Requiem para los escraches II

Publiqué esta nota en la contratapa de Critica el 10 de Julio del 2008. Pasó bastante tiempo. El país está más dividido. Los grandes grupos mediáticos  y el gobierno siguen enfrentados. La primera víctima de esta guerra, como en toda guerra, es la verdad. Y volvieron los escraches. Una metodología repudiable cuando la justicia funciona y está vigente el estado de derecho. Vuelvo a publicarla por su vigencia.

Réquiem para los escraches

Viene de escracho, cara en el uso vulgar. Es posible encontrarla en los tangos lunfardos, esos dónde Edmundo Rivero advierte que te pueden hacer “un feite en el escracho”. El Diccionario del habla de los argentinos le otorga el mismo significado y cita, en clave policial, a Rodolfo Walsh en Oficios: “Viejo, yo no pongo el escracho para que me fusile un zanahoria de estos”. Eso como historia del sustantivo. ¿Y el verbo?

También en el uso coloquial, escrachar tiene que ver con la cara. Escrachar según el Diccionario antes citado es “golpear a una persona particularmente en la cara”.

Ahora bien, la metodología del escrache es un invento argentino. Hasta la biblia de internet, la Wikipedia, coincide en definirlo como la denuncia popular contra personas acusadas de violaciones a los derechos humanos.

El acto de escrachar es tan nuestro como el colectivo, el dulce de leche y la birome. Pero a diferencia de estos hallazgos del ingenio nacional, el escrache debería tener fecha de vencimiento.
Casi todos coinciden en que la primera vez que se organizó un escrache fue en 1995. Los chicos de HIJOS habían participado de un campamento en Córdoba. La sensación de impunidad los abatía y fue entonces que surgió una idea simple y contundente: si la justicia no podía alcanzar a los asesinos y torturadores de sus padres y familiares, ellos no se iban a quedar de brazos cruzados.

“Si no hay justicia, hay escrache”, fue la consigna. Señalarían a los represores, los pondrían en evidencia.

Y lo lograron. Con pintadas, sentadas y movilizaciones, les hicieron dar la cara. Mostrar el escracho, aunque nadie se preocupó por indagar la conexión de esa acción con el origen misterioso de la palabra.

Les contaron a los vecinos que ese señor amable que paseaba a su perrito por Palermo; que ese viejito simpático que comulgaba en la Catedral de La Plata o ese caballero que siempre cedía su lugar en la fila del mercado de Tucumán, no habían dudado a la hora de matar inocentes o entregar a un recién nacido. Y lo más importante, que ese señor no iba a ser castigado por sus acciones aberrantes gracias a la existencia de las leyes del perdón. Más de un represor sintió públicamente el desprecio y el rechazo de la comunidad a partir de esas acciones directas.

Pero el escrache se extendió. Superó su objetivo inicial, vinculado a la denuncia contra los represores y sus cómplices, para convertirse en una herramienta de cuestionamiento a dirigentes políticos sospechados de corrupción. La dinámica tuvo su paroxismo en los aciagos días del 2001/2002 de la mano del “que se vayan todos”.

Ni siquiera los miembros de la Corte Suprema menemista se salvaron. Fue el prólogo popular a su vergonzante eyección de los tribunales por renuncia o juicio político. Esas movidas, en general, no incluían hechos de violencia. Aunque cada tanto algún cobarde, amparado en el montón, aprovechó para soltar algún golpe. Siempre innecesario.

El conflicto entre el gobierno y el campo le dio otra faceta a esa metodología. Los piqueteros oficialistas escracharon a la Sociedad Rural y le propinaron una que otra patada a su titular, Luciano Miguens. El mismo ataque sufieron otros dirigentes del campo. Algunos tuvieron que pedir custodia policial. Mientras tanto, un centenar de miembros de la tradicional Sociedad Rural de Rosario, la emprendieron contra el diputado Agustín Rossi rodeando su casa de Rosario en donde estaban su mujer y sus hijos.

El gobernador del Chaco, Jorge Capitanich, sufrió un ataque a huevazos por parte de productores enfurecidos en Sáenz Peña. Le pasó a su colega Daniel Scioli en Olavarría. Y a tres diputados tucumanos que votaron el proyecto oficial. Le ocurrió a Felipe Solá en la puerta del Congreso y eso que el diputado bonaerense se la jugó presentando un proyecto alternativo.

También le tocó a varios intendentes del interior que no acompañaron la protesta agraria. La lista de escrachados en los últimos meses es interminable. Los discursos virulentos de los protagonistas incentivaron las agresiones.

En la lectura de algunos medios de comunicación, el escrache tuvo el mismo tratamiento que los piquetes. Hay piquetes buenos y piquetes malos. Hay escraches justificados y otros que constituyen un ataque al honor y la integridad de las personas.

Lo cierto es que a esta altura, cuando los procesos judiciales a los represores son indetenibles, cuando impera el Estado de Derecho y hay una Corte Suprema independiente, los escraches deberían volver a los tangos lunfardos; a los policiales de Walsh o a las crónicas de Arlt. En la comunidad generan más molestias que adhesiones. Los represores se hacen visibles cuando la justicia los reclama. Cuando ponen el escracho para escuchar una condena.

Y en cuanto a los políticos o los actores sectoriales que defienden su renta, el escrache cada vez se parecen más a una práctica antidemocrática. Cien tipos agrediendo a uno, que fue elegido por cien mil, porque no les gusta lo que hizo en uso de sus facultades políticas.

En todo caso se podría apelar al autoecrache y aprender a votar mejor la próxima vez.

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Requiem para los escraches II

Al enemigo ni justicia

Desde que llegó a la Presidencia, Néstor Kirchner impuso la lógica amigo/enemigo para dividir las aguas de la política dentro y fuera del peronismo. De esa forma impiadosa consolidó su poder, que había nacido raquítico por la fuga electoral de Carlos Menem. Se podría decir que rescató, de la peor manera, aquella frase de Juan Domingo Perón de 1971: “Al amigo todo, al enemigo ni justicia”.

Cristina Fernández, en una de sus últimas intervenciones como senadora, volvió sobre esa idea: “Los que no están con nosotros están en contra”. Los supuestos enemigos, en ese momento, no eran la oligarquía ni la patria financiera ni los represores, sino los partidos de la oposición que se resistían a modificar la composición del Consejo de la Magistratura. Los ecos de ese estilo de construcción que el Gobierno extendió a su relación con los medios de comunicación y los periodistas están a la vista. Con el enemigo no se negocia, no se discute, no se buscan coincidencias; al enemigo se lo vence o se lo destruye.

Esa retórica virulenta quedó instalada en la sociedad y, como era previsible, aflora sin discriminar entre propios y extraños. Esta semana, unos treinta productores santafesinos atacaron al diputado Agustín Rossi con huevos y bosta. Hasta le lanzaron algunos golpes. Fue en Laguna Paiva, lugar adonde el presidente del bloque de diputados del Frente para la Victoria había concurrido para saludar la realización de una obra concretada con un subsidio suyo. En el Gobierno se escandalizaron con razón. En la oposición, salvo el gobernador Hermes Binner que condenó la acción en forma contundente, las críticas a los productores fueron tibias. Algunos apelaron al remanido y dudoso ejemplo de que “la violencia de arriba genera la violencia de abajo”. Aunque es difícil ubicar en el abajo a los productores sojeros, a pesar del agobio impositivo y la tremenda sequía.

El hermano de Rossi, Alejandro, también legislador nacional, no se quedó atrás. Amenazó con llevar un camión con sesenta tipos listos para dar una batalla. Todo un estadista.

La praxis del escrache sólo tuvo sentido cuando los chicos de HIJOS la aplicaban a los represores que habían burlado a la Justicia. Sin embargo, después de la crisis de 2001 se extendió a los políticos y tuvo su revival a partir de 2003. Grupos de piqueteros, en el momento más duro del conflicto con el campo, la emprendieron a patadas contra Luciano Miguens, entonces presidente de la Sociedad Rural. Militantes estudiantiles agredieron a Felipe Solá cuando quiso dar una de charla en una universidad. Atildados miembros de la Sociedad Rural de Rosario acosaron la casa donde Rossi estaba con sus pequeños hijos. También la pasaron mal los gobernadores de Chaco, Jorge Capitanich, y de Buenos Aires, Daniel Scioli. Luego la ligaron varios diputados del PJ que votaron a favor de las retenciones y, del otro lado, algunos intendentes que acompañaron la protesta agraria.

Ya lo escribí en Crítica de la Argentina (ver edición del 10-07-08), sorprende ver cómo desde los medios de comunicación se analizan los escraches de manera diferente según quiénes lo sufren. Pasa igual que con los piquetes: hay escraches buenos y escraches malos. Escraches injustos y escraches necesarios. Lo mismo hacen en el Gobierno y en la oposición.

Faltan apenas treinta y seis semanas para que los productores de Laguna Paiva puedan decirle a Agustín Rossi que los defraudó. Con su voto podrán decidir quiénes se sentarán en el Congreso de la Nación representando al pueblo de la provincia de Santa Fe. El del 25 de octubre será un test electoral clave. Fue en el interior del país donde el gobierno nacional obtuvo el mayor caudal de votos en las elecciones de 2007. Fue gracias a los votos del interior profundo y de la provincia de Buenos Aires que Cristina ganó con la mayor diferencia sobre el segundo desde el retorno de la democracia.

El peronismo, como ocurrió a partir de los noventa, se las ingeniará para mostrar otro rostro. Carlos Reutemann ya anunció que el Frente para la Victoria es mala palabra en su provincia y que la opción es el viejo PJ. Defensor de los intereses del campo, el Lole, crítico de Kirchner pero aliado de Kirchner, se presenta como la opción al kirchnerismo. Algo parecido hará Juan Schiaretti en Córdoba. Todo es tan claro como el agua enlodada.

Mientras tanto, como estrategia electoral, en el Gobierno siguen aferrados a un catecismo que sólo tenía sentido hace casi cuarenta años cuando en Madrid el fundador del peronismo se planteaba como arrebatarle el poder a la dictadura de turno. Al amigo todo: subsidios, obra pública, cargos, publicidad. Al enemigo ni justicia.

Al enemigo ni justicia