Honestidad brutal

Esta semana Cristina Kirchner señaló a quienes considera pueden poner en riesgo “el modelo” y, en consecuencia, al gobierno que encabeza. Nunca antes lo había hecho con tanta claridad y dramatismo. El lunes pasado, en pleno conflicto en Aerolíneas Argentinas y desde Tierra del Fuego, les pidió a los sindicalistas “no boicotear a la Argentina”. Un día después, aprovechó su visita a plantas fabriles de Rosario y Las Parejas, en Santa Fe, para dar precisiones: “El llamado a no boicot es para todos –dijo–. Para aquellos que tienen prácticas sindicales que son propias de hacer a otros gobiernos que no escuchaban los reclamos de los trabajadores y también a algunas empresas que solamente piensan en la especulación” y apuntó a los “que ganan formidables sumas de dinero y no las reinvierten en la Argentina y se las llevan afuera”. Detrás del intento oficial por sincerar la economía, hay una durísima disputa de poder. En la oposición disfrutan de los beneficios del segundo plano y balconean en silencio lo que se presenta como el prólogo de una confrontación inevitable dentro de las fronteras del peronismo.

La referencia al boicot tuvo como origen el conflicto en Aerolíneas Argentinas pero tiene raíces más profundas. La presidenta se siente defraudada. Considera que su gobierno hizo un gran esfuerzo por rescatar a la compañía de la quiebra y que desde un sector del sindicalismo aeronáutico sólo le aportan complicaciones. Más allá de la colección de palos en la rueda que Ricardo Cirielli, del personal técnico, y Jorge Pérez Tamayo, jefe de los pilotos, colocan sistemáticamente y con inusual entusiasmo. Lo cierto es que los dos dirigentes fueron de los más mimados por el kirchnerismo. Cirielli fue subsecretario de transporte aerocomercial  y Pérez Tamayo, fue piloto del avión presidencial a partir de la buena relación con el matrimonio Kirchner. El primero está cerca de Luis Barrionuevo y el segundo reporta a Hugo Moyano. Ambos creen que una parte de la empresa les pertenece.

El cuadro se completa con un grupo de dirigentes de la Cámpora que, bajo el liderazgo de Mariano Recalde, asumieron la responsabilidad de dirigir la línea de bandera sin demasiada experiencia. Si los sindicatos no ayudan, los números tampoco. AA perdió en 2010, unos quinientos millones de dólares y aumentó su personal en mil quinientos empleados desde que fue estatizada. El origen ideológico o partidario de un funcionario, incluso de un sindicalista, no debería tener mayor relevancia si se cumple con dos condiciones básicas para desempeñar un cargo: eficacia y honestidad. El reciente conflicto revela que AA se parece más a un botín de guerra que a una empresa estatal.

En el fragor del conflicto, y ante lo que se consideró un paro sorpresivo de los controladores aéreos, el gobierno le pidió a la justicia el retiro de la personería gremial a los técnicos aeronáuticos y, por medio de un decreto, volvió a manos de la Fuerza Aérea el control de las torres de Tránsito Aéreo. La medida que recorta el poder a Cirielli se revela como un retroceso. Los técnicos rechazaron las acusaciones y lograron la adhesión tanto de la CGT oficial y como de la Azul y Blanca. No es difícil imaginar que en algún sitio del planeta, los españoles de Marsans se deben divertir con la situación. Los antiguos dueños de la empresa, que heredaron de Iberia lo que quedaba de AA, mantienen todavía una demanda por 1200 millones de dólares contra el Estado Argentino por la estatización.

Más allá de los aviones que no  vuelan, en el gobierno no logran un momento de paz. Mantienen la pulseada con los mercados por el precio del dólar mientras ven con preocupación la sucesión de escaramuzas y amenazas de sectores gremiales desde el triunfo electoral del 23 de octubre. El panorama no es el mejor cuando se prepara una compleja arquitectura de retoques económicos en subsidios y tarifas. Las advertencias de los camioneros de “salir a la calle” para reclamar la suba del mínimo no imponible del impuesto a la ganancias; los piquetes de los peones rurales para que les autoricen un incremento del 35 por ciento y la suspensión de tareas de los controladores de vuelos, valen como ejemplo. En ningún caso hay puestos de trabajo en riesgo. Lo que está en riesgo es otra cosa.

A pedir de Boca

Todo esto ocurre de este lado del Río de la Plata mientras en el mundo cayeron dos gobiernos arrastrados por la crisis económica y Mauricio Macri está más preocupado por el futuro de Boca que por el conflicto con los docentes o los derrumbes en la Ciudad de Buenos Aires.

Lo que temían cerca del Jefe de Gobierno finalmente sucedió: el presidente de Boca, Amor Ameal, llegó a un acuerdo con los dirigentes José Beraldi y Roberto Digón –hasta hace poco irreconciliables– para enfrentar a Daniel Angelici, delfín de Macri, en las elecciones del próximo 4 de diciembre. Haciendo una simplificación se puede decir que el kirchnerismo xeneixe se unió para darle batalla al macrismo. Ameal tiene el apoyo del diputado Carlos Kunkel; Beraldi buena relación con Amado Boudou y Digón, es un referente del sindicalismo peronista. Con tres listas la elección parecía tener un resultado cantado para la oposición, ahora todo cambió. Los buenos resultados económicos y el equipo puntero son una ayuda extra al oficialismo. El martes pasado Angelici visitó al ex presidente de Boca para pedirle, otra vez, que integre su lista y garantice el triunfo en las elecciones. Se llevó un rotundo no. Macri no quiere ser candidato testimonial en el club que presidió aun a riesgo de que su candidato termine derrotado. El empresario de los bingos tratará de convencerlo mientras le quede tiempo.

En estos días, la gestión porteña le genera menos disgustos que el club de sus amores. Ya estableció las prioridades de su próximo mandato (Seguridad, la Agenda Social, Juventud y Medio ambiente) y definió los nombres de todo el gabinete (ver aparte). También prepara una contra propuesta para entregarle al gobierno nacional en el tema subterráneos: entre otros planteos pedirá más fondos para remozar algunas de las líneas en peor estado y más tiempo para definir el traspaso efectivo. Además, en su entorno, aseguran que ya le ganaron la pelea a los docentes por las juntas de calificación. Descuentan la aprobación legislativa del proyecto impulsado por el Ministerio de Educación. Exudan optimismo. De verdad creen que lo más complicado es Boca.

Nota publicada en Diario Z edición 17-11-2011

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Honestidad brutal

Creer o reventar

No sé de dónde salió esta frase que presenta una opción falsa. Es evidente que cualquiera puede no creer y seguir entero por la vida, como si nada. Si fuese cierta no quedarían argentinos sobre el planeta. Basta recordar aquello de “la casa está en orden” o “revolución productiva y salariazo”.

No es muy difícil determinar qué es lo que hace creíble a un político. Hay dos cuestiones esenciales: la correlación directa entre lo que dice y lo que hace y el cumplimiento estricto de las cosas que promete.

Hace varios días que doy vueltas por el vecindario de la credibilidad. Más precisamente desde que se cumplió el primer aniversario del triunfo electoral de Cristina Fernández de Kirchner. El gobierno nacional atraviesa una crisis política, originada en la derrota legislativa de su proyecto de retenciones móviles, y enfrenta, además, una crisis económica que tiene origen internacional y condimentos locales. Sin embargo, el mayor problema de la gestión no es político ni económico, es de credibilidad.

El 28 de octubre de 2007 la fórmula Cristina Fernández- Julio Cobos ganó las elecciones presidenciales con el 45,29% de los sufragios. Unos nueve millones de personas apostaron al “cambio en la continuidad”. Algo así como rescatar lo bueno y enmendar lo malo de la gestión de su marido. La flamante Presidenta había prometido en su campaña mayor calidad institucional. Tenía con qué, la adhesión popular le permitió contar con amplia mayoría en las dos cámaras del Congreso. Los gobernadores le juraban lealtad en forma masiva y los intendentes estaban alineados. ¿Qué pasó? No se cumplió.

La Presidenta anunció que en su mandato la Argentina “volvería” a insertarse en el mundo. A la semana de asumir se incendió la relación con los Estados Unidos por la valija de Antonini Wilson. El venezolano nacionalizado norteamericano es impresentable, pero no menos cierto es que la valija ingresó a Buenos Aires gracias a la diligencia de Claudio Uberti, un funcionario clave de la administración kirchnerista. Se profundizó el conflicto con el Uruguay: el puente binacional sigue cortado y el gobierno de Tabaré Vázquez descartó apoyar al presidente argentino para conducir la Unión de Naciones Suramericanas. Y como si esto fuese poco, la relación con España está en su peor momento a partir de la estatización de Aerolíneas Argentinas.

La Presidenta había prometido también más diálogo con la oposición. “Quiero convocar a todos sin odios ni rencores”, dijo el día del triunfo electoral. Nunca se llamó formalmente a los partidos opositores para dialogar sobre ningún tema. Medidas trascendentales como la intervención sobre la aerolínea de bandera o el fin de las AFJP tampoco permitieron abrir un canal de diálogo. Y esto sólo por nombrar dos medidas que hubiesen contado con el aval de otras fuerzas políticas.

El gran proyecto oficial era el acuerdo del Vicente Nario Bicentenario con todas las fuerzas sociales, económicas y políticas de cara a 2010. Durante el conflicto con las asociaciones de chacareros y productores, se generalizó la acusación de golpistas. Se estigmatizó y se intentó crear un fantasma con la posible interrupción del mandato popular. Del otro lado hubo de todo, incluso golpistas. Pero nunca corrió peligro la estabilidad democrática. Se jugó al todo o nada sólo por sostener una medida fiscal. El conflicto dividió a la sociedad y el Gobierno hizo un aporte decisivo para que eso ocurriera.

Néstor Kirchner iba a quedar en un segundo plano. “La presidenta es Cristina”, repetían como un catecismo los funcionarios. Lo cierto es que el Presidente está detrás de cada una de las decisiones del Gobierno. Las políticas más importantes son tomadas entre dos o tres personas y la mayoría de los ministros se entera por los diarios. Se fue Alberto Fernández y llegó Sergio Massa, no cambió nada.

Los voceros auguraron nuevos tiempos en la relación con los periodistas. A pesar del anuncio, la Presidenta apenas dio una conferencia de prensa en la residencia de Olivos.

Se podrían enumerar más promesas y más decepciones.

Pero no sólo la palabra oficial está en crisis. Mauricio Macri prometió construir diez kilómetros de subte por año para la Capital Federal, una cifra que se convirtió en un sueño inalcanzable. También afirmó que la educación iba a convertirse en la prioridad de su gobierno y tuvo conflictos con los cooperadores, los estudiantes y los maestros.

Elisa Carrió decidió enfrentar la estatización de la jubilación privada a su estilo. Habló de saqueo, robo y estafa. Objetivo de su enojo fueron el Gobierno y sus ex compañeros del ARI. Más allá de la legítima preocupación por el destino del dinero de los jubilados, terminó coincidiendo con el PRO. En 2000, Carrió había presentado un proyecto para que las jubilaciones volvieran al Estado. Creer o reventar. ¿Es una opción falsa?

Creer o reventar