Un presidente como Vargas Llosa

“Vargas Llosa nos explicaba que en Perú se vive una situación de vacío por la incapacidad de la dirigencia opositora de unir fuerzas”, contó Patricia Bulrich al diario La Nación. La diputada de la Coalición Cívica formó parte del selecto grupo de dirigentes políticos argentinos  que, el lunes pasado, compartieron canapés y champagne con el Premio Nobel de Literatura peruano. Convocados por la Fundación Libertad, un colectivo de la derecha vernácula con sede en Rosario, por el piso 24 del Hotel Sheraton desfilaron Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta; Eduardo Duhalde y su esposa Chiche y el millonario Francisco De Narváez, entre otros. El extraordinario escritor –según Bulrich– le ofreció a los opositores argentinos el espejo del Perú: allí se concretará un ballotage entre Ollanta Humala y Keiko Fujimori, una instancia que definió públicamente como la obligación de “elegir entre el cáncer y el sida”. Los políticos intercambiaron miradas cómplices. Un día antes, había naufragado la interna del Peronismo Federal en medio de acusaciones de trampas y chicanas varias. El autor de El sueño del Celta , que llegó a Buenos Aires para participar de la inauguración de la Feria del Libro, no se privó de señalarles el camino: deben ir todos juntos, desde Elisa Carrió a Macri; desde Solanas a De Narváez; de Hermes Binner a Duhalde. Parece ficción.

“Ay patria hermosa/ dame un presidente como Vargas Llosa”. Esta podría ser una buena consigna, una suerte de remedo de aquella que lanzaron militantes progres y peronistas cuando en el Perú asumió la presidencia Alan García en 1985 y repudió la deuda externa y prometió algo así como revolución productiva y salariazo. En aquel entonces para que rimara con García la frase tenía que comenzar con “Ay patria mía…”. Bromas aparte, los consejos de Mario Vargas Llosa funcionaron como un toque de atención en el momento de mayor desconcierto para la oposición. El domingo pasado Alberto Rodríguez Saá y Eduado Duhalde le extendieron el certificado de defunción al proceso de elecciones internas escalonadas que pensaban desarrollar por todo el país. De aparecer ante las cámaras a los abrazos y sonrientes, pasaron a intercambiar denuncias de fraude. Para el gobernador puntano, Duhalde quiso utilizar el aparato sindical de Gerónimo Momo Venegas y Luis Barrionuevo para ganarle la elección en el NOA “cuando las encuestas le daban mal”. Para Duhalde, los hermanos Rodríguez Saá son unos tramposos y falaces, porque quisieron vulnerar el acuerdo de habilitar varias mesas de votación en el interior provincial. Lo que empezó como una primaria del Partido Republicano  terminó de la peor manera y con todo el color local que este sector del PJ puede aportar. Es difícil imaginar a cualquiera de los contendientes como una víctima inocente de las maniobras del otro. Ahora comparten la derrota y la frustración.

El fin del experimento, llevó a Duhalde a llamar nuevamente a un “gran acuerdo opositor”.  En esto el ex presidente está en sintonía total con el gran escritor peruano. La cuestión es cómo armar un muñeco político que no se convierta en Frankenstein. Días atrás, el vicepresidente de la Nación Julio Cleto Cobos se bajó de su candidatura presidencial criticando a sus rivales internos en la UCR por no apostar a una alianza “sin prejuicios”.  En sus múltiples cambios, esta semana prometió encolumnarse detrás del candidato radical. Por ahora, claro.

En el PRO, Macri se siente cortejado por todos pero no termina de decidirse. Duhalde y De Narváez no tienen otra opción que golpear a su puerta. Pero ¿tiene sentido pensar en alianzas nacionales cuando todavía no definió la interna por su sucesión?  El intríngulis que abruma al ex presidente de Boca no es fácil de resolver. Las opiniones en su entorno siguen divididas entre los que dicen que la apuesta nacional, aun en un escenario de derrota le puede convertir  en el principal opositor y aquellos que temen una derrota en la ciudad si el ingeniero “descuida su quintita”.  Macri quiere cerrar un acuerdo amplio detrás de su candidatura y lograr que los sectores empresarios que lo alientan a competir con CFK, traduzcan sus palabras en apoyo económico. Mientras tanto en la ciudad, abrió una tercera posibilidad: una fórmula compartida entre Gabriela Michetti y Rodríguez Larreta, “no es descabellado”, dijo. La ex vicejefa de gobierno rechaza de plano esta alquimia. Hace meses que libra con el Jefe de Gabinete porteño una disputa feroz. De ninguna manera contemplará esa posibilidad.  Macri pidió una última encuesta antes de decidir sobre la composición de la fórmula porteña. Eso si es que termina por acatar el consejo de su asesor Jaime Durán Barba. El ecuatoriano no duda: Macri debe pelear por retener la Ciudad y postergar para el 2015 su aspiración presidencial.

El resto de los referentes políticos también tienen que resolver el futuro inmediato. Ricardo Alfonsín debe establecer su marco de alianzas. No quiere sufrir el síndrome de la manta corta. Si suma por derecha, como le propone  Cobos, se le pueden fugar aliados y votos por izquerda. Si cierra acuerdos con fuerzas progresistas, estas no aceptarán compartir boleta con el peronismo u otras fuerzas de derecha. Por ahora, esperará por Hermes Binner a quien quiere como compañero de fórmula.

Pino Solanas se debate todavía entre la candidatura presidencial y la disputa porteña. Si juega en la elección local deja sin candidato a Presidente a su socio Luis Juez y a las otras fuerzas que integran Proyecto Sur. Al cineasta le vendría muy bien que el gobernador de Santa Fe se definiera por encabezar “una opción progresista” ya que esa variante permitiría un armado territorial más simple: Pino en la Capital, Juez en Córdoba y Margarita Stolbizer en Buenos Aires. Más la CTA de Víctor De Genaro y otras fuerzas en las listas legislativas. Pero el líder socialista no puede decidir su estrategia hasta después de la interna en su provincia. Se juega allí una parada difícil. El candidato que propuso como sucesor: el ministro Antonio Bonfatti enfrentará el 22 de mayo al senador Rubén Giustiniani, de mayor visibilidad en el electorado y años de presencia en los medios. Si pierde esa elección, cree que su proyección nacional se recorta.

El oficialismo todavía no movió sus fichas. El reloj también corre para la Presidenta de la Nación, pero más lentamente. En política el tiempo se distribuye en proporción inversa  a la necesidad. Cristina Kichner debe digitar el candidato oficialista en la Capital y definir su postulación tironeada entre la responsabilidad política y su familia. Por lo pronto, se anotó un modesto triunfo: obtuvo el reconocimiento de Vargas Llosa. El Premio Nobel pudo hablar con libertad, en todos los medios periodísticos que tuvo a disposición, de la falta de libertad que existe en Argentina para poder hablar con libertad.

Nota publicada en el Diario Z edición 21.04.2011 /Ilustración: Juan José Olivieri, se reproduce por gentileza Diario Z.

 

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Un presidente como Vargas Llosa

Más cristinistas que Cristina

En pocas horas la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kichner, tuvo que salir al cruce de una supuesta operación destinada a habilitar su reelección indefinida; desactivó la movida de un grupo de intelectuales que cuestionaron la presencia de Mario Vargas Llosa en la apertura de la 37ª Feria del Libro y le bajó el tono públicamente a la pelea que sostienen los kichneristas más duros con el gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli, por la inseguridad. A esta altura del año electoral en la Casa Rosada estiman que los alcahuetes le hacen más daño al gobierno que los representantes de la oposición.

La supuesta movida re-reeleccionista fue una operación de prensa. La diputada Diana Conti mordió el anzuelo y declaró en Radio Dos de Rosario: “Los sectores ultra K a los que pertenezco avizoramos el deseo de una reforma constitucional porque quisiéramos una Cristina eterna”. Esta frase habilitó a los medios enfrentados al gobierno a habilitar una calesita de consultas a opositores que fustigaron la idea “en defensa de la República y las instituciones”. Más allá de la torpeza de Conti, la noticia es de cumplimiento imposible y así lo explicó la propia CFK ante la Asamblea Legislativa. “Ni siquiera logré que me aprobaran el presupuesto”, dijo.

Si finalmente la presidenta fuera candidata y ganara las elecciones con amplio margen nunca lograría las mayorías necesarias para reformar la Constitución Nacional. Esto lo saben opositores y periodistas. Sin embargo la noticia imposible creció igual y tuvo inusitada amplificación. Este es otro rasgo novedoso del periodismo argentino: no importa si algo es cierto, importa lo que puedo hacer con ello.

Las reelecciones indefinidas son una rémora autocrática. Todavía se sostienen en Formosa, Catamarca y Santa Cruz. En esta última provincia fueron los Kichner los que la propiciaron. Alguna vez Carlos Menem soñó con ese atajo. Desmontarlas es un imperativo democrático.

El costo para el gobierno es claro. Se habló más de esta piruetea que de la batería de leyes que propondrá el ejecutivo para este año: Lavado, Antievasión, Adopción, Extranjerización de la tierra y Nuevo estatuto para el peón rural, entre otras iniciativas.

La polémica desatada por la presencia de Mario Vargas Llosa en el acto inaugural de la Feria del Libro también obligó a la presidenta a intervenir. El flamante Premio Nobel de Literatura es, además de un escritor extraordinario, un operador político de la derecha más reaccionaria. Pasó de sostener ideas progresistas en su juventud a ser lobista de la Fundación Libertad y otras organizaciones que propician el neoliberalismo más ortodoxo. Le cabe perfectamente la definición que le destinó el escritor nicaragüense Sergio Ramírez: “Vargas Llosa es un hombre con una estrella en la frente y la noche en la conciencia”.

Vargas Llosa dijo las peores cosas del peronismo en general y de los Kichner en particular. Habló de “galimatías” y “aquelarre” para definir a la Argentina. También señaló “la responsabilidad de los argentinos en la tragedia que viven; no tan injustamente les pasa lo que les pasa”. Con una represión inédita en la historia reciente del continente y un saldo de treinta mil desaparecidos, la frase es altamente ofensiva. Esto motivó al director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, al filósofo Ricardo Foster y a un grupo de intelectuales y escritores progres a enviar una carta a la Fundación El Libro cuestionando la presencia del peruano.

Fue la presidencia la que puso racionalidad: “El Estado debe intervenir sólo como garante específico del uso libre de la palabra”, le dijo a González y lo instó a retirar la carta. En el gobierno saben que Vargas Llosa no dirá nada nuevo. Es un provocador. Hablará del peronismo como una degradación de la política y no escatimará brulotes sobre la presidenta. En definitiva, expondrá su ideología con vehemencia. Tiene derecho a hacerlo. Impedir su participación o complicarla, sería como darle la razón a sus prejuicios.

En la Asamblea Legislativa, la presidenta reinvindicó sus ideas de cómo hay que combatir la inseguridad. Ponderó a la Ministra Nilda Garré (también tuvo gestos hacia Aníbal Fernández y Daniel Filmus en su discurso) y anunció que cinco mil policías federales se sumarán a las tareas preventivas. Son los agentes que antes se dedicaban a hacer documentos de identidad. Además cuestionó el uso electoral de la inseguridad y pidió terminar con la falsa antinomia entre mano dura y garantismo. “Seguridad ciudadana y derechos humanos son complementarios”, dijo. Los destinatarios de esa frase no sólo están en la oposición y en los medios, muchos transitan los pasillos del poder. Desde hace semanas algunos “gurkas”, en nombre de un supuesto credo oficialista, castigan a Daniel Scioli con ese tema. Algo está claro, más allá de las diferencias que la presidenta tiene con el gobernador, lo reconoce como su principal socio electoral.

Días antes, la primera mandataria tuvo que enmendar distintos desaguisados que se originaron con el exceso de publicidad oficial en el Fútbol para Todos (cuatro minutos de spot homenaje a Néstor Kichener) y los absurdos panegíricos emitidos por la agencia oficial de noticias. Las buenas perspectivas electorales que le brindan las encuestas, hacen que Cristina Fernández no sólo tenga que estar alerta ante las movidas opositoras. Como ella misma señaló, también debe cuidarse “del compañero que siempre me quiso mucho o de algunos que ahora me quieren más que antes”.

Nota publicada en Diario Z en la edición del 03.03.2011

 

Más cristinistas que Cristina

Para qué sirve la política

“La actividad humana que tiende a dirigir la acción del Estado en beneficio de la sociedad”. Esta es una de las frases más utilizadas para definir “política”. Después de tanta sangre y tantas chicanas al fin llegó el turno de la acción política. El Jefe de Gabinete del gobierno nacional, Aníbal Fernández, y el Jefe de Gabinete del gobierno porteño, los principales gladiadores de una contienda estéril, anunciaron un plan de viviendas en forma conjunta que destrabó el conflicto en el Parque Indoamericano (hay que llamarlo terreno abandonado para ser justos con su estado). Ambos funcionarios aclararon que quedarán excluidos todos aquellos que usurpen tierras. Además advirtieron que quienes ocupen predios de manera ilegal serían castigados con la supresión de otros beneficios sociales o subsidios.

Toda una señal: la conferencia de prensa que compartieron Fernández y Rodríguez Larreta fue la contracara de las convocatorias a los periodistas para cruzarse acusaciones y tratar de descargar responsabilidad en el otro durante la última semana. Antes el gobierno nacional le dio intervención a Gendarmería y Prefectura y organizó un censo de los ocupantes. Unas trece mil personas, la mayoría de la Capital, habitaban el predio. Algo así como una ciudad pequeña.

Los lamentables sucesos que rodearon la toma del Parque permiten sacar algunas conclusiones:

* La presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kichner, y el Jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri comprendieron que la espiral de agresiones y la inacción no sólo los perjudicaba ante la población sino que la situación amenazaba con extenderse. Más allá de las responsabilidades propias de cada administración, la inexplicable demora en dar una respuesta estatal coordinada y coherente costó tres vidas y decenas de heridos y magullados

* La solución elegida reconoce la dramática situación que viven miles de argentinos por la falta de viviendas dignas. Según los datos de la Asociación Argentina de Presupuesto, de los programas de vivienda de la Ciudad se ejecutaron solo el 26,5 por ciento (se usaron $189 millones de un Presupuesto de $489 millones). El año pasado a la misma fecha el nivel de ejecución era del 40 por ciento. Tampoco se cumplió con la promesa de urbanizar villas y asentamientos. Más allá de la inoperancia de la gestión porteña la falta de viviendas se extiende a todo el país.

* La presidenta está convencida que detrás de la ocupación hubo una mano negra. Dijo también que quisieron evitar que en el tercer aniversario de su gestión hiciera un balance comparativo con el 2003 que, evidentemente, le permite mostrar guarismos positivos. “Esto no se desmadró, se apadrinó”, dijo Cristina Kichner en evidente alusión a una columna firmada en un diario por el fugaz ministro de educación de Macri, Abel Posse, que escribió que la situación se había “desmadrado”. Luis D’Elía y algunos intendentes no dudaron en señalar a Eduardo Duhalde. Esa presunción, fundada o no, nunca debió inhibir la acción del Estado nacional.

* En línea con el argumento de las conspiraciones, Duhalde no descartó que el gobierno hubiese intentado “hacerle una zancadilla a Macri”. Y, como frutilla de la torta, dijo que Argentina “está viviendo un clima preanárquico”. Todo eso desde Estados Unidos dónde se encuentra dando unas charlas. Lo que se dice un hombre comprometido con la paz social.

* Entre lo más negativo quedan los dichos xenófobos de Mauricio Macri que contribuyeron a enardecer más los ánimos cuando había que llamar a la calma. Producto del consejo de sus asesores o por decisión personal, el Jefe de Gobierno asumió de manera explícita el discurso de la derecha más dura.

* El estallido operó como un baño de realidad para todos. En la Ciudad de Buenos Aires conviven Puerto Madero y Las Cañitas con Villa Soldati y la villa 20. La campaña electoral del PRO se lanzó desde Villa Lugano pero su gestión hizo poco y nada para acortar la brecha social entre “las dos ciudades”. Un chico que nace en el sur tiene muchas menos posibilidades de sobrevivir, de tener acceso a la salud, de estudiar o de llegar a la universidad que uno que nace en el norte. Veinte cuadras de distancia pueden cambiar un destino.

* Un dato curioso: la mayoría de los legisladores porteños vive en el norte. Alguna vez los representantes de la ciudad deberían ser elegidos por zona y obligados a permanecer en sus barrios mientras duren sus mandatos. De esta forma se harán cargo de lo qué pasa y de cómo se vive en el barrio al que representan. Así ocurre en muchas ciudades europeas.

*  En un principio los halcones del gobierno nacional intentaron comerse al caníbal. Declamando un falso progresismo criticaron las expresiones discriminatorias pero evitaron condenar la ocupación del espacio público. “Es un problema de Macri”, dijeron y apostaron a que los costos políticos sólo se pagaran en la Ciudad. Cuatro días después de los incidentes, el senador Daniel Filmus fue el primer oficialista en cuestionar las ocupaciones.

* Otra vez las fuerzas policiales no estuvieron a la altura del conflicto social. La Metropolitana y la Federal reprimieron brutalmente. No utilizar armas de fuego frente a movilizaciones sociales debería ser un catecismo en la Argentina. El desamparo y la desesperación no se combaten a tiros. En el último mes y medio murieron siete personas en movilizaciones.

* La presidenta apuesta a que Nilda Garré a cargo del flamante Ministerio de Seguridad marque un punto de inflexión en este tema y logre avances sustanciales en materia de seguridad.

* Es muy importante esclarecer los asesinatos de Rosemary Churapuña, Bernardo Salgueiro y Juan Castañeta Quispe  ocurridos en el Parque. En Argentina el principal problema no es el delito sino la impunidad.

* Merece una investigación especial la identidad de los grupos que alentaron la toma. ¿Existen mafias vinculadas al narcotráfico? Como señaló Sergio Shocklender. ¿Hay punteros que hacen negocios inmobiliarios con los más pobres?

* Es necesario un fuerte compromiso de políticos, medios y periodistas en contra la xenofobia y la discriminación. Muchas de las acusaciones y los insultos que se cruzaron durante estos días contra ciudadanos de países hermanos son producto de la ignorancia o de la mala intención. Argentina es un país de inmigrantes. Está demostrado que la inmigración es positiva y fortalece el crecimiento económico de un país.

* Mejorar la política inmigratoria no implica cerrar puertas sino abrirlas en las mejores condiciones. Evitando, por ejemplo, que los inmigrantes sean explotados por bandas o empresarios inescrupulosos o estén condenados a vivir en la ilegalidad. También contribuir a su plena integración.

Dirigir la acción del Estado en beneficio de toda la sociedad, en especial de los sectores más vulnerables. En Argentina si la política no apunta a transformar la realidad para hacerla más justa no sirve para nada.

Nota publicada en Diario Z del Jueves 16 de diciembre.

Para qué sirve la política

Llueve sopa

sopa

“Llueve sopa y todos los dirigentes desde el centro hacia la izquierda andan con tenedores”. Eso dice mi amigo, el optimista. Acabo de explicarle – a los postres de un asado bien regado con un vino malbec– que nunca antes la derecha ha tenido en la Argentina tanta fuerza y tantos canales de expresión, incluso en partidos que no vienen de esa tradición ideológica. Por lo menos desde el retorno a la democracia que no ocurre algo parecido. Fue en ese momento cuando mi amigo, impasible, largó la metáfora que mezcla alegremente a Gramsci con el Gato Dumas. “Llueve sopa”, suelta meneando la cabeza. Su razonamiento es simple e inquietante: sólo cuando la derecha está bien posicionada, cuando las opciones conservadoras se expresan con mayor claridad, las opciones progresistas pueden consolidarse como una alternativa real de poder. Claro que para eso, me aclara, los dirigentes deberían dejar de lado sus egos y sus egoísmos y tomar las cucharas y los platos hondos.

Coincidimos en el diagnóstico. Más allá del auge del PRO de Mauricio Macri, que gobierna la ciudad de Buenos Aires y cuenta con una estrella mediática “querida y valorada por todos” como Gabriela Michetti, y de la extraordinaria performance electoral de Francisco de Narváez en la provincia más poblada del país, en la mayoría de los otros partidos democráticos crecen opciones internas de perfil conservador.

La UCR es el mejor ejemplo de este proceso. Julio César Cleto Cobos se convirtió en algo así como la esperanza blanca. Así, por lo menos, lo presentan los medios de comunicación masivos. Después de su voto “no positivo”, que hizo naufragar la indiscriminada aplicación de retenciones a las exportaciones de cereal, Cleto Cobos cuenta con una impresionante adhesión popular –por lo menos eso revelan las encuestas–. Una parte de la gente que eventualmente lo votaría ni siquiera sabe que ya lo votó junto a Cristina Kirchner. Misterios te da la vida.

Sin embargo, hay un sector del radicalismo que todavía se resiste a encolumnarse detrás del hombre que los había abandonado para sumarse al kirchnerismo. Aunque le reconocen su poder de convocatoria, Gerardo Morales y los suyos no le perdonan aquel renuncio y desconfían de sus eventuales alianzas. Para colmo, ni el socialista Hermes Binner ni Elisa Carrió lo bendicen con su apoyo.

A propósito de la fuerza creada por Carrió, es difícil encuadrar ideológicamente a la Coalición Cívica. Mientras el periodista, escritor y diputado Fernando Iglesias se pregunta en un libro –y vale su intento– ¿qué significa ser de izquierda?, la fundadora del espacio, con la incorporación de Patricia Bullrich y Prat-Gay, aportó una respuesta concreta a ese interrogante.

En el PJ disidente –siempre habrá un PJ disidente en la viña del Señor– las cosas son menos complejas. Detrás de Felipe Solá se reúnen Juan Carlos Romero, los hermanos Rodríguez Saá y Jorge Busti, entre otros. Y, más allá, Eduardo Duhalde. Le explico a mi amigo, el optimista, que aunque no lo veamos Duhalde siempre está. Y Luis Barrionuevo y Miguel Ángel Toma. Y Chiche, claro.

También está Carlos Reutemann, quien alguna vez dijo que admiraba al socialismo chileno, y su circunstancial auditorio refrenó las carcajadas. Desde Llambi Campbell, su pequeño refugio santafesino, el Lole espera el momento propicio. No tiene devaneos intelectuales, sus dudas pasan por otro lado. El ex piloto no es de izquierda ni de derecha. Tampoco de centro. Desde que Carlos Menem lo convocó a la política entendió que la mejor definición es el silencio.

¿Y el Gobierno? Ahora soy yo el que apura a mi amigo, el optimista. Pero él no se inmuta. Me explica que nadie le hizo tanto daño al progresismo como el matrimonio Kirchner. Su lógica es implacable. Dice que más allá de los logros en materia de derechos humanos y el gesto de renovar la Corte Suprema con juristas, los Kirchner utilizaron un discurso de izquierda pero consolidaron la concentración económica y la desigualdad social; se aliaron con los barones del conurbano y el sindicalismo tradicional; no propiciaron una reforma impositiva y gobiernan con alarmantes índices de corrupción. Hasta generaron dudas sobre el verdadero rol del Estado.

Detengo su enumeración y vuelvo a interrogarlo sobre el supuesto diluvio de sopa. A eso me refiero –dice categórico–, si Binner, Pino Solanas, Víctor De Gennaro, Claudio Lozano, Eduardo Macaluse, Martín Sabbatella, Luis Juez, Hugo Yasky, Luis Zamora, por nombrar apenas a algunos dirigentes, no logran aprovechar esta coyuntura derechizada para propiciar una alternativa progresista y superadora, pensada primero para perder y permanecer, soñada después para crecer y ganar, en dos, en seis, en diez años, como hizo el Frente Amplio en Uruguay o el Partido de los Trabajadores en Brasil, es que no podrán armar nada. Ni ahora ni nunca.

Mi amigo, el optimista, finaliza su alocución con un suspiro. No encuentro en su rostro ni una pizca de resignación. Parece satisfecho. Le sirvo un café y una copita de licor. El resto de los comensales ya nos abandonó hace rato. Primero se fueron los escépticos y después los aburridos. Me gusta escuchar a mi amigo. Afuera llueve.

Llueve sopa

Las críticas por izquierda

Cristina Fernandez y Nestor Kirchner
Cristina Fernández y Nestor Kirchner

Nada le molesta más al kirchnerismo que las críticas por izquierda. En especial porque desde el Gobierno intentaron instalar la idea de que a la izquierda del Frente para la Victoria estaba la pared.

Cuando los cuestionamientos a la gestión inaugurada en 2003 provienen de Mauricio Macri, Francisco de Narváez, Reutemann o incluso de Elisa Carrió, por más duros que sean, se asimilan con facilidad. En algunos casos hasta son bienvenidos. Pero si las observaciones nacen de las bocas de Pino Solanas, Víctor De Gennaro, Martín Sabbatella, Claudio Lozano o Hermes Binner, la cosa cambia. Algo parecido ocurre con los periodistas. Agradecen los dardos de Joaquín Morales Solá pero lamentan los de Eduardo Aliverti.

Uso estos nombres sólo como ejemplo. Las críticas por izquierda en lugar de contribuir a mejorar la acción del Gobierno, ayudar a revisar políticas y corregir errores, son tomadas como parte de una conspiración.

Es por esa razón que el discurso oficial no acepta los términos medios. Aquel que critica algo impugna todo. Y, en consecuencia, es peor que cualquier enemigo. En palabras del propio Néstor Kirchner: “No comprenden el proceso de transformación que estamos llevando adelante”, o en las de Cristina Fernández, en una de sus últimas intervenciones como legisladora: “Los que no están con nosotros están en contra”.

Según esa lógica absurda, es imposible defender las retenciones móviles como legítima herramienta de política económica y, a la vez, repudiar la falta de segmentación de las alícuotas y su implementación sin diálogo; no se puede ponderar la solidez de la economía y cuestionar la ausencia de una reforma fiscal; es inadmisible aplaudir los cambios en la Corte Suprema y rechazar la modificación del Consejo de la Magistratura; o saludar la estatización de las jubilaciones pero exigir el control de esos fondos públicos; tampoco se puede apoyar la nueva Ley de Radiodifusión y poner en duda la oportunidad de su tratamiento; ni destacar los juicios a los represores y advertir sobre la utilización política del tema.

Esto es una guerra, estás de un lado o del otro”, explican algunos funcionarios. ¿Una guerra? ¿Contra quién? Para los alcahuetes es más lesivo una denuncia de Miguel Bonasso sobre las verdaderas razones del veto a la Ley de Glaciares que cualquier andanada de Gabriela Michetti. Bonasso –y sigo utilizando nombres propios sólo a los efectos de ejemplificar– camina por el espacio que el oficialismo dice representar. Esa lectura torpe o malintencionada es la que le impidió al oficialismo revisar estrategias y establecer las alianzas adecuadas. La mirada boba del amigo-enemigo alejó primero a los dirigentes del progresismo que habían asistido entusiasmados a la convocatoria transversal (Juez, Binner, Ibarra, Sabbatella y Lifschitz) allá por 2003 y luego a importantes organizaciones sociales y sindicales, entre ellos una parte de la CTA y la Federación Agraria. Muchos de esos dirigentes fueron tildados de desertores.

También dentro del peronismo hubo fugas. Durante el conflicto con el campo, la cerrazón del Gobierno a abrir el diálogo y buscar consenso eyectó del oficialismo a Felipe Solá, a Carlos Reutemann y al abanderado Alberto Fernández. Se habló, entonces, de traidores.

Los críticos por izquierda son el peor de los fantasmas. Desmontan el discurso épico. Son esos tipos molestos que, si bien ponderan el rumbo económico, no dejan de señalar que existe corrupción, autoritarismo y graves errores en la administración de la cosa pública. Quieren más presencia del Estado pero una ejecución más honesta y eficiente de los recursos. Marcan los límites del modelo. Revelan sus impurezas y contradicciones. Se preguntan por la concentración de la economía y las injusticias sociales que persisten. Sus miradas deberían ser imprescindibles y, sin embargo, se vuelven intolerables. No hay caso, en la cima del poder piensan que no hay nada que corregir.

Entonces, ¿qué hacer con esas voces? Si no se las puede callar hay que enlodarlas. Pegarlas a la derecha. Estos críticos también son gorilas, reaccionarios, agentes del establishment o funcionales a los grandes grupos mediáticos. Es fundamental ubicarlos en ese lugar. Que se queden allí, en el mismo lodo, todos manoseados.

Las críticas por izquierda

El Estado es caca

Por los errores cometidos durante el conflicto con las entidades del campo, por su intransigencia ciega y sus brotes de autoritarismo, el gobierno del matrimonio Kirchner le ha regalado a la derecha liberal una victoria impensada. Ideas y personajes que después del desastre que provocaron en la década del noventa no podrían ni asomar la nariz en la vida pública vuelvan a exhibir sus argumentos.

Desde la política y desde algunos medios de comunicación advierten que el Estado es demoníaco, dicen que todo lo que toca lo destruye. Se apoyan en un concepto que en los últimos meses tiene carnadura: “Darle más poder al Estado es darle más poder a Kirchner”. Con esa idea predican contra la mayor participación estatal en la economía. Así, la recuperación de empresas públicas, la estatización de las AFJP o la posible creación de un ente para regular las exportaciones de cereales son presentadas como amenazas a la República.

Sólo un puñado de dirigentes no muerde el anzuelo. A riesgo de cometer omisiones e injusticias, valgan como ejemplos el apoyo que Pino Solanas y Víctor De Gennaro le dieron a la recuperación de empresas de servicios; Hermes Binner y los diputados socialistas a la estatización de las AFJP o las posición pública de Claudio Lozano a favor de la creación de un ente mixto para regular las exportaciones de granos. El economista de la Central de Trabajadores Argentinos señaló: “La posibilidad de generar una empresa testigo que pueda comprar producción para evitar ganancias espectaculares de las cerealeras o para garantizar un stock mínimo de abastecimiento del mercado interno es una necesidad. Es una barbaridad que en todo el tiempo de la administración Kirchner no se haya tomado este punto como algo central, dado que el control estatal sobre el comercio es mucho más efectivo que las retenciones”. El diputado Eduardo Macaluse había presentado un proyecto en ese mismo sentido.

Ni Solanas, ni De Gennaro, ni Binner, ni Lozano, ni Macaluse dejaron de ser opositores y críticos de la gestión del gobierno nacional. Defender la recuperación de instrumentos de gestión pública que fueron arrasados en los noventa no implica convalidar la utilización que el Gobierno hace de los mismos.

Está claro que, salvo un ingenuo, nadie puede quedarse tranquilo si el todopoderoso secretario de Comercio, Guillermo Moreno, o el multidenunciado Ricardo Jaime –por nombrar a dos de los funcionarios más cuestionados de esta gestión– se hacen cargo de más funciones institucionales o controlan nuevos resortes de la economía. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Dentro de unos años, salvo porque tengan que rendir cuentas ante la Justicia, nadie recordará a estos funcionarios.

Y aquí está la clave. En el debate político es fundamental tener en cuenta que los Kirchner pasarán. Pasarán aunque ellos ni siquiera puedan pensar en esa posibilidad. Como pasan todos los inquilinos del poder. Es más, ésa debería ser una idea tranquilizadora para cualquier gobernante. Pasarán. “Los hombres pasan o fracasan”, dijo Raúl Alfonsín durante el homenaje que le hizo Cristina Kirchner en la Casa Rosada el año pasado. “Sigan ideas, no sigan a hombres; ése fue, es, y siempre será mi mensaje a los jóvenes. Los hombres pasan o fracasan, las ideas se transforman en antorchas que mantienen viva la llama democrática.” El ex presidente no dijo triunfan o fracasan, dijo pasan o fracasan. Él lo sabe de manera directa. Sólo si pasan, quizá con el tiempo, pueden tener el premio de algún lugar en la memoria popular.

El Estado en la Argentina está muy lejos de ser la herramienta que distribuye justicia y equidad entre la población. Sigue repartiendo subsidios a empresarios privados y mantiene un sistema de recaudación injusto. Además no es eficaz y tiene bolsones de corrupción. Basta con analizar lo que ocurre con la Obra Pública, la administración de Justicia, la Seguridad o la Educación. Por nombrar áreas donde la presencia estatal es insustituible. Eso es lo que hay que cambiar. Con imaginación, con funcionarios honestos y capacitados. Con políticas de Estado que surjan del consenso y que puedan mantenerse en el tiempo.

Los pueblos sin trenes, los niños sin escuelas, los puertos sin astilleros, el país sin industrias de capital nacional, sin empresa petrolera ni desarrollo en energía nuclear deberían señalar el rumbo de la discusión.

El Estado es caca