Lobo suelto/ Cordero atado

Lobo suelto. Así se llama una de las organizaciones estudiantiles que participó de la toma de escuelas en la ciudad de Buenos Aires (www.lobo-suelto.com.ar). Estos jóvenes se consideran de “izquierda independiente” y se reinvindican latinoamericanistas. Proponen mejorar el estado edilicio de sus colegios pero también la emprenden contra el gobierno porteño (“que se vaya Macri”, dicen). También hablan de la disolución de la Policía Metropolitana. Los “lobitos” parecen dar la razón a los funcionarios del PRO. En el amplio colectivo de estudiantes secundarios hay de todo, desde el Partido Obrero hasta kichneristas. Muchos están haciendo sus primeras armas en la acción política. La pregunta es cantada: ¿y qué? En términos de administración pública, la acusación de excesiva politización de la protesta (“hay chavistas y miembros de la Cámpora”) en nada cambia los hechos. Los problemas estructurales y la subejecución presupuestaria existen, la falta de un plan de obras o su invisibilidad también. A no equivocarse, otra vez, se trata de un problema de gestión.

En lugar de abrir un canal de diálogo apenas asomó la protesta los funcionarios lo cerraron a fuerza de acusaciones. Como dirían en el barrio, tienen menos cintura que un pollo. Pidieron listas de estudiantes y amenazaron con sanciones. La justicia rechazó la idea en duros términos: “(ordenar) asentar en un acta los nombres de los estudiantes que lleven a cabo un acto de toma u ocupación del establecimiento donde cursan sus estudios, tiende a conformar una verdadera ´lista negra´, con el agregado singular de la eventual intervención policial”, señaló la jueza Elena Liberatori. Curioso: en el PRO no se cansan de cuestionar la falta de diálogo y los modos confrontativos del gobierno nacional pero en la ciudad utilizan los mismos métodos que critican.

El ministro de Educación Esteban Bullrich y el Jefe de Gabinete Horacio Rodríguez Larreta descartaron todo afán persecutorio y aseguraron que el único sentido que tenía la medida era “cuidar a los chicos” ante denuncias de consumo de alcohol y presencias extrañas en los colegios tomados. Aun si la denuncia de los funcionarios fuese cierta, el camino elegido fue el equivocado.

Pedir la renuncia del Jefe de Gobierno porteño en el mismo plano en que se exigen más estufas o mejoras edilicias es un disparate. Casi del mismo tenor que pedir listas de estudiantes rebeldes ante un reclamo razonable. “Debemos ocuparnos más de la Escuela Pública”, confesó el Ministro de Educación porteño ante los legisladores al momento de presentar un plan de obras el martes pasado. A confesión de parte, relevo de prueba. La Fundación Estado, Trabajo y Producción (FETYP) señaló que al 30 de junio sólo se ejecutó el 7,4 por ciento del presupuesto destinado a Infraestructura y Equipamiento y “en construcción del área Educación se ejecutaron únicamente 15 millones de pesos sobre un presupuesto de 337,8 millones (el 4,5 por ciento)”. Cabe señalar que lo que no se ejecuta al final de un ejercicio, en general, termina en alguna otra área de la administración y sirve de parámetro para una distribución menor en el ejercicio siguiente.

Rodríguez Larreta rechazó estas cifras y estimó la ejecución por arriba del 50 por ciento. Bullrich, por su parte, aseguró que el macrismo destinó “un cincuenta por ciento más” de recursos para infraestructura “que lo invertido por la gestión anterior”. Con los fondos que se obtuvieron por la venta de terrenos en el barrio de Catalinas, explicó el Ministro, se realizarán quince obras nuevas. Además se redoblarán esfuerzos para “ampliaciones, ascensores, gas y calefacción” en los más de 1200 edificios escolares de la Capital. Si bien la metodología de impedir las clases es cuestionable (muchos padres y alumnos la rechazan), los anuncios oficiales son un triunfo innegable de los estudiantes que se movilizaron. El objetivo de la protesta está cumplido. ¿Lo entenderán así los dirigentes secundarios? ¿Se bancarán cumplir con los 180 días de clase? No estudiar es un gesto propio de reaccionarios. La capacitación es indispensable si se pretende militar a favor de un cambio político y social.

La Educación Pública no ha sido, hasta ahora, prioridad en la estructura de gastos del gobierno de Mauricio Macri. En esta visión mezquina, nada tiene que ver el desquiciado mapa sindical de los docentes porteños (existen 18 gremios) ni la politización de los centros de estudiantes ni la herencia de desinversión. Basta recordar que en el principal sillón del Ministerio de Educación se sentaron desde el progresista Mariano Narodowsky hasta el conservador Abel Posse. Bullrich parece dispuesto a cambiar de actitud.

Lobo suelto/ Cordero atado es el único CD doble de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. En el prólogo del primer CD se señala, casi como una premonición: “En el principio fue la compasión y el principio es la mitad de todo. A partir de entonces ciertas mentiras dieron vergüenza”. Desterrar las mentiras, evitar la vergüenza, están entre las altas misiones de la política.

Esta nota fue publicada en el Diario Z  del 2 de setiembre.

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Lobo suelto/ Cordero atado

Los monstruos

“Producción contra el orden regular de la naturaleza”. Ésa es la primera definición de la palabra “monstruo”, según el diccionario de la Real Academia Española. El término viene del latín (mostrum) y el diccionario remite de inmediato a un “ser fantástico que causa espanto”. Después vienen otras definiciones que remiten a los seres humanos: “persona o cosa muy fea” y “persona muy cruel y perversa”. En los últimos días “monstruo” fue la palabra elegida para calificar al pibe de 14 años que mató a Daniel Capristo. Asignarle características monstruosas a los pibes que roban y matan es una manera de desentenderse del problema, obviar las causas que originan el espanto. Por otro lado, es el mejor atajo para exigir castigos más duros. La lógica es implacable: ¿Qué se puede hacer con un monstruo? Sólo hay que animarse a entrar al laberinto y matarlo.

Esta semana tuve la oportunidad de hablar con media docena de chicos detenidos en un instituto de la provincia de Buenos Aires. La mayoría carga, por lo menos, con un homicidio. Algunos de los que lean esta nota dirán: no son chicos, son monstruos. Y ahora que todos discuten qué hacer con ellos –en el peor momento: en medio de una campaña electoral y después de un crimen brutal– es una buena ocasión para contar cómo son esos monstruos.

Todos provienen de familias quebradas. Padres separados, ausentes del hogar, muertos o detenidos. Dos de ellos ni siquiera llegaron a conocer a sus progenitores. En algunos casos tienen tíos, hermanos o primos que son adictos y están volcados al delito. Todos dejaron la escuela de muy chicos. Empezaron a vivir en la calle, se sumaron a grupos o banditas. Al principio, algún familiar intentó rescatarlos, hasta los forzaron a volver, pero ellos “no le daban cabida”. A lo sumo, regresaban por unos días y nada más.

No habían terminado el colegio primario y ya tenían una pistola en las manos. En eso también coinciden: es muy sencillo hacerse de un arma en la villa. Y con un arma “no le tenés miedo a nada”. Como hace años que están detenidos no conocieron el boom del paco, pero consumieron pastillas, porros y cocaína. Otras formas de la evasión y la locura.

Unos dicen que robaban para vivir o para ayudar a sus familias. Otros para tener plata o porque les gustaba. En principio no querían matar, se ponen serios cuando hablan “del hecho” que los llevó a prisión, pero la mayoría asegura que no dudó en disparar cuando se sintió en peligro. “Si el señor de Lanús lo mataba al pibe, nadie se iba a preocupar”, se quejó uno de ellos. El más monstruo de todos, me dirán. También dispararon sin mirar y recibieron balazos. A uno le falta un pulmón y otro tiene dos tiros en las piernas.

Tienen muchos tatuajes. La mayoría tiene escrita en la piel la palabra “Mamá”. En los brazos, la espalda, el pecho y hasta en las piernas. Uno, incluso, lleva el “Madre” y “Papi” en la espalda. Es como si “la vieja”, a la que no escucharon cuando salían a robar, fuese la única referencia real de un mundo que pudo haber sido distinto. Entre los otros diseños que portan en el cuerpo, el más popular es San La Muerte quien, según cuentan, desvía las balas de manera milagrosa. Odian a la policía. En general no se arrepienten de sus historias de sangre. Sólo uno dijo “me arrepiento hasta de los tatuajes”. Sí, lamentan haber dejado la escuela. Entienden perfectamente que allí había una puerta abierta que ellos mismos cerraron de un portazo.

Los monstruos creen que en sus barrios de infancia, donde la pobreza manda, es difícil sacarle el cuerpo a la violencia y a la desgracia. Dicen que si pudiesen salir del instituto deberían mudarse. En el mismo escenario repetirían las escenas que los llevaron al encierro. Saben que encontrar un trabajo les será muy difícil, pero aseguran que tienen que poder.

La mayoría está de novio o en pareja. Son unos pendejos pero ya tienen hijos. No quieren “desaparecer” de sus vidas como hicieron sus padres con ellos. Es del único sitio que no quieren huir. Esperan que sus hijos nunca los imiten. “Que sean legales, que vayan a la escuela, que estén con la mamá”. Eso dicen.

Saben lo que discute la sociedad. Saben de la bronca que hay por las muertes innecesarias que provocan otros chicos como ellos. Pero están en contra de que se baje la edad de imputabilidad y tampoco acuerdan con el régimen penal para menores. “No hay que encerrar a un pibe de 14 años porque saldrá peor. Además, esto se va a llenar de pibitos”, afirman.

Contra lo que pensaba antes de ir a verlos, hablan sin parar. Pero, ¿a quién le importa lo que piensa un monstruo?

Los monstruos

La democracia no sirve para nada

¿A quién se le ocurrió pedirles opinión a los pibes? Y justo en el cumpleaños número 25. Parece una broma de mal gusto.

¿No fue suficiente negarle la fiesta popular que se merecía? Después de algunas dudas, en el gobierno nacional se decidió no auspiciar un festejo callejero para recordar el fin de la dictadura. Una pena porque ese acto podría haber reunido a miles de argentinos sin distinción de banderías políticas. No contentos con eso, justo en su cumpleaños, tuvieron que preguntarles a los pibes qué opinaban de la democracia. Si en este país a nadie le importa lo que opinan los pibes.

El Ministerio de Educación informó que, según una encuesta realizada en las cinco provincias con más matrícula escolar de la Argentina, la mayoría de los chicos de entre 11 y 15 no la quieren. O no saben bien si la quieren. O la quieren pero sólo a veces. Eso dijeron. Justo en su cumpleaños.

Muchos de los hijos de aquellos que lucharon para que naciera en el 83; muchos de los hijos de los que celebraron el Nunca Más; muchos de los hijos de los que se movilizaron para defenderla tantas veces, expresaron rechazo o indiferencia. Incluso algunos no tuvieron piedad: “No sirve”, dijeron. “No sirve para nada”, dijeron.

La encuesta “La cultura democrática en los adolescentes” fue realizada en escuelas públicas, entre chicos nacidos después de 1993. La generación que vino al mundo cuando ya había transcurrido una década de gobiernos elegidos. Sólo tres de cada diez aseguró que la democracia es “la mejor forma de gobierno para nuestro país y el mundo” (el 35 por ciento). En cambio, el 30 por ciento dijo: “A veces sí, a veces no”. El 10 respondió directamente que no era la mejor forma de gobierno y un 25 por ciento de argentinitos dijo que no sabía.

Parte del malestar de los pibes tiene tantas razones como fundamentos. Según la Universidad de Buenos Aires, en el país que produce alimentos para 300 millones de personas, mueren ocho niños por día a causa del hambre. Y, según la CTA, tres millones de menores viven en hogares que no cubren sus necesidades básicas. Ellos que no vivieron la dictadura, crecieron en el revés de la utopía enunciada por Raúl Alfonsín: en democracia no todos comen, no todos se educan y no todos se curan. Y es esa misma democracia, que primero los excluye y margina, la que como única respuesta para la inseguridad quiere bajar la edad de imputabilidad.

¿A quién responsabilizar del poco entusiasmo que despierta el sistema que clausuró más de medio siglo de poder cívico-militar, planes antipopulares y represión criminal? No hace falta mirar muy lejos. El descrédito que luce el sistema entre los adolescentes es responsabilidad directa de los adultos.

Algunos por sus acciones. Y en este caso, la lista puede ser interminable: los políticos que utilizaron sus cargos para beneficio propio; los que robaron fondos públicos; los que se enriquecieron a costa del Estado; los que garantizaron impunidad; los que lograron impunidad; los que prometieron cosas que nunca pensaron cumplir; los que mintieron; los que dijeron una cosa e hicieron otra; los que debilitaron a las instituciones; los jueces venales; los poderosos que se abusan; los que no los controlan y podrían hacerlo. Y hay más.

Pero en la construcción del desprecio al sistema, hay que sumar también a los que cuentan la historia reciente como si sólo hubiese villanos. Los que lograron convertir, a fuerza de generalizar, a la política en sinónimo de depredación y al sindicalismo en paradigma de la violencia. Los que dicen que todo está mal y que estará peor. Los que aseguran que votar no cambia nada y que la peor manera de perder el tiempo es participar.

Viéndolo de este modo, hay que reconocer que la libertad parece una conquista modesta. Es como el aire. Sólo tiene relevancia cuando empieza a faltar. Es como el aire, indispensable para vivir pero insuficiente si no hay salud, comida y educación.

Tal vez los pibes tengan razón. Hay que leer con atención esta señal. Durante años nos preocupamos por saber qué democracia les dejábamos a nuestros hijos. Bien, es ésta. La que ellos, con razón, cuestionan y ponen en duda. El desafío ahora es otro: qué hijos le dejamos a la democracia.

Ya que sólo ellos podrán otorgarle el contenido de justicia que le falta. Sólo ellos podrán enmendar los errores, aportar honestidad y vocación de cambio. Como sociedad no podemos permitir que los hijos de sus hijos lleguen a decirles que no sirve para nada.

La democracia no sirve para nada