Hay Elisa para rato

Debate_TN

Elisa es segura, divertida, inteligente. Se mueve ante las cámaras con la seguridad y la soltura de Susana. Habla con la impunidad de Mirtha. Y, como esas grandes divas, su nombre propio ya es una marca registrada. Para los programas de la televisión por cable es rating garantizado. De un punto se puede pasar a tres o cuatro, sólo hace falta que lance alguna de sus denuncias con el tono adecuado. Seguir leyendo “Hay Elisa para rato”

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Hay Elisa para rato

8,9,10

Nota: Mi amigo Pablo no pierde la costumbre de alertarme sobre notas interesantes o polémicas o inteligentes. Esta vez, una nota del escritor Juan José Becerra  en Miradas al Sur del domingo pasado. Espero que a ustedes les resulte tan interesante como me lo pareció a mí. El título del post es el mismo que utilizaron en el semanario.

Por Juan José Becerra

A ustedes no tiene por qué importarles lo que hago con mi control remoto ni con mi tiempo libre, pero aprovecho el espacio soberano de este documento de Word, todavía vacío, para decirles que había dejado de ver 6, 7, 8 habiendo sido un espectador bastante fiel en el momento de su irrupción. Pero empezó a aburrirme. Me dormía. Aunque no tanto como Orlando Barone, quien ya había comenzado a darnos una imagen extraña, la de la persona menos interesada por el programa en todo el mundo y, aún así, sostenida como tótem silencioso en el centro del plató. Sentía que pasaban los días y no despuntaba en la pantalla ninguna intensidad, ninguna novedad, ninguna sorpresa.
Un día, la gata que llena de parásitos toxoplasma gondii y pelos albinos los sillones de casa se echó a dormir una siesta sobre el control de fabricación chino marca UEI, con el que administro las señales que me provee El Monopolio, y por unos segundos vi aparecer a Vicentico. Discutía o más bien conversaba con Pablo Llonto sobre la televisión basura. Era un peloteo amable, y Llonto tenía sus razones, como las tenemos muchos, para tirar al programa de Tinelli bajo el tren de la lectura crítica o la desconfianza. Pero el hecho de que Vicentico lo defendiera, aún estando en desacuerdo con él, me cayó tan bien que me quedé unos minutos para ver si finalmente en 6, 7, 8 volvía a pasar algo.
Vicentico sostuvo la posición dramática que asumen las personas inteligentes cuando se prestan a un intercambio de impresiones: esperaba, generosamente, en silencio, que lo convencieran. Y luego, cuando, como era lógico, se pasó de Tinelli a Susana Giménez, alzó apenas la voz para decir: “Ah, yo voy a ir a lo de Susana a cantar”. Su simpatía por el Gobierno (del orden del qué decir) no le impidió desplazarse hacia zonas más amplias (del orden del dónde estar), pero además planteó las cosas como lo haría un infiltrado, argumentando que a los lugares hay que ocuparlos –creo, si no entendí mal– en el sentido de que un progresista tiene el derecho y a la vez el deber de cantar en el programa de una mujer famosa por su vocación de matachorros.
Pasaron unos días y el spam de mi correo se conmovió con un mail de Mondadori: “Beatriz Sarlo en 6, 7, 8”. El telespectador crioconservado que todavía hiberna en mí sin muchas esperanzas de que la pantalla lo saque del autismo de la lectura, reaccionó como un caniche de Pavlov y se preparó para ver la visita de Sarlo al campamento de sus enemigos donde, sin dudas, la esperarían con bombas racimo y lluvias ácidas.
La primera sorpresa fue que los panelistas sintieron de inmediato la presencia de la invitada. En ausencia, la habían derrotado en un campeonato mundial de injurias donde corrían con ventaja –la ventaja pérfida de la televisión por la que todo lo que se dice se instala–, y casi sin considerar en profundidad sus ideas sobre el kirchnerismo. Pero ahora estaba allí, y las facilidades que habían tenido se esfumaban. La expectativa me dio taquicardia. Lo primero que hizo Sarlo fue ver un informe sobre los indignados de Puerta del Sol y meter a 6, 7, 8 en la bolsa de gatos donde está toda la televisión; describió la sintaxis del programa, las omisiones y la administración discrecional de las imágenes –recordemos que la tele es una pantalla operada desde una consola invisible–, luego de lo cual se dio un trueque de verdades plenas: Barragán dijo: “La televisión es así”; y Sarlo contestó: “No es mi culpa”.
Lo que se debatió fue variado y entretenido (la variedad entretiene más que la monotonía) y cada cual dijo lo suyo en un marco que sucesivamente fue amable y áspero, vago y preciso. No pareció que hubiera habido restricciones. Tanto es así que Gabriel Mariotto zumbó sin cesar al lado de la invitada con una cantidad de lugares comunes y algún insulto indirecto –puso a la invitada del lado de la “tilinguería”–, lo que fue soportado con un estoicismo que quizá haya batido algún récord nacional de paciencia.
El “efecto Sarlo” en 6, 7, 8 fue un beneficio impagable para el canal público porque el programa estabilizó y mejoró su defensa del gobierno por el simple hecho de que se dio con una de sus detractoras más importantes. Dos sectores entrelazados en una disputa de lenguaje, dos factores antagónicos conectados en una relación es siempre un mejor show –además de que es moralmente más pasable– que una función más del monólogo polifónico que nos canta siempre la misma zamba.
Lo que hizo Sarlo fue interrumpir el loop del programa. Interceptó la cadena de repeticiones tediosas e innecesarias, el corazón de la estructura narrativa de 6, 7, 8que últimamente había comenzado a ejercitar una especie de lobotomía al revés (no la de lavar el cerebro sino la de instalarle un solo chip) para poder leerlas. Muy pronto Beatriz Sarlo, pero también la cultura letrada de la que viene, dejó en evidencia las hilachas de ese artificio llamado televisión y, sin tratarse de la lección de una maestrita, el episodio fue útil para todos.
La repetición de escenas públicas vistas hasta la náusea, el romanticismo malicioso de los zócalos, el cut and paste informativo, todo ese idioma que 6, 7, 8 repudia de TN, su enemigo jurado y su maestro inalcanzable –ninguna señal del mundo es tan redundante como TN–, y también esa presión visual que nos acompaña aún cuando no queremos verla, un poco al modo del culebrón que ve pasar los días sin salir de su escena fija –el culebrón es una sola escena estirada–, quedó atrás simplemente porque el programa tomó la decisión de hacerlo.
Si hay algo que reprocharle a la televisión es su alma conservadora, su acartonamiento y la aceptación de la publicidad y la propaganda como sus corrientes de sentido más difundidas, aún cuando se disfrace de noticiero, unitario o algún otro género igualmente triturado, como todos, por el minute by minute. Contra esa corriente, 6, 7, 8 tuvo con la visita de Beatriz Sarlo –no hubiera sido lo mismo si invitaban a un cachivache– una refundación formal que lo hará desaparecer si no la utiliza en su provecho.
Es difícil entender –si es cierto lo que se dice– que la gerencia de Canal 7 se disgustó con los panelistas porque no “bloquearon” a la invitada. No es fácil hacerlo (y por lo visto fue más difícil para Mariotto que para Ricardo Foster), pero además hay que reconocer que, en el fondo, el desacuerdo entre Sarlo y sus antagonistas no fue tan violento como se preveía, además de ser notorio, al margen de los chispazos, que todos los presentes entendían las razones ajenas. Que algunos sectores conservadores –ya sean diarios sedientos de voceros implantados o particulares con firma– hayan fantaseado con que Beatriz Sarlo era una “de ellos” responde a una ignorancia de su obra y de sus ideas, que no son kirchneristas –por supuesto– pero siguen estacionadas en lo que llamamos “la izquierda”.

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El país de los piquetes

piquetes

Los piquetes ya son una metodología extendida por todo el país. La idea de éste post es discutir si esa forma de protesta, nacida del desamparo y la desesperación, es siempre válida.

Aquí un comentario que hice en la radio y dos notas.

Hablan el doctor Roberto Gargarella y el Ministro de Desarrollo Social de Santa Fe, Pablo Farías.

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Audio gentileza Radio Del Plata (para descargarlo, hacé click derecho, y elegí “Guardar destino como”)

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Audio gentileza Radio Del Plata (para descargarlo, hacé click derecho, y elegí “Guardar destino como”)

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Audio gentileza Radio Del Plata (para descargarlo, hacé click derecho, y elegí “Guardar destino como”)

(Gracias Eduardo por la imagen)

El país de los piquetes

Lanata y la ley de medios

Jorge_lanata

Publico esta entrevista de la revista Debate porque contribuye a romper con una lógica perversa: “apoyar la ley de medios audiovisuales te convierte en kirchnerista”. Lanata es uno de los periodistas más críticos del gobierno nacional, sin embargo, apoya la ley. Lo mismo ocurre del otro lado, desde el gobierno se quiere estigmatizar a todos los que se oponen: “son pagados por los monopolios”. La lectura de esta nota es interesante desde ese punto de vista.

Por Cecilia Escudero

¿Qué es lo que, a su entender, está en discusión y se pone en juego, principalmente, en el debate por una nueva ley de medios?

Para mí la ley es un tema importante, a lo mejor no coincido tanto con la oportunidad de tratarlo en este momento ni con la urgencia. Pero lo que se pone en juego es el mapa de medios de comunicación de la Argentina. Entonces, está bien que nos tomemos en serio el tema y discutamos qué hacer con los medios.

¿A qué se refiere cuando dice que no es la oportunidad?

Me parece que fue una jugada muy hábil del Gobierno para recuperar la iniciativa política. Venía en menos cuatro, y estaban todos pensando en si se quedaban hasta fin de año o no, pero de golpe recuperó la iniciativa. Desde este punto de vista, fue inteligente. Ahora, creo que el Gobierno se equivoca cuando considera a este problema como el único que tiene la Argentina. Lamento decir que hay otros temas, por ejemplo, hay más desocupación, más hambre, estamos por volver al Fondo Monetario, está empezando a haber conflictos gremiales que no se sabe cómo se solucionan.

¿Cuál sería el momento para debatirla?

No, si se busca una situación ideal, obviamente no existe. Lo que digo es que está todo centrado en esto, como si esto fuera “el problema” y no lo es. Eso no quiere decir que no es importante. Es importante. También se dice que para qué la ley si después no la van a cumplir. Pero tampoco se puede pensar así porque cuando se hace una ley se da por sentado que se la va a cumplir. Si después no sucede así, bueno, se verá qué se hace con los que no la cumplen. Pero si no, nunca sancionarías ninguna ley, todo puede fallar. Es cierto que, en su mayoría, los tipos que dicen que ahora no es el momento para debatirla tienen intereses directos en los medios, se ven afectados.

También sostienen esto varios diputados y senadores de la oposición.

Pero también terminan siendo interesados directos, de alguna manera, porque son los que después aparecen en esos medios.

Usted dice que está de acuerdo con algunos puntos del proyecto de ley y con otros no. ¿Podría especificar su perspectiva?

A mí me parece que la ley, a grandes rasgos, está bien. Pero, es importante destacar que es una ley pensada en la universidad, que no es una ley de la profesión. Es decir, conceptualmente no está mal, es correcta. Pero va a haber cosas de difícil solución en la práctica. Por ejemplo, para mí la ley confunde espectro con audiencia. Esta ley propone dividir el espectro en tres (uno para el Estado, otro para organizaciones sin fines de lucro y otro para los medios privados). Pero esto no va a significar que la audiencia se divida en tres, porque puede llegar a quedar la audiencia en uno de esos tres espectros. ¿Y qué van a hacer con el resto de los medios?, ¿cómo los van a bancar? Después, ¿van a tener calidad profesional? ¿Se van a poder llenar de contenidos? En definitiva, esto no se va a traducir en que un tercio de la gente escuche la radio comunitaria de los wichis, otro tercio mire a Tinelli y otro tercio escuche Radio Nacional. No es así. No pasa eso en la vida. Ahora, desde el punto de vista teórico sí me encanta, es buenísima.

¿Esto no se solucionaría con una política de subsidios o alguna otra forma de fomento para los medios independientes?

Está bien. Pero ahí entonces el Gobierno tiene que plantear otra cosa, tiene que plantear: vamos a subsidiar dos tercios del espectro radiofónico argentino. Bueno, ningún país del mundo hizo eso.

En algunos países se implementa un sistema de impuestos.

¡Pero eso no es subsidiar! Es distinto. Que el gobierno le pregunte a la gente si quiere pagar un impuesto por Canal 7. Sí, en la BBC de Londres hay un impuesto a la televisión pública, pasan todos los meses por cada casa, miran cuántos televisores hay en tu casa y sobre esa base te cobran el impuesto. Que Kirchner proponga eso a ver qué pasa. Ahora, insisto, todos tienen que tener derecho a expresarse, está bien. Pero en la vida real, ¿cómo se hace?

¿Cuáles cree que serían las cosas más importantes que esta ley podría corregir del mapa de medios actual?

La concentración. Los medios tienen una conducta monopólica cada vez peor. Y, por supuesto, que la actual es una ley de la dictadura. La democracia tiene que cambiarla. También me parece que se tendría que haber registrado el tema de la publicidad oficial. Nelson Castro lo dice y coincido: no tendría que existir la pauta oficial. Que el Gobierno comunique sus actos como pueda, que mande gacetillas, no sé. Entonces se terminaría la discrecionalidad. Hay un problema concreto: si hoy cortás la publicidad oficial, la mitad de los medios del interior se cae. Y bueno, pero son medios privados. Si alguien vende toallas y hay demasiadas toallas en el mercado, tu fábrica cierra y nadie diría “nacionalicen las toallas”.

Con relación a las últimas modificaciones del proyecto de ley, referidas a la exclusión de las telefónicas del negocio de la televisión por cable y a los cambios en la composición de la autoridad de aplicación de la ley, ¿está de acuerdo?

Sí. Con el tema de las telefónicas, sin embargo, creo que hubiera sido necesario que se debata más tiempo. En principio está bien que les hayan impedido que ofrezcan el servicio de triple play (ndr: televisión, teléfono e Internet) para que no resultara a favor de una telefónica en particular, pero creo que, con el tiempo, a medida que avanza la tecnología, lo van a tener que autorizar. Hace un año y pico me invitaron al Senado a hablar de la ley, y yo dije que me parecía que le faltaba incluir Internet. En cinco años va a haber televisión por la red. ¿Y eso qué es? ¿Quién lo va a licitar? Hay cosas de Internet que sí pueden ser controladas por los Estados. Debería haberse incluido.

¿Se perdió la oportunidad de legislar el, aparentemente, inevitable ingreso de las telefónicas al mercado audiovisual?

Lo que pasó es que tanto Clarín como el Gobierno querían beneficiar, cada uno, a una telefónica determinada y, al final, les terminó saliendo mal a los dos. Pero, creo que esto a la larga va terminar pasando porque tecnológicamente es la única manera de hacerlo. El camino hacia el triple play es lo que está pasando en el mundo.

¿Cómo evalúa el hecho de que un tema relegado como la concentración de los medios esté, ahora, presente en el debate público?

Es una manera de empezar a poner este tema en cuestión. Creo que ningún proceso es gratis y que todo vale la pena, y que de acá para atrás no se va a volver. Considero que la ley va a salir, y espero que así sea, pero, aunque la ley no saliera, estamos mejor porque, por lo menos, empezamos a discutir. Pero si yo hubiera sido el Gobierno, al momento de lanzar la ley, hubiera tratado de armar un aparato de difusión para salir a defenderla, cosa que el Gobierno hoy no tiene. Sí tiene el 90 por ciento de los medios en contra, una campaña en contra increíble. Y, cada tanto, sale alguno a hablar y usan grabaciones mías o de Víctor Hugo, como diciendo “incluso ellos que son críticos con el Gobierno hablan bien de la ley”. Esto es una improvisación total.

En función de su contacto con el público, ¿considera que hay cierta toma de conciencia acerca del tema?

La gente no tiene ni la más puta idea de qué se trata la ley, no hubo una campaña de esclarecimiento de la ley a nivel popular. Esto se demuestra en el hecho de que sólo algunos sectores de la clase media urbana y progresista estén a favor de la ley y todos los demás estén en contra. No saben de qué se trata. La gente percibe que éste es un problema de libertad de prensa y éste no es un problema de libertad de prensa. Este argumento es muy fuerte y habría que rebatirlo. También, la gente ve esto como una pelea entre el Gobierno y Clarín, que en parte es así. Pero también es mucho más que eso.

O sea, habría que pensar cómo comunicar esto, cuestión que el Gobierno nunca pensó.

El hecho de que se considere como un ataque a la libertad de prensa, es un mensaje que se instala con mucha fuerza desde los medios.

Lógico. A su vez, cuando se habla de libertad de prensa habría que definir qué es primero. Acá hay un gran porcentaje de gente que es subpobre, para el Gobierno es un 22, para la Iglesia es el 40, ¿convengamos un 30? Esta gente que no tiene libertad para comer, menos tiene libertad para expresarse. Entonces la libertad de prensa es un valor importante, pero para un sector de la población, no para toda. Así entendida, ningún gobierno la respetó, ni los radicales, ni los peronistas, ni los kirchneristas. Personalmente, me he peleado con todos los gobiernos. Nos han echado siempre de la televisión, nos han hecho la vida imposible en los diarios. Todo por la discusión eterna de que querían tener ascendiente sobre lo que hacíamos. Este Gobierno le da a la prensa un rol de importancia que creo que es exagerada, no somos tan importantes. En esto se equivocan, me parece.

Tuvo repercusión su crítica hacia el aviso del canal Todo Noticias que amenaza con que “TN puede desaparecer”. ¿Podría explicar las razones de su enojo?

La publicidad es patética. La palabra desaparecer no es una palabra neutral en este país. Es más, es un argentinismo, es una palabra que la Argentina inventó y llevó al mundo. A partir de los desaparecidos en nuestro país se llamó desaparecidos a los de El Salvador, por ejemplo, y así en otros países. Si hay un medio que creció y se enriqueció durante la dictadura fue Clarín, con Papel Prensa, por ejemplo. Creció callándose la desaparición de personas, digo, que realmente desaparecieron. Entonces, que Clarín use, ahora, esa palabra, sobre si alguien o algo puede desaparecer, en defensa de su negocio me parece patético. Por lo menos, callate la boca. Porque además esto es mentira. Clarín tendrá que optar, con la nueva ley, entre tener televisión por cable o abierta; si elige el cable, podrá tener hasta diez señales. Una de esas diez puede ser TN.

Una serie de periodistas muy reconocidos tomaron una postura clara en contra de esta ley, como es el caso de Ernesto Tenembaum. ¿Qué opina de estos posicionamientos? ¿En qué medida disiente con ellos?

Ahí depende de cada uno. Creo que hay gente que está haciendo los deberes y hay gente que dice lo que piensa. Ernesto trabajó conmigo veinte años, él dice lo que piensa, no está haciendo los deberes. Yo no estoy de acuerdo, pero eso no tiene nada que ver. Víctor Hugo tampoco está a favor porque tenga algún interés de estar en Canal 7. En mi caso, en la vida laburé para el Estado ni laburaré, y yo no digo esto por un interés. Nelson Castro no tiene la posición que tiene porque quiera hacer un negocio. Dicen lo que piensan. Los periodistas más reconocidos, en general, los son por algo, tienen prestigio y no los van a lotear. Después sí hay tipos que están organizados, se trata de lo que sería toda la línea ejecutiva de los medios, que son los que están titulando, por ejemplo.

Al respecto, existen cuestionamientos por la manera en que se titula en los medios las noticias referidas a la ley, como es el caso de “ley de control de medios K” o “ley mordaza”. ¿Qué opina?

Me parece perfecto que se titule así. Porque es una manera de titular, eso es ejercer la libertad de prensa. Opinás que la ley es una porquería, está bien. Me parece mal que el Gobierno putee por eso, porque el Gobierno no está para opinar sobre los medios, el Gobierno está para gobernar. A mí, como editor, no me tienen que decir cómo tengo que editar, yo edito como se me ocurre. Es al revés, el Gobierno me tiene que garantizar que a mí nadie me mate porque titulo como quiero.

Usted sostuvo a lo largo de su carrera un enfrentamiento con el Grupo Clarín y se manifestó siempre en contra de los monopolios mediáticos. ¿Qué siente, ahora, ante la posibilidad certera de que haya una nueva ley de medios?

A mí me parece bueno, pensé que el Gobierno nunca se iba a animar a hacerlo. Pensé que la tropa propia se iba a negar y me alegro de que no haya sido así. Mi postura es intermedia. Estoy planteando un gris. No creo en la división: o laburás para Clarín o no laburás para Clarín. No es así. Lo que yo digo es un poco de acá y un poco de allá. No hay muchos que sostengan mi planteo.
El cinismo de Clarín

Desde que las políticas del Gobierno comenzaron a afectar los intereses económicos del Grupo Clarín, el diario cambió de manera rotunda su comportamiento editorial. ¿Cómo ve esta situación?

Una cosa interesante que pasa ahí es que la mitad de las denuncias que están haciendo ya las hicimos nosotros hace dos años. Y ellos no las publicaban. Sinceramente no lo puedo creer. He puesto cosas en Perfil sobre la mafia de los medicamentos, por ejemplo, y ellos nunca lo levantaron, y ahora lo ponen en la tapa. Es de un cinismo increíble.

¿Puede esta política editorial afectar su credibilidad actual o, quizá, futura?

Creo que lo que se llama credibilidad es una cuestión de microclima. Es algo de un sector de la población muy chiquito. No es algo de cientos de miles de personas. Es muy difícil hablar de qué es la credibilidad, cómo se construye. Hay periodistas que, por ahí, no son formalmente creíbles pero caen bien, entonces la gente les cree por eso. Es un concepto muy relativo. Que haya gente que perciba este cambio en Clarín sí, pero no es un tema popular seguro.

¿Cuál es su visión acerca de la pelea entre Clarín y el Gobierno? ¿Hasta qué punto puede llegar?

Bueno, aparentemente, está planteada como una pelea casi a muerte. Pero me imagino que si la pelea fuera definitivamente a muerte, el Gobierno se metería con los chicos de Ernestina Herrera, supuestos hijos de desaparecidos. Hasta ahora no lo hicieron. El tema sigue boyando en la Corte. Pero, después, es una pelea de negocios con ribetes políticos. La cuestión es quién maneja tal cosa. Aparentemente, Clarín quiso manejar cosas del juego que Kirchner no quiso o al revés. Y acá estamos.
El alejamiento del diario Crítica

Después del diario Crítica de la Argentina, ¿está en una etapa tranquila?, ¿de bajo perfil?

No hago un carajo (ríe). En realidad estoy haciendo televisión todos los días en Canal 26, todos los lunes tengo un programa de radio en España, y ahora estoy por empezar unos documentales. Laburo tengo, pero estoy menos tiempo dentro de una sola oficina, eso sí.

¿Sobre qué tratarán los documentales?

Estamos haciendo para Turner una serie de diez documentales sobre países emergentes. Está bueno, y vamos a viajar bastante.

¿Arrepentido de haberse ido de Crítica?

Y… me hubiera gustado quedarme si hubiera podido bancar el proyecto económicamente. Hice Crítica para quedarme, no para irme. Pero de todas maneras, el diario y la gente que siguió están bien. Con los años, más allá de si me quedé o me fui, creo que soy uno de los pocos que puede decir que hizo tres medios y todavía están abiertos. Página/12 no cerró, como tampoco lo hizo Crítica ni la revista Veintitrés. Hay gente que está laburando en alguno de ellos desde hace muchísimos años. Lo que no quita que me hubiera gustado quedarme en todos, y también me hubiera gustado quedarme en Página. Si no se hubiera vendido a Clarín hace veinte años, a lo mejor todavía estaría ahí.

¿En Crítica fue sólo una cuestión económica?

Así es. Llegó un momento en que me había quedado con el cinco por ciento del diario, y con ese porcentaje no podes decidir nada en serio, para mí era muy desgastante estar discutiendo, entonces me fui.

Lanata y la ley de medios

Medios locos

mediosLa primera vez que vine a Buenos Aires a debatir sobre un nuevo proyecto de ley de radiodifusión fue en 1985. Habíamos sido convocados como estudiantes de periodismo en el marco del llamado Programa para la Consolidación de la Democracia. La jornadas de debate fueron coordinadas por Washington Uranga. Recuerdo que el periodista nos contó que todas las disposiciones sobre medios de comunicación habían sido aprobadas durante gobiernos militares o en el último año de gobiernos populares, es decir cuando éstos son más débiles. “Hay que cambiar esta historia”, dijo. Recuerdo que volví a Rosario con la certeza de que Raúl Alfonsín podría hacerlo.

Un cuarto de siglo después de aquella reunión en el predio de La Crujía, la Argentina todavía se rige por la ley de la dictadura militar. Sólo basta preguntarse por qué en todos estos años no fue posible reemplazar ese engendro jurídico, emparchado a gusto a pedido de los empresarios, para entender las poderosas fuerzas que se mueven para evitar cualquier cambio.

El gobierno de Cristina Fernández acaba de presentar al Congreso de la Nación un nuevo proyecto de ley de medios audiovisuales. Lo hace en el final de su mandato y en el marco de una feroz pelea con el multimedios más poderoso del país. Todas las sospechas encuentran algún fundamento. La política comunicacional del kirchnerismo se caracterizó en los últimos años por las prebendas, la compra de periodistas y medios de comunicación a través de empresarios afines y la digitación de la publicidad oficial hacia los amigos de turno. Aún así una nueva ley de medios es imprescindible.

Los legisladores de la oposición pueden convertir este gesto interesado del oficialismo en una chance inmejorable para saldar esta deuda de la democracia. Para alcanzar ese objetivo deberán escapar a la presión contrapuesta de los que no quieren que se discuta nada, ni hoy ni nunca, y de los que quieren aprobar el proyecto oficial a libro cerrado y de inmediato. Deben ser coherentes con sus mandatos y con su historia. Defender principios y no intereses.

En este momento hay otros seis proyectos que tienen estado parlamentario. El del diputado Horacio Alcuaz (GEN) y Margarita Stolbizer, que sólo autoriza cuatro licencias por titular e impide el ingreso al negocio a las empresas de servicios públicos; el del socialista Roy Cortina, que contempla doce licencias por titular; el de la radical Silvana Giudici, muy similar al de Stolbizer; hay otro de la radical K Silvia Vázquez, parecido al oficial pero prevé una autoridad de aplicación conformada por legisladores; uno de Sonia Escudero del PJ disidente que autoriza doce licencias y el de Raúl Solanas (FpV) con cuatro licencias por titular. Fuentes de Proyecto Sur aseguran que también habrá un proyecto del sector de Pino Solanas. La mayoría asigna un porcentaje del espectro comunicacional para los organismos de la sociedad civil y todos procuran evitar los monopolios.

Salvo en la cantidad de licencias para cada titular, el posible ingreso de las empresas de telefonía al mercado (uno de los puntos más polémicos de la ley), la composición del órgano de aplicación (los opositores quieren, con razón, que no haya supremacía del Ejecutivo), la coexistencia en manos de un mismo titular de una licencia de televisión abierta y otra de tevé por cable, las coincidencias son muy importantes.

Por el derecho a la información de todos los ciudadanos, por la libertad de expresión, por la pluralidad de actores, medios y voces, es necesario avanzar en una discusión profunda y sin condicionamientos. La mayoría de los trabajadores de prensa del país apoyan esta idea. Aunque sólo algunos pueden decirlo o escribirlo sin sufrir consecuencias.

Por su lado, en el Gobierno deben comprender que una ley sin consensos mínimos puede convertirse en un grave retroceso. El Consejo de la Magistratura es un ejemplo donde mirarse. En 2005 todas las fuerzas políticas querían modificarlo, pero la falta de vocación para alcanzar un acuerdo hizo que el Ejecutivo terminara imponiendo su proyecto. El resultado está a la vista. El actual organismo que designa, controla y destituye a los jueces es peor de lo que era. Éste es el riesgo que hay que evitar. Pero el riesgo no debe frenar la discusión.

La nueva ley tiene que contemplar los profundos cambios tecnológicos de los últimos años y los derechos del público. Se trata de una legislación para los próximos treinta o cuarenta años. No puede pensarse como una herramienta funcional al poder de turno. El Congreso tiene la responsabilidad de diseñar una política de Estado. Los Kirchner dejarán el poder en dos años.

El debate debe trascender las chicanas políticas, las miserias personales, la mezquindad, los manotazos autoritarios, el miedo y las presiones corporativas. De la oportunidad a la frustración sólo hay un paso. Hace veinticinco años que estamos esperando.

Medios locos

Henoch Aguiar comenta la Ley de Medios

Henoch Aguiar fue Secretario de Comunicaciones durante el gobierno de De La Rúa, y es docente de “Legislación Comparada” y “Comunicación Organizacional” de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA.

En este video, grabado durante un encuentro estudiantil-docente sobre el Proyecto de Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, organizado por la Carrera de Comunicación, Facultad de Ciencias Sociales, el 24 de abril 2009, explica su punto de vista sobre la citada Ley.

Hay muchos más videos en el canal de Youtube de UBA Comunicación

Henoch Aguiar comenta la Ley de Medios

Debate sobre Carrió: Iglesias y Caparrós

A partir de una nota que publicó Martín Caparrós en el diario Crítica (El apocalipsis según C.) dónde cuestionaba diversas actitudes de Elisa Carrió, en el programa 3 Poderes se le propuso al autor de la nota y a Fernando Iglesias -escritor, periodista y diputado nacional por la Coalición Cívica- discutir el tema. Los dos aceptaron y se produjo un intercambio de ideas durante veinte minutos. Un debate de ideas que, lamentablemente, es infrecuente en la tele nacional. A pedido de algunos de uds aquí está la discusión en dos partes.

Debate sobre Carrió: Iglesias y Caparrós