Diego

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No lo puedo creer. De pronto todos le pegan a Diego Maradona. Los mismos que lo alabaron tantas veces, los mismos chupamedias que le hacían entrevistas laudatorias, los que le celebraban hasta sus contradicciones y gansadas, los que lo elevaron a la categoría de Dios, ahora lo destrozan. Triste destino el de los ídolos argentinos que deciden seguir vivos. A diferencia de Gardel, Evita o el Che, Diego no supo retirarse a tiempo. Si su indómito corazón hubiese estallado en el momento debido, en este momento los mismos que lo critican estarían invocando su nombre en vano. Por eso ahora que todos lo critican siento la necesidad espiritual de bancarlo.

Primero una aclaración: no tengo ninguna relación personal con Maradona. Sólo el agradecimiento que le profesamos todos los argentinos, como hinchas de fútbol, al tipo que nos hizo felices tantas veces. Nada más y nada menos. En general no me gusta escucharlo. Es soberbio, prepotente y místico. Osado e irresponsable. Comparado con Marcelo Bielsa, el técnico de moda, Diego es la síntesis del pensamiento mágico. La intuición y la picardía frente a la táctica y la racionalidad del técnico de Chile. Pero ahora más que nunca me quedo con Diego. A todo esto: ¿alguien puede imaginar a Maradona dirigiendo al seleccionado de un país extranjero?

En lo profesional nunca lo entrevisté. Apenas escribí sobre él cuando intentó volver al fútbol. Si bien Diego no lo aceptaba ya era un ex jugador. Ése es uno de sus problemas más severos: ninguno de sus queridos lo advierte a tiempo sobre la cercanía del abismo. En lo personal, como hincha de Rosario Central, viví aquella tarde como una pesadilla: el rey en su intento por regresar se ponía la camiseta de Ñuls. Le debo a Jorge Lanata la ingrata misión de cubrir ese regreso para Página/ 12. Otra paradoja de estos tiempos: hasta la llamada “iglesia maradoniana”, el colectivo creado para celebrar su grandeza deportiva, se permitió cuestionarlo.

Para seguir con los términos religiosos, Diego está en el altar de la consideración popular pero no puede evitar las puteadas. Sin la necesidad de probarse las alitas está ubicado en la constelación de los mitos nacionales pero, en la primera de cambio, lo bajamos al barro. Sin embargo alcanza con cerrar los ojos para que algún momento de su historia deportiva nos abra una sonrisa. Ahora ese gesto puede devenir en mueca. Con todo, nos cuesta aceptar que Maradona nos representa en sus momentos de gloria con la misma fidelidad con la que nos refleja en cada una de sus miserias.

Diego hizo casi todo lo que quiso. Estuvo en la cima y cayó al fondo del pozo; tiene fama y colecciona desprecios; tiene hijas e hijos, reconocidos y no; cuenta con la amistad de los famosos y los favores del poder; es protagonista de libros y canciones, de películas y anécdotas irreproducibles; pasó de Menem a Fidel; tuvo amigos que se esfumaron, mujeres y placer en todos sus formatos. Desbarrancó, estuvo casi muerto, renació de sus cenizas. Finalmente, como si se tratase de un mandato divino, llegó a la selección nacional. La decisión fue de Don Julio. Il capo di tutti capi volvió a realizar una apuesta al todo o nada. Esas apuestas donde él nunca arriesga. Don Julio también nos representa cabalmente. Por su decisión, Diego volvió como si fuese un talismán contra todas nuestras desventuras.

Hasta ahora, como si nos hubiesen lanzado una macumba, todo lo que tenía que salir mal, salió mal. Goleada ante Bolivia, derrota humillante con Brasil, derrape en Paraguay y riesgo de quedar afuera del Mundial. Dicen que no sabe nada, que no tiene experiencia, que no controla al grupo, que no sabe de estrategia, que confunde a los jugadores con sus cambios, que no les da confianza, que ni siquiera logra motivarlos. Eso dicen los periodistas que le regalaban un plasma o una computadora para que se dejara entrevistar. Con esos argumentos lo castigan los medios que hicieron infinitos negocios a su costa.

No sé bien por qué, pero no me gusta la eficacia de esa trituradora. Los jugadores, estrellas en Europa, parecen trebejos sin ninguna responsabilidad en la debacle del equipo. Un grupo de fantasmas vestidos con la celeste y blanca pero nadie les imputa nada. Carlos Salvador Bilardo la mira de costado, es un general contrariado por los caprichos de un emperador al que defiende en público pero desprecia en privado. Y Grondona ofrece las poses de un familiar consternado y sorprendido por el destino.

No me gusta lo que pasa con Diego. Abomino de esos tipos que palmean la espalda antes de clavar sus puñales. Tal vez por eso a la hora de elegir, prefiero creer que el Gordo volverá frotar la lámpara.

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Diego

Santa Maradona

Fin de encuesta. Una cosa es con pelota dominada y otra en el banco. La encuesta revela que dos de cada tres personas que dieron su opinión prefieren a otro DT al frente de la selección nacional. Pero esto es como en el fútbol, el árbitro ya cobró y no tiene sentido protestar.

El árbitro, dueño, don, pontífice, es Julio Grondona, claro. Sólo resta que Diego pueda generar desde afuera de la cancha todo lo bueno que nos dio desde adentro.

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