El uso de la palabra (broli de la semana)


“Me doy por vencido/ La religión la mafia/ la política y el fútbol/ el ejército y la moda/ mueven más gente que yo./ Son millones o pocos/ pero totalmente decididos/ al todo por el todo/ Son millones o pocos/ pero totalmente decididos/ al todo por el todo./ Yo sólo tengo que ver/ con las pequeñas multitudes/ de un cine de trasnoche/ con la soledad de los jugadores de ajedrez/ con la tibieza de algunas mujeres./ Leo/ vuelvo a ver una película/ hago noche en Coltrane/ y estiro el brazo y acaricio a mi bella/ que fuma y ahora me convida.”  (De puño y letra)

Este poema es de Mario Trejo. Un escritor tan extraordinario como invisible. Hace poco escribí una nota para el diario Crítica sobre la aparición de una Antología de sus poemas, editada por el Fondo Nacional de las Artes, bajo el título Un nobel para Mario Trejo.

Sugiero para los amantes de la buena poesía acercarse a ese libro o a su celebrado El Uso de la palabra (edición de Colihue, 27 pesos)  Los recomiendo amorosamente. Para mí es un maestro imprescindible.:

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El uso de la palabra (broli de la semana)

Las noticias no son un espectáculo

La televisión es el medio de comunicación más alejado del periodismo. Para decirlo de otra manera, es el sitio donde resulta más difícil cumplir con la función básica del periodismo: contar lo que pasa y explicar por qué pasa. No es culpa de la televisión sino de quienes la hacen.

La tele responde a dos premisas: entretener e informar. En la Argentina esos dos campos estaban perfectamente delimitados pero en la actualidad se mezclaron. La medición del rating minuto a minuto fue la piedra de toque de este proceso de descomposición de los contenidos periodísticos. Para los programadores todo lo que se emite, incluso las noticias, debe responder a los parámetros del espectáculo y por consiguiente “debe medir bien”. A los lectores les será sencillo identificar las excepciones.

El sábado pasado, el filósofo Tomás Abraham –invitado al programa TVR– terminó criticando con dureza un informe sobre el padre Grassi (sobre quien pesan graves acusaciones por abuso de menores). TVR es un programa que utiliza el humor crítico para revisar lo emitido por la tele durante la semana. En este caso, dentro del informe, incluyeron escenas de Policías en acción dónde unos agentes detenían en un parque a dos adultos que habían abusado de un niño.

Pude ver el programa original, la secuencia completa de Policías en acción es tremenda. Cuando los agentes se acercan al grupo, el niño llorando les dice que lo estaban tocando. Uno de los hombres, el padre del niño, se defiende diciendo que todo es un juego pero el chico insiste. Cuando los policías finalmente los detienen, el niño abusado reclama llorando que dejen a su papá, que no se lo lleven. Es desgarrador porque el drama del abuso sexual infantil se revela en toda su dimensión. La víctima clamando por su victimario y, el victimario, como ocurre en la mayoría de los casos de abuso, es un familiar o alguien cercano y querido. En una entrevista con La Nación.com, Abraham se extendió en su crítica:

“Todas estas cosas no informan, no educan. Supongo que no hay mucha gente dentro de la sociedad que está a favor de la pedofilia o de la violación de menores, no se necesita que alguien con una cara compungida artificialmente le diga que está mal violar a un nene. Así que esas emisiones no tienen ninguna función ni educativa ni informativa. Y mientras tanto, eso no se debería mostrar”.

Tengo la mejor opinión sobre Diego Gvirtz y TVR, programa al que fui invitado en un par de oportunidades, pero la emisión de las imágenes, sin contextualizar el problema, fue un error grosero. Ahora bien, la polémica entre el filósofo y los conductores del programa debería abrir una discusión más amplia. En definitiva, TVR no es un periodístico puro. Cuestiones más serias ocurren en los noticieros y en los programas periodísticos.

En los canales de noticias es habitual musicalizar las informaciones policiales. La aparición de los cuerpos de los tres jóvenes dueños de droguerías fue presentada con música de suspenso en varios canales. No hay informe policial sin su “banda de sonido”. Los cronistas salen a la calle con la consigna de buscar en las declaraciones de las víctimas o sus familiares el detalle más escabroso. Si alguien llora en cámara mejor. La fascinación que genera la tele contribuye a que muchas personas, aún partidas por una tragedia, estén dispuestas a dar su testimonio.

Después de analizar en detalle la actitud de los medios sobre las ex rehenes Ingrid Betancourt y Clara Rojas, el escritor Tomás Eloy Martínez denunció “el acoso de un periodismo sin fronteras morales, que sigue esforzándose por convertir a las víctimas en piezas de un espectáculo que se presenta como información necesaria, pero cuya única función es saciar la curiosidad perversa de los consumidores de escándalo”. Martínez, citó al maestro de periodistas Ryszard Kapuscinski, quien en su libro Los cínicos no sirven para este oficio, señaló: “Con la revolución de la electrónica y de la comunicación, el mundo de los negocios descubre que la verdad no es importante, y que ni siquiera la lucha política es importante, sino que, en la información, lo que cuenta es el espectáculo. Y, una vez que hemos creado la información-espectáculo, podemos vender esta información en cualquier parte. Cuanto más espectacular es la información, tanto más dinero podemos ganar con ella”.

Bajo esos parámetros, en la tele nacional, los productores de programas periodísticos tienen la misma agenda que aquellos que producen programas de chimentos. Se invita a los políticos “que miden”, no a los que dicen cosas interesantes. Se mezclan figuras del espectáculo con dirigentes políticos. Se despliegan investigaciones complejas para agarrar “in fraganti” a personajes sin ninguna relevancia. En los informes se seleccionan las imágenes que despiertan mayor morbo. Los periodísticos serios siempre incluyen en sus sumarios algún tema que tenga que ver con el sexo. Así una denuncia sobre contaminación ambiental puede compartir la emisión con una discusión sobre el tamaño del pene. Se acortan los tiempos del debate con el argumento de que éstos son aburridos. La reflexión profunda está ausente.

Los periodistas que hacemos televisión nos debemos esta discusión. Tenemos la obligación ética de combatir esa dinámica que supedita la información al rating.

Las noticias no son un espectáculo.

Las noticias no son un espectáculo

Hay que abrazarse más

Me encantan los abrazos. Alguna vez escribí para una revista llamada Latidos una nota sobre Besos y Abrazos, allí decía: “Quiero los abrazos del oso cuando abraza a sus hijos, fuertes y, a la vez, precisos y delicados. Esos abrazos que hacen que el cuerpo de uno quede estampado en el alma del otro. Los abrazos que sostienen el miedo a crecer. Los abrazos que despejan el cielo de las despedidas” y me animé a una afirmación temeraria que muchos cuestionaron: “Hasta el más cruel de los humanos debería tener garantizado un ´pecho fraterno para morir abrazado´”. También en aquella nota explicaba que los abrazos más locos y apasionados pertenecen al mundo del fútbol.

Los que alguna vez jugaron a la pelota saben que pocas cosas se pueden comparar a un gol y que los festejos incluyen “los pechos que tratan de penetrarse, el sudor que se mezcla, la unidad en un grito. Una verdadera orgía“, sin sexo, claro. El abrazo de Lionel Messi y Ronaldinho después de la semifinal olímpica que ganó Argentina, dice otra cosa: amistad, reconocimiento, ternura, humildad y consuelo. Eso es lo que me provocó ese gesto compartido. Pensé enseguida en la frase de Eduardo Galeano: “uno juega como es”. Me gustan Messi y Ronaldinho cuando juegan. Me gustan también cuando se abrazan.

Hay que abrazarse más

León Gieco sobre Chabán y Callejeros

No sé qué va a hacer la justicia. Mi pregunta es la siguiente: ¿qué pasaría si mañana aparece un flaco y dice que fue el que tiró la bengala? Va preso, pero a mí ni me da para culparlo, porque no fue a matar a 194 personas. Es un tipo que se equivocó, que tiró una bengala de tres tiros porque el rock barrial se futbolizó. Fue un desastre y lo único que me queda es lamentar esas muertes y los pibes que quedaron averiados. Pero cuando veo que empiezan a echar culpas a éste y al otro, primero empecemos por el principio: nadie quiso que pasara lo que pasó, pero las diferentes causalidades dan ese tipo de accidentes. Hay una falta de responsabilidad desde la habilitación, los inspectores, un par de cosas corruptas y el pobre Chabán que lo tratan como si fuese un asesino y siempre se dedicó a tener dos lugares para tocar rock. Le echan la culpa de 194 muertes por el solo hecho de que nunca hubo ningún control de nada y le vino mejor poner 4.000 personas a 10 pesos y no 1.000 a 40, porque también hay un problema económico en el país. Me cuesta muchísimo entender qué es lo que va a hacer la justicia y de dónde se va a agarrar, porque incluso no va a dejar conforme a nadie, porque una muerte no se puede conformar con nada. Y sigo pensando que cómo les van a decir asesinos a los Callejeros. Yo sigo pensando que es un grupo que toca rock and roll y se acabó. Era un grupo bengalero como eran un montón de grupos. Entonces, Chabán no es un asesino y los Callejeros tampoco. De última, los inspectores tampoco. Son unos irresponsables, pero no son asesinos. Y los corruptos, si hubo una policía corrupta o un bombero corrupto, que cobró cierta guita, tampoco es un asesino, es un corrupto. Pero todo eso dio como resultado una masacre.”

León Gieco sobre Chabán y Callejeros

Enemigos de la corbata

Un fantasma recorre América Latina. Se llama informalidad y está dispuesto a todo. Por lo pronto se conforma con llegar al poder.

Un nuevo movimiento continental y revolucionario avanza sobre las viejas estructuras políticas. Son Los Sin Corbata. El último de sus representantes acaba de asumir la presidencia de Paraguay.

El ex obispo Fernando Lugo hizo su primer discurso vestido con una camisa blanca de cuello mao y calzando sandalias. Antes de meterse en política, Lugo tuvo a su cargo la arquidiócesis de San Pedro, en el empobrecido norte paraguayo. Como si estuviese en misa, anunció: “Renuncio a vivir en un país donde unos no duerman porque tienen miedo y unos no duerman porque tienen hambre”. Y siguió, sin tener que sacarse el saco que no tenía, “renuncio a un Paraguay con jóvenes tristes. Yo anuncio un Paraguay con jóvenes protagonistas de su destino”.

Después hizo un gesto que muchos dirigentes del Partido Colorado, derrotado después de seis décadas de hegemonía, no se cansaron de criticar: renunció a su sueldo. Los cuatro mil dólares que el Estado debería pagarle por su trabajo de presidente irán a un fondo de ayuda para los más necesitados. “Es un demagogo”; “otro populista”, “por qué no se preocupa por gobernar”, le dijeron.

Antes que Lugo, otro presidente electo sepultó el uso de la corbata. Evo Morales hizo toda su campaña vestido con camisas o con un jersey. Para el acto de asunción, el 22 de enero de 2006, eligió un traje confeccionado por la diseñadora boliviana Beatriz Canedo Patiño. El primer presidente de origen indígena de América pidió que fuese confeccionado con algo de la cultura aymara. La diseñadora utilizó alpaca fina y un tejido centenario para el cuello y la solapa. En la película Cocalero se cuenta la historia de ese traje, que funciona como metáfora de la llegada de lo nuevo de la mano de lo ancestral.

El economista Rafael Correa tampoco usa corbata. Su pinta de galán de cine lo exime de las críticas. Suele vestir trajes impecables y camisas bordadas con motivos indígenas. En enero de 2007, en el acto de posesión del mando, citó a Pablo Neruda y se despachó contra el neoliberalismo y los organismos internacionales que “dejaron al Ecuador en la miseria”.

Tampoco son afectos a la corbata los presidentes Hugo Chávez y Daniel Ortega, de Venezuela y Nicaragua. Pero, cada tanto, para la foto, la desempacan. El senador uruguayo José “Pepe” Mujica, candidato a la presidencia, ya avisó que: “Puede seguir la moda de los presidentes raros”, en obvia referencia a Morales, Correa y Lugo. Al ex dirigente tupamaro es más fácil verlo con un termo y un mate que con una corbata.

La corbata es inocente hasta cierto punto. Nació en el siglo XVII casi por casualidad. Cuentan que un regimiento de Croatas, después de vencer a los Turcos, llegó a París y sorprendió con su vestimenta a Luis XIV. Los soldados llevaban en el cuello unos pañuelos de colores. Se cree que su origen se remonta a los oradores romanos que utilizaban telas para proteger sus gargantas.

Lo cierto es que el Rey de Francia hizo diseñar para la guardia de la corte un pañuelo con la insignia real al que llamó cravette, término que provenía de crabete, que quiere decir “croata”. El regimiento se llamó Royal Cravette. La tela en el cuello se extendió por el viejo continente y llegó a Inglaterra. Con los años, se convirtió en un símbolo de los sectores más opulentos de la sociedad.

Los pronósticos iniciales apuntaban a su rápida desaparición: nadie le veía mucho sentido a eso de llevar una tela en el cuello que no estuviese destinada al abrigo. Pero a pesar de los agoreros, a principios del siglo XX empezó a producirse en forma masiva. “Destaca la verticalidad del cuerpo”, “realza la camisa”, “es signo de elegancia y estilo”, “ningún traje luce bien sin ella”, fueron algunos de los argumentos que todavía perduran.

En 1924, el norteamericano Jerse Langsford “inventó” el corte de la tela en 45 grados y la dividió en tres piezas cosidas a mano. Éste es el método que siguen utilizando para su confección las casas de ropa más prestigiosas del mundo. Símbolo fálico, marca de virilidad. Según algunos estudiosos, las corbatas hasta pueden revelar la personalidad.

La decisión de Lugo, Evo y Correa tal vez tenga más que ver con otra historia menos difundida y, por cierto, de imposible comprobación. Me la contó el psicoanalista y escritor mexicano Fredo Arias de la Canal. Él usaba camisas con el último botón del cuello abrochado. Ante mi pregunta por la ausencia de corbata, me contó que un gobernador militar inglés en Escocia obligaba a los habitantes de la zona que controlaba a llevar una soga alrededor del cuello para recordarles su condición de vasallos. Cuando alguno se rebelaba, lo hacía ahorcar con el mismo lazo que portaba en el cuello. Fredo estaba convencido de que esa política de sumisión devino en moda y así nació la corbata. Por esa razón se resistía a la costumbre de “amarrarse el cogote”.

La rebeldía formal de un pequeño grupo de presidentes latinoamericanos no alterará el extendido uso de las corbatas en Occidente, pero tal vez funcione como una señal: es posible vivir sin una soga al cuello.

Enemigos de la corbata

La pregunta fumada: ¿Hay que despenalizar?

El gobierno nacional, a partir del trabajo de un Comité de Científicos, está elaborando un proyecto de ley para despenalizar la tenencia de droga para el consumo personal.

Es un tema que nos atañe a todos, seamos consumidores de sustancias consideradas prohibidas o no, ya que tiene que ver con los derechos individuales, la justicia y la salud pública, entre otras cuestiones.

Por esa razón dejo abierto el debate. Este es el resultado de la encuesta:

La pregunta fumada: ¿Hay que despenalizar?

El Lector (broli de la semana)

Cumplo la promesa de recomendar un libro cada fin de semana: El Lector de Bernhard Schlink. Es de lo mejor que he leído en los últimos meses.

Llegué a Schlink debido a mi pasión por las novelas policiales. Es un autor muy interesante, es alemán y ejerce como juez. Pero me topé con este libro que no tiene nada que ver con la novela negra pero es extraordinario. Es más, no volví a leer a Schlink con sus policiales después.

La historia parte de la relación entre un pibe de 15 años y una mujer mayor pero atraviesa tópicos esenciales: el amor, el sexo, la muerte y en especial la memoria. La importancia de la lectura tiene un papel central.

Si no lo leyeron no se lo pierdan, hay una edición de precio accesible de Anagrama.

El Lector (broli de la semana)