Asesinatos y luz eléctrica

El 13 de mayo de 1966 en una pizzería de Avellaneda hubo un tiroteo entre dos grupos de dirigentes sindicales peronistas. Murieron tres personas; una de ellas era Rosendo García, segundo de Augusto Vandor en el movimiento obrero y candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires. La investigación judicial no prosperó. En principio se habló de un atentado contra la vida de Vandor, que habría sido el verdadero objetivo del ataque. Fue el periodista Rodolfo Walsh quien se empeñó en demostrar lo contrario: que a García lo habían baleado por la espalda y que las balas salieron del grupo vandorista. Las primeras notas de la investigación se publicaron en el periódico de la CGT y luego se convirtieron en el libro ¿Quién mató a Rosendo?

Cuando el viernes pasado Raúl Flores, ex obrero portuario y sicario del Litoral, confesó ante el juez rosarino Osvaldo Barbero su participación directa en el homicidio del tesorero de la Federación Nacional de Camioneros, Abel Beroiz, pensé en Rosendo García y en Walsh. “Hacer una relación con aquel hecho que fue prólogo de la violencia de los setenta es un disparate”, me reprendió un colega. Tal vez tenga razón. En este caso, hay una promesa de un pago que nunca se cumplió: a Flores le habían ofrecido 80 mil pesos por matar al secretario general de los camioneros santafesinos y sólo le pagaron 20 mil. Todo es tan berreta y ausente de ideología que apenas unos días después del crimen, Flores seguía llamando por teléfono a las personas que lo habían contratado (dos fulanos que le dieron nombres falsos) para que le pagaran el saldo, y su mujer gastó 12 mil pesos del pago en 48 horas. En la macabra tarea colaboró un pibe de 15 años, también detenido.

Si bien desde el primer momento se habló de la muerte de Beroiz como el resultado de una disputa en el gremio más poderoso de la Argentina, Hugo Moyano, su titular, pidió que actuara la Justicia y dijo desconocer la pelea sindical en esa provincia. Hasta habló de un posible hecho de inseguridad.

Lo cierto es que Beroiz, que aseguraba contar con el apoyo de Moyano, quería otro mandato y Raúl Luna, segundo del titular de la CGT, reclamaba el mismo cargo. Las elecciones para dirimir el control de la filial Santa Fe estaban previstas para junio. Ahora Luna está en la mira judicial y sus pares del gremio lo obligaron a dar un paso al costado hasta que se aclare el crimen. “Nosotros no culpamos a nadie –me confesó Ileana Beroiz, hermana del dirigente asesinado–. Pero si esto no se esclarece será como el huevo de la serpiente de la violencia en la Argentina.”

Vuelvo a pensar en Rodolfo Walsh. Quizá una investigación suya podría llegar más lejos que la Justicia. Es imposible saberlo. ¿Los periodistas del nuevo milenio, que contamos con más recursos técnicos que rigor; más ambición que tenacidad, más comodidad que hambre de narrar, podríamos aportar al esclarecimiento de éste u otro crimen cometido desde la entretela del poder?

En los artículos periodísticos del autor de Operación Masacre está la respuesta. Hay una excelente recopilación de Daniel Link publicada por Planeta hace una década. Pero atención: la clave no está en las notas que Walsh publicó en el semanario de la CGT, ni en el diario Noticias ni en la agencia clandestina ANCLA. Tampoco en el estremecedor y lúcido documento que envió en forma de Carta a la Junta Militar en marzo de 1977 y que le costó la vida. No es necesario leer las notas de La secta del gatillo y la picana o sus crónicas sobre la gloria y decadencia de La Forestal para entender por qué Walsh pudo lo que pudo.

El 15 de marzo de 1970, otra vez la situación era muy complicada para su seguridad personal, por lo que decide volver al periodismo no militante y escribe una nota para la revista Siete Días. El tema: la energía en Buenos Aires. “La luz nuestra de cada noche”, se llamaba. El mismo Walsh explica su método de trabajo: “Para la nota sobre luz eléctrica invertí 60 páginas de apuntes y transcripciones, unas 30 páginas de borradores y 20 páginas de original, es decir un total de 110 carillas dactilografiadas. Realicé unas seis horas de grabación. Invertí un total de 87 horas de trabajo, repartidas en 13 días, o sea casi 7 horas diarias”. Era valiente y tenaz, pero sobre todo creía en la información y en el trabajo duro.

Cuando el 25 de marzo próximo se cumpla un nuevo aniversario de su desaparición y se sucedan los justos homenajes y las evocaciones, cuando vuelvan a recordarse sus grandes investigaciones, sugiero pensar en su artículo sobre la luz eléctrica. Alguien que construya una nota sobre el consumo de electricidad con esa energía y dedicación podría ayudar a esclarecer el crimen de Abel Beroiz.

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