El Estado es caca

Por los errores cometidos durante el conflicto con las entidades del campo, por su intransigencia ciega y sus brotes de autoritarismo, el gobierno del matrimonio Kirchner le ha regalado a la derecha liberal una victoria impensada. Ideas y personajes que después del desastre que provocaron en la década del noventa no podrían ni asomar la nariz en la vida pública vuelvan a exhibir sus argumentos.

Desde la política y desde algunos medios de comunicación advierten que el Estado es demoníaco, dicen que todo lo que toca lo destruye. Se apoyan en un concepto que en los últimos meses tiene carnadura: “Darle más poder al Estado es darle más poder a Kirchner”. Con esa idea predican contra la mayor participación estatal en la economía. Así, la recuperación de empresas públicas, la estatización de las AFJP o la posible creación de un ente para regular las exportaciones de cereales son presentadas como amenazas a la República.

Sólo un puñado de dirigentes no muerde el anzuelo. A riesgo de cometer omisiones e injusticias, valgan como ejemplos el apoyo que Pino Solanas y Víctor De Gennaro le dieron a la recuperación de empresas de servicios; Hermes Binner y los diputados socialistas a la estatización de las AFJP o las posición pública de Claudio Lozano a favor de la creación de un ente mixto para regular las exportaciones de granos. El economista de la Central de Trabajadores Argentinos señaló: “La posibilidad de generar una empresa testigo que pueda comprar producción para evitar ganancias espectaculares de las cerealeras o para garantizar un stock mínimo de abastecimiento del mercado interno es una necesidad. Es una barbaridad que en todo el tiempo de la administración Kirchner no se haya tomado este punto como algo central, dado que el control estatal sobre el comercio es mucho más efectivo que las retenciones”. El diputado Eduardo Macaluse había presentado un proyecto en ese mismo sentido.

Ni Solanas, ni De Gennaro, ni Binner, ni Lozano, ni Macaluse dejaron de ser opositores y críticos de la gestión del gobierno nacional. Defender la recuperación de instrumentos de gestión pública que fueron arrasados en los noventa no implica convalidar la utilización que el Gobierno hace de los mismos.

Está claro que, salvo un ingenuo, nadie puede quedarse tranquilo si el todopoderoso secretario de Comercio, Guillermo Moreno, o el multidenunciado Ricardo Jaime –por nombrar a dos de los funcionarios más cuestionados de esta gestión– se hacen cargo de más funciones institucionales o controlan nuevos resortes de la economía. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Dentro de unos años, salvo porque tengan que rendir cuentas ante la Justicia, nadie recordará a estos funcionarios.

Y aquí está la clave. En el debate político es fundamental tener en cuenta que los Kirchner pasarán. Pasarán aunque ellos ni siquiera puedan pensar en esa posibilidad. Como pasan todos los inquilinos del poder. Es más, ésa debería ser una idea tranquilizadora para cualquier gobernante. Pasarán. “Los hombres pasan o fracasan”, dijo Raúl Alfonsín durante el homenaje que le hizo Cristina Kirchner en la Casa Rosada el año pasado. “Sigan ideas, no sigan a hombres; ése fue, es, y siempre será mi mensaje a los jóvenes. Los hombres pasan o fracasan, las ideas se transforman en antorchas que mantienen viva la llama democrática.” El ex presidente no dijo triunfan o fracasan, dijo pasan o fracasan. Él lo sabe de manera directa. Sólo si pasan, quizá con el tiempo, pueden tener el premio de algún lugar en la memoria popular.

El Estado en la Argentina está muy lejos de ser la herramienta que distribuye justicia y equidad entre la población. Sigue repartiendo subsidios a empresarios privados y mantiene un sistema de recaudación injusto. Además no es eficaz y tiene bolsones de corrupción. Basta con analizar lo que ocurre con la Obra Pública, la administración de Justicia, la Seguridad o la Educación. Por nombrar áreas donde la presencia estatal es insustituible. Eso es lo que hay que cambiar. Con imaginación, con funcionarios honestos y capacitados. Con políticas de Estado que surjan del consenso y que puedan mantenerse en el tiempo.

Los pueblos sin trenes, los niños sin escuelas, los puertos sin astilleros, el país sin industrias de capital nacional, sin empresa petrolera ni desarrollo en energía nuclear deberían señalar el rumbo de la discusión.

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