El gol como regreso a casa

Uno de los beneficios colaterales de la Feria del Libro de Buenos Aires es el encuentro con escritores admirados y admirables. Suelo tomar esos encuentros cercanos como recreos imprescindibles en mi tarea de picapiedras periodístico. Al predio ferial concurro lo justo y necesario. La mega muestra me provoca el síndrome del supermercado. En ambos casos se trata de lugares cómodos, ordenados, funcionales y limpios. Sin embargo, son escenarios que aniquilan la curiosidad. Al poco rato dejo de buscar, termino olvidando lo que de verdad quiero y vuelvo a casa con lo que no necesito.

El lunes pasado compartí una cena con cuatro escritores que, por unas horas, me pusieron a resguardo de las internas palaciegas de los K, del conflicto con el campo, de la inflación dibujada por Guillermo Moreno y del malhumor creciente de mis compatriotas. Augusto Di Marco, el director de ediciones generales del Grupo Santillana en la Argentina, y Julia Saltzmann, a cargo de la editorial Alfaguara, me abrieron la puerta a una velada reveladora.

La cena merecería una crónica extensa y detallada, pero no podrá ser. Primero porque el espacio de la contratapa de Crítica de la Argentina es inelástico y luego porque es justo hacer honor a uno de los comensales: Manuel Vicent -escritor, dramaturgo y periodista español-, verdadero maestro del artículo breve. Vicent cree que lo que se puede contar en cien páginas se puede contar en diez o en una. Cada domingo en el diario El País logra narrar, con precisión de cirujano y mano de poeta, una historia conmovedora en pocas palabras.

La mesa se completó con el maestro Edgardo Cozarinsky, quien dejó pendiente una invitación para visitar el mapa completo de sus milongas preferidas; Claudia Piñeiro, la autora de Las viudas de los jueves, que lució el humor inteligente que filtran sus novelas; y Juan Cruz, quien además de ser escritor y periodista es uno de los fundadores del diario El País. Juan Cruz vino a Buenos Aires para presentar Ojalá Octubre, un bello libro donde revisa escenas de su vida a partir de la última mirada de su padre. No alcancé a decírselo esa noche pero su historia me conmovió profundamente. Algo parecido me había ocurrido con La invención de la soledad de Paul Auster. Son textos que obligan a pensar cuánto del padre queda en uno cuando el padre se va. Y en su afán de inquietar, el libro de Juan Cruz propicia en el lector una pregunta más: ¿en qué momentos fui feliz de verdad?

Pero no hablamos mucho de libros. Con Piñeiro y Cozarinsky nos cuidamos de hacer lo de aquel escritor argentino que se encontró para cenar con un colega extranjero, un día en que los dos habían presentado sus libros en la Feria. Durante la primera hora de la comida el tipo sólo habló de su novela y cuando tomó conciencia de que no le había dejado a su amigo escritor decir una palabra, se disculpó: “Perdón, hablé demasiado de mi libro. ¿Qué opinión te merece mi novela?”.

Hablamos del rol de la prensa acá y en España -Cruz había escuchado por radio a la Presidenta en uno de sus mandobles a los periodistas y estaba asombrado-; hicimos un listado de plagios divertidos; ponderamos las compras en las librerías de viejo; nos preguntamos por la navaja de Carlos Gardel y hasta se cruzaron en la conversación Franco y De Gaulle. Hasta que llegamos al fútbol. Y aquí la gran sorpresa.

Después de evocar a Roberto Fontanarrosa -confieso que yo todavía estaba bajo los efectos embriagantes del gol de Kily González, en la canallada del domingo ante Racing-, Vicent explicó su teoría del regreso. Según el autor de Son de Mar, si los jugadores realmente quieren ganar el partido deben comprender que el arco que les pertenece no es el que defiende el arquero de su equipo sino el que está amurallado por los once contrarios. Con esa convicción, cada ataque se transforma en un regreso. Meter la pelota en el arco equivale a volver a casa. Éste es el conflicto: unos quieren volver y otros, confabulados y rabiosos, tratan de impedirlo. Siguiendo esta idea, al encabezar un ataque, cualquier delantero podría viajar hacia el arco con la convicción de Ulises en su regreso a Ítaca. El deseo de volver es una fuerza poderosa. Lo sabía Homero y lo cantó Gardel con versos de Le Pera. Como remate, Manuel Vicent explicó que su teoría dejó sin palabras al mismísimo Jorge Valdano con quien compartió un programa de televisión. Lo que se dice un milagro laico. Pensando el gol como un regreso. Así quisiera que juegue mi equipo, le dije. Después nos despedimos.

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