El arte de perder

El fin de un sueño
El fin de un sueño

Los argentinos no sólo no sabemos perder, a veces tampoco sabemos ganar. Somos autosuficientes, soberbios, pedantes.

¿Se acuerdan cuando especulábamos sobre lo bueno que sería ganar la copa con Rafael Nadal en la cancha? “Ganar sin que esté el Nro 1 será una pena”, decíamos. Pero no sólo somos pedantes, además somos hipócritas.

Desde el primer minuto posterior a la derrota en la copa Davis, escuché de todo. Se dijo que estuvo mal que se haya jugado en Mar del Plata. Que la cancha no era la mejor. Que habría que haber jugado en polvo de ladrillo. Que tenía muchas capas de no sé qué. Que era muy lenta. Que era muy rápida. Que Del Potro es una suerte de traidor a la patria. Que se tenía que haber quedado. Que no debería haber jugado el Master. Que una vez que jugó, el capitán argentino lo debería haber dejado afuera del equipo. Que Mancini se equivocó, que parecía una estatua y no daba indicaciones. Que hubo internas en el equipo. Que hay vedetismo. Que Nalbandián se la cree y juega por la plata. Qué el gobernador Scioli dilapidó el dinero público sólo para salir en la foto con los supuestos ganadores. Y más, mucho más.

¿Sabés lo que menos me gusta de nosotros mismos? Que Somos autosuficientes, soberbios y  pedantes. Pero lo peor de todo es que somos hipócritas. Porque si ganábamos la Davis, todos estos temas no hubiesen aparecido en la discusión. Hubiese sido un lunes de gloria. Sin periodistas críticos ni voces indignadas. Sólo hubiésemos festejado.

Tal vez no haya sido tan malo perder. Alguna vez aprenderemos. Es un arte complejo que requiere altas dosis de humildad.

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El arte de perder