Aerofobia

El miedo a volar se llama aerofobia. Dicen los que saben que es más un síntoma que una enfermedad y que puede tener orígenes diversos. Existen cursos y terapias para superarlo. El miedo a los aviones, en cambio, no tiene un nombre específico, pero en su variante argentina merece uno. ¿Aviónfobia?

No hace falta convocar al profesor Grondona para deducir que avión proviene del vocablo ave y, como los pájaros de Alfred Hitchcock, los aviones se convirtieron en una pesadilla para el gobierno nacional.

El lunes pasado Crítica de la Argentina publicó el último episodio de aviónfobia. El Fiscal de Investigaciones Administrativas, Manuel Garrido, denunció ante la Justicia al Secretario de Transporte, Ricardo Jaime, por la posible “aceptación de dádivas”, un delito cuya pena puede llegar a los dos años de prisión.

Según la denuncia, en un año, el funcionario hizo nueve viajes a Brasil con aviones privados y gracias a la generosidad de distintas empresas vinculadas al Grupo Cirigliano. Las empresas que financiaron las vacaciones de Jaime y sus familiares reciben subsidios y deben ser controladas por el Estado. El fiscal estimó el costo de pasajes en 370 mil dólares.

Pero la historia de los aviones viene de lejos. El 29 de Mayo del 2002, los Kirchner montaron un operativo aéreo para torpedear una iniciativa del entonces presidente Eduardo Duhalde, quién quería derogar la Ley de Subversión Económica. A instancias de la senadora Cristina Fernández, el gobernador Néstor Kirchner mandó el avión de Santa Cruz a Corrientes. Allí estaba varado el senador Lázaro Chiappe, cuyo voto negativo era clave. Tenían un fin noble: el proyecto oficial consagraba impunidad para banqueros y financistas. El final de la sesión fue empate en 34. Juan Carlos Maqueda, presidente del Senado, al revés que Cobos desempató a favor del gobierno y le dio el gusto al FMI y sus amigos.

Los aviones reaparecieron a mediados del 2003, con los K en la Casa Rosada. Después de reiterados reclamos gremiales, el gobierno hizo un acuerdo por el cual la empresa Líneas Aéreas Federales SA (LAFSA) -fusión de las finadas Dinar y LAPA- se asoció con la privada Southern Winds. LAFSA pagaría los sueldos a mil ex empleados de LAPA y Dinar, de los cuales más de la mitad ya trabajaba en SW y entregaría combustible. SW ponía los vuelos.

Después del escándalo de las valijas con cocaína encontradas en Barajas en un vuelo de SW en setiembre del 2004, el acuerdo se deshizo. LAFSA, la empresa de aviación sin aviones, fue liquidada. Sin embargo, un centenar de empleados siguieron cobrando sus sueldos, entre ellos diez gerentes y catorce pilotos. Se abrió una causa en el Juzgado de Daniel Rafecas pero el expediente se movió menos que un avión en tierra.

El 4 de agosto del 2007 aterrizó en el sector privado del Aeroparque el avión que más problemas provocó al kirchnerismo. Ese día Guido Antonini Wilson quiso ingresar al país una valija con 800 mil dólares. Había sido invitado por el influyente Claudio Uberti, quien estaba a cargo del Control de Peajes. El vuelo fue rentado por la empresa estatal ENARSA. El resto es historia conocida. Wilson visitó la Casa Rosada y se fue de Buenos Aires muy tranquilo. Luego reveló que el dinero era para la campaña presidencial de Cristina. El gobierno adujo que se trató de una operación de la CIA para perjudicarlo.

En el 2007, los doctores Gil Lavedra y Strassera denunciaron al gobierno por un viaje que realizó la candidata Cristina Fernández a Ecuador en un avión del empresario Eduardo Eurnekián. Los cuestionamientos se basaron en que no existía constancia de que el Estado hubiese pagado el viaje. El empresario es titular de la concesión de una treintena de aeropuertos. También se investigó el uso de aviones por parte de la candidata oficial en una gira europea. Finalmente la justicia consideró que no había delito ya que le cabían los beneficios de “Primera Dama”.

El lunes 9 de febrero, en pleno desastre por el alud de barro en Tartagal, el vicepresidente Julio Cobos quiso viajar hacia Salta en avión oficial. Cristina estaba en Madrid. No había mejor oportunidad para los abrazos y las fotos. Pero le dijeron que no. Se abrió otra causa judicial por esa negativa.

Una semana después, quién sí pudo volar fue Néstor Kirchner. Llegó a Jujuy para participar de un acto partidario como presidente del PJ en el avión Tango 10. Se abrió otra causa judicial por la utilización indebida de bienes públicos. En el gobierno creen que en Tribunales le darán a Néstor el mismo trato que a Cristina. “Fue en su carácter de Primer Caballero”, dicen.

Hay más vuelos y más aviones. Hay más funcionarios que prefieren volar de garrón aunque les sobre el dinero. Y más empresarios generosos y gentiles con el poder. También hay jueces que cuidan su trabajo. No quiero abrumar al lector. En realidad, no importa demasiado si la justicia encuentra delitos o perdona dádivas. Como la mujer del César, en estos casos, no sólo hay que ser honesto: también hay que parecerlo.

En agosto del 2007, volvía de Madrid a Buenos Aires en un vuelo de Aerolíneas Argentinas cuando una azafata me comentó que en el avión se encontraba la esposa de José Luis Rodríguez Zapatero. Sonsoles Espinosa viajaba en clase turista junto a sus compañeros del Coro de la Capilla Real. Venían a cantar en Buenos Aires. Me acerqué a saludarla. Después de un rato le pregunté por qué no viajaba en primera clase. La esposa del presidente de España me respondió: “Por que no corresponde, voy a cantar y viajo en las mismas condiciones que mis compañeros del Coro”.

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Aerofobia

Aparición con vida de las preguntas

Preguntar es la función básica del periodismo. Lamentablemente parece ser un ejercicio un tanto olvidado.

En el prólogo de Operación Masacre (lectura obligatoria, como el propio libro, para todos los que estén interesados en la comunicación), Rodolfo Walsh demuestra la función clave de las preguntas. Cuando se entera de un dato: “hay un fusilado que vive”. Entonces comienza su monumental investigación sobre los fusilamientos de José León Suárez tratando de responder preguntas: “¿Quién es? ¿Dónde está? ¿Hay más hombres vivos de esa noche? ¿Quién ordenó el crimen masivo?”.

En Argentina hay poco ejercicio de preguntas, ya lo dije, pero también poca tolerancia a las preguntas. Esta semana tomé contacto con este video de un programa de la televisión española dónde los políticos y dirigentes en general se enfrentan a cien preguntas de la gente común. En este caso es el Jefe del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero el que pasa la prueba.

El video es una muestra del nivel institucional de la democracia española, por la calidad de las preguntas y por la entereza de quién acepta someterse a la prueba.

Me preguntaba si algo así se podría hacer en Argentina.

Aparición con vida de las preguntas

El que no aprende nunca

El tipo hizo todo mal. Es un desastre. Por eso está más solo que George Bush en una asamblea contra la globalización. Lo tenía todo y lo perdió todo.

En los ochenta era una estrella indiscutida. Le sobraban mujeres, amigos y dinero. Hollywood lo veneraba. Había dejado su impronta en películas como La ley de la calle y Corazón satánico, por nombrar dos de las que vi. Y, como si fuera poco, le había volado la cabeza a miles de mujeres con sus juegos eróticos en Nueve semanas y media.

Desde allí arriba se cayó. No es joda. Se entregó con puntillosa dedicación a todos los excesos. Traicionó la confianza de sus seres queridos. Arruinó algunos buenos proyectos. Eligió el infierno cuando podía disfrutar el paraíso. “Se volvió loco”, explican. “Me volví loco”, reconoce. Su esposa lo dejó. Quedó en la ruina. Decidió cambiar los estudios de filmación por un ring, el deporte que había practicado de niño. Se agarró a piñas mientras pudo. Quería ser como Tyson, como Carlos Monzón, a quien admira.

Le dieron duro. Le rompieron varias veces la nariz. Estuvo a punto de quedar medio tonto. Hizo de monigote para la tele. Y sin embargo, Mickey Rourke volvió. Eso es lo que emociona de su último filme. La fe del que no aprende nunca y vuelve.

Desde que dejé a Rourke en la pantalla, tirado sobre un ring de lucha libre, no puedo dejar de pensar en un poema de Raúl Gustavo Aguirre: “El que no aprende nunca toca el fuego / el que no aprende nunca da una mano, / el que no aprende nunca vuelve a andar. / El que no aprende nunca se golpea contra una pared y con la otra / y después con la otra y con la otra / y sigue caminando”.

¿Qué hilo invisible une al boxeador con el poeta que dirigió la revista Poesía Buenos Aires? El luchador, la película de Darren Aronofsky que significa literalmente la resurrección profesional de Mickey Rourke es la clave. Funciona como metáfora. Si bien cuenta la historia de Randy Robinson, un luchador viejo y enfermo mezcla de Rocky y Martín Karadagián que pelea por permanecer activo; el filme parece calcar las desventuras del actor en los últimos veinte años. También marca su regreso. Rourke es Randy y Randy es Rourke. Imposible no verlo de esa manera.

“Odio los noventa”, dice Randy. Y lo mismo piensa Rourke. En esa década olvidable también para los argentinos, conoció el precio de casi todo y el valor de casi nada. Rourke derrapó sin más ayuda que sus propios desatinos y lo pagó con su cuerpo. Volvió a boxear y la cara le quedó desfigurada. Respondía a su naturaleza. Su historia estaba cruzada por la violencia desde la más tierna edad. Fue víctima de abusos y maltratos de los que prefiere no hablar. “Si tuviera la oportunidad de elegir entre volver a nacer o no nacer, preferiría no haber nacido”. Eso dijo Mickey Rourke en una entrevista. Eso piensa Randy, su personaje, cuando su hija lo desprecia y el amor que expone torpemente no alcanza ni para conmover el corazón de una prostituta.

La historia de Randy vale la pena. Hay momentos en los que aparece como un Jesús martirizado, su cuerpo lacerado por virios y espinas. Tal vez por eso cuando le mencionan una frase de La Pasión de Jesucristo de Mel Gibson, sólo atina a decir “era un tipo duro”. Jesús era un tipo duro como él, como Rourke.

¿Merece un Oscar? No lo sé. El luchador es una película pequeña pero ejemplificadora. Randy “The Ram” Robinson se golpea con una pared y con la otra. Es un derrotado. Un personaje patético e incapaz de amar. Alguien que se disfraza y toma sesiones de cama solar. Sin embargo, tiene la talla del héroe común. Además lo suyo es la lucha libre, un mundo menos glamoroso y frontal que el boxeo. Allí todo está pautado. El ganador ya sabe el resultado y luego de la lucha se va con el perdedor a tomar unas cervezas. En ese escenario se finge el dolor aunque los golpes duelan de verdad y se miente la sangre aunque las heridas sean reales. Durante la filmación Rourke tuvo que visitar varias veces el hospital.

El filme de Aronosfky tiene un valor extra: revela el consumo de drogas, sedantes y anabólicos, en una actividad que parece marginal pero que reproduce los usos y costumbres de varios deportes de alta competición y muestra, sin ambages, el final de huesos rotos y cuerpos inflados.

Pero hay más. Rourke y Randy hacen un ejercicio virtuoso de la pelea. Como dicen que pidió una vez, el presidente de Italia, Sandro Pertini: saben pelear no sólo sin miedo, también saben pelear sin esperanza. La frase del socialista italiano debería formar parte del catecismo de cualquier militante popular.

¿Merece un Oscar? No lo sé. Rourke ya ganó cuando se encontró con Randy. Cuando se dio cuenta de que tenía que seguir caminando. La Academia debería premiar más que su buena actuación, la digna tozudez de quien vuelve a levantarse para pelear cuando ya empezó el conteo del final y la lona le aplasta la mejilla.

El que no aprende nunca

Siempre es mejor estar allí

Cierre de la encuesta.

El 80 por ciento de las personas que votaron en el blog opinaron que Cristina Kirchner hizo bien en viajar a Tartagal. Un 20 por ciento cuestionaron dicho viaje.

El apoyo al viaje de la presidenta, dado los comentarios que postearon, me parece que se basa en que también aquellos que son críticos de su gestión vieron con buenos ojos que haya decidido acercarse al lugar de la tragedia. Después apareció la otra polémica por sus dichos sobre la pobreza estructural, pero eso es otra cosa.

Bertold Brecht decía: “lo que no conocés por vos mismo, no lo conocés“. Suena como un buen consejo para cualquier dirigente político.

Siempre es mejor estar allí

Feed

ATENCIÓN:

La dirección del feed cambió por una actualización de Feedburner.

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De cualquier manera, la dirección antigua debería seguir funcionando sin inconvenientes, pero si alguien tiene algún problema, puede probar actualizando la dirección del feed.

Si la suscripción por mail no está actuando como es debido, por favor, avisen.

Gracias

(Para todos los que no entendieron ni jota de lo que se dice acá, simplemente, ignoren este post)

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Si quieren discutir, primero hay que pagar

Les gustan las discusiones? A mí sólo si son inteligentes y tratan de confrontar argumentos. Me gustan las que valoran la postura del otro. Las discusiones que te hacen pensar y hasta cambiar de opinión.

Hoy pensaba con quién he discutido más. Creo que el ranking lo encabeza mi viejo que ya no está. Nunca pensé que extrañaría tanto esas peleas.

Ahora discuto mucho con Manguel, y en público lo hice mucho con Lanata, también con Guillermo Alfieri y Ernesto Tenembaun cuando hacíamos la revista 23 y también con ustedes acá, en el blog.

Esta semana hubo muchas discusiones en este espacio. Det me sugirió hacer una suerte de homenaje a las buenas discusiones con este video que es una crítica con humor a las malas. Ojalá lo disfruten. Son los Monty Python. Y si no les gusta, no vamos a discutir gratis.

Si quieren discutir, primero hay que pagar