Lucha en el barro

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Hay candidatos que se presentan a las elecciones y ya saben que no van a asumir sus cargos. Los votantes también lo saben. Pero está todo bien. Eso no tiene nada de malo. Es como un juego: votarán para un cargo a alguien que no lo ocupará.

Hay dirigentes que criticaron a los candidatos testimoniales pero dejaron los cargos para los que fueron votados. ¿Para qué? Para ser candidatos otra vez. Y si son electos, en un par de años volverán a renunciar a sus cargos para ser candidatos.

Casi ningún partido designó a sus candidatos a través de elecciones internas. La mayoría de las listas están integradas por los nombres elegidos por “El Jefe”. El adelantamiento de los comicios potenció la dedocracia. Esto encumbró por sobre militantes y dirigentes históricos a amigos, primos, hijos, hermanos, esposas, novias y amantes.

El principal opositor al Gobierno en la provincia de Buenos Aires fue acusado de contrabando, evasión y narcotráfico. Un juez con treinta y ocho denuncias en el Consejo de la Magistratura lo llamó a declarar a dos semanas de las elecciones. El presidente del Consejo de la Magistratura reconoció que el organismo no cumple su función y que las denuncias sobre los jueces no se investigan con la celeridad necesaria. Desde su creación sólo apartó a dos jueces. La oposición dice algo más: el Consejo de la Magistratura no impulsa las investigaciones para tener condicionados a los magistrados.

El candidato denunciado tampoco contribuyó a clarificar las cosas. Recusó al juez y no se presentó a declarar. Cree que sólo quieren perjudicarlo. La presunción no alcanza. Los ciudadanos no pueden decidir a qué juez prefieren al momento de enfrentar una denuncia judicial.

La Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) demostró esta semana que funciona igual que hace un cuarto de siglo. Les sigue pinchando los e-mails y los teléfonos a periodistas y dirigentes políticos. Luego, con esa información confecciona carpetas de cartón, prolijamente rotuladas, que terminan en despachos oficiales.

Y como si fuese poco, apareció un candidato con el mismo nombre que el candidato que amenaza la supremacía del Gobierno. Un clon inventado, supuestamente, para sacarle votos a partir de la confusión. El candidato se molestó, pero hizo un alto en la campaña para visitar el programa de televisión que parodia a los políticos. Allí tiene otro clon. Bailó con él e hizo chistes.

Un senador candidato a senador acusó al gobernador de su distrito de utilizar técnicas del nazismo para perjudicarlo. El gobernador le recuerda su compromiso con las privatizaciones y desguace del Estado en la década del noventa. El senador dice que el gobernador es un tiramierda.

Dirigentes del campo insultan, amenazan de muerte, patalean y escrachan a diestra y siniestra. Siempre más a diestra, en realidad. Hubo uno que se confesó abiertamente golpista ante periodistas golpistas. Los dirigentes del campo también concurrieron al programa de televisión que parodia a los políticos. Allí el chacarero de los insultos visitó a su clon, que luce un poco menos exaltado y guarango que él. Nadie puede prescindir de ese escenario, dicen.

Una candidata anunció por enésima vez la hecatombe. Otros advirtieron que la economía se va al diablo. Aseguran que habrá más inflación y que tendremos un dólar desbocado. Los candidatos del Gobierno no se quedan atrás. Insisten en la idea: nosotros o el caos. Dicen que volveremos a 2001 si la cosecha de votos no es la suficiente.

¿La calidad de esta campaña nos representa como sociedad? ¿Es un espejo impiadoso? ¿Así somos? ¿Partidarios del vale todo? ¿Vulgares e irrespetuosos?

Y hay más. Una encuesta para cada candidato que pueda pagarla. El que abona tiene el informe que desea. El cliente siempre tiene razón. Los sondeos se convirtieron en elementos de campaña. Son como avisos publicitarios.

Los medios de comunicación juegan su partido de manera abierta y desembozada. Los diarios hacen tapas a pedido. Amplifican denuncias contra “sus enemigos” o esgrimen cerradas defensas de aquellos que puedan coincidir con sus intereses. La información es lo de menos. Es preferible incidir sobre la realidad que contar lo que pasa y por qué pasa. Las líneas de conducción periodística son permeables a los gerentes. Es probable que estemos haciendo el peor periodismo desde el retorno a la democracia.

El debate de ideas y la discusión de propuestas son los grandes ausentes de esta campaña electoral. Estos hombres y mujeres que ahora luchan en el barro ocuparán los ámbitos legislativos en todo el territorio nacional a partir del 10 de diciembre. Desde allí deberán tejer los acuerdos que contribuyan a consolidar un país más justo.

Esta campaña no parece el mejor comienzo.

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Escena 1: Olivos. Néstor Kirchner se levanta, corre un rato en la cinta, se ducha y desayuna leyendo los diarios. Antes de terminar el café con leche se le ocurre una idea genial, casi una revelación que puede despejar sus complicaciones políticas: hay que llevar a Daniel Scioli como candidato en Buenos Aires. “Todos tienen que jugar para defender el modelo”, anuncia para sí mismo ante un público invisible que, supone, lo ovaciona.

Escena 2: A Daniel la idea le surge justo antes de irse a dormir, en medio de una charla con su esposa. Por eso aprovecha el momento de intimidad y lo consulta con ella: “Karina, ¿qué te parece si la ponemos a Nacha Guevara en la lista?”.

Escena 3: A Elisa Carrió el nombre de Prat Gay para encabezar la lista de la Coalición Cívica le interrumpe una oración a la Virgen. “¿Cómo no se me ocurrió antes?”, se pregunta y vuelve a las cuentas del Rosario.

Escena 4: Mauricio Macri sabe que no tiene muchas opciones. Mientras vuelve del gimnasio, se propone cuidar las formas pero ya está decidido a forzar a Gabriela Michetti a ser candidata en la Capital Federal. No importa si su compañera de fórmula tiene que pagar el costo de renunciar a la vicejefatura del gobierno porteño.

Éstas son apenas cuatro escenas de las tantas que se podrían enumerar en el vasto escenario de la política nacional. Con este mecanismo tanto dirigentes y militantes honestos como esposas, novias, amantes, hijas e hijos, amigos y benefactores, artistas y deportistas serán candidatos el 28 de junio. El jefe decide quién va. El jefe resuelve quién juega, cómo y cuánto. El jefe dice qué es lo mejor para todos. Salvo en unas pocas provincias y para cargos provinciales (Santa Fe, con sus internas abiertas y simultáneas del 5 de julio, es una de ellas), las elecciones internas para elegir candidatos están en vías de extinción en la Argentina. Lo curioso es que casi nadie lo lamenta.

La idea de competencia interna participativa y democrática tiene fundamento en la Constitución nacional, que en su artículo 38 dice: “Los partidos políticos son instituciones fundamentales del sistema democrático. Su creación y el ejercicio de sus actividades son libres dentro del respeto a esta Constitución, la que garantiza su organización y funcionamiento democráticos, la representación de las minorías, la competencia para la postulación de candidatos a cargos públicos electivos, el acceso a la información pública y la difusión de sus ideas. El Estado contribuye al sostenimiento económico de sus actividades y de la capacitación de sus dirigentes. Los partidos políticos deberán dar publicidad del origen y destino de sus fondos y patrimonio”. Todo el enunciado parece ficción. En especial la referencia al origen y el destino de los fondos.

La dedocracia o la encuestocracia han reemplazado a la participación de los afiliados a la hora de elegir candidatos. El más amigo, el más popular, el de más guita o el familiar desplazan al militante, al de mayor experiencia y hasta al más capacitado. Y éste es el efecto más negativo de esta praxis generalizada.

La ley 25.611 determinaba la realización de internas semiabiertas, obligatorias y simultáneas. Fue un producto del “que se vayan todos” y de las demandas de participación de la sociedad civil post crisis económica y política de 2001. Un avance interesante a nivel institucional que nunca se pudo aplicar. El presidente Eduardo Duhalde, en 2002, se las ingenió para suspenderla. El justicialismo tenía tres candidatos a presidente (Carlos Menem, Adolfo Rodríguez Saá y Néstor Kirchner). El riojano, según las encuestas, tenía las mayores posibilidades de ganar las internas. La historia es conocida: el PJ fue con tres candidatos y Kirchner se convirtió en presidente.

En 2006 la ley que había sido ponderada por todo el arco político fue derogada. Para el kirchnerismo era un estorbo. Se venían las elecciones presidenciales de 2007 y Néstor Kirchner nominó a su esposa, la senadora Cristina Fernández, como candidata a sucederlo. Y a Julio Cobos, claro.

Se volvió entonces a ley 23.298 de Partidos Políticos que dice: los partidos tienen que determinar en sus cartas orgánicas cómo se harán las elecciones internas con un método democrático. La doctora Delia Ferreira Rubio, presidenta de Poder Ciudadano, opina que paradójicamente “hubo más democracia interna antes de la sanción de la ley que hacía obligatorias las elecciones en los partidos”. Y enumera ejemplos no sólo de elecciones cerradas (en el PJ, la UCR y el socialismo) sino de internas abiertas como la que determinó el orden de la fórmula del Frepaso. Todos los ciudadanos pudieron decidir si querían que compitiera Álvarez-Bordón o Bordón-Álvarez contra la reelección de Carlos Saúl.

La doctora Ferreira Rubio suele hacer una acertada advertencia: “Las elecciones internas no garantizan calidad en las candidaturas”. Los ejemplos sobran. Pero reconoce que votando en internas por lo menos nadie decide por vos. Y en todo caso, la esposa, la amante, el hijo o la actriz podrían afirmar ante cualquier crítica: “A mí me eligió la gente” .

Se busca esposa, amante, actriz o deportista