Sobre el odio

La indisposición de Néstor Kirchner desató en diversas web una catarata de comentarios odiosos y de mal gusto. De pronto se reactualizó la desagradable frase destinada a Eva Perón: “Viva el cáncer”.  Más allá de las expresiones gorilas, lo cierto es que el odio está instalado en la sociedad y atraviesa a la opinión pública pero también a los medios de comunicación y a la clase política.

En los últimos días dos periodistas reflexionaron sobre este fenómeno: Eduardo Aliverti lo hizo en Página/12 y Jorge Fernández Díaz en La Nación. Son dos miradas diferentes, en lo ideológico y en lo periodístico. Aliverti le apunta a los intereses que “tocó” el ex presidente. Fernández Díaz, por el contrario, responsabiliza a NK aunque no deja de advertir sobre las actitudes de la oposición. Los dos coinciden en registar un estado de cosas.

En lo personal creo que hay una combinación de las dos cosas. Intereses que fueron afectados y una manera de hacer política que a partir del 2006 le volvió la espalda a amplios sectores de la población. Con ánimo de debate, a continuación se reproducen los dos artículos.

El odio (Por Eduardo Aliverti)

Sí, el tema de estas líneas es el odio. Planteado así, de manera tan seca y contundente, quizás y ante todo deba reconocerse que es más propio de cientistas sociales que de un simple periodista u opinólogo. Pero, precisamente porque uno es esto último, registra que su razonamiento respecto del clima político y social de la Argentina desemboca en algo que ya excede a la mera observación periodística.

Hay –es probable– una única cosa con la que muy difícilmente no nos pongamos todos de acuerdo, si se parte de una básica honestidad intelectual. Con cuantos méritos y deficiencias quieran reconocérsele e imputarle, desde 2003 el kirchnerismo reintrodujo el valor de la política, como ámbito en el que decidir la economía y como herramienta para poner en discusión los dogmas impuestos por el neoliberalismo. Ambos dispositivos habían desaparecido casi desde el mismo comienzo del menemismo, continuaron evaporados durante la gestión de la Alianza y, obviamente, el interregno del Padrino no estaba en actitud ni aptitud para alterarlos. Fueron trece años o más (si se toman los últimos del gobierno de Alfonsín, cuando quedó al arbitrio de las “fuerzas del mercado”) de un vaciamiento político portentoso. El país fue rematado bajo las leyes del Consenso de Washington y la rata, con una audacia que es menester admitirle, se limitó a aplicar el ordenamiento que, por cierto, estaba en línea con la corriente mundial. También de la mano con algunos aires de cambio en ese estándar, y así se concediera que no quedaba otra chance tras la devastación, la etapa arrancada hace siete años volvió a familiarizarnos con algunos de los significados que se creían prehistóricos: intervención del Estado en la economía a efectos de ciertas reparaciones sociales; apuesta al mercado interno como motor o batería de los negocios; reactivación industrial; firmeza en las relaciones con varios de los núcleos duros del establishment. Y a esa suma hay que agregar algo a lo cual, como adelanto de alguna hipótesis, parecería que debe dársele una relevancia enorme. Son las acciones y gestos en el escenario definido como estrictamente político, desde un lugar de recategorización simbólica: impulso de los juicios a los genocidas; transformación de la Corte Suprema; enfriamiento subrayado con la cúpula de la Iglesia Católica; Madres y Abuelas resaltadas como orgullo nacional y entrando a la Casa Rosada antes que los CEO de las multinacionales; militancia de los ’70 en posiciones de poder. En definitiva, y –para ampliar– aun cuando se otorgara que este bagaje provino de circunstancias de época, sobreactuaciones, conciencia culposa o cuanto quisiera argüirse para restarles cualidades a sus ejecutores, nadie, con sinceridad, puede refutar que se trató de un “reingreso” de la política. Las grandes patronales de la economía ya no eran lo único habilitado para decir y mandar. Hasta acá llegamos. Adelante de esta coincidencia que a derecha e izquierda podría presumirse generalizada, no hay ninguna otra. Se pudre todo. Pero se pudre de dos formas diferentes. Una que podría considerarse “natural”. Y otra que es el motivo de nuestros desvelos. O bien, de una ratificación que no quisiéramos encontrar.

La primera nace en el entendimiento de la política como un espacio de disputa de intereses y necesidades de clase y sector. Por lo tanto, es un terreno de conflicto permanente, que ondula entre la crispación y la tranquilidad relativa según sean el volumen y la calidad de los actores que forcejean. Este Gobierno, está claro, afectó algunos intereses muy importantes. Seguramente menos que los aspirables desde una perspectiva de izquierda clásica, pero eso no invalida lo anterior. Tres de esos enfrentamientos en particular, debido al tamaño de los bandos conmovidos, representan un quiebre fatal en el modo con que la clase dominante visualiza al oficialismo. Las retenciones agropecuarias, la reestatización del sistema jubilatorio y la ley de medios audiovisuales. Ese combo aunó la furia. Una mano en el bolsillo del “campo”; otra en uno de los negociados públicos más espeluznantes que sobrevivían de los ’90, y otra en el del grupo comunicacional más grande del país, con el bonus track de haberle quitado la televisación del fútbol. De vuelta: no vienen al caso las motivaciones que el kirchnerismo tenga o haya tenido y no por no ser apasionante y hasta necesario discutirlas, sino porque no son aquí el objeto de estudio. Es irrebatible que ese trío de medidas –y algunas acompañantes– desató sobre el Gobierno el ataque más fanático de que se tenga memoria. Hay que retroceder hasta el segundo mandato de Perón, o al de Illia, para encontrar –tal vez– algo semejante. Potenciados por el papel aplastante que adquirieron, los medios de comunicación son un vehículo primordial de esa ira. El firmante confiesa que sólo la obligación profesional lo mueve a continuar prestando atención puntillosa a la mayoría de los diarios, programas radiofónicos, noticieros televisivos. No es ya una cuestión de intolerancia ideológica sino de repugnancia, literalmente, por la impudicia con que se tergiversa la información, con que se inventa, con que se apela a cualquier recurso, con que se bastardea a la actividad periodística hasta el punto de sentir vergüenza ajena. Todo abonado, claro está, por el hecho de que uno pertenece a este ambiente hace ya muchos años, y entonces conoce los bueyes y no puede creer, no quiere creer, que caigan tan bajo colegas que hasta ayer nomás abrevaban en el ideario de la rigurosidad profesional. Ni siquiera hablamos de que eran progresistas. La semana pasada se pudo leer que los K son susceptibles de ser comparados con Galtieri. Se pudo escuchar que hay olor a 2001. Hay un límite, carajo, para seguir afirmando lo que el interés del medio requiere. Gente de renombre, además, que no se va a quedar sin trabajo. Gente –no toda, desde ya– de la que uno sabe que no piensa políticamente lo que está diciendo, a menos que haya mentido toda su vida.

Sin embargo, más allá de estas disquisiciones, todavía estamos en el campo de batalla “natural” de la lucha política; es decir, aquel en el que la profundidad o percepción de unas medidas gubernamentales, y del tono oficialista en general, dividieron las aguas con virulencia. Son colisiones con saña entre factores de poder, los grandes medios forman parte implícita de la oposición (como alternativamente ocurre en casi todo el mundo) y no habría de qué asombrarse ni temer. Pero las cosas se complican cuando nos salimos de la esfera de esos tanques chocadores, y pasamos a lo que el convencionalismo denomina “la gente” común. Y específicamente la clase media, no sólo de Buenos Aires, cuyas vastas porciones –junto con muchas populares del conurbano bonaerense– fueron las que el 28-J produjeron la derrota electoral del kirchnerismo. ¿Hay sincronía entre la situación económica de los sectores medios y su bronca ya pareciera que crónica? Por fuera de la escalada inflacionaria de las últimas semanas, tanto en el repaso del total de la gestión como de la coyuntura, los números dan a favor. En cotejo con lo que ocurría en 2003, cuando calculado en ingresos de bolsillo pasó a ser pobre el 50 por ciento del país, o con las marquesinas de esta temporada veraniega, en la que se batieron todos los records de movimiento turístico y consumo, suena inconcebible que el grueso de la clase media pueda decir que está peor o que le va decididamente mal. Pero eso sería lo que en buena medida expresaron las urnas, y lo que en forma monotemática señalan los medios.

Veamos las graduaciones con que se manifiesta ese disconformismo. Porque podría conferirse la licencia de que, justamente por ir mejor las cosas en lo económico, la “gente” se permite atender otros aspectos en los que el oficialismo queda muy mal parado, o apto para las acusaciones. Ya se sabe: autoritarismo, sospechas de corrupción, desprecio por el consenso, ausencia de vocación federalista, capitalismo de amigotes y tanto más por el estilo. Nada distinto, sin ir más lejos, a lo que recién sobre su final se le endilgó a Menem y su harén de mafiosos. ¿Qué habrá sucedido para que, de aquel tiempo a hoy, y a escalas tan similares de bonanza económica real o presunta, éstos sean el Gobierno montonero, la puta guerrillera, la grasa que se enchastra de maquillaje, los blogs rebosantes de felicidad por la carótida de Kirchner, los ladrones de Santa Cruz, la degenerada que usa carteras de 5 mil dólares, la instalación mediática de que no llegan al 2011, el olor al 2001, el uso del avión presidencial para viajes particulares? ¿Cómo es que la avispa de uno sirvió para que se cagaran todos de la risa y las cirugías de la otra son el símbolo de a qué se dedica esta yegua mientras el campo se nos muere? ¿Cómo es que cuando perpetraron el desfalco de la jubilación privada nos habíamos alineado con la modernidad, y cuando se volvió al Estado es para que estos chorros sigan comprándose El Calafate? Pero sobre todo, ¿cómo es que todo eso lo dice tanta gente a la que en plata le va mejor?

Uno sospecharía principalmente de los medios. De sus maniobras. De que es un escenario que montan. Pues no. Por mucho que haya de eso, de lo que en verdad sospecha es de que el odio generado en las clases altas, por la afectación de algunos de sus símbolos intocables, ha reinstalado entre la media el temor de que todo se vaya al diablo y pueda perder algunas de las parcelas pequebú que se le terminaron yendo irremediablemente ahí, al diablo, cada vez que gobernaron los tipos a los que les hace el coro.

Debería ser increíble, pero más de 50 años después parece que volvió el “Viva el Cáncer” con que los antepasados de estos miserables festejaron la muerte de Eva.

El gran triunfo de Kirchner (Por Jorge Fernández Díaz)

“Viva el ateroma”, decía un usuario de Internet el día en que operaban de urgencia a Néstor Kirchner. Se remedaba así el tristemente célebre “Viva el cáncer” que le pintaron a Eva Perón. Luego otro comentarista expresaba los deseos de que Kirchner saliera vivo pero cuadripléjico del quirófano. Sabemos que una parte de la web se ha transformado en una cloaca de psicópatas anónimos. Pero cuando leí esta clase de reacciones escritas no pude sino pensar que no se trataba meramente de un pecado mortal de cobardes internautas. El odio proclamado en el ciberespacio tiene su correlato diario en las casas, los bares, los taxis, los trabajos y los medios de comunicación de la Argentina. Esa apología del ateroma es un síntoma aberrante y patético, la punta del iceberg de una inmensa montaña helada de rencor y enfrentamientos sociales; un veneno que contamina los discursos públicos y privados, a uno y otro lado de la vereda ideológica, en este país convulso de desprecios y zancadillas donde nadie es capaz de reconocerle al otro una razón. Una sola.

Tengo una noticia catastrófica para todos ustedes: Néstor Kirchner triunfó.

Es verdad que está perdiendo la batalla política, pero no es menos cierto que le ayudamos todos los días a que gane la cultural. Su despiadada lógica amigo-enemigo se extendió fuera de sus áreas de influencia. Esa lógica violenta avanza como una mancha negra sobre las militancias y dirigencias opositoras, sobre la opinión pública y sobre la sociedad anónima. Esa lógica kirchnerista se transformó en la gran cultura política de estos tiempos. Triste, muy triste herencia.

Ganó Kirchner porque el caníbal obligó a sus críticos a la antropofagia. Porque muchos acólitos se transformaron en salvajes irracionales y porque algunos críticos se convirtieron en los demonios que combatían. Y porque a la máquina de picar adversarios que el Gobierno maneja se le va oponiendo una máquina de picar oficialistas. Ya se han borrado los matices en esta guerra. Cunden los blancos y negros, los buenos y los malos. Y sobre todo, la deshonestidad intelectual. Elogiar una política de Estado o castigar la gestión de un opositor significa “hacerle el juego al kirchnerismo”. Rescatar determinados argumentos de la oposición o denunciar la corrupción de un funcionario es “hacerle el juego a la derecha”. Y al enemigo ni justicia.

Amistades personales, convivencias políticas, tolerancias entre distintos, respeto democrático, solidaridad y caballerosidades humanas: todo se lo lleva el vendaval de la lógica patria-antipatria, o tiranía-república. Si yo soy la Patria, el otro es algo gravísimo: un traidor a la Patria. Si yo soy la República, el otro es algo gravísimo también: un cómplice del tirano. Con estas disyuntivas de hierro no queda más que la refriega irreconciliable y fatal. No queda más que el precipicio entre los unos y los otros, cuando la democracia es un tejido de alternativas, una sucesión de debates ásperos con un fondo de acuerdos permanentes, un lugar donde no caben denuncias de golpismo ni golpes institucionales, sino juegos legales y legítimos entre gente que piensa distinto. Hacer lo que se critica, convertirse en Kirchner para derrotar a Kirchner, implica un error tremendo. Una gran tragedia.

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Sobre el odio

Se afanan todo

“No hay respeto, che. Se afanan todo”. La frase popular aparece en las conversaciones como síntoma de enojo e impotencia. Y es verdad. Algunos robos, incluso, ayudan a definir el funcionamiento de una sociedad. Esta semana robaron la banda y el bastón presidencial de Arturo Frondizi del Museo de la Casa Rosada. De allí se habían llevado el 30 de abril de 2007 un reloj de oro de Nicolás Avellaneda, otro reloj de Agustín P. Justo y una lapicera de Roberto M. Ortiz. Ese mismo año, habían birlado del Museo Histórico Nacional el reloj con cadena de Manuel Belgrano. Y en 2008 se llevaron del Museo del Banco Nación 530 monedas antiguas. Según la oficina de Interpol en Buenos Aires, de los casi dos mil bienes culturales robados en la Argentina en los últimos años cuatrocientos fueron sustraídos de museos u otros establecimientos oficiales. El tráfico de obras de arte, fósiles y piezas arqueológicas desde nuestro país hacia el resto del mundo es escandaloso.

En el momento del latrocinio, el Museo de la Casa Rosada –cuya existencia se revela sólo ante acontecimientos como éste– estaba cerrado por reformas. Es decir, no recibía visitantes desde enero. Con todo, los atributos de mando del presidente desarrollista desaparecieron. “No te tendrías que asombrarte tanto –me advirtió un colega–, en este país se robaron hasta el cadáver de Eva Perón”. Recordé también que el sable de San Martín, ese que nunca quiso desenvainar para derramar sangre americana y que legó a Juan Manuel de Rosas, fue hurtado un par de veces, aunque con fines políticos, y luego reapareció.

Con el reloj de Belgrano no hubo tanta suerte. Se trata de una reliquia invaluable. El abogado que devino general lo recibió de parte del rey Jorge III en un viaje que hizo a Inglaterra. Dicen que Belgrano lo apreciaba porque tenía la efigie del general francés Lafayette, un hombre al que admiraba. El creador de la bandera se lo entregó a su médico momentos antes de su muerte. No tenía otra cosa con qué pagar. Le debían varios meses de sueldo y estaba en la miseria. Todo el dinero que había recibido como premio por sus victorias ante los españoles lo había donado para hacer cuatro escuelas en el norte argentino. El reloj perdido es un símbolo del compromiso y la honradez en la función pública. Su ausencia parece una señal.

La máquina a cuerda de Belgrano desapareció de una vitrina que estaba sin llave. Según consta en la documentación que la Secretaría de Cultura aportó a la causa judicial, de los 40 mil objetos que forman el patrimonio del Museo Histórico Nacional, ubicado en Parque Lezama, sólo están registrados 16 mil. Es decir que el museo contiene una suerte de tsunami histórico.

En el dictamen judicial elaborado por el juez Octavio Aráoz de Lamadrid se consigna que el sistema de cámaras de seguridad del museo “no sólo es precario, obsoleto e ineficiente, sino que fue manipulado en el caso del robo del reloj”. Ningún funcionario fue castigado. El juez investigó y hasta ordenó cerrar el museo, la Secretaría de Cultura ofreció una recompensa de 20 mil pesos y la Policía Federal abrió una línea para denuncias (4346-5752, ¡llame ya!). En el fondo, todos apuestan al olvido. Tal vez por eso, la historia se repitió esta semana con los objetos que le entregaron a Frondizi en 1958.

El único favorecido por “el extraño caso del museo del Parque Lezama” fue el juez. Aráoz de Lamadrid, después de rendir con un 1 el concurso para ocupar de manera permanente el juzgado federal que está subrogando, tuvo una nueva oportunidad. Primera sorpresa: el Consejo de la Magistratura anuló el examen y ordenó otro. Segunda sorpresa: el tema de la nueva prueba sorprendió a todos los aspirantes menos a Aráoz de Lamadrid. Tenían que escribir sobre el robo de una reliquia en un museo.

Hay robos por todos lados. Eladia Blázquez es impiadosa en sus versos: “Y en la cruda indiferencia, entre el cólera y el curro / hay un juez que se hace el burro y también / hay un burro que hacen juez”.

Bandas organizadas, atorrantes de ocasión, agentes a sueldo de anticuarios, delincuentes solitarios. Todos tienen una oportunidad en la Argentina. Toneladas de fósiles, pinturas (Interpol todavía busca en vano datos sobre los quince cuadros de Antonio Berni que fueron robados en 2008 en Munro), objetos históricos y piezas de arqueología (desde momias a vasijas) salen al mejor postor.

Se afanan todo, es verdad. El problema no es el robo sino la impunidad.

Se afanan todo