Maldito aguante

“Tengo aguante, pero no de ahora, desde hace mucho tiempo.”La frase no le pertenece al Cholo Simeone ni a Ramón Díaz. No fue dicha al finalizar un partido de fútbol. La imagen tribunera fue utilizada por la presidenta de la Nación, Cristina Kirchner, durante un acto en Jujuy la semana pasada. Quería ratificar su convicción y su coraje a la hora de enfrentar la pulseada con el campo. El aguante es el concepto que manejan los hinchas para justificar cualquier cosa por el amor a la camiseta. De esta manera, los fanáticos terminan aceptando desde el mal juego del equipo, la administración ineficaz o fraudulenta del club, hasta la violencia. Todo en nombre del aguante.

Aguantar, es el verbo de moda en el país que avanza tambaleante hacia el bicentenario de su nacimiento. Según el Diccionario de la Real Academia significa la capacidad para “soportar el sufrimiento” pero también remite a “tolerancia y paciencia”. Vaya paradoja, el uso coloquial del término aguante es contradictorio con las ideas de tolerancia y paciencia que indica el diccionario.

Alfredo De Angeli le respondió a Cristina con su propia versión del aguante: “La lucha es larga, señora Presidenta, a duro, duro y medio”. El dirigente de la Federación Agraria Argentina de Entre Ríos pasó del legítimo protagonismo en las protestas a una suerte de adicción mediática, que él mismo reconoció. Sus declaraciones sobre la existencia de armas entre los productores, sus advertencias, complican más de lo que ayudan a la hora de entablar una negociación.

El exagerado protagonismo de De Angeli obligó a Eduardo Buzzi, el titular de la Federación Agraria, a redoblar su aguante. El entusiasmo lo llevó a sostener que más que las retenciones móviles lo que se discute es “el modelo de país”.

Algo incomprensible, en boca de un dirigente que sabe perfectamente que en un estado de derecho los proyectos políticos se confrontan en elecciones. El gobierno nacional ya había incurrido en una falacia similar cuando alertó sobre un intento de golpe de Estado ante las primeras protestas del campo.

“Vamos a ir a las rutas para denunciar a los grupos dominantes que quieren volver a los 90.” Luis D’Elía ya había mostrado que tiene aguante, cuando concurrió a la Plaza de Mayo para “romper” una movilización de caceroleros anti- K. Incluso no dudó en pegar una que otra trompada “en defensa de la democracia”.

Un grupo de productores entrerrianos sitió la intendencia de Crespo, con una consigna: “Si el intendente no nos atiende lo vamos a echar”. Una imagen del más puro aguante. Finalmente el encuentro se realizó y nadie se hizo cargo de la amenaza.

El domingo pasado un grupo de productores vinculado a la Sociedad Rural le hizo un escrache al presidente del bloque del Frente para la Victoria en la Cámara de Diputados, Agustín Rossi. El legislador santafesino estaba en su casa con sus dos hijos pequeños. La Sociedad Rural es una de las entidades que estuvo más cerca de la última dictadura. Sin embargo, no se privó de utilizar un método de denuncia popularizado por la agrupación HIJOS para señalar a represores. Escrachar a un diputado oficialista, eso es tener aguante.

Al intendente de Pergamino, Héctor Gutiérrez, un radical K, los chacareros le regalaron un par de rodilleras para que use en su próxima visita a la Casa Rosada. Ofendido por la sucesión de estos hechos, el ministro del Interior, Florencio Randazzo, denunció a los productores por apretar a intendentes y gobernadores. Minutos después, se dedicó a llamar a gobernadores e intendentes para que no recibieran a productores. El Gobierno no puede aceptar que le discutan el monopolio del “apriete político”.

¡Aguantaremos! Dicen en ambos lados de la trinchera, alimentando de manera irresponsable una espiral que puede terminar en graves hechos de violencia que después todos saldrán a rechazar. Pero será tarde.

En la Argentina, donde la vida y la política se han futbolizado, el aguante es un desafío tan vano como innecesario. El aguante no alcanza para ganar un partido de fútbol y, mucho menos, para resolver una crisis política. En la cancha, para ganar hay que jugar bien, con talento e inteligencia. Ni gritar hasta la afonía, ni vivir colgado del alambrado, ni andar a las piñas con todo aquel que defiende los colores del adversario pueden modificar un resultado.

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