Moreno y Marianela, vidas paralelas

“Moreno es amable y honesto”. “Es muy difícil controlar precios en la Argentina y se necesita mucha firmeza para hacerlo”. Los elogios del Ministro del Interior, Florencio Randazzo, se convirtieron en un nuevo respaldo oficial para el funcionario más cuestionado de los últimos años.“Guillermo Moreno, es igual a Marianela Mirra”. Eso me dijo un amigo. Y es verdad. Como la ganadora de la edición 2007 de Gran Hermano, el Secretario de Comercio fue nominado una decena de veces para irse de la Casa, pero cuando llega el momento de la decisión final, el tipo siempre se termina quedando.

Cuando más gente pide su cabeza, más firme está Moreno en su puesto. Cuando más críticas y nominaciones recibía Marianela, más se consolidaba en el juego.

Por su actuación en la Casa, la chica tucumana cargó con tantos calificativos como el funcionario kirchnerista. Le dijeron malvada, celosa, maquiavélica, conspiradora y jodida. La acusaron de no cuidar su modos. Le cuestionaron que se riera de todo y de todos. Hasta criticaron su voracidad. Parece que la pobre tenía angustia oral y no paraba de engullir lo que podía. Sus kilos de más, lejos de ser un problema, terminaron por ganarle la simpatía del público. Cada vez que la nominaban, los televidentes del reality del ocio se encargaban de salvarla con sus votos.

Según los especialistas, las debilidades de Marianela la transformaron en una chica como cualquier otra. Gran parte del público se identificó con ella. Gracias a eso, terminó llevándose el premio de cien mil pesos en una votación final que superó el millón y medio de televidentes y un rating de 50 puntos. Si los sondeos de opinión son certeros, en esto es imposible hacer una analogía entre la ex campeona de Gran Hermano y el interventor de facto del Indec. Moreno no podría sumar más votos que los de algunos de sus familiares. Y en esa tarea ni la simpatía de Jorge Rial podría ayudarlo.

De todas formas, Moreno nunca necesitó del apoyo popular para permanecer en pantalla. A él, lo salva un solo espectador: Néstor Kirchner, el verdadero dueño del control remoto. Cuando parecía que Miguel Peyrano, el Ministro de Economía que sucedió a Roberto Lavagna, le ganaba la pulseada, volvió a salir victorioso. Las últimas palabras de Peyrano, como ministro, suenan a epitafio: “Moreno o yo”. Después vino Martín Lousteau. Alertado del peso de su contrincante, el Joven Maravilla, lo ponderó preventivamente: “Moreno es un buen técnico”. Días después, tuvo que convencer al buen técnico para que no fijara las retenciones móviles en el 63% (sí, leíste bien, Moreno propuso el 63 por ciento). Quedaron en el 44. Igual fue un desastre político y Martín partió al exilio. El último que pasó por el confesionario fue Alberto Fernández. El Jefe de Gabinete puso su renuncia a disposición de Gran Hermano pensando: “Muero contento, nos vamos los dos”. Y no. Se fue solo. Moreno se salvó otra vez.

A estas nominaciones fallidas hay que sumar las denuncias judiciales que pesan sobre el funcionario y los planteos que impulsa el Fiscal de Investigaciones Administrativas, Manuel Garrido, que hasta le pidió a la justicia que le impida salir del país.

La Presidenta de la Nación parece presa de esta disyuntiva. No lo quiere despedir ahora, cuando propios y extraños se lo exigen. Imagina en esa concesión, un signo de debilidad. Pero sostenerlo en el puesto, contra viento y marea, torna inverosímil la idea de un cambio de rumbo en la manera de gestionar el Estado y eso conspira contra la idea de recuperar confianza popular.

Cristina Kirchner puede convocar al gabinete nacional a los más buenos y honestos, a los más trabajadores y sensibles. Puede llamar a León Gieco, Estela de Carlotto o Juan Carr, pero si Guillermo Moreno sigue en su cargo, nadie creerá que algo va a cambiar.

Con todo, siguiendo el razonamiento de mi amigo, Moreno no debería celebrar. Más temprano que tarde se tendrá que ir. “Acordate de Marianela –insiste en su análisis– volvió para competir en la tele en Bailando por un Sueño, cuando ya era una estrella. Todos decían que era imposible que perdiera, que era una diosa. Al final, le terminó ganando un flaco que tenía menos onda que un semáforo y que ni siquiera sabía bailar”.

Así es la vida.

Anuncios
Moreno y Marianela, vidas paralelas

El Principito cuando era niño

portada de El Principito

El 31 de julio de 1944 murió Antoine De Saint Exupery, el autor de El Principito. Un libro que si no leyeron cuando eran pibes, merece ahora mismo una visita.

Saint Exupery,además de escritor, fue aviador y murió en uno de sus vuelos. Dejó una obra que lo multiplica en la memoria de grandes y chicos.

El Principito es uno de los libros más vendidos del mundo. A mi me gusta mucho, pero hay algo que suele pasar inadvertido y es la dedicatoria. Quiero que la lean porque es un canto a la amistad y ratifica la idea del libro: hay que defender al niño que llevamos dentro.

León Werth, era un novelista francés amigo de Saint Exupery. Cuando el libro se publicó, vivía las penurias de la segunda guerra mundial.

Se viene el día del niño, ojalá este texto nos ayude a mirar al niño que portamos en el corazón.

A LEÓN WERTH

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona grande. Tengo una seria excusa: esta persona grande es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona grande puede comprender todo; incluso los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona grande vive en Francia, donde tiene hambre y frío. Tiene verdadera necesidad de consuelo. Si todas estas excusas no fueran suficientes, quiero dedicar este libro al niño que esta persona grande fue en otro tiempo. Todas las personas grandes han sido niños antes. (Pero pocas lo recuerdan.) Corrijo, pues, mi dedicatoria:

A LEÓN WERTH cuando era niño

Antoine De Saint Exupery (dedicatoria de El Principito)

El Principito cuando era niño

Fronteras

Este video es imperdible. Es un laburo de la productora Nunchaku Cine, cuyo casting hizo mi amiga Verónica Souto, y habla de la estupidez de las fronteras, esas líneas artificiales que en general no dicen nada sobre las personas y sus sueños.  Es un laburo que fue realizado para una publicidad pero adquiere un matiz testimonial extraordinario. Además tiene mucho humor. Y en este continente tan castigado, reir y pensar son armas formidables.

Fronteras

Cobos presidente

–Yo votaría a Cobos.
–Pero ¿usted lo conoce?
–No, pero lo votaría por lo que hizo.
–¿A quien votó en las últimas elecciones?
–A Cristina.
Eso me dijo un taxista esta semana: “Yo lo votaría a Cobos” y agregó: “el tipo se la jugó y paró el quilombo con el campo”. Curioso, el tachero ya había votado por Cobos una vez pero ni se acordaba.

No hago ningún descubrimiento: Argentina es un país generoso. Generoso y frívolo. Generoso y leve. No es raro que la política nacional alterne episodios dramáticos con momentos de insoportable levedad. En apenas un par de días, un personaje ignoto puede devenir en ídolo popular. Basta recordar lo que pasó con Juan Carlos Blumberg a partir del brutal asesinato de su hijo. Claro que con la misma velocidad se puede emprender el camino inverso. De la cima a la nada, no hay nada de distancia decía mi abuela.

Con esa método de ascenso sin escalas, Cobos pasó de desconocido a héroe civil. Lo de “casi desconocido” no tiene ánimo de ofensa. Hace unos meses, la gente que trabaja junto a Eduardo Duhalde mandó a hacer una encuesta sobre dirigentes nacionales. Ante la consulta: ¿Quién es el vicepresidente?, el 45% de los convocados respondió: Daniel Scioli. Dicen que algo de eso le dijo el ex presidente a Cobos cuando hablaron por teléfono días antes de la votación clave en el Senado: “o seguís siendo un desconocido o empezás a existir”.

Todas estas consideraciones van más allá del voto del vicepresidente. Lo pidió él mismo: la historia lo juzgará. Mientras tanto se cansará de recibir elogios de unos y las diatribas de otros. Julio Cleto Cobos no da cabalmente el rol de Judas que le quiere imponer el oficialismo pero, a su vez, está lejos del maquillaje sanmartiniano que le regalaron en su Mendoza natal.

De pronto Cleto Cobos es un fenómeno. Hay un toro, el primero que llegó a la Exposición de la Sociedad Rural, que se llama Cleto. La mayoría de los Medios de Comunicación lo levantan hasta el cielo; liberales, conservadores y progres lo reivindican; los radicales, que lo expulsaron, ahora ven en él la gran esperanza de la reconstrucción; lo elogiaron Duhalde y Raúl Alfonsín. Por este diario nos enteramos que el apodo Cleto viene del griego y que quiere decir “ilustre y elegido para el combate”. Ni que su mamá hubiera sabido de las retenciones móviles y de los problemas que el nene le iba a ocasionar a su compañera de fórmula. Incluso nos recuerdan que existió un Papa llamado así: San Cleto.

¿No será mucho?

Aquellos que lo defenestran por traidor son los mismos que aplaudieron su llegada a la Concertación plural. Son los que quieren escapar de su propia inoperancia política. El Partido Justicialista no logró que sus propios legisladores avalaran un norma que venía mal parida y que ya se comió a dos ministros claves.

Ahora son legión –aunque siempre refugiados en el anonimato– los oficialistas que confiesan: “esto fue una locura, dilapidamos capital político por un simple aumento de impuestos” y agregan: “Lo que pasa es que a Néstor no se lo puede contradecir”. ¿Cómo? ¿No era éste el comienzo de la revolución social?

Y aquellos que endiosan a Cobos, en especial desde el llamado progresismo –que entre Luciano Miguens de un lado y Guillermo Moreno del otro, ya no se sabe dónde queda– deberían recordar que hace menos de un año Cleto plantó a sus correligionarios para subirse al tren santacruceño. Y lo hizo sin objeciones. Y eso que Néstor ya era Kirchner. Con lo bueno y lo malo. Con la nueva Corte Suprema de Justicia y con la política de Derechos Humanos pero también con los superpoderes, el manotazo al Indec y la modificación del Consejo de la Magistratura.

Entre el fuego cruzado, Cobos hizo la suya. Tuvo una buena idea para destrabar el conflicto: sugerir el parlamento como ámbito para discutir y generar consenso. Tal vez se extralimitó convocando a los gobernadores a discutir el tema, pero ya estaba lanzado. Era por entonces, el héroe accidental de esta historia. Cuando el gobierno que integra, desde octubre pasado, primero lo ignoró y luego lo maltrató públicamente, comenzó a jugar su propio partido.

Respondió al pedido de cientos de diputados, intendentes y concejales radicales del interior del país. Escuchó a su familia y a sus amigos –mal que le pese a muchos, un factor decisivo en la votación y sino que le pregunten a la mamá del senador Emilio Rached de Santiago del Estero– y se preparó para lo peor. Cuando todavía no sabía que lo peor podía ser lo mejor para él. Antes le pidió a San Expedito no tener que desempatar pero el santo de las causas urgentes estaba ocupado en otros menesteres de mayor importancia. Y, finalmente, le tocó la sortija que cambió su vida para siempre.

Ahora, después de su vuelta triunfal por Mendoza, le pidió una audiencia a la Presidenta de la Nación. De ese encuentro o mejor de su eventual realización, dependerá su continuidad en el gobierno.

Algo parece seguro: el taxista lo podrá volver a votar.

(Publicado en Crítica el 24/07/2008)

Cobos presidente

Jesús estuvo en Buenos Aires

Es andaluz, nació en Granada no en Belén. Es bajito, no tiene barba. No parece un rock star. Todo lo contrario: su cabello está perdiendo la batalla con el tiempo. Usa anteojos con vidrios gruesos. Igual se parece mucho al nazareno. Incluso, cuando siente que sus pedidos no son atendidos, se crucifica. Como si todo su cuerpo fuese una señal desesperada con destino al cielo y a la tierra, se crucifica.

El padre Jesús Olmedo es el párroco de la Iglesia Nuestra Señora del Socorro de la Quiaca. Llegó al país en 1971, tenía 25 años y su imagen de la Argentina se resumía a una postal con vacas, pampa, abundancia, cultura y desarrollo. El flamante sacerdote no tardó mucho en comprobar que había llegado a uno de los lugares más pobres de Latinoamérica, dónde lo único que sobra es la intemperie.

Años después tuvo que volver a España y, a comienzos de los 90, regresó a La Quiaca para quedarse definitivamente. Como el otro Jesús, el tipo es un peleador y los niños del norte argentino le habían ganado el corazón. “Había venido a evangelizar y ellos me habían evangelizado a mí”, repite. Comprendió además que los integrantes de los pueblos originarios están en el último escalón de la pobreza. ¿En qué otro lugar debería estar Jesús?

En dos décadas de trabajo intenso, el padre Olmedo ayudó a establecer una decena de comedores. Es que el hambre es la necesidad más urgente. Según su propio diagnóstico, la mitad de los niños de esa zona de Jujuy están desnutridos. Por esa razón, la imagen de la leche derramada en la ruta, en mitad del conflicto entre el gobierno y el campo, lo indignó de manera especial y salió a decirlo: “mientras se pelean por las retenciones los pobres siguen pasando hambre”. Unos días antes, a comienzos de Junio, una movilización de pobres y desocupados fue reprimida de manera brutal por la policía provincial. Hubo varios heridos de bala, entre ellos, el propio Olmedo.

Jesús sabe que el peor enemigo de los pobres es el silencio. Escribió un libro sobre ese tema: La cultura del silencio. “Cuando un pueblo calla durante tanto tiempo es porque ha sido silenciado” y sugiere: “desde la cultura del silencio hay que pasar al grito de los excluidos”. Con esa idea, en la semana de los dos actos, bajó a Buenos Aires. En medio de la peor disputa de poder de los últimos años, Jesús bajó a la Capital. Aquí, como dicen en el interior, atiende Dios. Aunque él cree que si lo dejan, “si no lo encadenan, Dios está en todos lados”.

El padre logró algunas cosas, en medio de la disputa por la soja, la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, le prometió hacer un relevamiento de la zona y ayuda oficial inmediata. El líder chacarero Alfredo De Angeli, que lo cruzó en un canal de televisión, le garantizó el envío de alimentos. También recibió apoyo de distintas parroquias y organizaciones sociales de todo el país.
Jesús agradece pero sabe que nada será suficiente sino se remueven las causas profundas de la iniquidad. Por eso sigue exigiendo a las autoridades políticas la generación de puestos de trabajo, más escuelas, cloacas, agua potable, obra pública, subsidios para los desempleados. También pide que se controle el contrabando de artículos de primera necesidad desde La Quiaca hacia Villazón en Bolivia, que mezcla corrupción y carencias. Y que la legislatura jujeña declare a La Quiaca zona de emergencia.

Uno de los mayores desafíos asumidos por Olmedo es que la sociedad tome conciencia. Quiere que se asuma que en “La Quiaca comienza la Argentina” y para eso debe enfrentar los muros de silencio que imponen los prejuicios y la indiferencia hacia los coyas, hacia los antiguos dueños de la tierra, hacia los habitantes del norte profundo que están entre los argentinos más olvidados. Esos compatriotas que deben mendigar por lo que les pertenece por derecho propio.

Es por eso que a Jesús le cuesta entender algunas cosas de este país, al que considera suyo: “En el 2001 veíamos por televisión como se hablaba de la crisis argentina por la plata que se había quedado dentro de los bancos y no se hablaba de la crisis argentina por el hambre y la miseria”. Un periodista porteño le pidió una definición: “¿Usted está con el campo o con el gobierno?” y el padre respondió: “Con ninguno de los dos. Yo estoy con los pobres”.
Jesús estuvo en Buenos Aires. No organizó ningún acto.

Jesús estuvo en Buenos Aires

Réquiem para los escraches

Viene de escracho, cara en el uso vulgar. Es posible encontrarla en los tangos lunfardos, esos dónde Edmundo Rivero advierte que te pueden hacer “un feite en el escracho”. El Diccionario del habla de los argentinos le otorga el mismo significado y cita, en clave policial, a Rodolfo Walsh en Oficios: “Viejo, yo no pongo el escracho para que me fusile un zanahoria de estos”. Eso como historia del sustantivo. ¿Y el verbo?

También en el uso coloquial, escrachar tiene que ver con la cara. Escrachar según el Diccionario antes citado es “golpear a una persona particularmente en la cara”.

Ahora bien, la metodología del escrache es un invento argentino. Hasta la biblia de internet, la Wikipedia, coincide en definirlo como la denuncia popular contra personas acusadas de violaciones a los derechos humanos.

El acto de escrachar es tan nuestro como el colectivo, el dulce de leche y la birome. Pero a diferencia de estos hallazgos del ingenio nacional, el escrache debería tener fecha de vencimiento.
Casi todos coinciden en que la primera vez que se organizó un escrache fue en 1995. Los chicos de HIJOS habían participado de un campamento en Córdoba. La sensación de impunidad los abatía y fue entonces que surgió una idea simple y contundente: si la justicia no podía alcanzar a los asesinos y torturadores de sus padres y familiares, ellos no se iban a quedar de brazos cruzados.

“Si no hay justicia, hay escrache”, fue la consigna. Señalarían a los represores, los pondrían en evidencia.

Y lo lograron. Con pintadas, sentadas y movilizaciones, les hicieron dar la cara. Mostrar el escracho, aunque nadie se preocupó por indagar la conexión de esa acción con el origen misterioso de la palabra.

Les contaron a los vecinos que ese señor amable que paseaba a su perrito por Palermo; que ese viejito simpático que comulgaba en la Catedral de La Plata o ese caballero que siempre cedía su lugar en la fila del mercado de Tucumán, no habían dudado a la hora de matar inocentes o entregar a un recién nacido. Y lo más importante, que ese señor no iba a ser castigado por sus acciones aberrantes gracias a la existencia de las leyes del perdón. Más de un represor sintió públicamente el desprecio y el rechazo de la comunidad a partir de esas acciones directas.

Pero el escrache se extendió. Superó su objetivo inicial, vinculado a la denuncia contra los represores y sus cómplices, para convertirse en una herramienta de cuestionamiento a dirigentes políticos sospechados de corrupción. La dinámica tuvo su paroxismo en los aciagos días del 2001/2002 de la mano del “que se vayan todos”.

Ni siquiera los miembros de la Corte Suprema menemista se salvaron. Fue el prólogo popular a su vergonzante eyección de los tribunales por renuncia o juicio político. Esas movidas, en general, no incluían hechos de violencia. Aunque cada tanto algún cobarde, amparado en el montón, aprovechó para soltar algún golpe. Siempre innecesario.

El conflicto entre el gobierno y el campo le dio otra faceta a esa metodología. Los piqueteros oficialistas escracharon a la Sociedad Rural y le propinaron una que otra patada a su titular, Luciano Miguens. El mismo ataque sufieron otros dirigentes del campo. Algunos tuvieron que pedir custodia policial. Mientras tanto, un centenar de miembros de la tradicional Sociedad Rural de Rosario, la emprendieron contra el diputado Agustín Rossi rodeando su casa de Rosario en donde estaban su mujer y sus hijos.

El gobernador del Chaco, Jorge Capitanich, sufrió un ataque a huevazos por parte de productores enfurecidos en Sáenz Peña. Le pasó a su colega Daniel Scioli en Olavarría. Y a tres diputados tucumanos que votaron el proyecto oficial. Le ocurrió a Felipe Solá en la puerta del Congreso y eso que el diputado bonaerense se la jugó presentando un proyecto alternativo.

También le tocó a varios intendentes del interior que no acompañaron la protesta agraria. La lista de escrachados en los últimos meses es interminable. Los discursos virulentos de los protagonistas incentivaron las agresiones.

En la lectura de algunos medios de comunicación, el escrache tuvo el mismo tratamiento que los piquetes. Hay piquetes buenos y piquetes malos. Hay escraches justificados y otros que constituyen un ataque al honor y la integridad de las personas.

Lo cierto es que a esta altura, cuando los procesos judiciales a los represores son indetenibles, cuando impera el Estado de Derecho y hay una Corte Suprema independiente, los escraches deberían volver a los tangos lunfardos; a los policiales de Walsh o a las crónicas de Arlt. En la comunidad generan más molestias que adhesiones. Los represores se hacen visibles cuando la justicia los reclama. Cuando ponen el escracho para escuchar una condena.

Y en cuanto a los políticos o los actores sectoriales que defienden su renta, el escrache cada vez se parecen más a una práctica antidemocrática. Cien tipos agrediendo a uno, que fue elegido por cien mil, porque no les gusta lo que hizo en uso de sus facultades políticas.

En todo caso se podría apelar al autoecrache y aprender a votar mejor la próxima vez.

Réquiem para los escraches

Se dice cualquier cosa

El domingo pasado en el programa Tres Poderes (América), Emilio Pérsico del Movimiento Evita me acusó de tener amigos militares y de querer dividir a las Madres de Plaza de Mayo. La ira del dirigente piquetero, aliado al Gobierno, se disparó después de escuchar mi opinión sobre las declaraciones de Hebe de Bonafini. La presidenta de Madres de Plaza de Mayo calificó de hijo de puta al vicepresidente de la Nación, Julio Cobos, y de traidores a todos los radicales. También propuso ocupar los medios de comunicación del Estado.

A mi juicio los dichos de Bonafini son autoritarios y delirantes. Pero antes de hacer esa afirmación expliqué que las opiniones de Hebe no le generan ninguna inquietud a quienes la cuestionan desde hace muchos años y aprovechan sus exabruptos para pasarle viejas facturas por su lucha a favor del castigo judicial a los represores. A ellos no les cambia nada. El problema es para los que creemos que el pañuelo blanco de las Madres pertenece a todo el pueblo argentino. El problema es para los que apoyamos la política oficial orientada a terminar con la impunidad y vemos, con pena y dolor, como Hebe pide represión para los productores o llama a tomar el Congreso de la Nación.

Bonafini tiene derecho a adherir al Gobierno. Lo cuestionable en su discurso es la idea que señala como un traidor, hijo de puta o amigo de los militares a cualquier persona que piense diferente.

Jorge Luis Borges sugería no rendir examen de pureza ante impuros. No es la intención de esta nota. En realidad, desde los insultos de Hebe y la posterior acusación de Pérsico, vengo pensando en las cosas que se dijeron al calor de este enfrentamiento. Es un juego de espejos sectario y perverso.

La presidenta denunció un plan de desestabilización orquestado por los ruralistas. Desde el campo rechazaron hasta el cansancio esa acusación. Pero Ricardo Buryaile de Confederaciones Rurales Argentinas, afirmó que si los diputados no eliminan las retenciones móviles “habría que disolver el Congreso”.

Néstor Kirchner fue más allá: llegó a responsabilizar al campo de los incendios en los pastizales y de las muertes en las rutas.

Las retenciones son una herramienta de política económica cuya eficacia depende de la justicia de su aplicación. Aunque nacieron con graves errores técnicos, el gobierno las presenta como la panacea de la redistribución del ingreso, algo así como una medida revolucionaria al estilo Robin Hood. Para los dirigentes del campo se trata de un mecanismo confiscatorio que los condenará a la miseria.¿No será mucho?

Elisa Carrió opina que el gobierno es fascista. Dice que los Kirchner están en el bunker como Hitler. Hasta hizo referencia a la película La Caída (un gran filme alemán protagonizado por Bruno Ganz), sobre los últimos días del dictador alemán. Desde el ejecutivo, le respondieron con la misma desmesura: “Carrió no tiene todos los patitos en fila”, “Tendría que estar internada”.

Hermes Binner, el gobernador de Santa Fe, propició el diálogo con las entidades agrarias y advirtió sobre los riesgos del “doble comando” en el poder. No se lo perdonaron: el diputado Carlos Kunkel lo cruzó: el problema “no es que haya dos presidentes en la Argentina”, sino que “no haya ni medio gobernador” en su provincia. Y agregó: “lo que pasa es que Binner está acostumbrado a que en su partido -Partido Socialista sin obreros, ni trabajadores ni pobres, Partido Socialista solidario con las maniobras de los grandes pools sojeros- falte conducción política”.

Julio Cobos, una suerte de héroe accidental, se hizo eco de los reclamos de los intendentes radicales K, quienes al igual que sus colegas peronistas de las provincias agrícolas, pedían una solución negociada. Propició la discusión en el Congreso y se convirtió en un nuevo enemigo. Cristina Fernández no le habla desde hace dos semanas.

Luis Delía, principal vocero oficialista en el conflicto, lo dijo con simpleza: “Queremos la rendición incondicional” del campo y habló del artículo 21 de la Constitución Nacional (el que habla de armarse en defensa de la Patria). Desde el campo, lo señalaron como patotero y provocador. Sin recordar que Alfredo De Angeli, el más popular de los dirigentes agrarios, habló en su momento de la existencia de productores armados.

El periodismo no es ajeno a esta sucesión de disparates e imprudencias. Para algunos colegas hay piquetes buenos y piquetes malos. Para otros, el acto de protesta en Rosario el pasado 25 de Mayo “fue bueno” porque hubo “gente, no como en los actos que convoca el gobierno”. ¿En el acto de Salta no había “gente”?. Los oficialistas advierten sobre una supuesta conspiración que une al PCR con la derecha. Para ellos volvieron los gorilas y la oligarquía. El más ingenioso y brutal de esos escribas, sentenció: “De Angeli muge” y vaticinó que desaparecerá como Blumberg.

Se desató una carrera para convertir al otro en el enemigo a derrotar. Al mismo tiempo todos se presentan como víctimas. Ambas estrategias son la negación de la política.

El senador uruguayo José Mujica aprovechó una entrevista reciente para hablar de los argentinos: “Son polvorita, se dicen cualquier cosa y después es muy difícil sentarse en una mesa para acordar. Quiéranse un poquito más”.

Se dice cualquier cosa