Cuatrocientos mil

Son un ejército de fantasmas. No tienen educación. No tienen trabajo. No tienen abrazos. No tienen futuro. Son los empachados de hambre. Son los pibes sin calma.

Mueren como moscas. Viven como moscas. Algunos de ellos, con la cabeza rota por el paco y el alcohol, a veces matan. Sólo en ese momento se hacen visibles para el resto de la sociedad.

En la provincia de Buenos Aires, según el gobernador Daniel Scioli, suman cuatrocientos mil. De esa cantera del desamparo salen “ladrones y asesinos” cada vez más pequeños. Las soluciones propuestas por la dirigencia política tienen una simpleza que espanta. “Hay que encerrarlos.” Hay que evitar que “entren por una puerta y salgan por otra”. Esas cosas dicen los que dicen que saben.

Todos opinan desde lejos, como si esos chicos fuesen parte de un imprevisto proceso inmigratorio que invadió en los últimos meses el territorio nacional. Como si esos pibes no fueran el producto del deterioro social, la injusticia y la violencia. Como si no fueran nuestros y no sufrieran la falta de políticas de inclusión.

Cuatrocientos mil chicos que no estudian ni trabajan. Esa cifra, en lugar de promover un debate profundo sobre la inequidad o una declaración de emergencia social con medidas urgentes apuntadas a la infancia, sólo generó propuestas para bajar la edad de imputabilidad y reclamos de mayor dureza judicial.

Un estudio realizado el año pasado por el Barómetro de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina señala que seis de cada diez niños o adolescentes viven en hogares vulnerables; tres de cada diez se desarrollan en familias que no pueden atender su salud y cuatro de cada diez están en hogares que tienen problemas para alimentarlos. Cuatrocientos mil chicos que no hacen nada de nada. Con esa cifra es un milagro que los ataques no sean muchos más.

“Nunca hubo la violencia que existe en este momento. Las calles están llenas de chicos armados, alcoholizados, drogados. Las casas están llenas de chicos maltratados y abusados física y psicológicamente.” La frase le pertenece a Rodolfo Brizuela, desde hace catorce años juez de menores en La Matanza. Brizuela habla por su experiencia pero también por su historia; hijo de madre soltera, cuando era niño estuvo dos años internado en un Instituto de Menores. Alguna vez contó que a la hora de llegar ya le habían pegado.

Para el juez, los lugares de contención que existen en Buenos Aires son un desastre: “No están mal, están peor que mal”, y asegura que la problemática de los delitos juveniles tiene que ser abordada también como una cuestión de salud pública: “En el noventa y ocho por ciento de los casos violentos que pasan por mi juzgado está la droga”.

La discusión, en lugar de ser amplia y profunda, es maniquea y tramposa. Algunos exponentes de la derecha paleolítica exigen que se trate a los pibes que delinquen como si fuesen adultos y, del otro lado, los abolicionistas de manual aseguran que no se les puede asignar ninguna responsabilidad penal a los menores. Estamos entre Blumberg y Zaffaroni. En el medio, se pueden encontrar las posturas más sensatas.

Emilio García Méndez, diputado por Solidaridad e Igualdad y destacado especialista en menores y adolescentes, recordó que la Argentina es el único país de América Latina que no tiene un sistema de responsabilidad penal juvenil.

En la actualidad, los menores son tratados según un decreto de la última dictadura (22278/80). Cuando tienen entre 16 y 18 años se los somete a un tratamiento tutelar que, si da resultado, habilita a que se los entreguen a sus padres, y si no funciona quedan demorados en algún instituto y se los juzga como adultos, a los 18 años, por los delitos que cometieron siendo menores. El contenido del tratamiento tutelar es un misterio, pero a la luz de los resultados se puede afirmar que para que dé resultado hay que tener dinero. Entre los 1.800 menores en custodia del Estado no hay ninguno de clase media o alta.

“Un sistema de responsabilidad penal juvenil, como existe en Colombia, Ecuador o Brasil, habilita a que los chicos que cometen un delito grave –como un asesinato– se los juzgue con un debido proceso. Es decir, con un fiscal que los acuse, un abogado que los defienda y un juez que les dicte sentencia.

Con esta norma, los menores (por ejemplo de 14 a 18 años) que cometan un delito grave deben hacerse cargo ante la Justicia, pero no serán tratados como adultos”, explica García Méndez. En Brasil, por ejemplo, la responsabilidad penal va de los 12 a los 18 años, se aplican trabajos comunitarios para los delitos menores y la pena máxima de prisión es de tres años.

Hay una veintena de proyectos en el Congreso que prevén algún tipo de sistema de responsabilidad penal para jóvenes que delinquen. Casi todas las bancadas políticas presentaron alguno. Los proyectos existen, pero no se tratan. La CTA, el Movimiento de los Chicos del Pueblo y el ARI, entre otras organizaciones, tienen propuestas de subsidios universales para la infancia. Hay propuestas pero no se discuten.

Las aguas parlamentarias sólo se agitan cuando se produce un hecho criminal con amplia repercusión mediática. Mientras tanto, en el tiempo que demoraste en leer esta nota alguno de esos chicos abandonados a su suerte tomó un arma y no hicimos nada para detenerlo.

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Cuatrocientos mil

Estatización de las AFJP: dudas y certezas

Certezas: el sistema de jubilación privada fue un fracaso económico y social, además de un pésimo negocio para el Estado. Del casi medio millón de jubilados que cobran a través de una AFJP sólo el 23 por ciento cobra todo del sector privado. Al resto de los jubilados -para que llegaran a cobrar la mínima- les paga parte o todo el Estado. Además las AFJP le cobraban a los aportantes al sistema comisiones desmesuradas. El Estado era el socio bobo, ponía la plata que no alcanzaba y a su vez se desfinanciaba. ¿Y cómo conseguía la plata? Emitía bonos que compraban las AFJP con la plata que ponían mes a mes los aportantes del sistema. De locos!. Entonces es correcto que las jubilaciones vuelven al lugar de dónde nunca deberían haber salido, sí.

Dudas: Hace bien la gente en dudar del destino que el Estado, a través del gobierno de Cristina Kirchner, le dará a los fondos ($97 mil millones de pesos de fondos acumulados y aportes en el 2009 por $15 mil mllones). Sí. Esta decisión del gobierno es, como muchas tomadas este año, producto de la coyuntura y la necesidad (recordemos que el gobierno anunció con igual pompa e improvisación el pago con reservas al club de París, la reapertura del canje y la estatización de Aerolíneas Argentinas). No responde a una estrategia pensada con anticipación. Tampoco fue consensuada con las fuerzas políticas opositoras que coinciden con la idea central de un sistema previsional en manos del Estado. Por ejemplo, al radicalismo, le avisaron un día antes del anuncio.

Entonces qué hacer? Mäs allá de los lobbies y la oposición ciega, lo más sensato parece ser acompañar la medida pero exigiendo todas las garantías posibles para que el dinero de los jubilados tenga ese destino y no otro. Controles para que la Anses funcione como un organismo de regulación y no como el administrador de un botín de guerra que se puede destinar a pagar deuda externa o hacer campaña política.

En gran medida el gobierno padece más de la cuenta, hasta cuando sus propuestas son atinadas. Ocurre que la crisis más complicada con la que tiene que lidiar no es económica ni política:  es de credibilidad.

Estatización de las AFJP: dudas y certezas

Cuando Margarita conoció a Cielito

La cara iluminada por la emoción, la sonrisa abierta por la felicidad, la imposibilidad de hablar por el asombro. Gestos como esos son los que los seres humanos reservamos para los grandes descubrimientos. Son las expresiones que se sueltan ante lo real maravilloso: la primera vez en el mar, un eclipse de luna, tocar la nieve, un nacimiento, el amor cuando aparece de improviso. Enumero sólo por el gusto de evocar momentos de placer.

Esa cara puso Margarita cuando después de hacer un clic en el ratón de mi computadora apareció su nieta en la pantalla. La bebé se llama Cielito y ella no la había podido ver hasta ese momento.

“Me dio un escalofrío, mi hija me había dicho que estaba en internet, que me había mandado la foto pero yo la buscaba, la buscaba y no aparecía. Preguntaba en los negocios pero no podía o no me explicaban bien cómo hacer. Estoy tan feliz, la bebé es un parte de mi carnecita”, explica.

Tengo suerte, Margarita me ayuda con la limpieza de la casa. Si la conociesen de verdad, todos en esta ciudad querrían que Margarita los ayudara también. Es de esas mujeres que resuelven los problemas sin preguntar. Nos vemos poco. Ella viene una vez por semana, cuando no estoy en el departamento, y se dedica a ordenar y limpiar.

Mi ausencia es importante. Soy conciente de mi inutilidad y Margarita tiene cultura incaica pero modos prusianos. Hace unos días logré reivindicarme: la ayudé a encontrar a Cielito, una sirena en el océano de internet.

Los que utilizamos la web como algo habitual no tomamos conciencia de lo que significa ese mundo para aquellos que, por diversas razones, no comenzaron a navegar. Es como aprender a andar en bicicleta, se puede solo y a los golpes pero una ayuda es fundamental. Sobre todo para perder el miedo.

Margarita dice que algunos de sus hijos la encuentran parecida a Eva Ayllón, la cantante y folclorista peruana (pueden verla y escucharla cantar en YouTube). Ella disfruta con la comparación. Adora a Eva Ayllón, cada vez que puede canta sus canciones, esos ritmos negros que la conmueven hasta las lágrimas y la remiten a su infancia en Chiclayo, la ciudad dónde nació en el norte del Perú.

Margarita tiene, como su admirada Eva, la piel morena, el cabello abundante, y unos ojos marrones dónde es posible imaginar el cruce de tradición e historia. Vive en Argentina hace casi diez años. Había perdido su casa por un desastre natural y necesitaba mantener a sus cuatro hijos. Fue entonces que decidió hacer una jugada desesperada. Su hermana, que ya estaba instalada en Buenos Aires, le sugirió que viniera a probar suerte y no lo dudó. Dejó a sus hijos en Lima y comenzó a trabajar en lo que podía para mandarles dinero. Hizo de todo. Se desempeñó en casas de familia, en un taller textil y hasta en una pescadería. Gracias a la ayuda económica que mandaba al Perú, sus chicos terminaron los estudios. “Yo creo que están orgullosos de mí. Ha sido muy duro estar lejos. Pero me fui para ayudarlos”, cuenta.

Vanesa, Jaruko, Sandra y Renzo. Margarita quiere poner sus nombres en la clave de usuario que acabo de abrirle para que ya no precise de la ayuda de nadie para ver a la bebé Cielito o para recibir noticias de su familia. Le explico que tiene que ser una especie de código, una contraseña, no un álbum familiar. Le pido más. “¿Un nombre para el correo? Margarita. No, Margarita no, mejor Cielito”. Después me exige que le anote todo en un papel, paso por paso. Tiene miedo de olvidarse de algún requisito y naufragar en el próximo intento. Además tampoco quiere preguntarle a los empleados de los negocios de internet: “No te hacen caso o no te explican bien. Y a mí me da un poco de vergüenza”, agrega.

Las dificultades de Margarita disparan varias cuestiones: ¿no habría que “alfabetizar” o mejor dicho “internetizar” de manera masiva?; como está planteada, la red ¿achica o agranda la brecha entre los sectores sociales?; ¿democratiza el acceso a la información o lo limita?

Más allá de cualquier discusión, lo cierto es que Margarita conoció a Cielito gracias a la web. Como dice ella misma: “es mágico”, y tiene razón. Por un momento Bill Gates y Google se mezclan con los sabios del Mercado de los Brujos de Chiclayo y las huacas escondidas en las Iglesias de Cuzco.

Margarita dice “mágico” y uno debería saber que en esa palabra caben siglos de misterios y desventuras. “En diciembre, si el Señor de los Milagros lo permite, viajaré a conocer a mi nieta”, dice. El Señor de los Milagros, el Cristo de las Maravillas o el Cristo Moreno como también se lo conoce, es una imagen de Jesús en la cruz ubicada en el Altar Mayor del Santuario de Las Nazarenas de Lima. Se trata de la imagen más venerada por los peruanos que la consideran milagrosa. La procesión que lo celebra es una de las manifestaciones periódicas del catolicismo que moviliza a mayor cantidad de gente. El Cristo fue pintado por un esclavo de casta angoleña llamado Pedro Dalcón en 1651. En un principio, las autoridades españolas quisieron tapar la imagen pero después de varios intentos y, ante la resistencia popular, desistieron.

Margarita encontró a Cielito. Cualquiera puede observar la pintura de Pedro Dalcón a través de internet. Descubrí a Eva Ayllón y la escuché cantar. Magia y milagros. Todo debería ser más sencillo. Navegar es un derecho.

Cuando Margarita conoció a Cielito

¿Volvé Ibarra? ¿Volvé Telerman? ¿Los perdonamos?

Final de la encuesta. El título de este post es un juego. Lo aclaro porque estamos con el músculo facial que habilita la sonrisa un poco tenso (subí un video de Casero cantando la marchita en alemán y me preguntaron si no estaba haciendo una vinculación con el nazismo…)

Juego con Telerman e Ibarra porque el resultado de la encuesta sobre la gestión de Macri en sus primeros diez meses reveló que de las 600 personas que votaron, dos de cada tres la califica de mala o muy mala. Un resultado notable si se tiene en cuenta que el Pro ganó la Capital Federal con el 60 por ciento de los sufragios. Gracias a todos por participar votando y debatiendo.

¿Volvé Ibarra? ¿Volvé Telerman? ¿Los perdonamos?

El peronismo alemán

El 17 de octubre hubo cuatro actos por el día de la Lealtad peronista. En todos se cantó la famosa marchita. Alfredo Casero aporta una versión que podría convertirse en símbolo de unidad. Bromas aparte, siempre tuve la impresión de que la palabra Perón es como la palabra Dios, invocándola se han realizado cosas maravillosas y cosas desastrozas. Con todo, es innegable que su sonido es parte de la tradición democrática de los argentinos. Espero disfruten a Casero.

El peronismo alemán

Los riesgos de cambiar la hora

“El tiempo no viene como antes”. La frase le pertenece a García Márquez y como ocurre casi siempre en este continente de maravillas, necedades, injusticias y misterio, parece una definición de la realidad.

El sábado cambiaremos la hora otra vez. El fin es noble: ahorrar energía; la polémica inevitable. En otros países hay varios usos horarios y no pasa nada, pero aquí… Como me gusta encontrar la manera de reír y pensar, aquí va “Santa Bernardina”, un original texto de Leo Masliah, leído por él mismo.

Para ahorrar energía eléctrica, las autoridades de Santa Bernardina del Monte dispusieron que a la cero hora del día veinticinco los relojes se atrasaran una hora, pasando a marcar las veintitrés horas del día veinticuatro. De este modo la gente que tuviera que levantarse a la hora siete del día veinticinco no tendría que prender ninguna luz, ya que en realidad serían las ocho y el sol estaría ya en plena actividad.

Cuando llegó el momento -la cero hora del día veinticinco- la gente de Santa Bernardina del Monte, obediente como era, atrasó sus relojes una hora. Fueron entonces -o volvieron a ser- las veintitrés horas del día veinticuatro.

Una hora después, los relojes volvían a marcar la cero hora del día veinticinco. La gente de Santa Bernardina del Monte, obediente como era, atrasó sus relojes una hora. Volvieron a ser entonces las veintitrés horas del día veinticuatro. Una hora después, los relojes volvían a marcar la cero hora del día veinticinco.

-¿Qué hago, mamá? -preguntó un joven- ¿atraso el reloj?
-Por supuesto, hijo: debemos ser respetuosos de las disposiciones de la autoridad – contestó la madre.

Todos los habitantes de Santa Bernardina del Monte obraron en consecuencia con ese precepto. Pero una hora después los relojes volvían a marcar la cero hora del día veinticinco. Nuevamente los pacíficos habitantes de Santa Bernardina del Monte atrasaron sus relojes una hora. Se pusieron entonces a esperar el transcurso de los sesenta minutos que faltaban para volver a atrasar los relojes. Pero algunos tenían sueño y se fueron a dormir, no sin antes dejar turnos establecidos de tal modo que siempre hubiera alguien despierto a la hora de atrasar el reloj.

A la mañana siguiente seguían siendo las veintitrés horas del día veinticuatro. Una hora después era la cero hora del día veinticinco, e inmediatamente después volvían a ser las veintitrés del día veinticuatro. Faltaban nueve horas para que abrieran las oficinas y los comercios. Una hora después faltaban ocho, pero en menos tiempo del que tardaba un gallo en cantar -y efectivamente había muchos gallos haciéndolo- volvían a faltar nueve.

Los habitantes de Santa Bernardina del Monte, de mantenerse este estado de cosas, habrían muerto de inanición. Sin embargo muy otra fue la causa de su muerte.

Tres días después del cambio de hora, un funcionario del gobierno central que pasaba por el pueblo interpretó la actitud de los lugareños como huelga general por tiempo indeterminado, y dio parte de ello a sus superiores. Poco después, diez mil soldados entraron con helicópteros y tanques a Santa Bernardina, aniquilando a los insurrectos.

Los relojes del pueblo, entonces, quedaron divididos en dos categorías: los que averiados por las balas, estaban clavados en una hora entre las veintitrés y las veinticuatro, y los que seguían marchando libremente, pudiendo llegar hasta más allá de la cero hora sin que nadie los tomara por las agujas para atrasarlos. De todos modos algunas horas después ellos solitos volvían a marcar las veintitrés, como si sintieran nostalgia de sus disciplinados dueños, que en paz descansen.

[audio:leo-masliah-santa-bernardina.mp3|titles=Santa Bernardina|artists=Leo Masliah]

Santa Bernardina.mp3 (para descargar el audio, hace click derecho, y elegí “Guardar destino como”)

Los riesgos de cambiar la hora