Un humilde pedido: dejen a las madres en paz

Las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo les pertenecen a todo el pueblo argentino. Son el símbolo luminoso de una historia de horror. El ejemplo más claro y contundente de lo que puede lograr la resistencia pacífica cuando se ejecuta con coraje y amorosa constancia. Desde que ambas organizaciones nacieron se convirtieron en bastiones de la defensa de los derechos humanos. Utilizar el nombre de las Madres y su prestigio para obtener beneficios políticos es patético.

“Quiero felicitar a las Madres y a las Abuelas de Plaza de Mayo, luchadoras inclaudicables, como ejemplo de las luchas cívicas. Más de 30 años pidiendo y reclamando. Nunca un acto de violencia, una amenaza, un ejercicio de intolerancia hacia el otro. Y eso que no les habían cobrado un impuesto, no les habían pedido dinero; les habían quitado a los hijos.” La presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kichner, lanzó la frase el martes pasado para fustigar, en forma indirecta, a los dirigentes ruralistas que protestan contra las llamadas retenciones móviles.

Cristina Fernández quería responderle a Eduardo Buzzi con su misma medicina. El titular de la Federación Agraria, en el multitudinario acto de protesta del domingo pasado, destacó la presencia y el apoyo de Darwina Gallicchio, una referente de Abuelas de Plaza de Mayo de Rosario. Ajena a las peleas del poder, Darwina sólo hizo lo que le dictó el corazón: adhirió a un acto organizado por la Federación Agraria, una entidad que siempre acompañó a las Madres y Abuelas rosarinas en su lucha. Y aprovechó en una carta para despacharse contra “la concentración de la tierra y su enajenación”, un proceso que, a su juicio, se viene cumpliendo desde el 24 de marzo de 1976, cuando comenzó la dictadura.

La presidenta de la Nación tiene una excelente relación con Madres y Abuelas. También cuenta con el aprecio personal de sus principales dirigentes: Hebe de Bonafini y Estela de Carlotto. Al punto que fue el matrimonio Kirchner el que logró juntar a las dos mujeres que mantenían diferencias públicas y privadas. La buena relación con el Gobierno se basa en dos hechos objetivos: el decidido
impulso que desde 2003 los Kirchner les dieron a las causas contra los represores y el constante apoyo que el Estado les brinda a las dos entidades. Una buena señal si se tiene en cuenta que se trata de un gobierno donde no faltan los abogados y dirigentes que miraban para otro lado cuando los esbirros de la dictadura secuestraban, torturaban y asesinaban a sus compañeros de militancia.

Que la cabeza política del Estado haga suya la lucha de Madres y Abuelas es un salto cualitativo. Que las utilice para sus fines políticos domésticos, una regresión de magnitud equivalente. Hace unos meses, desde el gobierno nacional se le pidió a la organización Madres de Plaza de Mayo que le diera cobijo laboral a Felisa Miceli, la ex ministra de Economía que está siendo investigada por ocultar una bolsa repleta de dólares y pesos en el baño de su despacho. La organización que preside Bonafini ni siquiera esperó a que la Justicia decidiera sobre la responsabilidad de Miceli, no sólo la contrató, también argumentó que la denuncia contra la ex funcionaria era “poco seria”. La Cámara Federal porteña acaba de confirmar el procesamiento de la coordinadora general de la Asociación Madres de Plaza de Mayo y ordenó investigar si existió también el delito de lavado de dinero. Si la ex ministra es condenada, ¿seguirá bajo la protección de las Madres? ¿Alguien evitará que la asociación de defensa de los derechos humanos más prestigiosa del país quede convertida en un aguantadero? ¿Quién actuó peor, quien pidió el favor o quien que lo cumplió?

Lo de Buzzi tampoco fue feliz. Si bien su adhesión personal y la de la Federación Agraria a la defensa de los derechos humanos es de larga data, mostrar a Darwina como un trofeo solitario sumó confusión y expuso innecesariamente a la abuela de Ximena Vicario, una de las primeras nietas recuperadas en la Argentina. La consigna histórica que propuso para corear -“Madres de la Plaza, el pueblo las abraza”- casi no tuvo eco entre los presentes y seguramente no cuenta con el aval de sus circunstanciales aliados de la Sociedad Rural.

Estos dirigentes están tan lejos de las Madres y las Abuelas como Buzzi de los represores. De todas formas el gesto explica con claridad por qué el titular de FAA irrita a los Kirchner mucho más que Luciano Miguens y los grandes grupos exportadores. Buzzi lidera una organización de chacareros, democrática, representativa y comprometida con las causas populares. Como ocurrió con Víctor De Gennaro y la CTA, es el gobierno el que tendría que explicar por qué termina enfrentándolo. Si algo faltaba para que el conflicto entre el matrimonio presidencial y las entidades del campo alcanzara un nivel mayor de insensatez, era la Guerra por los Pañuelos Blancos. Estar con las Madres, saludarlas, invitarlas a un escenario, darles un subsidio, no convierte a nadie en más bueno o democrático. Tampoco alcanza para disimular la falta de argumentos.

Un humilde pedido: dejen a las Madres en paz.

Un humilde pedido: dejen a las madres en paz

Pendejos

Mientras el gobierno nacional y las entidades del campo discuten qué hacer con la renta extraordinaria que producen las exportaciones de soja, una nena de dos años moría asesinada. Sus matadores fueron dos hermanitos, de siete y nueve años. Dicen las pericias médicas que sabían el daño que le provocaban a la nena cuando la golpearon y le ataron un cable al cuello. Dicen también que no se conmovieron frente al dolor que provocaban. El informe psiquiátrico es un mapa del desamparo: los pequeños asesinos sufrían castigos reiterados, su madre les pegaba con palos y cadenas, y vivían en una casilla en condiciones miserables. La niña se llamaba Milagros. Un nombre paradójico en un barrio como San José (Almirante Brown), donde ocurre de todo menos milagros.

El país se asomó al horror a través de los telediarios pero, como suele ocurrir en estos casos, sólo por un momento. Por suerte existe el control remoto.

Hace un año publiqué un libro de cuentos con un denominador común: cada relato tiene como protagonista a un niño o adolescente que termina matando. Se llama Pendejos. La elección de ese título generó más de una polémica. Expliqué entonces que el término viene del latín (pectiniculus) y que si bien en el habla coloquial del Río de la Plata remite a los chicos o jóvenes, su significado original es “vello púbico”. Esa acepción es la que convierte la palabra en metáfora social. Los pendejos son esos pelitos que ocultamos por pudor. Igual que a estos pibes a los que nadie quiere ver y que se hacen visibles sólo cuando matan o son asesinados.

Según un informe realizado por el Observatorio Social de la Universidad Católica, el 60 por ciento de los menores de 17 años vive en hogares vulnerables. Es decir, en hogares donde no se cubren las necesidades básicas. El padre de Milagros hace changas. Con eso mantiene a su esposa y ocho hijos. Viven en una casa precaria, en calle de tierra y sin los servicios elementales. No hay gas ni agua potable. La familia de los chicos que mataron a la nena vive igual o peor. La madre mantiene a cuatro hijos con un plan social de 175 pesos. El padre murió. La abuela de los chicos, Herminda, dijo a la prensa que discutía con su hija para que no les pegara a sus nietos. La Argentina tiene 50 mil millones de dólares de reservas en el Banco Central. Eso le permite al Gobierno alejar cualquier fantasma de corrida bancaria. Pero esos millones no sirven para cambiar una realidad lacerante. Los niños que nacen en hogares pobres serán adultos pobres.

Hay dos países. El Congreso aprobó la obligatoriedad de la enseñanza secundaria, pero el 65 por ciento de los chicos argentinos crece en ambientes de bajo nivel educativo. Se analiza en la Capital Federal imponer la jornada educativa completa mientras en Tucumán hay escuelas que por falta de espacio y maestros dividen la mañana entre tres grados diferentes, reduciendo la jornada escolar a un par de horas. Los pibes que mataron a Milagros hacía un año que no concurrían a la escuela.

El ministro de Economía, Carlos Fernández, anunció el lunes pasado el superávit fiscal de abril: 2.789 millones de pesos. La cifra representa un aumento del 73 por ciento en relación con el año pasado. César Oscar Belizán, el papá de Milagros, ni se enteró. Entre llantos contó que su hija compartía un colchón de goma espuma con una de sus hermanas. Según el Observatorio Social de la UCA, el 14 por ciento de los niños argentinos comparte colchón o cama.

En la última cumbre de presidentes de América Latina y Europa, Cristina Kirchner aseguró que la Argentina podría alimentar a 500 millones de personas. Somos como una multinacional de alimentos. Según los informes médicos, los niños que mataron a Milagros estaban desnutridos. Son parte de una estadística vergonzosa: uno de cada diez argentinitos asegura sentir hambre. Y uno de cada dos no tiene cobertura de salud.

Los informes dicen que los chicos jugaban a que Milagros era un perro. Por eso le enlazaron el cuello. El cable terminó asfixiándola. En el país donde un millón y medio de personas concurren a la Feria del Libro, al 35 por ciento de los niños menores de cinco años nunca le contaron un cuento.

Pendejos es una palabra polisémica. Tiene diversos significados. En Perú y en algunos países de Centroamérica también quiere decir “inútil, pusilánime y cobarde”. Esos conceptos también nos definen cuando no miramos lo que de verdad hay que ver. Cuando no vemos a Milagros ni a los niños que la mataron antes de que ocurra la tragedia.

Pendejos

Maldito aguante

“Tengo aguante, pero no de ahora, desde hace mucho tiempo.”La frase no le pertenece al Cholo Simeone ni a Ramón Díaz. No fue dicha al finalizar un partido de fútbol. La imagen tribunera fue utilizada por la presidenta de la Nación, Cristina Kirchner, durante un acto en Jujuy la semana pasada. Quería ratificar su convicción y su coraje a la hora de enfrentar la pulseada con el campo. El aguante es el concepto que manejan los hinchas para justificar cualquier cosa por el amor a la camiseta. De esta manera, los fanáticos terminan aceptando desde el mal juego del equipo, la administración ineficaz o fraudulenta del club, hasta la violencia. Todo en nombre del aguante.

Aguantar, es el verbo de moda en el país que avanza tambaleante hacia el bicentenario de su nacimiento. Según el Diccionario de la Real Academia significa la capacidad para “soportar el sufrimiento” pero también remite a “tolerancia y paciencia”. Vaya paradoja, el uso coloquial del término aguante es contradictorio con las ideas de tolerancia y paciencia que indica el diccionario.

Alfredo De Angeli le respondió a Cristina con su propia versión del aguante: “La lucha es larga, señora Presidenta, a duro, duro y medio”. El dirigente de la Federación Agraria Argentina de Entre Ríos pasó del legítimo protagonismo en las protestas a una suerte de adicción mediática, que él mismo reconoció. Sus declaraciones sobre la existencia de armas entre los productores, sus advertencias, complican más de lo que ayudan a la hora de entablar una negociación.

El exagerado protagonismo de De Angeli obligó a Eduardo Buzzi, el titular de la Federación Agraria, a redoblar su aguante. El entusiasmo lo llevó a sostener que más que las retenciones móviles lo que se discute es “el modelo de país”.

Algo incomprensible, en boca de un dirigente que sabe perfectamente que en un estado de derecho los proyectos políticos se confrontan en elecciones. El gobierno nacional ya había incurrido en una falacia similar cuando alertó sobre un intento de golpe de Estado ante las primeras protestas del campo.

“Vamos a ir a las rutas para denunciar a los grupos dominantes que quieren volver a los 90.” Luis D’Elía ya había mostrado que tiene aguante, cuando concurrió a la Plaza de Mayo para “romper” una movilización de caceroleros anti- K. Incluso no dudó en pegar una que otra trompada “en defensa de la democracia”.

Un grupo de productores entrerrianos sitió la intendencia de Crespo, con una consigna: “Si el intendente no nos atiende lo vamos a echar”. Una imagen del más puro aguante. Finalmente el encuentro se realizó y nadie se hizo cargo de la amenaza.

El domingo pasado un grupo de productores vinculado a la Sociedad Rural le hizo un escrache al presidente del bloque del Frente para la Victoria en la Cámara de Diputados, Agustín Rossi. El legislador santafesino estaba en su casa con sus dos hijos pequeños. La Sociedad Rural es una de las entidades que estuvo más cerca de la última dictadura. Sin embargo, no se privó de utilizar un método de denuncia popularizado por la agrupación HIJOS para señalar a represores. Escrachar a un diputado oficialista, eso es tener aguante.

Al intendente de Pergamino, Héctor Gutiérrez, un radical K, los chacareros le regalaron un par de rodilleras para que use en su próxima visita a la Casa Rosada. Ofendido por la sucesión de estos hechos, el ministro del Interior, Florencio Randazzo, denunció a los productores por apretar a intendentes y gobernadores. Minutos después, se dedicó a llamar a gobernadores e intendentes para que no recibieran a productores. El Gobierno no puede aceptar que le discutan el monopolio del “apriete político”.

¡Aguantaremos! Dicen en ambos lados de la trinchera, alimentando de manera irresponsable una espiral que puede terminar en graves hechos de violencia que después todos saldrán a rechazar. Pero será tarde.

En la Argentina, donde la vida y la política se han futbolizado, el aguante es un desafío tan vano como innecesario. El aguante no alcanza para ganar un partido de fútbol y, mucho menos, para resolver una crisis política. En la cancha, para ganar hay que jugar bien, con talento e inteligencia. Ni gritar hasta la afonía, ni vivir colgado del alambrado, ni andar a las piñas con todo aquel que defiende los colores del adversario pueden modificar un resultado.

Maldito aguante

El gol como regreso a casa

Uno de los beneficios colaterales de la Feria del Libro de Buenos Aires es el encuentro con escritores admirados y admirables. Suelo tomar esos encuentros cercanos como recreos imprescindibles en mi tarea de picapiedras periodístico. Al predio ferial concurro lo justo y necesario. La mega muestra me provoca el síndrome del supermercado. En ambos casos se trata de lugares cómodos, ordenados, funcionales y limpios. Sin embargo, son escenarios que aniquilan la curiosidad. Al poco rato dejo de buscar, termino olvidando lo que de verdad quiero y vuelvo a casa con lo que no necesito.

El lunes pasado compartí una cena con cuatro escritores que, por unas horas, me pusieron a resguardo de las internas palaciegas de los K, del conflicto con el campo, de la inflación dibujada por Guillermo Moreno y del malhumor creciente de mis compatriotas. Augusto Di Marco, el director de ediciones generales del Grupo Santillana en la Argentina, y Julia Saltzmann, a cargo de la editorial Alfaguara, me abrieron la puerta a una velada reveladora.

La cena merecería una crónica extensa y detallada, pero no podrá ser. Primero porque el espacio de la contratapa de Crítica de la Argentina es inelástico y luego porque es justo hacer honor a uno de los comensales: Manuel Vicent -escritor, dramaturgo y periodista español-, verdadero maestro del artículo breve. Vicent cree que lo que se puede contar en cien páginas se puede contar en diez o en una. Cada domingo en el diario El País logra narrar, con precisión de cirujano y mano de poeta, una historia conmovedora en pocas palabras.

La mesa se completó con el maestro Edgardo Cozarinsky, quien dejó pendiente una invitación para visitar el mapa completo de sus milongas preferidas; Claudia Piñeiro, la autora de Las viudas de los jueves, que lució el humor inteligente que filtran sus novelas; y Juan Cruz, quien además de ser escritor y periodista es uno de los fundadores del diario El País. Juan Cruz vino a Buenos Aires para presentar Ojalá Octubre, un bello libro donde revisa escenas de su vida a partir de la última mirada de su padre. No alcancé a decírselo esa noche pero su historia me conmovió profundamente. Algo parecido me había ocurrido con La invención de la soledad de Paul Auster. Son textos que obligan a pensar cuánto del padre queda en uno cuando el padre se va. Y en su afán de inquietar, el libro de Juan Cruz propicia en el lector una pregunta más: ¿en qué momentos fui feliz de verdad?

Pero no hablamos mucho de libros. Con Piñeiro y Cozarinsky nos cuidamos de hacer lo de aquel escritor argentino que se encontró para cenar con un colega extranjero, un día en que los dos habían presentado sus libros en la Feria. Durante la primera hora de la comida el tipo sólo habló de su novela y cuando tomó conciencia de que no le había dejado a su amigo escritor decir una palabra, se disculpó: “Perdón, hablé demasiado de mi libro. ¿Qué opinión te merece mi novela?”.

Hablamos del rol de la prensa acá y en España -Cruz había escuchado por radio a la Presidenta en uno de sus mandobles a los periodistas y estaba asombrado-; hicimos un listado de plagios divertidos; ponderamos las compras en las librerías de viejo; nos preguntamos por la navaja de Carlos Gardel y hasta se cruzaron en la conversación Franco y De Gaulle. Hasta que llegamos al fútbol. Y aquí la gran sorpresa.

Después de evocar a Roberto Fontanarrosa -confieso que yo todavía estaba bajo los efectos embriagantes del gol de Kily González, en la canallada del domingo ante Racing-, Vicent explicó su teoría del regreso. Según el autor de Son de Mar, si los jugadores realmente quieren ganar el partido deben comprender que el arco que les pertenece no es el que defiende el arquero de su equipo sino el que está amurallado por los once contrarios. Con esa convicción, cada ataque se transforma en un regreso. Meter la pelota en el arco equivale a volver a casa. Éste es el conflicto: unos quieren volver y otros, confabulados y rabiosos, tratan de impedirlo. Siguiendo esta idea, al encabezar un ataque, cualquier delantero podría viajar hacia el arco con la convicción de Ulises en su regreso a Ítaca. El deseo de volver es una fuerza poderosa. Lo sabía Homero y lo cantó Gardel con versos de Le Pera. Como remate, Manuel Vicent explicó que su teoría dejó sin palabras al mismísimo Jorge Valdano con quien compartió un programa de televisión. Lo que se dice un milagro laico. Pensando el gol como un regreso. Así quisiera que juegue mi equipo, le dije. Después nos despedimos.

El gol como regreso a casa