Prostitutas y funcionarios

Nadie se acuerda ya de los empleados del INDEC que dijeron que no. Sus nombres ya no figuran en las crónicas. Los funcionarios separados de sus cargos son Sergio Guffanti, Adriana Aragón, Alejandro Baranek, Bárbara Weich, Laura Lombardia, Eugenia De Zavaleta, Gabriela Soroka, Diana Gagliardo, Ignacio Silveyra, Elizabeth Piccoli, Adriana Sallago y Daniel Alé. Todos fueron reubicados en el ministerio de Economía pero sin tareas asignadas. Emilio Platzer fue despedido sin recontratación. También fueron desplazadas Cynthia Pok, Marcela Almeida y Graciela Bevacqua.

La inacción judicial sobre la escandalosa manipulación de los índices de precios es una señal peligrosa para el resto de la sociedad. A pesar de la enorme cantidad de elementos y testimonios que revela la adulteración de los números que miden la variación de los precios, el juez todavía no encontró ningún delito. Sólo en el caso de Mendoza un perito independiente demostró que la intervención del INDEC había “tocado” 62 de los 67 guarismos enviados por la provincia. Esto llevó al fiscal de Investigaciones Administrativas, Manuel Garrido, a decir que “en el INDEC no se aplica la ciencia sino la magia”.

Si no hay castigo para aquellos que quebrantaron la credibilidad pública de un organismo antes respetado, la decisión de los empleados rebeldes de rechazar las triquiñuelas estadísticas quedará como testimonio de lo que no hay que hacer ante los abusos del poder: enfrentarlo.

El notable Albert Camus afirmaba que “el primer acto de libertad es decir no frente a lo inaceptable”. Todos podemos decir que no. El problema es que en la Argentina son más los que dicen que sí y, para peor, lo hacen con entusiasmo.

Por ausencia de no es casi imposible recomponer la honorabilidad de la policía. Por carencia de no es muy difícil detectar casos de corrupción. Por no lanzar un no en el momento justo ocurrió Cromañón. Con muchos no contundentes y precisos, con muchos no en tiempo y forma, con muchos no honestos y sencillos, el país sería otro.

Si hasta las putas, que dicen siempre que sí, que sobreviven de ejercer la afirmación permanente, alguna vez dijeron que no. El ejemplo es luminoso. Hace un par de semanas participé, en el salón de actos de la CTA, de la presentación del libro Poetas y Putas (Ediciones Patagonia), un homenaje desde la literatura a las prostitutas de San Julián.

En su momento el hecho fue rescatado por el maestro Osvaldo Bayer, quien contó la historia que no pudo verse, por las presiones del Ejército, en el final de la película La Patagonia Rebelde. Después de los fusilamientos de unos 2.000 peones y gauchos huelguistas, los soldados fueron al prostíbulo La Catalana, en San Julián. Iban a festejar antes de volver a Buenos Aires. Allí se toparon con lo inesperado: las prostitutas los echaron a escobazos, al grito de “asesinos”. No estaban dispuestas a abrir sus piernas para quienes tenían las manos manchadas de sangre.

El final fue previsible: las detuvieron, las golpearon y les prohibieron volver al pueblo. Tres eran argentinas: Consuelo García, Ángela Fortunato y Amalia Rodríguez; también estaban la española María Juliache y la inglesa Maud Foster.

En la presentación de Poetas y Putas -que comenzó a elaborarse como libro erótico y terminó como testimonio político- la secretaria ejecutiva de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR), Elena Reynaga, explicó: “Primero, somos personas; segundo, trabajadoras; después, prostitutas”. Y está claro que la dignidad de las personas no es patrimonio de ninguna profesión u oficio. Esa noche, Reynaga rechazó la visión instalada en la sociedad de que las prostitutas “venden sus cuerpos” o “se venden” y reinvindicó para la actividad que realizan la idea de “servicio”. Al tiempo que agregó que en la Argentina muchas mujeres perdieron la vida por ejercerlo. También destacó la lucha de su organización sindical para que los hijos e hijas de las trabajadoras sexuales “puedan elegir, ya que nosotras no pudimos hacerlo”.

Elena tiene razón, venderse es otra cosa. Basta revisar lo que ocurrió en la política argentina para comprobarlo. Traicionar las ideas, abandonar las convicciones, callar ante la injusticia, manipular la verdad. Eso es venderse. El poeta Reynaldo Uribe lo sintetizó en un verso: “Prostitución no es abrir las piernas/ sino cerrar los ojos”.

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