Hay que abrazarse más

Me encantan los abrazos. Alguna vez escribí para una revista llamada Latidos una nota sobre Besos y Abrazos, allí decía: “Quiero los abrazos del oso cuando abraza a sus hijos, fuertes y, a la vez, precisos y delicados. Esos abrazos que hacen que el cuerpo de uno quede estampado en el alma del otro. Los abrazos que sostienen el miedo a crecer. Los abrazos que despejan el cielo de las despedidas” y me animé a una afirmación temeraria que muchos cuestionaron: “Hasta el más cruel de los humanos debería tener garantizado un ´pecho fraterno para morir abrazado´”. También en aquella nota explicaba que los abrazos más locos y apasionados pertenecen al mundo del fútbol.

Los que alguna vez jugaron a la pelota saben que pocas cosas se pueden comparar a un gol y que los festejos incluyen “los pechos que tratan de penetrarse, el sudor que se mezcla, la unidad en un grito. Una verdadera orgía“, sin sexo, claro. El abrazo de Lionel Messi y Ronaldinho después de la semifinal olímpica que ganó Argentina, dice otra cosa: amistad, reconocimiento, ternura, humildad y consuelo. Eso es lo que me provocó ese gesto compartido. Pensé enseguida en la frase de Eduardo Galeano: “uno juega como es”. Me gustan Messi y Ronaldinho cuando juegan. Me gustan también cuando se abrazan.

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Hay que abrazarse más