

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Kamikazes en la Feria del Libro

Domingo en la Feria

El domingo próximo (24 de abril) despues de las 18 presentaremos en la Feria del Libro Mapas para perderse, el libro que hicimos con el artista plástico Horacio Sánchez Fantino. Se trata de una re-presentación. El libro apareció en sociedad el año pasado junto a la muestra con los cuadros de Horacio en el CC Recoleta. Pero ahora saludaremos en el atrio. Todo a instancias de la editora Paula Mikulan, que también presenta otro de sus bellos libros de arte ese día (E. Uriburo Quintana), lo lanzaremos en el “lugar indicao”: la Feria. Todos los que quieran darse una vuelta están invitados. Sí, ya sé que es domingo de Pascua pero bue. Después de la misa, las pastas y los huevitos de choco se pueden dar un atracón de libros. Y me escucharán leer un rato historias y poemas que tienen que ver con la amada y cruel Buenos Aires. La cosa es en la sala María Ester de Miguel, el domingo próximo a las 18,30.

 

Domingo en la Feria

Requiem para los escraches II

Publiqué esta nota en la contratapa de Critica el 10 de Julio del 2008. Pasó bastante tiempo. El país está más dividido. Los grandes grupos mediáticos  y el gobierno siguen enfrentados. La primera víctima de esta guerra, como en toda guerra, es la verdad. Y volvieron los escraches. Una metodología repudiable cuando la justicia funciona y está vigente el estado de derecho. Vuelvo a publicarla por su vigencia.

Réquiem para los escraches

Viene de escracho, cara en el uso vulgar. Es posible encontrarla en los tangos lunfardos, esos dónde Edmundo Rivero advierte que te pueden hacer “un feite en el escracho”. El Diccionario del habla de los argentinos le otorga el mismo significado y cita, en clave policial, a Rodolfo Walsh en Oficios: “Viejo, yo no pongo el escracho para que me fusile un zanahoria de estos”. Eso como historia del sustantivo. ¿Y el verbo?

También en el uso coloquial, escrachar tiene que ver con la cara. Escrachar según el Diccionario antes citado es “golpear a una persona particularmente en la cara”.

Ahora bien, la metodología del escrache es un invento argentino. Hasta la biblia de internet, la Wikipedia, coincide en definirlo como la denuncia popular contra personas acusadas de violaciones a los derechos humanos.

El acto de escrachar es tan nuestro como el colectivo, el dulce de leche y la birome. Pero a diferencia de estos hallazgos del ingenio nacional, el escrache debería tener fecha de vencimiento.
Casi todos coinciden en que la primera vez que se organizó un escrache fue en 1995. Los chicos de HIJOS habían participado de un campamento en Córdoba. La sensación de impunidad los abatía y fue entonces que surgió una idea simple y contundente: si la justicia no podía alcanzar a los asesinos y torturadores de sus padres y familiares, ellos no se iban a quedar de brazos cruzados.

“Si no hay justicia, hay escrache”, fue la consigna. Señalarían a los represores, los pondrían en evidencia.

Y lo lograron. Con pintadas, sentadas y movilizaciones, les hicieron dar la cara. Mostrar el escracho, aunque nadie se preocupó por indagar la conexión de esa acción con el origen misterioso de la palabra.

Les contaron a los vecinos que ese señor amable que paseaba a su perrito por Palermo; que ese viejito simpático que comulgaba en la Catedral de La Plata o ese caballero que siempre cedía su lugar en la fila del mercado de Tucumán, no habían dudado a la hora de matar inocentes o entregar a un recién nacido. Y lo más importante, que ese señor no iba a ser castigado por sus acciones aberrantes gracias a la existencia de las leyes del perdón. Más de un represor sintió públicamente el desprecio y el rechazo de la comunidad a partir de esas acciones directas.

Pero el escrache se extendió. Superó su objetivo inicial, vinculado a la denuncia contra los represores y sus cómplices, para convertirse en una herramienta de cuestionamiento a dirigentes políticos sospechados de corrupción. La dinámica tuvo su paroxismo en los aciagos días del 2001/2002 de la mano del “que se vayan todos”.

Ni siquiera los miembros de la Corte Suprema menemista se salvaron. Fue el prólogo popular a su vergonzante eyección de los tribunales por renuncia o juicio político. Esas movidas, en general, no incluían hechos de violencia. Aunque cada tanto algún cobarde, amparado en el montón, aprovechó para soltar algún golpe. Siempre innecesario.

El conflicto entre el gobierno y el campo le dio otra faceta a esa metodología. Los piqueteros oficialistas escracharon a la Sociedad Rural y le propinaron una que otra patada a su titular, Luciano Miguens. El mismo ataque sufieron otros dirigentes del campo. Algunos tuvieron que pedir custodia policial. Mientras tanto, un centenar de miembros de la tradicional Sociedad Rural de Rosario, la emprendieron contra el diputado Agustín Rossi rodeando su casa de Rosario en donde estaban su mujer y sus hijos.

El gobernador del Chaco, Jorge Capitanich, sufrió un ataque a huevazos por parte de productores enfurecidos en Sáenz Peña. Le pasó a su colega Daniel Scioli en Olavarría. Y a tres diputados tucumanos que votaron el proyecto oficial. Le ocurrió a Felipe Solá en la puerta del Congreso y eso que el diputado bonaerense se la jugó presentando un proyecto alternativo.

También le tocó a varios intendentes del interior que no acompañaron la protesta agraria. La lista de escrachados en los últimos meses es interminable. Los discursos virulentos de los protagonistas incentivaron las agresiones.

En la lectura de algunos medios de comunicación, el escrache tuvo el mismo tratamiento que los piquetes. Hay piquetes buenos y piquetes malos. Hay escraches justificados y otros que constituyen un ataque al honor y la integridad de las personas.

Lo cierto es que a esta altura, cuando los procesos judiciales a los represores son indetenibles, cuando impera el Estado de Derecho y hay una Corte Suprema independiente, los escraches deberían volver a los tangos lunfardos; a los policiales de Walsh o a las crónicas de Arlt. En la comunidad generan más molestias que adhesiones. Los represores se hacen visibles cuando la justicia los reclama. Cuando ponen el escracho para escuchar una condena.

Y en cuanto a los políticos o los actores sectoriales que defienden su renta, el escrache cada vez se parecen más a una práctica antidemocrática. Cien tipos agrediendo a uno, que fue elegido por cien mil, porque no les gusta lo que hizo en uso de sus facultades políticas.

En todo caso se podría apelar al autoecrache y aprender a votar mejor la próxima vez.

Requiem para los escraches II

El gol como regreso a casa

Uno de los beneficios colaterales de la Feria del Libro de Buenos Aires es el encuentro con escritores admirados y admirables. Suelo tomar esos encuentros cercanos como recreos imprescindibles en mi tarea de picapiedras periodístico. Al predio ferial concurro lo justo y necesario. La mega muestra me provoca el síndrome del supermercado. En ambos casos se trata de lugares cómodos, ordenados, funcionales y limpios. Sin embargo, son escenarios que aniquilan la curiosidad. Al poco rato dejo de buscar, termino olvidando lo que de verdad quiero y vuelvo a casa con lo que no necesito.

El lunes pasado compartí una cena con cuatro escritores que, por unas horas, me pusieron a resguardo de las internas palaciegas de los K, del conflicto con el campo, de la inflación dibujada por Guillermo Moreno y del malhumor creciente de mis compatriotas. Augusto Di Marco, el director de ediciones generales del Grupo Santillana en la Argentina, y Julia Saltzmann, a cargo de la editorial Alfaguara, me abrieron la puerta a una velada reveladora.

La cena merecería una crónica extensa y detallada, pero no podrá ser. Primero porque el espacio de la contratapa de Crítica de la Argentina es inelástico y luego porque es justo hacer honor a uno de los comensales: Manuel Vicent -escritor, dramaturgo y periodista español-, verdadero maestro del artículo breve. Vicent cree que lo que se puede contar en cien páginas se puede contar en diez o en una. Cada domingo en el diario El País logra narrar, con precisión de cirujano y mano de poeta, una historia conmovedora en pocas palabras.

La mesa se completó con el maestro Edgardo Cozarinsky, quien dejó pendiente una invitación para visitar el mapa completo de sus milongas preferidas; Claudia Piñeiro, la autora de Las viudas de los jueves, que lució el humor inteligente que filtran sus novelas; y Juan Cruz, quien además de ser escritor y periodista es uno de los fundadores del diario El País. Juan Cruz vino a Buenos Aires para presentar Ojalá Octubre, un bello libro donde revisa escenas de su vida a partir de la última mirada de su padre. No alcancé a decírselo esa noche pero su historia me conmovió profundamente. Algo parecido me había ocurrido con La invención de la soledad de Paul Auster. Son textos que obligan a pensar cuánto del padre queda en uno cuando el padre se va. Y en su afán de inquietar, el libro de Juan Cruz propicia en el lector una pregunta más: ¿en qué momentos fui feliz de verdad?

Pero no hablamos mucho de libros. Con Piñeiro y Cozarinsky nos cuidamos de hacer lo de aquel escritor argentino que se encontró para cenar con un colega extranjero, un día en que los dos habían presentado sus libros en la Feria. Durante la primera hora de la comida el tipo sólo habló de su novela y cuando tomó conciencia de que no le había dejado a su amigo escritor decir una palabra, se disculpó: “Perdón, hablé demasiado de mi libro. ¿Qué opinión te merece mi novela?”.

Hablamos del rol de la prensa acá y en España -Cruz había escuchado por radio a la Presidenta en uno de sus mandobles a los periodistas y estaba asombrado-; hicimos un listado de plagios divertidos; ponderamos las compras en las librerías de viejo; nos preguntamos por la navaja de Carlos Gardel y hasta se cruzaron en la conversación Franco y De Gaulle. Hasta que llegamos al fútbol. Y aquí la gran sorpresa.

Después de evocar a Roberto Fontanarrosa -confieso que yo todavía estaba bajo los efectos embriagantes del gol de Kily González, en la canallada del domingo ante Racing-, Vicent explicó su teoría del regreso. Según el autor de Son de Mar, si los jugadores realmente quieren ganar el partido deben comprender que el arco que les pertenece no es el que defiende el arquero de su equipo sino el que está amurallado por los once contrarios. Con esa convicción, cada ataque se transforma en un regreso. Meter la pelota en el arco equivale a volver a casa. Éste es el conflicto: unos quieren volver y otros, confabulados y rabiosos, tratan de impedirlo. Siguiendo esta idea, al encabezar un ataque, cualquier delantero podría viajar hacia el arco con la convicción de Ulises en su regreso a Ítaca. El deseo de volver es una fuerza poderosa. Lo sabía Homero y lo cantó Gardel con versos de Le Pera. Como remate, Manuel Vicent explicó que su teoría dejó sin palabras al mismísimo Jorge Valdano con quien compartió un programa de televisión. Lo que se dice un milagro laico. Pensando el gol como un regreso. Así quisiera que juegue mi equipo, le dije. Después nos despedimos.

El gol como regreso a casa